Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 20 · Cremà
92%

Capítulo 20 · Cremà

La falla de la plaza del Rosario medía once metros y medio y representaba, según el libreto que Toni había repartido por todo el barrio con una solemnidad de obispo, La ciutat que es reforma : una Valencia enorme de cartón piedra y madera, cubierta de andamios, grúas y puntales, con ninots de arquitectos con casco persiguiendo a ninots de vecinos con maletas, una inspectora municipal gigante con un precinto en la mano como una espada y, en lo alto de todo, una casa del Cabanyal con una cenefa de naranjos en la fachada y una gata negra sentada en el tejado.

—La gata la pedí yo —dijo Toni, presidente de la comisión desde hacía once años, con la banda de fallero cruzada sobre el delantal—. El artista quería un gallo. Le dije que en el Cabanyal mandan las gatas.

Era la noche del diecinueve de marzo. Las once y media.

La plaza estaba llena hasta las aceras: vecinos con niños a hombros, falleras con el traje de seda y las mantillas recogidas, turistas con el móvil en alto, viejos sentados en sillas de plástico traídas de casa.

Olía a pólvora, a buñuelos de calabaza y a la cera de las velas de la ofrenda.

Los bomberos ya estaban regando las fachadas de alrededor con mangueras, para que no se prendieran.

Júlia estaba en primera fila, detrás de la valla, entre Marina y Pilar.

Llevaba la agenda en el bolso. Llevaba tres días llevándola en el bolso sin abrirla, desde la mañana de la lluvia en la alquería, desde el correo con la barra en medio. Y llevaba en el bolsillo del abrigo, doblada en cuatro, una hoja que había arrancado esa tarde.

La página D.

Con sus columnas. Sus flechas. Sus años.

2027, 2028, 2029, 2030. El 2031 con sus puntos suspensivos.

La había arrancado despacio, por la línea de la costura, sin romperla, con un cúter, sentada en su tablero de dibujo del principal, bajo la viga de la cicatriz.

Luego se había quedado mirándola mucho rato.

No la había tirado a la papelera. No la había roto. Le parecía que no bastaba.

—¿Estás segura? —preguntó Marina, a su lado, en voz baja.

—No.

—Bien. —Marina sonrió—. Entonces es de verdad.

Júlia sacó la hoja del bolsillo. Llamó a Toni con la mano. Toni se acercó a la valla, con su banda y su delantal y su expresión de oficiar una misa.

—Toni —dijo ella—. ¿Puedo meter esto en la falla?

Toni miró la hoja doblada. Luego la miró a ella.

—¿Qué es?

—Un plan.

—¿Tuyo?

—Mío. Para otra persona. Sin preguntarle.

Toni se quedó un momento callado. Luego cogió la hoja, con mucho cuidado, con dos dedos, como quien coge una carta de amor de otro.

—Esto no está en las normas de la Junta Central Fallera —dijo.

—Lo sé.

—Me van a multar.

—Te pago la multa.

Toni la miró. Y luego, por primera vez en todos los años que Júlia le conocía, le guiñó un ojo.

—Invita la casa —dijo.

Cruzó la valla con la hoja en la mano, se acercó a la base del monumento, entre los andamios de cartón piedra y los puntales de madera pintada, y la metió en un hueco, a los pies del ninot de una arquitecta con casco que llevaba en la mano, Júlia se dio cuenta en ese momento, una agenda gigante llena de pestañas de colores.

Pilar, a su lado, se tapó la boca para no reírse.

—¿Eso lo has pedido tú también? —le preguntó Júlia a Toni cuando volvió.

—Eso lo pidió Samuel —dijo Toni—. En noviembre. Dijo que era una broma privada.

*  *  *

A las dos de la tarde de ese mismo día, Júlia había estado en la mascletà.

Fue con Marina. Marina, que era de Xàtiva y había visto mascletàs desde que nació, la arrastró desde el estudio hasta la plaza del Ayuntamiento a la una y cuarto, con la excusa de que «una valenciana que no ha visto la mascletà del diecinueve desde dentro no es valenciana», a pesar de que Júlia le explicó tres veces que la había visto, desde el balcón de la notaría de su padre, todos los años de su infancia, con algodones en los oídos.

—Desde el balcón no cuenta —dijo Marina—. Hay que estar abajo. Hay que sentirla en el pecho.

Estaban abajo. Apretadas entre doscientas mil personas en la plaza del Ayuntamiento, con el sol de marzo cayendo a plomo, la gente subida a las farolas, a los bancos, a los hombros de otra gente, y un silencio expectante, enorme, de multitud que espera, a las dos menos un minuto.

Y luego empezó.

Primero fueron los petardos pequeños, los trons de bac , rítmicos, como un tambor que empieza despacio.

Luego más. Luego más deprisa. Luego el suelo empezó a temblar, y Júlia lo notó en los pies, en las rodillas, en el estómago, y luego en el pecho, como si alguien le estuviera golpeando el esternón desde dentro con el puño.

El humo blanco subió hasta los tejados. El olor a pólvora le entró por la nariz, por los ojos, por la boca.

El ruido dejó de ser ruido y se convirtió en otra cosa, en un ritmo, en una música salvaje que no se oía sino que se sentía.

Y en el final, en el terremoto final, cuando cientos de petardos estallaron a la vez y la plaza entera tembló como si fuera a partirse en dos, Júlia se dio cuenta de que estaba gritando.

