Epílogo · Lo que se nota
Epílogo Lo que se nota
El primer viernes de abril, Josep Ferrer subió por primera vez en su vida la escalera de caracol de la azotea del número cuarenta y dos.
Lo hizo despacio, con una mano en la barandilla de hierro y la otra en el bolsillo de su chaqueta de Serrano, mirando cada peldaño como quien revisa una escritura antes de firmarla.
Detrás de él subía Consuelo, con un bizcocho de limón en una fuente de cristal, y detrás de Consuelo, Neus, que había venido de Berlín para la Pascua con el pelo teñido de azul, una mochila y la determinación declarada de conocer «al carpintero que ha domado a mi hermana».
—Nadie me ha domado —le había dicho Júlia en la puerta.
—Ya lo veo —había contestado Neus, mirándole las manos, donde Júlia tenía una tirita en el dedo índice de un formón que se le había escapado el martes—. Te ha enseñado a sangrar un poco. Eso es todavía mejor.
La azotea estaba llena. Pilar organizaba la mesa con mano de hierro y un delantal nuevo.
Toni había subido la paellera y la leña de naranjo y defendía, con argumentos de teólogo, que la paella de la Pascua llevaba alcachofas y la de los viernes normales no.
Ramón presidía desde la cabecera con su boina y su bastón y Bruja en el regazo.
Vicent, jubilado desde hacía un mes, había venido «solo un rato» a las doce y media y seguía allí, con el casco de purpurina dorada colgado del respaldo de la silla, contándole a Pau la inundación de Burjassot del ochenta y cinco por tercera vez.
Álvaro y Marina estaban en la barandilla, discutiendo en voz baja sobre algo que tenía pinta de ser un calendario y sonaba a otra cosa.
Y Dani estaba junto a la paellera, con la camisa de lino azul y las mangas remangadas, dejando que Toni le explicara el sofrito como si no supiera hacer un sofrito.
Josep Ferrer se detuvo en lo alto de la escalera de caracol. Miró la azotea. Miró la parra, que empezaba a echar hojas pequeñas, de un verde casi amarillo. Miró a Dani.
Dani le miró a él.
Júlia contuvo la respiración.
—Usted es el de la viga —dijo su padre.
—Sí, señor.
—Climent me ha enseñado las fotos. —Josep se acercó, despacio, y le tendió la mano—. Un rayo de Júpiter con cuatro varillas pasantes. A la antigua.
—A la antigua.
—Se nota la junta.
Dani le estrechó la mano. No la soltó enseguida.
—Sí, señor —dijo—. Se nota.
Josep Ferrer le miró un momento más, por encima de las gafas, con la misma expresión con que había mirado treinta y ocho años de escrituras, testamentos y contratos de compraventa con vicios ocultos. Luego asintió una vez, corto, seco.
—Está bien —dijo.
Y se fue a sentar al lado de Ramón, que le recibió con un «¿usted juega al dominó?» que iba a costarle la tarde entera.
Júlia soltó el aire. A su lado, su madre le dio un golpe suave en el brazo con la fuente del bizcocho.
—«Está bien» —repitió Consuelo, en voz baja—. Es lo más bonito que le he oído decir de un hombre en cuarenta años. Y yo me casé con él.
* * *
Comieron paella con alcachofas. Hubo discusiones sobre la leña, sobre el socarrat, sobre si Valencia iba a bajar a segunda, sobre si los fontaneros habían terminado alguna vez algo por la mañana en la historia de la humanidad.
Neus le hizo a Dani un interrogatorio de veinte minutos sobre Morella, sobre la madera, sobre Madrid, sobre sus intenciones, sobre su signo del zodiaco y sobre si era verdad que había bailado pasodoble en la boda de Jordi Puig, porque lo sabía todo Benimaclet.
Dani le contestó a todo con una paciencia infinita y, al final, le preguntó si quería ver el taller.
Neus dijo que sí. Júlia supo en ese momento que su hermana se iba a quedar en Valencia más días de los previstos.
A las cuatro, Héctor Mollà llamó a Dani. Lo cogió en la barandilla, de espaldas a todos, y habló cinco minutos. Cuando colgó, Júlia se acercó.
—¿Qué quería?
