Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 17 · Centrar el barro
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Capítulo 17 · Centrar el barro

La tabla estaba en el suelo del recibidor cuando Júlia se levantó, a las siete y diez del sábado, con dolor de cabeza y la boca seca de dos cervezas que no se había terminado.

La vio desde el pasillo. Una tabla de madera clara apoyada contra el zócalo, junto a la puerta, como la primera vez, en septiembre, cuando él contestó a sus normas de convivencia. Se quedó quieta. Luego se agachó y la cogió con las dos manos, como quien coge algo que puede romperse.

Cerezo. Olía a cerezo.

Me voy unos días a Madrid. A ver una ola.

No es un plazo. Es una duda.

Vuelvo.

D.

Júlia leyó la tabla cuatro veces, sentada en el suelo del recibidor, en pijama, con la espalda contra la puerta.

Pasó el pulgar por las letras. No eran perfectas.

Eso fue lo primero que notó. Las letras de la primera tabla, la de las enmiendas, tenían todas la misma profundidad, la misma inclinación, los mismos bordes limpios.

Estas no. Estas estaban hechas deprisa. La V de Vuelvo tenía un trazo más hondo que el otro.

Había una astilla en la M de Madrid que nadie había lijado.

Las había hecho deprisa. Él. Que no hacía nada deprisa.

Subió al segundo en pijama, descalza, sin pensarlo. Llamó. Nadie. Bajó al taller. La puerta estaba cerrada, el cristal esmerilado a oscuras. En la calle, en la esquina donde aparcaba siempre, no estaba el Kangoo.

Volvió a su piso. Se sentó en la cama. Miró la viga.

A ver una ola.

*  *  *

—Ha ido a ver el Pabellón —dijo Marina—. Seguro.

—El Pabellón está en Asturias. Él ha dicho Madrid.

—Pues ha ido a ver a alguien que tiene que ver con el Pabellón.

—Marina le pasó un café por encima de la mesa de la cocina del principal, que todavía tenía las cajas de la mudanza a medio deshacer en un rincón—.

A su antiguo jefe. A su estudio. A la maqueta.

No sé. Pero ha ido a mirar lo que le da miedo.

Había venido en bici a las nueve, sin avisar, con dos cafés de la panadería de la esquina del Rosario y una ensaimada que nadie se comió. Júlia le había enseñado la tabla. Marina la había leído dos veces y se había quedado callada un rato largo.

—Es lo que hizo Álvaro en diciembre —dijo al fin—. Fue a ver a su padre un martes. Un martes por la mañana. Y volvió sabiendo qué hacer.

—Dani no sabe qué hacer.

—Por eso ha ido.

Júlia rodeó la taza con las dos manos.

—Le hice un plan a cinco años, Marina. Sin preguntarle. Con flechas.

—Lo sé. Me lo enseñaste. Te dije que se lo contaras.

—Ya lo sé.

—Y no me hiciste caso.

—Ya lo sé.

—¿Quieres que te diga que lo sabía? Porque lo sabía. —Marina se encogió de hombros—. Pero no te lo voy a decir. Porque yo hice lo mismo con Mollà. Al revés. Escondí un no. Tú escondiste un sí. —Le dio un sorbo al café—. Es igual de malo.

—¿Cómo lo arreglaste tú?

—No lo arreglé yo. Lo arreglamos. —Marina dejó la taza—. Él me dejó una cláusula en blanco en un contrato. Y yo la escribí. Y la firmamos los dos. —Hizo una pausa—. Pero antes de eso, tuve que darme cuenta de que lo mío no era valentía. Era miedo con buena letra.

Júlia soltó una risa rota.

—Miedo con buena letra.

—Lo tuyo también. Tienes la mejor letra del estudio.

—Tengo la letra de un notario.

—Pues eso. —Marina le cogió la mano por encima de la mesa—. ¿Has retirado ya la candidatura de la Lonja?

—No.

—¿Vas a hacerlo?

Júlia miró la tabla de cerezo, que había dejado apoyada contra el azucarero.

—Anoche escribí el correo para retirarla —dijo—. A las tres de la mañana. Lo tengo en borradores. —Tragó saliva—. Y no lo he mandado.

—¿Por qué no?

—Porque sería otra vez decidir por él. —Júlia levantó la vista—. Le metí sin preguntarle. Si le saco sin preguntarle, es lo mismo. Al revés. Pero lo mismo.

Marina la miró un momento. Luego sonrió, despacio, con esa sonrisa suya que últimamente se le escapaba tan fácil.

—Eso —dijo— es lo más inteligente que te he oído decir desde que te conozco.

*  *  *

Fue a cerámica a las diez y media. Llegaba media hora tarde. No había llegado tarde a nada en su vida adulta.

La profesora de las pulseras estaba en el patio, junto al horno, sacando una hornada de platos con unos guantes enormes de amianto. La vio entrar y no dijo nada. Esperó a que Júlia se pusiera el delantal y se sentara en su torno de siempre, el tercero, junto a la ventana.

—¿Y el cuenco? —preguntó.

Ahí estaba.

—Se quedó arriba —dijo Júlia.

—¿Arriba dónde?

—En casa de alguien.

La profesora se quitó un guante. Se acercó. Se sentó en el torno de al lado, que estaba vacío, con su delantal manchado de engobe y sus pulseras tintineando.

—¿Se rompió?

—No. Está entero. En una estantería. Entre el comino y el pimentón.

—¿Y por qué no está en tu casa?

Júlia cogió un kilo de barro del cubo. Lo amasó, despacio, sin mirar a la profesora.

—Porque me fui de esa casa —dijo—. Y no me lo llevé.

—¿Por qué no?

—No lo sé.