Con todo el cuerpo. Con la boca abierta y los ojos llenos de lágrimas de humo.

Cuando terminó, cuando la plaza entera estalló en un aplauso que casi se oyó más que los petardos, Marina se volvió hacia ella.

—¿Y bien?

Júlia no podía hablar. Tenía el corazón desbocado y las manos temblando y la cara negra de pólvora.

—No he podido controlar nada —dijo al fin, con la voz ronca.

—De eso se trata. —Marina se rio—. Es lo único de esta ciudad que no se puede planificar. Puedes saber a qué hora empieza. No sabes nunca qué vas a sentir.

Volvieron hacia el Cabanyal andando, por la calle de la Paz y luego por la Alameda, entre la multitud que se dispersaba, con los oídos pitando.

En el puente de las Flores, Júlia se detuvo.

Se apoyó en la barandilla. Abajo, en el cauce del Turia, la gente paseaba en bici, corría, tumbada en la hierba.

—Esta noche voy a quemar una cosa en la falla —dijo.

Marina la miró de reojo.

—¿La página?

—La página.

—¿Y él lo sabe?

—No. —Júlia apretó la barandilla—. No sé dónde está. Lleva tres noches en el taller. No sale. No sube. Le oigo trabajar hasta las cuatro. Lijadora. Martillo. Ardilla.

—¿Y no has bajado?

—No.

—¿Por qué?

Júlia lo pensó. Lo pensó de verdad, con los oídos todavía llenos de la mascletà, con el olor a pólvora en el pelo.

—Porque la última vez que hice algo sin preguntarle, le rompí algo —dijo—. Y esta vez, si está haciendo algo, quiero que me lo enseñe él. Cuando quiera. A su velocidad.

Marina sonrió, despacio.

—Eso —dijo— es centrar el barro.

—¿Cómo sabes tú lo del barro?

—Fui contigo a cerámica en octubre. Me peleé cuarenta minutos con un torno. —Marina se encogió de hombros—. Algo aprendí.

Siguieron andando. Por la avenida del Puerto, el tranvía pasaba lleno de falleras con trajes de seda y peinetas de oro, y de niños con caretas de cartón, y de turistas con los oídos tapados.

Marina saludó al conductor con la mano. El conductor, por alguna razón, le devolvió el saludo con una sonrisa enorme, y luego tocó la campanilla dos veces.

—¿Le conoces? —preguntó Júlia.

—Es una historia larga —dijo Marina—. Tiene que ver con una palanca de emergencia.

*  *  *

Dani no estaba.

Júlia lo había buscado con la mirada entre la gente desde las once.

No estaba en la plaza, ni en la puerta del bar, ni en la terraza del estudio, desde donde Álvaro, Samuel, Pau y Ramón miraban la falla con una botella de cava.

Le había escrito a las diez. ¿Vienes a la cremà?

Él había contestado a las diez y cuarto.

Llego tarde. Estoy terminando una cosa. Nada más.

Llevaba tres días terminando una cosa. Desde que bajaron de la alquería, con el par gemelo puesto y la lona de Pau aguantando la lluvia.

Tres noches en el taller. Ella las había oído.

La lijadora, una noche, después de las diez, rompiendo la norma uno, y Júlia, en su cama, debajo de la viga, se había reído sola en la oscuridad.

El martillo, otra noche. Y luego, la ardilla. Durante horas. Hasta las cuatro.

No había bajado a preguntar. Le había costado. No había bajado.

A las doce menos un minuto, el presidente de la comisión encendió la mecha. La traca recorrió la plaza como una serpiente de fuego, de farola en farola, con un estruendo que hacía temblar el pecho y los cristales, y llegó a la base de la falla, y la falla prendió.

Primero fue una llama pequeña, a los pies de la arquitecta de la agenda gigante.

Júlia la vio. Vio el hueco donde Toni había metido su hoja doblada, vio cómo el fuego entraba en él, vio un destello blanco, un instante, el papel, y luego nada.

Luego la llama subió por la agenda de cartón piedra, por las pestañas de colores, por el casco del ninot, y se convirtió en una columna de fuego que subió por los andamios, por las grúas, por los puntales pintados, por la inspectora con su precinto, hasta la casa del Cabanyal de lo alto, con su cenefa de naranjos y su gata negra en el tejado.

El calor llegó a la valla como una bofetada. La gente retrocedió un paso. Júlia no.

Se quedó mirando el fuego con la cara ardiendo y las lágrimas secándosele en las mejillas antes de caer, y pensó en un hombre que se había sentado en un sofá recién llegado y le había dicho que se sentía un tabique.

Pensó en ciento veinte llamadas en dos días.

Pensó en once normas de convivencia y una crema de verduras para cada lunes.

Pensó en una página con columnas, con flechas, con años, convirtiéndose en ceniza a los pies de una arquitecta de cartón piedra.

Y no sintió que perdía nada. Sintió que soltaba algo. Como cuando se quita un sargento después de tres días de secado y la madera ya no lo necesita.

La gata negra del tejado fue lo último en caer. Se mantuvo un rato sola, recortada contra el fuego, sobre la casa que ya ardía por debajo, con una dignidad absurda. Luego se inclinó despacio y desapareció en las llamas.

La plaza aplaudió.