—La fase dos se cerró sin nosotros. —Dani guardó el móvil—. Se ha presentado él. Y otros cuatro. Si gana, quiere que le asesore en las cerchas. Dos días a la semana. Sin dirección de proyecto. Sin plazos míos. Solo la madera.
—¿Y qué le has dicho?
—Que lo hablaba contigo.
Júlia se quedó quieta.
—¿Conmigo?
—Cláusula séptima —dijo Dani—. Me da miedo. Lo digo en voz alta. Y lo decidimos juntos.
—No tenemos cláusula séptima.
—Ya lo sé. —Él sonrió—. Pero la tenemos.
Júlia le miró. Luego se volvió hacia la barandilla, hacia el mar, hacia la franja azul que se veía entre las antenas y los tendederos del Cabanyal.
Allí, en algún lugar, entre las grúas del puerto, había una lonja de 1907 con las cerchas de madera asomando por un tejado medio hundido, esperando desde hacía cien años a que alguien la mirara con la luz de lado.
—Dos días a la semana —dijo ella.
—Dos días.
—¿Y los otros cinco?
—El taller. La alquería. Tu estudio del principal, si me dejas dibujar en tu tablero. —Dani hizo una pausa—. Y las noches de luna llena.
—Eso es la norma tres.
—Me la sé de memoria.
* * *
A las cinco, mientras Josep Ferrer perdía su segunda partida de dominó, Júlia y Dani se escaparon a la barandilla de la azotea con dos cafés de puchero.
—¿Se lo vas a contar? —preguntó ella.
—¿El qué?
—Lo de Asturias. A tu madre. Me ha escrito Teresa esta mañana preguntando si al final fuimos.
Habían ido. El fin de semana anterior. En el Kangoo, mil kilómetros de ida, con la radio puesta a ratos y a ratos apagada, parando en Soria a dormir y en León a comer.
Había sido idea de ella, pero no lo había planificado: lo había preguntado.
Un martes por la noche, en la cocina del segundo, con la cuchara torcida en la mano.
¿Quieres ir a ver la ola? Y él había tardado un día entero en contestar, a su velocidad, y luego había dicho que sí.
El Pabellón de la Marea estaba en una punta de roca sobre el Cantábrico, a las afueras de un pueblo de pescadores, y era exactamente igual que la maqueta blanca del despacho de la calle Almagro y, a la vez, completamente distinto.
Más grande. Más gris. Más vivo. La ola de hormigón blanco rompía contra la roca de verdad, y la roca de verdad rompía contra el mar, y el mar rompía contra la ola, y todo junto hacía un ruido que no se podía dibujar.
Dani se había quedado una hora entera en el aparcamiento sin bajar del coche. Ella no le dijo nada. Esperó. Leyó un libro. Le pasó un termo de café. A la hora y diez minutos, él abrió la puerta.
Entraron. Recorrieron las salas. Él no dijo una palabra en todo el recorrido.
Tocaba las paredes. Pasaba la mano por los marcos de las puertas.
Se paraba en las esquinas mirando cómo entraba la luz.
En la sala grande, la que daba al mar, se quedó de pie delante del ventanal durante veinte minutos, con las manos en los bolsillos.
Al salir, junto a la puerta principal, había una placa de bronce. Pabellón de la Marea. Proyecto: Daniel Roca (Estudio Arranz). Su nombre, primero. Él lo miró un momento. Luego pasó el dedo por encima, por las letras en relieve, una a una, como quien toca un ensamble.
—¿Y? —le había preguntado ella, en el aparcamiento, al volver al coche.
—Me gusta —había dicho él.
—¿Y eso te da miedo?
Dani lo había pensado mucho rato, con las manos en el volante, mirando la ola por el parabrisas.
—Ya no tanto —había dicho al fin—. Ahora sé que puedo querer algo sin que me rompa. —La había mirado—. Lo he aprendido este invierno. No en Madrid.
Ahora, en la barandilla de la azotea, con el café de puchero en la mano y el mar al fondo entre las antenas del Cabanyal, Dani se encogió de hombros.
—Se lo cuento el domingo —dijo—. En Morella. En persona.
—¿Y qué le vas a decir?
—Que fui a ver la ola. —Le dio un sorbo al café—. Y que no estaba solo.
