Capítulo 18 · La ola
La noche del domingo, en un hostal de la calle Atocha con una cama estrecha, una ventana a un patio interior y un cuadro de la Cibeles pintado por alguien con mucha fe y poca perspectiva, Dani llamó a su madre.
No lo había planeado. Estaba tumbado boca arriba en la cama, vestido, con la bolsa de viaje sin deshacer a los pies y el móvil en el pecho, mirando una mancha de humedad en el techo con forma de península Ibérica, y de pronto había marcado.
Teresa contestó al segundo tono.
—¿Dónde estás? —preguntó, sin saludar, con esa voz suya de tomar medidas.
—En Madrid.
Hubo un silencio largo al otro lado. Dani oyó, de fondo, el ruido de la cocina de la fonda, una sartén, la televisión del comedor con un partido de fútbol.
—¿En Madrid? —repitió su madre.
—He venido a ver a Arranz. Mañana.
—Ah.
Otro silencio. La sartén dejó de sonar.
—¿Estás bien? —preguntó Teresa.
—No lo sé.
—Eso es más de lo que me dijiste la última vez que estuviste en Madrid. —Su madre carraspeó—. La última vez me llamaste desde la estación de Castellón para decirme que estabas perfectamente y que ibas a pasar unos días en casa. Y te quedaste dos años.
—Ya.
—¿Y la chica?
Dani cerró los ojos.
—Se ha ido de mi casa.
—¿Por qué?
Se lo contó. Más corto que a Ramón y a Vicent, más largo que a nadie. La agenda. La pestaña blanca. El concurso. Lo de Mollà en el cajón de los botones. Su madre escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, Teresa tardó un rato en hablar.
—¿Sabes por qué tu abuelo no se fue nunca de Morella? —preguntó al fin.
—Porque le gustaba el taller.
—No. —Su madre suspiró—. Porque en el cincuenta y cuatro le ofrecieron trabajo en Barcelona.
En una fábrica de muebles grande, de las buenas.
De jefe de taller. Ganaba el triple. Tu abuela quería ir.
Él dijo que no. Que tenía miedo de la ciudad, de las prisas, de que le cambiaran.
—Teresa hizo una pausa—. Y se quedó. Y fue feliz.
Muy feliz. Pero tu abuela me dijo, cuando ya era mayor, que él había tallado todas las noches de su vida, durante cuarenta años, muebles que nadie le había encargado.
Mesas. Sillas. Cómodas. Para nadie. Dibujos de fábricas que no existían.
—Su madre se detuvo—. Los tengo en el altillo de la fonda.
Una caja entera. Nunca te los he enseñado.
Dani abrió los ojos. La mancha del techo seguía allí, con su forma de península.
—¿Por qué me lo cuentas ahora?
—Porque tú has hecho lo contrario que tu abuelo. Tú te fuiste a la ciudad y te rompiste. Y luego volviste y te escondiste en el taller. —Teresa hizo una pausa—. Pero los dos habéis hecho lo mismo, hijo. Tener miedo de lo que queríais y guardarlo en una caja.
Dani no dijo nada. No podía.
—Mañana ve a ver a ese hombre —dijo su madre—. Y luego vuelve. Y cuando vuelvas, ve a ver a la chica. Y no le digas que no sabes si estás bien. Dile lo que quieres. Aunque te dé miedo. Sobre todo si te da miedo.
—Vale.
—Y cómete algo. Seguro que no has cenado.
—No he cenado.
—Lo sabía. —La sartén volvió a sonar al otro lado—. En la calle Atocha hay un sitio de bocadillos de calamares que estaba allí cuando yo fui a Madrid de novia con tu padre. Si sigue abierto, cómete uno. Y llámame mañana.
Colgó.
Dani se quedó un rato tumbado, mirando la península del techo.
Luego se levantó, salió a la calle Atocha y encontró el sitio de los bocadillos de calamares.