—Sí lo sabes. —La profesora tenía una voz grave, de cantante de jazz, que hacía que todo sonara a verdad—. Lo dejaste allí para tener una excusa para volver.

Júlia dejó de amasar.

—O para que él tuviera una razón para no olvidarte —siguió la profesora—. Que es lo mismo, pero más bonito.

Júlia puso el barro en el centro del torno. Pisó el pedal. La rueda empezó a girar. Mojó las manos en el cubo de agua y las puso sobre el barro.

Y el barro se le fue. Hacia un lado. Hacia el otro. Se le subió por las muñecas. Igual que se le iba a Marina en octubre. Llevaba dos años centrándolo sin pensar, y ese sábado, por primera vez, no podía.

—Para —dijo la profesora.

Júlia levantó el pie del pedal. La rueda se detuvo. El barro se quedó torcido, desplomado hacia un lado, como una casa a la que le han quitado una viga.

—Lo estás apretando —dijo la profesora.

—Lo estoy centrando.

—Lo estás apretando para que se quede donde tú quieres.

—La profesora le cogió las manos, mojadas, llenas de barro, con sus propias manos, ásperas, llenas de pulseras—.

El barro no se centra a la fuerza. Ya te lo dije el primer día.

Se centra cuando dejas de pelearte con él.

Cuando le dejas que encuentre su sitio y tú te quedas al lado. Sosteniéndolo. Sin empujarlo.

—Eso no es un método.

—Es el método más viejo del mundo.

Júlia levantó la vista. La profesora sonreía.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó Júlia.

—Nadie. ¿Por qué?

—Por nada.

Volvió a pisar el pedal. Volvió a poner las manos en el barro.

No apretó. Las dejó quietas, abiertas, a los dos lados, como quien sostiene algo sin agarrarlo.

El barro se movió. Tembló. Se fue un poco hacia la izquierda, y ella no lo empujó de vuelta, solo dejó la mano allí, sosteniendo, y el barro volvió solo.

Y luego giró. Liso. Redondo. En su sitio.

Tardó veinte minutos. Normalmente tardaba dos.

No hizo ninguna pieza esa mañana. Solo centró el barro una y otra vez, y lo dejó caer, y lo volvió a centrar. Al terminar, la profesora le dio un paquete envuelto en papel de periódico.

—Es de hace dos semanas —dijo—. Lo dejaste en la balda de secado y se coció en la última hornada. Pensé que lo habías dejado a propósito.

Júlia lo desenvolvió. Era un plato pequeño, de postre, que había hecho a toda prisa un sábado de febrero, distraída, pensando en el pliego de la Lonja. Tenía un borde ondulado, irregular, que no había querido hacer así. Se le había ido la mano.

—Es feo —dijo.

—Es honesto —dijo la profesora—. Se nota que estabas pensando en otra cosa.

*  *  *

El domingo comió en casa de sus padres. No era el primer domingo del mes. Era el tercero. Llamó a su madre a las diez de la mañana y le preguntó si podía ir. Consuelo Ferrer tardó dos segundos en contestar, que en su idioma era un silencio larguísimo, y luego dijo:

—Claro, hija. A las dos. Haré arroz.

No lo hizo Remei. Lo hizo su madre. Júlia lo supo en cuanto entró en la cocina, porque su madre llevaba el delantal de cuadros que no se ponía desde que Júlia era pequeña y tenía harina en una mejilla, y porque el piso olía a un sofrito que no era el de Remei.

Era el de su abuela. El de los domingos de su infancia.

Comieron los tres solos. Neus había vuelto a Berlín después de Reyes. Su padre sirvió el arroz con la paleta, en raciones exactamente iguales, alineó la paleta con el borde de la fuente y se sentó.

No preguntó por el estudio. No preguntó por los hitos ni por los márgenes. Comió en silencio durante un rato largo. Luego dejó el tenedor.

—Me ha dicho tu madre —dijo— que ya no vives arriba.

Júlia miró a su madre. Consuelo no levantó la vista del plato.

—Desde hace diez días —dijo Júlia.

—¿Qué ha pasado?

Júlia tardó en contestar. Pensó en mentir. En una mentira técnica. Una diferencia de criterio. Una cuestión de espacio. Ya era hora de volver a mi piso. Lo pensó con el tenedor en la mano, mirando el arroz.

—Le hice un plan sin preguntarle —dijo, en cambio—. Un plan de vida. A cinco años. Con flechas. Y él lo encontró.

Su padre se quedó muy quieto.

Su madre dejó el tenedor.

Hubo un silencio largo en la mesa del comedor de la avenida del Puerto, con el puerto al otro lado de la ventana y las grúas recortadas contra un cielo gris de marzo.

—Ya —dijo Josep Ferrer al fin.

Se levantó. Fue al aparador. Júlia pensó que iba a por el coñac, como en Navidad. No fue a por el coñac. Abrió el cajón de abajo, el de los papeles, y sacó una carpeta azul vieja, con las esquinas dobladas. Volvió a la mesa. La dejó delante de Júlia.

—Ábrela —dijo.

Júlia la abrió.

Dentro había una hoja de papel cuadriculado, amarillenta, escrita a mano con una letra que conocía perfectamente porque la había visto en todas las escrituras, testamentos y notas de su infancia.

Era una tabla. Siete columnas. Años. 1999, 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2005.

Y en cada columna, objetivos. Bachillerato: media de 8,5.

Selectividad: 9. Derecho en la Universitat de València.

Erasmus en Bolonia. Oposiciones a notaría. Notaría propia antes de los 35.

En el encabezado, un nombre.

Neus.

Júlia levantó la vista. Su padre se había sentado otra vez y miraba la ventana.