Capítulo 17 · Centrar el barro #2
—Se la hice cuando tenía catorce años —dijo—.
A tu hermana. Sin preguntarle. Con toda mi buena fe.
Porque era lista, muy lista, más que tú, y yo pensaba que se estaba desperdiciando.
Con sus discos, sus amigos, sus pelos de colores.
—Hizo una pausa—. La encontró en mi despacho a los dieciséis.
La leyó. No dijo nada. Esa noche suspendió a propósito cuatro asignaturas de golpe. Y a los dieciocho se fue a Lisboa.
Júlia no podía hablar.
—Tú la tuviste también —siguió su padre—.
Tu tabla. La tuya la cumpliste entera. Arquitectura, matrícula, el estudio, el piso.
Casi la boda. —Se le quebró la voz por primera vez en treinta y cinco años—.
Por eso pensé que la había hecho bien. Hasta que un muchacho con el pelo rizado te dijo que se sentía un tabique.
Consuelo alargó la mano por encima de la mesa y la puso sobre la de su marido. No dijo su nombre. Por primera vez, no hizo falta.
—Guárdala tú —dijo Josep, empujando la carpeta hacia Júlia—. Yo no me atrevo a tirarla. Y no quiero que tu madre la encuentre otra vez cuando hace limpieza.
—¿Y qué hago con ella?
—No lo sé, hija. —Su padre la miró por encima de las gafas—. Eso es una duda. Y yo nunca he sabido qué hacer con las dudas. Tu madre dice que se dejan dentro.
Júlia miró a su madre. Consuelo sonrió, una sonrisa pequeña, triste, cálida.
—Las cosas a veces se mueven, hija —dijo—. Y no pasa nada.
Júlia se llevó la carpeta azul. La metió en la agenda, en la pestaña blanca, encima de la página D. Dos planes. Uno de su padre para su hermana. Otro suyo para un hombre que tallaba letras en madera de cerezo.
Se parecían tanto que daba miedo.
El lunes, el Archivo Histórico Municipal le mandó un correo con tres meses de retraso.
Expedientes solicitados disponibles para consulta en sala. Dos. Licencia de obra de nueva planta, calle de Escalante, 41, año 1925. Licencia de obra de nueva planta, calle del Rosario, año 1911.
Júlia fue a la hora de comer. La sala de consulta estaba en un edificio antiguo junto al cauce del Turia, con techos altísimos, mesas de madera con lámparas verdes y un silencio de iglesia.
Una archivera con gafas de pasta le trajo dos carpetas de cartón atadas con cintas rosas, y unos guantes de algodón blancos, y le recordó en un susurro que no podía hacer fotos con flash.
Abrió primero la del Rosario.
Planos a tinta sobre tela, amarillentos, doblados en ocho. Una memoria manuscrita con letra de pluma, inclinada, elegante. Y al final, la firma. Clara. Sin manchas de humedad.
Rafael Llobet i Soler, arquitecto.
Júlia se quedó mirando la firma un rato largo. Luego abrió la segunda carpeta, la de su propio edificio, la de la calle de Escalante. Planos. Memoria. Y la misma firma. Rafael Llobet i Soler. Catorce años después. La letra un poco más temblorosa. El mismo trazo largo en la Ll .
Sr. Ll. La factura de Novelda. La viga de su techo. Ll · 1925. El mismo hombre.
Pero no fue eso lo que la dejó sin respiración. Fue un papel que había en la carpeta del Rosario, al final, detrás de la memoria, doblado en cuatro. Una carta. Dirigida al ayuntamiento, fechada en marzo de 1912, en mitad de la obra.
Muy señores míos: tengo el honor de solicitar la modificación del proyecto aprobado en lo relativo a la escalera principal y a las carpinterías del patio, que he resuelto rehacer durante la ejecución tras comprobar sobre el terreno que la solución proyectada no era la más conveniente para la humedad del lugar.
Ruego disculpen la irregularidad. He preferido rectificar a tiempo que obstinarme en un error por no reconocerlo.
Rafael Llobet i Soler.
Las carpinterías del patio.
La ventana que dudó.
Júlia se quedó sentada en la sala de consulta del archivo, con los guantes de algodón puestos y la carta temblándole un poco entre los dedos, debajo de una lámpara verde, mucho tiempo. La archivera la miraba desde su mesa con curiosidad. Júlia no se dio cuenta.
Pensó en un carpintero de 1912 dando tres golpes de formón en diagonal y parándose.
En un arquitecto que había ido a ver la obra, había tocado la madera con la mano, había decidido que lo que había dibujado no estaba bien y había escrito una carta para decirlo.
Ruego disculpen la irregularidad. Y catorce años después, en otro edificio, había firmado una viga que nadie iba a ver, con un punto en medio, como quien se presenta.
No sabía planificarlo todo. Sabía rectificar.
Pidió una copia de la carta. La archivera se la hizo en una fotocopiadora vieja que tardó cinco minutos en calentarse. Júlia la dobló en cuatro y la guardó en la agenda, en la pestaña blanca, encima de la página D. , tapando las columnas, las flechas y los años.
* * *
Salió del archivo a las cuatro y cuarto. En la puerta, le sonó el móvil.
Era Elena Boix.
—Júlia —dijo, sin saludar, con una voz que no le había oído nunca, ni en la inauguración ni en las reuniones, una voz sin chaqueta de buen corte—. Estoy en la alquería. Han levantado la losa de la cubierta esta mañana, como dijiste. Tienes que venir. Ya.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé. El aparejador dice que no es seguro entrar. Hay un ruido. Como un crujido. Y la cubierta del lado norte… —Elena hizo una pausa—. Júlia, la cubierta del lado norte se está doblando.
Júlia ya estaba corriendo hacia la parada de taxis.
—No dejéis entrar a nadie —dijo—. Que nadie suba a la andana. Voy.
—Y van a dar lluvia. Toda la semana de Fallas. Lo ha dicho la Aemet. Empieza el miércoles.
Júlia se paró en seco en mitad de la acera.
Pensó en los pares tres, cuatro y cinco del hastial norte.
En una conversación en un banco de piedra bajo una parra, con un bocadillo.
Está negro. En una página de su agenda donde ponía Par 3 hastial N.
Mirar , subrayado dos veces. En que lo había mirado.
En que había pedido presupuesto para levantar la losa.
En que había tardado tres semanas en conseguirlo porque no estaba en el plan.
Y en que la única persona en Valencia que sabía exactamente qué hacer con una armadura de madera podrida estaba en Madrid. Mirando una ola.