Seguía abierto. Se comió uno de pie, en la barra, entre turistas y oficinistas, a las once de la noche de un domingo de marzo, pensando en una caja llena de dibujos de fábricas que no existían en el altillo de una fonda de Morella.
* * *
La A seguía en el mismo sitio.
Blanca, sobre fondo gris, en una placa de metal mate junto al portal de un edificio señorial de la calle Almagro, con su portero uniformado detrás del cristal y sus dos macetas de boj recortadas en forma de esfera.
Dani la miró desde la acera de enfrente, a las diez de la mañana del lunes, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y la bolsa de viaje a los pies.
Era exactamente la misma acera. El mismo banco de madera. El mismo árbol, un castaño de Indias que en marzo todavía no tenía hojas. Cuatro años atrás se había quedado allí sentado dos horas, mirando la A, sin poder cruzar.
Se sentó en el banco. Miró la A.
Sintió lo mismo. El corazón acelerándose. Las manos frías. El suelo, muy lejos, que de pronto parecía acercarse. Lo reconoció enseguida, como se reconoce el crujido de una viga que ya ha cedido una vez.
No se levantó. No se fue. Hizo lo que le había enseñado su abuelo en Morella, sentado en un taburete en la puerta del taller: respiró.
Contó. Miró algo pequeño y concreto. Eligió el castaño de Indias.
Las yemas cerradas en las puntas de las ramas, oscuras, pegajosas, esperando a abrirse.
Las contó. Treinta y dos en la rama más baja. Treinta y tres. Respiró.
A las diez y cuarenta se levantó del banco. Cruzó la calle. Empujó la puerta de cristal.
—Vengo a ver a Gonzalo Arranz —le dijo al portero—. Me llamo Daniel Roca. No tengo cita.
* * *
Gonzalo Arranz tenía setenta y dos años y ya no iba al estudio todos los días. Iba los lunes. Lo había dejado en manos de sus socios jóvenes hacía dos años, después de un infarto que, según dijo, le había enseñado más arquitectura que cuarenta años de carrera.
Le recibió en su despacho del último piso, una habitación enorme, blanca, con un ventanal que daba a los tejados de Chamberí y una mesa de trabajo de madera de haya que Dani recordaba perfectamente porque había pasado allí cientos de noches.
Sobre la mesa estaba la maqueta. La del Pabellón de la Marea.
La original, la del concurso, la que Dani había hecho a mano en un piso de Lavapiés con cartón pluma, un cúter y tres meses de noches.
Blanca. Con su ola de líneas curvas rompiendo contra una roca de corcho.
Dani se quedó en la puerta.
—La guardaste —dijo.
—Claro que la guardé. —Gonzalo se levantó de su butaca, más despacio de lo que Dani recordaba, más delgado, con el pelo completamente blanco—. Es lo mejor que ha entrado nunca en este estudio. Lo dije en el jurado y lo sigo diciendo.
Le tendió la mano. Dani se la estrechó. Luego, sin que ninguno de los dos lo decidiera, Gonzalo le dio un abrazo, torpe, breve, con una palmada en la espalda, y cuando se separaron tenía los ojos húmedos.
—Te debo una disculpa —dijo—. Llevo cuatro años sabiéndolo y sin saber dónde mandártela.
—No me debes nada.
—Te debo dos años de vida. —Gonzalo se sentó otra vez. Le señaló la silla de enfrente—. Siéntate. Por favor.
Dani se sentó. Delante de la maqueta. A medio metro de la ola.
—Cuando ganaste —dijo Gonzalo— vi a alguien que dibujaba como yo dibujaba a los veintinueve años.
Y pensé que te iba a hacer un favor. Que te iba a ahorrar los diez años de pelear por encargos y de dormir en el suelo de un estudio de alquiler que yo tuve que pasar.
Te hice un plan. Te puse en la vía rápida.
—Se pasó la mano por la cara—. Y no te pregunté si querías ir rápido.
—Yo dije que sí.
—Tenías veintinueve años y el hombre que más admirabas te ofrecía el mundo.
