CAPÍTULO 6 — CERRADURAS
Después de la luz, todo cambió.
No de forma evidente.
La casa seguía ahí.
Inmóvil.
Silenciosa.
Pero ahora ya no podían convencerse de que todo eran imaginaciones.
Algo ocurría dentro de Villa Restrepo.
Y cuanto más clara parecía esa idea, más difícil resultaba dejar de volver.
Durante los días siguientes el grupo de WhatsApp explotó.
Audios.
Capturas.
Teorías absurdas.
Horarios.
Fotos ampliadas hasta el límite.
Carol empezó a darse cuenta de algo preocupante.
Todos estaban entrando en una especie de paranoia colectiva.
Pero nadie quería reconocerlo.
Roi era el único que todavía mantenía algo parecido a lógica.
—Puede vivir alguien ahí y ya está.
—¿Y entonces por qué se esconden tanto? —preguntó Guille.
—Igual no se esconden. Igual somos nosotros los que estamos montando una película.
Carol sabía que una parte de Roi tenía razón.
Pero otra parte mucho más fuerte seguía diciéndole que algo no cuadraba.
Porque una vivienda normal no consume tanta electricidad.
Una vivienda normal no tiene zumbidos funcionando toda la noche.
Y una vivienda normal no parece abandonada mientras alguien mueve persianas por dentro.
Fue Guille quien volvió a cruzar la siguiente línea.
Como casi siempre.
Quedaron al anochecer cerca de O Pallote.
La lluvia amenazaba otra vez y el cielo gris hacía que toda la carretera pareciese todavía más aislada.
—Tengo una idea —dijo Guille mientras aparcaban.
Carol ya odiaba aquella frase.
—Eso nunca termina bien.
Guille abrió la guantera.
Y sacó una cerradura nueva.
Roi lo miró completamente incrédulo.
—No me jodas.
—Solo quiero comprobar una cosa.
—¿Qué cosa exactamente?
—Si alguien entra ahí.
Durante unos segundos nadie habló.
Carol sintió un nudo incómodo en el estómago.
Porque sabía perfectamente que aquello era una locura.
Y aun así también sabía que iban a hacerlo.
Entraron otra vez por la pequeña puerta lateral.
La finca seguía igual.
Silenciosa.
Húmeda.
Extrañamente viva.
Cada vez que cruzaban aquel cierre, Carol tenía la sensación de estar entrando en un lugar donde no debía estar nadie.
Y quizá precisamente por eso resultaba tan adictivo.
Guille caminó directamente hacia una de las puertas exteriores pequeñas que daban acceso a una zona lateral de la vivienda.
—Vigila.
—Esto es una locura —murmuró Roi.
Pero nadie se marchó.
Carol observaba constantemente las ventanas.
Esperando que en cualquier momento apareciese alguien mirándolos desde dentro.
El sonido del destornillador metálico parecía exageradamente fuerte en mitad de aquel silencio.
Cada pequeño golpe hacía que Carol sintiese el corazón todavía más rápido.
—Date prisa.
Guille trabajaba rápido.
Demasiado rápido.
Como si llevase días pensando exactamente cómo hacerlo.
En menos de diez minutos la cerradura vieja estaba fuera.
Y la nueva colocada.
Guille se levantó sonriendo.
—Ahora lo sabremos.
—¿El qué?
—Si esto realmente está vacío.
Carol miró la puerta recién cerrada.
Y por primera vez sintió claramente que acababan de hacer algo serio.
Ya no eran simples curiosos mirando una casa desde fuera.
Ahora estaban interviniendo en ella.
Roi pareció pensar exactamente lo mismo.
—Nos estamos viniendo demasiado arriba con esto.
Nadie respondió.
Porque todos sabían que tenía razón.
Cuando salieron de la finca, Carol volvió a mirar la casa desde el camino.
Las ventanas seguían oscuras.
El silencio seguía siendo absoluto.
Y aun así, algo dentro de ella le decía que alguien sabía perfectamente que habían estado allí.
Esa noche apenas pudo dormir.
Cada pequeño ruido de la calle hacía que mirase por la ventana.
Y aun así, al mismo tiempo, una parte de ella sentía emoción.
Una emoción absurda.
Peligrosa.
La sensación de estar acercándose cada vez más a algo prohibido.
A la mañana siguiente Guille mandó un mensaje al grupo.
Una foto.
Carol abrió inmediatamente la imagen.
La cerradura.
Había sido cambiada otra vez.
Durante varios segundos nadie escribió nada.
Después apareció el mensaje de Roi.
—Vale.
Y otro más.
—Entonces sí hay alguien ahí dentro.