Capítulo 19 · Rectificar a tiempo
A las once de la noche, la Alqueria del Pi parecía un barco en mitad de una tormenta que todavía no había llegado.
Júlia había conseguido cuatro focos de obra, dos generadores, seis puntales prestados por el cuñado de Vicent y al propio Vicent, que llevaba jubilado cinco días y había aparecido a las siete de la tarde con su casco de purpurina dorada, una linterna de minero y la frase «a mí no me jubila nadie de una cubierta que se cae».
Pau había venido en patinete eléctrico desde Benimaclet con una caja de pizzas.
El aparejador se había ido a las ocho, después de declarar que no se hacía responsable de nada que pasara en esa andana y de pedirle a Júlia que firmara un papel que lo decía.
Júlia lo firmó. Con su letra recta. Sin temblar.
Luego subió a la andana con Vicent.
No hizo caso al aparejador. No hizo caso a nada que no fuera un mensaje que había leído cuarenta veces en la pantalla del móvil desde las ocho y cuarto: Apuntala los pares 4 y 5 desde abajo con lo que tengas. El 3 no lo toques. Y debajo, otro: Sí te ayudo.
Apuntalaron el cuarto par y el quinto desde el entablado de la andana, con dos puntales cada uno, sobre tablones de reparto para no hundir el suelo, que también era de madera y también tenía ciento cincuenta años.
Vicent ajustaba las roscas. Júlia sujetaba la linterna.
Igual que la primera noche en su dormitorio, con Dani, cuando caía yeso sobre la colcha.
—Un cuarto de vuelta más —dijo ella.
—¿Cómo lo sabes?
—Escuchando. Que no se queje.
Vicent la miró por debajo del casco de purpurina con una expresión que, en otro hombre, habría sido una sonrisa.
—Ese chaval te ha enseñado bien —dijo.
—Ese chaval me ha enseñado cosas que no sabía que no sabía.
—Eso es enseñar.
El tercer par no lo tocaron. Estaba partido en diagonal, a medio metro del apoyo, con las astillas abiertas como los dedos de una mano. No sostenía nada. Lo sostenían los demás. Si alguien lo tocaba, podía soltarse del todo y arrastrar las tejas de alrededor.
Júlia se quedó mirándolo mucho rato a la luz de la linterna, de rodillas en la andana. Pensó en la página de la agenda. Par 3 hastial N. Mirar. Subrayado dos veces. En febrero. Hacía cinco semanas.
—Lo vio el primer día —dijo en voz alta—. Desde aquí. Por el hueco de la losa. Me lo dijo con un bocadillo en la mano. Y yo lo apunté y pedí un presupuesto y esperé tres semanas porque no estaba en el plan.
—Ya —dijo Vicent.
—Si le hubiera hecho caso…
—Si le hubieras hecho caso, estaría partido igual. —Vicent se rascó la nuca por debajo del casco—. Esto lleva partiéndose cincuenta años, xiqueta . Desde que le echaron el hormigón encima. No se ha partido por ti. Se ha partido porque era su hora.
Júlia no contestó. Vicent apoyó la mano un momento en su hombro, áspera, pesada, y luego bajó la escalera de mano sin decir nada más.
* * *
Dani llegó a la una y diez.
Júlia oyó el Kangoo antes de verlo: el motor cansado por el camino de tierra entre los campos de chufa, los faros bailando en los baches, el frenazo en el patio, junto a la noria cegada.
Bajó la escalera de la andana tan deprisa que se raspó la palma de la mano con un clavo y no lo notó hasta media hora después.
Él estaba de pie junto al coche, bajo la parra, a la luz de un foco de obra. Tenía la ropa arrugada de cuatro horas de autopista, una bolsa de viaje en una mano y un cuaderno de tapas negras en la otra.
Se miraron. Durante un momento ninguno de los dos se movió.
Ella había pensado mil cosas que decirle. En el taxi desde el archivo. En la andana. Con la linterna en la mano. Mil frases ordenadas, numeradas, con su planificación y sus planes B. Ninguna le sirvió.
—Has venido —dijo.
—Me has preguntado.
—Te he preguntado —repitió ella, como si fuera un dato nuevo.
—Con interrogación.
—Con interrogación.
Él dejó la bolsa en el suelo. No dejó el cuaderno.
—¿Dónde está el tres?
* * *
Trabajaron hasta las seis y media.
No hubo plan. O no hubo un plan de ella.
Hubo uno de él, que fue haciendo sobre la marcha, de pie en la andana, con el punzón, con la linterna frontal, tocando la madera.
Hubo otro de Vicent, que discutió con él dos veces y ganó una.
Hubo uno de Pau, que propuso tensar una lona por encima de la cubierta sujeta a la parra y a la noria, para cuando llegara la lluvia, y que era tan bueno que Dani se quedó mirándole un momento y dijo « xiquet , tú vas a ser arquitecto», y Pau se puso rojo hasta las orejas.
Y hubo uno de Júlia. Pero no lo escribió.
Lo dijo en voz alta, de rodillas junto al tercer par, a las tres de la madrugada:
—Hay que descargarlo antes de sacarlo. Si lo sacamos con la carga encima, arrastra las tejas. Hay que poner un par provisional al lado. Pegado. Que tome la carga. Y luego quitamos el roto.
—Un par gemelo —dijo Dani.
—Un par gemelo.
—Eso no está en el levantamiento.
—Ya lo sé. —Júlia le miró—. Me lo acabo de inventar.