Júlia no dijo nada. Le apoyó la cabeza en el hombro, como en el vestíbulo del Rosario la noche de la tubería. Abajo, en la calle, una niña pasaba en bicicleta sin ruedines, y su padre corría a su lado con los brazos medio abiertos, sin tocarla, preparado para lo que hiciera falta.
* * *
A las cinco y media, cuando la comida ya se había deshecho en grupos y Josep Ferrer había perdido cuatro partidas seguidas de dominó contra Ramón y Pilar y empezaba a sospechar con razón que hacían trampas, Samuel subió la escalera de caracol.
Llegaba tarde. No había venido a comer. Tenía la cara de alguien a quien acaban de dar una mala noticia y no sabe todavía si es mala del todo.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Álvaro.
—Me han paralizado la obra de Russafa. —Samuel se dejó caer en una silla—. La del edificio de la calle Sueca. Esta mañana. Una inspección municipal. Dicen que el refuerzo de la fachada no está en la licencia.
—¿Y lo está?
—Claro que lo está. En un anexo. Que alguien del ayuntamiento ha perdido.
—Samuel se pasó la mano por la cara—. Y la inspectora no me ha dejado ni enseñárselo.
Ha puesto el precinto, me ha mirado a los ojos y me ha dicho que el lunes a las nueve, en su despacho, con el anexo. Sin un minuto de retraso.
Hubo un silencio en la azotea. Marina, en la barandilla, se volvió muy despacio. Júlia se volvió también. Pilar dejó una ficha de dominó en el aire.
—¿Qué inspectora? —preguntó Álvaro, aunque todo el mundo sabía ya la respuesta.
Samuel levantó la vista. Tenía una expresión que Júlia no le había visto nunca en diez años: sin ironía, sin rotuladores en la oreja, sin chistes sobre su divorcio. La expresión de un hombre que ha visto crujir una viga que creía enterrada.
—Carmen Ortuño —dijo.
En la cabecera de la mesa, Pilar Sanchis dejó la ficha de dominó sobre la caja de fruta. Se cruzó de brazos. Y le dijo a Ramón, en voz perfectamente audible para toda la azotea:
—Te lo dije en diciembre.
—Me lo dijiste en diciembre —admitió Ramón.
—Ya tenemos el siguiente.
Esa noche, en el principal, bajo la viga de la cicatriz, con la ventana que dudó fijada en el hueco del patio y la luz del taller encendida allá abajo, Júlia abrió la agenda.
No la tenía ya en el bolso todo el día. La dejaba en la mesa de la cocina, a veces. Abierta, a veces. La goma elástica se había roto en marzo y no la había cambiado.
Había una pestaña nueva. No era de ningún color.
Era de madera: una tira fina de cerezo, de un milímetro de grosor, que Dani había cepillado a mano hasta dejarla flexible como el papel y que había pegado en el borde de la página con cola de conejo.
Le había tallado una sola letra. Bueno, dos. Y un punto en medio.
Las páginas de esa pestaña estaban escritas con dos letras. Una recta, de notario. Otra torcida, de tablas de cerezo. Se turnaban. A veces en la misma línea.
Viernes: azotea. Llevar bizcocho de mamá.
Sábado: cerámica (J). Lonja, cerchas, mirar con luz de lado (D).
Domingo: Morella. Avisar a Teresa. (Llevar la ventana de aluminio para la fonda, la quiere.)
Lunes: arroz. Tu turno. No: el mío. No sé. Lo que salga.
Y al final, en la última línea escrita, con la letra recta, de esa misma tarde:
Samuel y Carmen Ortuño. Lunes, 9:00. (Esto se va a poner interesante.)
Júlia se rio sola en la cocina. Abajo, a través del suelo, a través de la ventana nueva que transmitía el sonido un poco más que la de aluminio, empezó a sonar algo. No era una lijadora. No era un martillo.
Era una ardilla. Un raspar muy suave, muy lento, rítmico como una respiración, que subía desde el taller por el patio de luces y entraba por la ventana nueva igual que entraba en septiembre por la vieja, cuando ella todavía escribía normas para no oírlo.
Cerró la agenda. No le puso goma, porque no tenía. La dejó sobre la mesa de la cocina, abierta por la pestaña de madera, donde cualquiera podía leerla. Luego apagó la luz y se quedó un momento a oscuras, escuchando.
Eran las once y treinta y dos.
FIN