Capítulo 20 · Cremà #3
La madera no era toda igual. Se veía. Había piezas viejas, grises, curtidas, con cien años de humedad y de sol de patio encima, con las marcas de los clavos antiguos, con la pátina de una casa que no era esta.
Y había piezas nuevas, claras, de pino del derribo de Godella, encastradas en las viejas con injertos y colas de milano que no se habían disimulado. Que se veían. Que se notaban.
Era la P2-P-06 . La ventana podrida del patio del Rosario. La que había dudado.
Júlia se arrodilló delante. Fue a la esquina inferior izquierda. El ensamble del travesaño con el montante. Pasó la mano por encima, con la palma abierta, con los ojos cerrados, como él le había enseñado en octubre.
Lo notó antes de verlo. Los tres golpes de formón en diagonal, de 1912, a medias. Y encima, la caja recta. La duda. Entera. Sin tapar. En la madera original, que él no había cambiado.
Y un poco más arriba, en la madera nueva, en el montante de pino claro, algo que no estaba en 1912.
Abrió los ojos.
Era pequeño. Tallado a gubia, profundo, con el pulso firme de alguien que lo había hecho con calma, de madrugada, sabiendo que solo lo vería una persona. Dos letras. Un punto en medio.
J · D
Júlia se quedó de rodillas delante de la ventana, con la mano apoyada en las letras, mucho tiempo. Detrás de ella, en la puerta del dormitorio, Dani no se movía. No decía nada. Esperaba. Como se espera a que la cola seque. Como se espera a que alguien se abroche un botón.
—Es la que dudó —dijo ella al fin, sin volverse.
—Es la que dudó.
—La has rehecho.
—La he curado. Lo que se podía salvar, lo he salvado. Lo que no, lo he puesto nuevo. Y se nota. —Él hizo una pausa—. No quería que pareciera una sola pieza.
—No lo parece.
—No.
—Se ve dónde se juntan.
—Se ve.
—Y está la duda. La de él.
—Y la mía —dijo Dani—. La firma la he dudado tres noches. Si ponerla o no. Si ponerla así. Si era demasiado. —Se le notaba en la voz que sonreía—. Al final la he dejado dentro.
Júlia se levantó. Se volvió hacia él. Tenía la cara mojada y le daba igual.
—Me has cambiado la ventana sin preguntarme —dijo.
Dani se quedó muy quieto.
—Sí —dijo—. Es verdad.
—Has entrado en mi casa mientras estaba en la cremà.
—Tengo llave desde noviembre. Me la diste tú.
—Has quitado mi ventana de aluminio.
—Está en el taller. Te la devuelvo si quieres.
—Has hecho exactamente lo que yo hice contigo. Una cosa para el otro. Sin preguntar.
Él tragó saliva.
—Sí —dijo—. Por eso no la he fijado.
—¿Qué?
Dani se acercó a la ventana. Abrió una de las hojas. Le enseñó el marco, por dentro, donde se unía con el muro.
—No está fijada. Está presentada. Calzada con cuñas. —Le señaló las cuñas de madera en las esquinas—. Si no la quieres, la saco esta noche y vuelvo a poner la tuya. Si la quieres, la fijo mañana. —La miró—. Te lo pregunto.
Júlia miró las cuñas. Miró la ventana. Miró las letras talladas con un punto en medio.
Miró por el cristal. Abajo, en el patio de luces, la ventana alta del taller tenía la luz encendida, amarilla, y se veía el banco del iaio lleno de virutas y de herramientas tiradas como después de una batalla. Desde esa ventana, desde la cama, ella vería cada noche esa luz.
—¿La lijadora se oye a través? —preguntó.
—Un poco más que a través de la de aluminio. La madera transmite.
—¿Y la ardilla?
—La ardilla se oye perfectamente.
—Entonces la quiero —dijo Júlia.
Dani soltó el aire. Ella se dio cuenta de que llevaba un rato sin respirar.
* * *
Esa noche durmieron en el principal. En la cama de siempre, en su sitio de siempre, contra la pared del patio, debajo de la cuarta viga, con su cicatriz dorada en zigzag, sus cuatro botones redondos y su firma de 1925 en el costado.
Con la ventana que dudó presentada en el hueco, calzada con cuñas, sin fijar todavía.
Antes de apagar la luz, Júlia sacó la agenda del bolso.
La abrió por el final. Donde había estado la pestaña blanca. Solo quedaba un rastro, una línea fina de papel arrancado junto a la costura, como la cicatriz de una viga.
Cogió el bolígrafo. Lo miró un momento. Luego se lo tendió a él.
—Escribe tú lo primero —dijo.
Dani cogió el bolígrafo. Pensó un rato. No mucho. Luego escribió, con su letra de tablas de cerezo, que en papel era más torcida y menos perfecta, en la primera línea de la primera página en blanco después de la cicatriz:
Mañana: fijar la ventana.
Y le devolvió el bolígrafo. Ella escribió debajo, con su letra recta:
Pasado mañana: no sé.
Lo miró un momento. Le pareció la anotación más peligrosa que había hecho nunca en esa agenda.
No la tachó.
Apagó la luz. Abajo, en el taller, con la puerta cerrada y la luz encendida, no sonaba nada. Pero por la ventana nueva entraba el olor a pólvora de la cremà, el rumor de la plaza vaciándose, el tintineo lejano de una banda de música que volvía a casa tocando un pasodoble.
Él la oyó reírse en la oscuridad.
—¿Qué? —preguntó.
—Que están tocando un pasodoble.
—Bailo fatal.
—Ya lo sé.
—¿Quieres que…?
Júlia se quedó escuchando la banda alejarse por la calle de Escalante, nota a nota, hasta que el pasodoble se convirtió en un rumor y luego en nada. Pensó que en septiembre habría escrito una norma para eso. La número ocho. Ahora solo quería que volviera a pasar.
—Mañana —dijo Júlia, y le buscó la mano debajo de la sábana—. Lo apunto.