Dani la miró un momento. Luego sonrió. Por primera vez desde aquella noche en la cocina del segundo.
—¿Tienes madera? —preguntó él.
—No. Tú tienes. En el Kangoo. Te he visto tablones de pino al bajar.
—Son para una mesa.
—Eran para una mesa.
Pusieron el par gemelo a las cinco. Dani lo cortó a medida en el patio, con una sierra de mano, a la luz de los focos.
Lo subieron entre los tres, Vicent, él y ella, por la escalera de mano, como quien sube un ataúd por una escalera estrecha.
Lo encajaron junto al tercero roto, pegado, apoyado en el muro sobre una tabla de reparto.
Lo calzaron. Lo acuñaron. Y cuando Vicent dio el último golpe con el mazo, muy suave, como quien llama a la puerta de alguien que duerme, la cubierta hizo un ruido.
No fue un crujido. Fue un suspiro. Largo, hondo, de madera vieja que deja de aguantar sola.
Júlia lo oyó. Dani lo oyó. Se miraron en la penumbra de la andana, con las caras sucias y las manos llenas de astillas.
—¿Eso ha sido…? —empezó ella.
—Eso ha sido el par tres diciendo gracias —dijo Dani.
—Eso no es un método.
—Es el método más viejo del mundo.
* * *
A las seis y media empezó a llover.
Al principio fueron cuatro gotas gordas sobre la lona de Pau, sonando como dedos sobre un tambor.
Luego más. Luego una lluvia fina, constante, de marzo, que olía a tierra mojada y a azahar de los naranjos de la huerta.
La lona aguantó. La cubierta aguantó. Dentro de la alquería, bajo la andana, no cayó ni una gota.
Pau se había quedado dormido en el coche de Vicent. Vicent se había ido a las seis a su casa de Meliana diciendo que había dejado a su mujer sola cuarenta y tres años y que no iba a empezar a dejarla sola también jubilado.
Júlia y Dani se sentaron en el banco de piedra del patio, bajo la parra, donde él le había hablado del par negro con un bocadillo en la mano en febrero. La parra todavía no tenía hojas. La lluvia caía a través de las ramas desnudas y les mojaba un poco. Ninguno de los dos se movió.
—He ido al archivo —dijo ella.
—¿Al archivo?
—Por la firma de la viga. La pedí en noviembre.
Llegó ayer. —Júlia sacó la agenda del bolso.
Estaba mojada en una esquina. La abrió por la pestaña blanca y sacó la fotocopia doblada en cuatro que había encima de la página D.
—. Se llamaba Rafael Llobet i Soler. Hizo el Rosario en 1911 y mi edificio en 1925.
Es el mismo. El de la factura de Novelda y el de mi techo.
Dani cogió la fotocopia. La desdobló. La leyó bajo la luz gris del amanecer, con la lluvia goteando sobre el papel.
He preferido rectificar a tiempo que obstinarme en un error por no reconocerlo.
Se quedó callado mucho rato.
—Las carpinterías del patio —dijo al fin.
—La ventana que dudó.
—No fue el carpintero. —Dani levantó la vista—. Fue el arquitecto. Fue a la obra. Tocó la madera. Y cambió de idea.
—Y lo escribió. Y pidió perdón por la irregularidad.
—Y luego firmó una viga catorce años después.
—Con un punto en medio.
Dani dobló la fotocopia. Se la devolvió. Ella la guardó otra vez en la agenda, en la pestaña blanca, encima de las columnas y las flechas.
—Tengo un correo en borradores —dijo Júlia—. Desde el viernes a las tres de la mañana. Para retirar la candidatura de la Lonja.
Dani no dijo nada.
—No lo he mandado. —Júlia se volvió hacia él—. Porque te metí sin preguntarte. Y si te saco sin preguntarte, es lo mismo. Así que esta vez te pregunto. —Tragó saliva—. ¿Quieres que lo retire?
Dani la miró. La lluvia le goteaba por el pelo, por la cara. Tenía astillas en las manos y barro en los vaqueros y los ojos grises muy cansados y algo más, algo que ella no le había visto nunca, ni siquiera en la luz rasante de la ventana del Rosario.
Abrió el cuaderno de tapas negras que llevaba en la mano desde que había bajado del coche.
Pasó las páginas. Croquis de una ola. Ensambles.
Un banco con una quemadura. Un hombre de espaldas con boina.
Y al final, en una página, una cercha de madera vista en sección, dibujada a lápiz de carpintero, a mano alzada, sin regla, con cada nudo, cada tirante, cada pendolón, cada prótesis de madera vieja marcada en otro tono.
—La Lonja del Grao —dijo—. La dibujé ayer en Lavapiés. De memoria. En dos horas. Sin darme cuenta.
Júlia miró el dibujo. Luego le miró a él.
—La quieres —dijo.
—La quiero. —Dani cerró el cuaderno—. Llevo años queriéndola. Cada vez que paso por el puerto. Y me daba miedo querer.
—¿Y ahora?
—Ahora me sigue dando miedo. —Él se encogió de hombros—. Pero lo digo en voz alta. Que es lo que hacen en tu estudio. Cláusula séptima.
Júlia sintió que se le cerraba la garganta.
—La fase dos es el viernes —dijo—. Dentro de cuatro días. Con la alquería así. Con la lluvia. Es imposible.
—Ya lo sé.
—Si la hacemos en cuatro días, la hacemos con prisa. De la mala. Como en Madrid.
—Ya lo sé.
—Entonces…