Capítulo 19 · Rectificar a tiempo #2
—Entonces la retiramos —dijo Dani—. Juntos.
Esta vez. No porque no la quiera. Porque la quiero bien.
—Le cogió la mano, la que tenía la palma raspada por el clavo—.
La Lonja lleva cien años esperando. Puede esperar un poco más.
Si la gana Mollà, le llamaré yo. Y le diré que me interesa la madera.
A mi velocidad. Con mis condiciones. Y si no, habrá otra cosa. Otra lonja. Otra ola.
Júlia miró sus manos juntas sobre la piedra mojada del banco.
—¿Y yo?
—¿Tú qué?
—¿Dónde estoy yo en eso?
Dani la miró. La lluvia caía sobre la parra, sobre la lona de Pau, sobre los campos de chufa, sobre una alquería del siglo dieciocho con un par gemelo pegado a un par roto.
—Al lado —dijo—. No delante. No detrás. Al lado. Con tu agenda. —Hizo una pausa—. Pero con una pestaña que escribamos los dos.
Júlia se rio. Fue una risa mojada, rota, que le salió por la nariz y por la boca a la vez, con lágrimas que se confundían con la lluvia.
—Eso no es un plan —dijo.
—No.
—Es una duda.
—Es una duda —asintió él—. ¿Qué haces con las dudas?
Ella le miró. Se acercó un poco más en el banco de piedra. Le limpió una gota de lluvia de la frente con el pulgar, despacio, como en el coche, aquella primera noche, con la mancha de mortero.
—Las dejo dentro —dijo.
* * *
A las siete menos cinco, un coche gris entró por el camino de tierra entre los campos de chufa, con los limpiaparabrisas a toda velocidad, y aparcó junto al Kangoo.
Era Elena Boix. Sola. Con las botas de agua de diseño, la gabardina color camel empapada en los hombros y, en las manos, una bandeja de cartón con cuatro vasos de horchata y una bolsa de papel llena de fartons.
Se quedó un momento en el patio, bajo la lluvia, mirando la cubierta. La lona de Pau, tensa, chorreando. Los focos de obra todavía encendidos. El hueco de la losa levantada. Y en el banco de piedra, bajo la parra, dos personas empapadas, con barro hasta las rodillas, con las manos cogidas.
Ellos la vieron. Soltaron las manos. Elena levantó una ceja.
—No por mí —dijo.
Se acercó. Les dio dos vasos de horchata. Dejó la bolsa de fartons en el banco. Y luego, sin que nadie la invitara, se sentó en el otro extremo del banco de piedra, bajo la lluvia, con su gabardina de mil euros, y se quedó mirando la cubierta.
—Vicent me ha llamado a las seis —dijo—. Me ha dicho que la cubierta aguanta. Que habéis puesto un par gemelo. Que el chaval de los rizos ha tensado una lona. —Dio un sorbo a su horchata—. Y que si no hubiera sido por vosotros dos, ahora estaría el tejado en la cocina de mi abuela.
—La losa había que haberla levantado en febrero —dijo Júlia—. Lo vio él el primer día. Yo lo apunté y esperé.
—Lo sé. Me lo ha dicho Vicent también. —Elena se encogió de hombros—. También me ha dicho que te pasaste toda la noche de rodillas en la andana con una linterna, y que firmaste un papel diciendo que el aparejador no se hacía responsable y subiste igual.
Júlia no dijo nada.
—Mi bisabuelo —siguió Elena, mirando la lluvia caer sobre la parra— decía que en la naranja hay dos clases de agricultores.
Los que miran el cielo y los que miran el árbol.
Los que miran el cielo saben cuándo va a llover.
Los que miran el árbol saben qué necesita.
—Hizo una pausa—. Él decía que hacían falta los dos. Que solo con uno se perdía la cosecha.
Dani y Júlia se miraron.
—¿Y usted cuál es? —preguntó Dani.
—Yo soy de las que compran el campo. —Elena se rio, una risa breve, ronca—. Que es lo más inútil de todo. Por eso os contrato a vosotros.
Se terminó la horchata. Se levantó del banco. Se sacudió la lluvia de la gabardina sin ningún resultado.
—La apertura de Pascua la retrasamos —dijo—. A mayo. Arreglad la cubierta bien. A vuestro ritmo. Con madera. No quiero perfiles de acero en la casa de mi abuela.
—Eso va a costar más —dijo Júlia.
—Ya lo sé. —Elena la miró—. Las cosas bien hechas cuestan más. Mi bisabuelo lo sabía. Por eso firmaba los contratos con un hombre que firmaba las vigas.
Júlia se quedó helada.
—¿Qué?
Elena ya caminaba hacia su coche. Se volvió a medias, bajo la lluvia.
—Rafael Llobet —dijo—. Hizo los almacenes de naranja de mi bisabuelo en el puerto. Y la casa del Rosario. Lo pone en los papeles de la familia. Pensé que lo sabíais.
Subió al coche. Arrancó. Se fue por el camino de tierra entre los campos de chufa, con los limpiaparabrisas a toda velocidad.
Júlia y Dani se quedaron en el banco de piedra, bajo la parra, con dos vasos de horchata y una bolsa de fartons mojados, mirándose.
—Lo sabía todo el mundo —dijo Júlia, al fin—. Y yo en el archivo con guantes de algodón.
—Tú lo has encontrado.
—Lo he encontrado por el camino largo.
—Lo has encontrado tú. —Dani cogió un fartón de la bolsa y se lo tendió—. Que es lo que cuenta.
Mandaron el correo a las siete y diez de la mañana, desde el móvil de ella, sentados en el banco, bajo la parra, con la lluvia goteando sobre la pantalla.
Lo reescribieron juntos. Él le quitó dos adjetivos. Ella le puso uno de los dos otra vez, porque se lo merecía. Al final, antes de firmar, Júlia se quedó con el dedo en el aire.
—La firma —dijo.
—Ya lo sé.
Escribió:
Estudio Mediterráneo retira su solicitud de participación. Esperamos poder presentarnos en otra ocasión con el tiempo que este edificio merece. Rogamos disculpen la irregularidad.
J. Ferrer / D. Roca.
Dani lo leyó. Llegó a la penúltima frase y se rio en voz alta, solo, bajo la lluvia, como la primera vez que leyó las normas de convivencia en el taller con el café en la mano.
—«Rogamos disculpen la irregularidad» —repitió.
—He preferido rectificar a tiempo —dijo Júlia— que obstinarme en un error por no reconocerlo.
Y pulsó «Enviar».