Villa Restrepo CAPÍTULO 4 — LA PUERTA PEQUEÑA
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CAPÍTULO 4 — LA PUERTA PEQUEÑA

Carol empezó a mirar el móvil con ansiedad cada vez que Roi tardaba demasiado en responder.

Era absurdo.

Se repetía constantemente que todo aquello no dejaba de ser una casa abandonada. Una finca rara. Un misterio de pueblo como tantos otros.

Pero la sensación que tenía dentro del cuerpo empezaba a parecerse demasiado a una adicción.

Cada mensaje nuevo era una pieza más.

Cada dato extraño hacía que Villa Restrepo creciese dentro de su cabeza.

Y lo peor era que empezaba a ocurrirle exactamente lo mismo a Guille.

—Hoy volvemos a pasar por allí —dijo mientras desayunaban.

Ni siquiera sonó como una pregunta.

Carol levantó la vista lentamente.

—¿Otra vez?

—Solo mirar.

Siempre acababan diciendo lo mismo.

Solo mirar.

Pero los dos sabían perfectamente que aquello ya no era simple curiosidad.

Durante el trayecto apenas hablaron.

La lluvia había vuelto y el cielo gris hacía que todo O Pallote pareciese todavía más vacío.

Cuando llegaron a la carretera secundaria donde se encontraba la finca, Guille redujo la velocidad casi sin darse cuenta.

La casa apareció lentamente entre los árboles.

Imponente.

Silenciosa.

Inmóvil.

Carol volvió a sentir aquella sensación extraña.

No era una vivienda abandonada cualquiera.

Había algo vivo allí dentro.

Aunque todavía no supiera qué.

—Mira eso.

Guille señaló hacia el cierre.

Había barro removido cerca de la entrada principal.

No era mucho.

Pero alguien había pasado recientemente por allí.

Carol permaneció en silencio varios segundos.

Después sacó una foto con el móvil.

—Te estás viniendo demasiado arriba con esto —dijo Guille sonriendo.

Pero él tampoco apartaba la mirada de la finca.

Cuando llegaron a casa, Roi ya había mandado nuevos mensajes.

Capturas.

Números.

Fechas.

Consumos.

Y una fotografía borrosa de una factura eléctrica.

Carol abrió inmediatamente el audio que acompañaba todo aquello.

—Escucha —decía Roi—, no sé exactamente quién me pasó esto, pero aquí hay algo raro de cojones.

Carol subió el volumen.

—Mira los consumos. No tiene sentido. Una casa vacía no gasta eso ni aunque tenga un congelador viejo conectado.

El audio terminó.

Carol volvió a mirar los números.

No entendía demasiado de electricidad.

Pero sí entendía algo muy simple.

Aquello era muchísimo consumo para una vivienda supuestamente abandonada.

—¿Y si vive alguien dentro? —preguntó por mensaje.

Roi tardó unos segundos en responder.

—Entonces esconden muy bien que viven ahí.

Carol dejó el móvil sobre la mesa.

Intentó concentrarse en otras cosas.

Puso la televisión.

Recogió algo de ropa.

Preparó café.

Pero cada pocos minutos volvía otra vez a la factura.

Y cuanto más la miraba, menos lógica parecía.

Por la noche, Guille volvió a sacar el tema.

—¿Y si realmente vive alguien?

—Entonces no deberíamos seguir yendo.

Guille soltó una pequeña risa.

—Eso dices ahora.

Carol no respondió.

Porque sabía que tenía razón.

Ya no podían parar.

No después de todo lo que habían descubierto.

No después de empezar a sentir que estaban viendo algo que nadie más veía.

Fue aquella misma noche cuando crearon el grupo.

Al principio solo estaban ellos dos y Roi.

El nombre lo puso Guille.

VILLA RESTREPO.

Todo en mayúsculas.

Como si fuese el nombre de una película mala.

Carol se rió al verlo.

Pero pocos minutos después ya estaban enviando fotos, audios y teorías dentro del grupo como si aquello llevase existiendo años.

Roi mandó otra captura aérea.

—Fijaos aquí.

Era la parte trasera de la vivienda.

Había algo raro cerca del garaje.

—¿Qué es eso? —preguntó Carol.

—Ni idea.

—Parece un cable.

Roi respondió casi inmediatamente.

—Eso pensé yo.

El silencio duró varios segundos.

Después llegó otro mensaje.

—Mañana voy a pasar por allí.

Carol levantó la vista del móvil.

—¿Tú también te estás obsesionando? —escribió.

Roi tardó un poco más en responder esta vez.

—Creo que ahí pasa algo.

Carol notó un pequeño escalofrío.

Porque era exactamente lo que ella pensaba.

Y escuchar a otra persona decirlo hacía que todo pareciese mucho más real.

Aquella noche apenas durmió.

Cada vez que cerraba los ojos veía la casa.

El portal oxidado.

Las ventanas oscuras.

El barro removido.

El supuesto cable junto al garaje.

Y la factura.

Sobre todo la factura.

Algo dentro de Villa Restrepo estaba consumiendo electricidad.

Y cuanto más pensaba en ello, más segura estaba de una cosa.

La casa nunca había estado vacía.

CAPÍTULO 4 — LA PUERTA PEQUEÑA

Durante varios días ninguno habló de entrar en Villa Restrepo.

Al menos no directamente.

Seguían pasando por delante.

Seguían mirando.

Seguían hablando en el grupo.

Pero había aparecido una línea invisible que todavía ninguno se atrevía a cruzar.

Porque una cosa era investigar desde fuera.

Y otra muy distinta era entrar.

Carol intentaba convencerse de que todo aquello seguía siendo un simple entretenimiento.

