Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 20 · Cremà #2
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Capítulo 20 · Cremà #2

Esa misma tarde, a las siete, Vicent había bajado los tres escalones del taller del número cuarenta y uno de Escalante con su casco de purpurina en la mano y una pregunta en la cara.

—Me ha dicho Pau que necesitas un par de manos —dijo.

—Pau habla mucho.

—Pau habla lo justo. Tú hablas poco. —Vicent dejó el casco sobre un taburete—. ¿Qué es eso?

Era la ventana. Estaba sobre el banco del iaio , montada a medias. El marco de pino nuevo, claro, recién cepillado. Las piezas viejas de la P2-P-06 , grises, curtidas, encajadas en él con injertos de cola de milano. Una hoja entera. La otra, a medias, con los travesaños numerados sobre una manta.

Vicent la miró un rato largo sin tocarla.

—Esa es la del patio del Rosario —dijo—. La podrida.

—Era.

—La que dudó.

Dani levantó la vista.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque me lo contó Júlia. En la alquería, la otra noche, mientras apuntalábamos. —Vicent se rascó la nuca—. Me contó que un arquitecto de 1912 cambió de idea a mitad de una ventana y lo escribió en una carta. Y que tú se lo habías enseñado con luz de lado.

Dani no dijo nada. Siguió ajustando un junquillo con el formón.

—¿Para quién es? —preguntó Vicent.

—Para nadie.

—Ya. —Vicent se quitó la chaqueta, la colgó de un gancho, se remangó—. ¿Qué hay que sujetar?

Trabajaron hasta las once. Vicent sujetaba. Dani ajustaba, encolaba, apretaba los sargentos, un cuarto de vuelta cada vez. No hablaron mucho. A las nueve, Vicent subió al bar de Toni a por dos bocadillos y dos cervezas, y se los comieron de pie junto al banco, entre virutas.

A las diez y media, Dani cogió una gubia pequeña de la pared, la de media caña, y se quedó con ella en la mano delante del montante nuevo de la hoja izquierda. Mucho rato. Sin decidirse.

Vicent le miraba desde el taburete, comiéndose las últimas pipas.

—Hazlo, xiquet —dijo al fin.

—¿El qué?

—Lo que sea que estás pensando hacer con esa gubia desde hace cinco minutos. —Vicent escupió una cáscara en la palma de la mano—. Mi mujer y yo llevamos cuarenta y seis años casados. ¿Sabes cómo se lo pedí?

—No.

—Le hice una muesca en el mango de la azada de su padre. Con mis iniciales y las suyas. Su padre se dio cuenta al día siguiente, en el campo, y me persiguió con la azada por toda la huerta de Meliana. —Vicent sonrió—. Pero ella vio la muesca. Y eso era lo que importaba.

Dani miró la gubia. Miró el montante.

Talló la J . Despacio. Luego se detuvo. Se quedó un rato quieto. Vicent no dijo nada. Luego talló el punto. Luego la D .

Cuando terminó, sopló el polvo. Vicent se levantó del taburete, se acercó, miró las letras con la cabeza ladeada, como miraba las claves de piedra.

—Bien —dijo—. Has dudado en el punto.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque es más hondo que las letras. —Vicent volvió a ponerse la chaqueta—. Lo has repasado tres veces.

Se fue a las once y cuarto, con su casco de purpurina bajo el brazo, sin despedirse, como se iba siempre. En la puerta del taller se detuvo un momento.

—Esta noche es la cremà —dijo—. No llegues tarde.

—Llegaré tarde.

—Ya lo sé. —Vicent se encogió de hombros—. Pero llega.

*  *  *

Él estaba en el portal cuando ella volvió, a la una y cuarto.

Sentado en el escalón de la entrada del número cuarenta y uno de Escalante, con el olor a pólvora todavía en el aire, la ropa llena de serrín, una astilla en el pelo y las manos apoyadas en las rodillas. Se levantó al verla llegar.

—Llegas tarde —dijo ella.

—Lo sé.

—Te has perdido la cremà.

—Lo sé. La he oído. —Dani se sacudió el serrín de los pantalones—. La traca se oye desde el taller. Hace temblar los formones.

—He metido una cosa en la falla.

—Me lo ha dicho Toni. Por WhatsApp. Con tres emojis de fuego.

Júlia se rio sin querer.

—Toni no sabe usar emojis.

—Ha aprendido esta noche. —Dani la miró—. ¿Era la página?

—Era la página.

—¿Entera?

—Entera. Con el 2031. —Júlia se encogió de hombros—. Nadie debería tener un 2031 escrito en marzo de 2027.

Él asintió despacio. No dijo nada. Luego le tendió la mano.

—Ven —dijo—. Tengo que enseñarte una cosa.

—¿Dónde?

—En tu casa.

*  *  *

Subieron al principal. Ella abrió la puerta. Encendió la luz del recibidor. Todo estaba igual: las cajas de la mudanza a medio deshacer, el tablero de dibujo en el salón, la tabla de cerezo de Vuelvo apoyada contra el azucarero de la cocina.

—Al dormitorio —dijo él.

Júlia le miró. Él no sonreía. Tenía esa expresión seria, concentrada, de cuando escuchaba la madera.

Fue al dormitorio. Encendió la luz.

Y se quedó quieta en la puerta.

La ventana del patio no era su ventana.

Su ventana había sido una ventana de aluminio blanco de los años ochenta, con cristal doble y una persiana de plástico que se atascaba, que ella llevaba tres años pensando en cambiar y no había cambiado porque no estaba en el plan.

Ya no estaba. En su lugar había una ventana de madera.

De dos hojas. Con contraventanas de librillo por dentro.

Con molduras de 1912. Con junquillos. Con un herraje de latón que brillaba bajo la luz como una moneda nueva.

Júlia se acercó despacio. Muy despacio. Como quien se acerca a un animal que puede asustarse.