Claro que dijiste que sí. —Gonzalo negó con la cabeza—.
Yo tenía que haberlo sabido. Por eso era yo el que tenía sesenta y tantos.
Tu proyecto era bueno porque lo dibujaste despacio.
Lo vi en los planos. En los croquis del cuaderno.
Cada línea estaba pensada tres veces. Y lo primero que hice fue meterte prisa.
—Hizo una pausa—. Fue como comprar un olivo centenario y meterlo en una maceta para que creciera más deprisa.
Dani miró la maqueta. Pasó el dedo, sin tocarla, por el borde de la ola.
—¿Por qué me lo dices ahora?
—Porque el infarto me dio tiempo para pensar. Y porque has venido. —Gonzalo le miró por encima de las gafas—. ¿Por qué has venido, Daniel?
Dani tardó en contestar.
—Porque hay alguien en Valencia que me ha hecho un plan —dijo al fin—. A cinco años. Sin preguntarme. Por las mismas razones que tú. Porque piensa que me estoy desperdiciando.
—¿Y te estás desperdiciando?
—No lo sé. —Dani apartó la mano de la maqueta—. Eso es lo que he venido a averiguar.
Gonzalo se levantó. Fue hasta una cajonera de planos junto al ventanal, abrió el cajón de abajo y sacó un cuaderno de tapas negras. Uno de esos cuadernos de dibujo baratos, con las esquinas dobladas y una goma elástica que ya no cerraba. Se lo tendió.
Dani lo reconoció en cuanto lo tocó. Era el suyo. El de Lavapiés. El de los croquis del concurso. El que creía haber perdido.
—Te lo dejaste en tu mesa el último día —dijo Gonzalo—. Lo guardé. Pensé que volverías a por él. Ábrelo por el final.
Dani lo abrió por el final.
Las últimas páginas no eran del Pabellón.
Eran de otra cosa. Dibujos rápidos, a lápiz, de detalles de carpintería: ensambles, molduras, un banco de trabajo con una quemadura en forma de media luna dibujado de memoria.
Una ventana de madera vista en sección. Una escalera de caracol.
Un cuenco. Un hombre mayor con boina, de espaldas, inclinado sobre un banco.
Su abuelo. Dibujado de memoria en una oficina de la calle Almagro a las tres de la madrugada, entre plano y plano del proyecto de ejecución.
No se acordaba de haberlos hecho.
—Los últimos seis meses —dijo Gonzalo— no dibujabas el Pabellón por las noches. Dibujabas esto. Lo vi cuando ordené tu mesa. —Se sentó otra vez—. No te estabas rompiendo por la arquitectura, Daniel. Te estabas rompiendo por no poder hacerla a tu manera.
Dani pasó las páginas despacio. Un ensamble a caja y espiga. Un rayo de Júpiter. Una cola de milano. La mano de su abuelo sujetando un formón.
—No me desperdicio en el taller —dijo, en voz baja.
—No. Me parece que no.
—Pero tampoco quiero quedarme solo en el taller.
Gonzalo sonrió.
—Eso ya es otra pregunta —dijo—. Y me parece que no es a mí a quien se la tienes que hacer.
* * *
Pasó el resto del día caminando por Madrid.
No fue a ningún sitio en concreto. Caminó por Chamberí, por Malasaña, por Lavapiés.
Pasó por delante del portal del piso compartido donde había dibujado la ola.
Seguía allí, con el mismo bar de la esquina y el mismo cartel de se alquila en el balcón del segundo.
Se sentó en una terraza con el cuaderno de tapas negras abierto sobre la mesa y lo miró durante dos horas sin pedir nada más que un café.
Pensó en Júlia.
Pensó en la página D. , con sus columnas y sus flechas. En que Gonzalo le había hecho a él exactamente el mismo plan, a los veintinueve años, con el mismo amor equivocado. En que él había dicho que sí porque admiraba demasiado al hombre que se lo proponía para preguntarse si quería.