Una historia rara.

Un misterio absurdo de pueblo.

Algo que contar entre risas.

Pero cuanto más intentaba quitarle importancia, más espacio ocupaba Villa Restrepo dentro de su cabeza.

Ya no miraba igual las casas vacías.

Ya no veía igual las fincas abandonadas.

Ahora se preguntaba constantemente qué escondían realmente las paredes cerradas durante años.

El grupo de WhatsApp no ayudaba.

Cada pocas horas aparecía algo nuevo.

Una teoría.

Una foto.

Una historia distinta sobre el supuesto dueño.

Roi incluso había encontrado referencias antiguas a un embargo relacionado con la propiedad.

Pero todo parecía incompleto.

Como si la casa estuviese rodeada de información rota.

Aquella tarde Guille mandó un audio corto.

—Creo que encontré una entrada.

Carol lo escuchó dos veces.

Después tres.

Y aunque una parte de ella quería responder inmediatamente que no, tardó varios minutos en escribir.

—¿Qué quieres decir con una entrada?

La respuesta llegó casi al instante.

—Una puerta lateral. Está medio escondida. Parece abierta.

Carol dejó el móvil sobre la mesa.

Notó una presión incómoda en el pecho.

Porque sabía perfectamente lo que iba a pasar a continuación.

Y también sabía que iba a ir.

Quedaron aquella misma noche.

La lluvia había parado por primera vez en varios días y el ambiente húmedo hacía que todo O Pallote oliese a tierra mojada y eucalipto.

Guille conducía.

Carol apenas hablaba.

Roi iba detrás, mirando constantemente el móvil como si estuviese intentando convencerse de que aquello seguía siendo solo curiosidad técnica.

—Estamos haciendo una tontería —dijo Carol mientras se acercaban.

—Solo vamos a mirar.

Siempre la misma frase.

Solo mirar.

Pero Carol empezaba a entender que la frase ya no significaba nada.

Cuando llegaron, apagaron las luces del coche antes incluso de detenerse.

La finca permanecía completamente oscura.

Silenciosa.

Inmóvil.

El portal principal seguía cerrado.

Oxidado.

Imponente.

Pero Guille tenía razón.

La pequeña puerta lateral estaba entreabierta.

Las zarzas crecían alrededor como si llevase años sin usarse.

Y aun así alguien la había abierto recientemente.

—Esto antes no estaba así —dijo Guille.

Carol miró alrededor.

La carretera estaba completamente vacía.

Solo se escuchaba el río a lo lejos.

Y algún perro ladrando en una vivienda perdida entre árboles.

—No deberíamos entrar.

Roi asintió inmediatamente.

—Yo pienso igual.

Pero ninguno se movió.

Guille empujó ligeramente la puerta.

El hierro chirrió con un sonido seco que hizo que los tres se quedasen quietos durante unos segundos.

Esperando.

Nada ocurrió.

Carol sintió cómo el corazón empezaba a latirle más rápido.

No por adrenalina.

Por sensación de estar haciendo algo que no debía.

Y aun así cruzó.

El interior de la finca era todavía más extraño de lo que imaginaba.

No parecía abandonada.

Pero tampoco parecía habitada.

Era como un lugar suspendido en el tiempo.

La hierba estaba alta en algunas zonas y demasiado baja en otras.

Había herramientas apoyadas cerca de un muro.

Una manguera enrollada.

Macetas vacías.

Y barro reciente junto a uno de los laterales de la casa.

—Aquí entra alguien seguro —susurró Carol.

Guille seguía avanzando lentamente.

Mirando ventanas.

Puertas.

Accesos.

Roi permanecía varios pasos por detrás.

Incómodo.

Observándolo todo con demasiada atención.

Cuando llegaron cerca de la vivienda principal, Carol volvió a sentir aquella sensación rara.

No era exactamente miedo.

Era otra cosa.

La sensación de que la casa los estaba mirando.

Las ventanas oscuras parecían observarlos desde arriba.

Y cuanto más tiempo permanecían allí, más incómodo resultaba el silencio.

—Mirad eso.

Guille señaló hacia una ventana lateral.

La persiana estaba ligeramente levantada.

Muy poco.

Pero suficiente para que Carol sintiese un escalofrío.

—Eso no estaba así.

—¿Cómo sabes?

—Porque llevo días mirando esta casa.

Roi soltó una pequeña risa nerviosa.

—Eso dicho en voz alta da bastante miedo.

Carol sonrió por primera vez en toda la noche.

Y precisamente aquella pequeña risa hizo que durante unos segundos todo pareciese otra vez normal.

Solo tres personas curioseando una casa abandonada.

Solo eso.

Entonces Guille se acercó a una puerta lateral de la vivienda.

La tocó lentamente.

Cerrada.

Probó otra.

También cerrada.

Y mientras seguían rodeando la casa, Carol empezó a darse cuenta de algo.

La vivienda estaba demasiado bien conservada.

No había cristales rotos.

No había humedad visible.

No había sensación de ruina.

Simplemente parecía apagada.

Como si alguien hubiese pulsado pausa.

De repente Roi se detuvo.

Completamente quieto.

—¿Qué pasa? —preguntó Carol.

Roi tardó unos segundos en responder.

Miraba hacia la parte trasera de la vivienda.

—¿Escucháis eso?

Los tres permanecieron inmóviles.

Al principio Carol no escuchó nada.

Después sí.

Un zumbido.

Muy leve.

Constante.

Venía de dentro de la casa.

Los tres se miraron sin decir una palabra.

Y por primera vez desde que había comenzado todo, Carol sintió miedo de verdad.