Pensó que con Júlia no le había pasado eso. Con Júlia había abierto la agenda, había leído el plan y había dicho que no. En voz alta. Delante de ella. Por primera vez en su vida, había dicho que no a un plan bonito hecho por alguien que le quería.
Y luego se había quedado en la escalera, mirándola recoger sus cosas.
No lo decidas desde la escalera , le había dicho Ramón.
Pensó en la Lonja de los Pescadores. La había visto cien veces desde el Kangoo, al pasar por el puerto: la nave enorme, las cerchas de madera asomando por un tejado medio hundido, la fachada de ladrillo y azulejo comida por el salitre.
Había pensado cada vez, sin querer, en cómo se podría salvar.
Pieza a pieza. Despacio. Sin perfiles de acero.
Con las cerchas originales y prótesis de madera vieja, como la viga del techo de Júlia.
Lo había pensado cada vez.
Abrió el cuaderno de tapas negras por una página en blanco, después del dibujo de su abuelo.
Sacó el lápiz de carpintero del bolsillo de la chaqueta.
Y, en una terraza de Lavapiés, a las seis de la tarde, sin regla, a mano alzada, empezó a dibujar una cercha de madera de la Lonja del Grao vista en sección, de memoria.
No se dio cuenta de que habían pasado dos horas hasta que el camarero le preguntó si iba a pedir algo más.
El mensaje llegó a las ocho y diez, cuando volvía al hostal de la calle Atocha donde había dormido la noche anterior.
Era de Júlia.
No había texto. Solo una foto. Dani se paró en mitad de la acera para mirarla, con la gente pasando a su lado, y tuvo que ampliarla con dos dedos.
Era una cubierta de madera vista desde abajo, desde una andana, con la losa de hormigón levantada y el cielo gris entrando por los huecos.
Los pares del hastial norte. El tercero estaba partido.
Partido de verdad, con una fractura en diagonal a medio metro del apoyo, astillado como un hueso roto.
El cuarto y el quinto estaban negros y se doblaban hacia dentro, visiblemente, en una curva que no era la de la madera.
La cubierta entera del lado norte flechaba como una hamaca.
Un vicio oculto. Del tamaño de una casa.
Debajo de la foto, un segundo después, llegó un mensaje. Dani lo leyó. Lo volvió a leer.
No era ya , con punto. No era un plan. No era una lista de once condiciones. Era lo más corto que Júlia Ferrer le había escrito nunca.
No sé qué hacer. ¿Me ayudas?
Dani se quedó en la acera de la calle Atocha, con el móvil en una mano y el cuaderno de tapas negras en la otra, mientras Madrid pasaba a su alrededor a la hora de salida de las oficinas.
Pensó en la palabra ayudas . En que ella no había escrito necesito . Había escrito ayudas . Con interrogación. Como quien pregunta. Como quien deja la puerta abierta para un no.
No contestó. No hacía falta.
Corrió al hostal. Pagó. Cogió la bolsa. Bajó al aparcamiento subterráneo de la plaza de Santa Ana, donde había dejado el Kangoo, y a las nueve menos cuarto de la noche estaba en la M-30 en dirección a la A-3, con el cuaderno de tapas negras en el asiento del copiloto, el móvil en el salpicadero con la foto de la cubierta abierta y un mensaje mandado en un semáforo, con los dedos temblando:
Voy. Cuatro horas. Que nadie suba a la andana. Apuntala los pares 4 y 5 desde abajo con lo que tengas. El 3 no lo toques.
Y debajo, otro, que mandó en el siguiente semáforo sin pensarlo:
Sí te ayudo.
Condujo como había conducido la noche de la tubería. Deprisa. Con las manos firmes en el volante y la mandíbula apretada. Por la A-3 en la oscuridad, entre camiones, por los llanos de Cuenca, por las curvas de la Cabrera, bajando hacia el mar.
Tenía prisa. De la buena. De la que se tiene cuando hace falta.