Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 16 · Vecinos #2
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Capítulo 16 · Vecinos #2

—Cuarenta. La última, del año antes de morir. Tenía ochenta y un años. —Elena se levantó del taburete—. Las tengo en mi casa. No las he leído todas. Me da miedo. Pero he leído la primera. Y la última.

—¿Y qué ponen?

—La primera pone «vuelve». —Elena se ajustó la gabardina—. La última pone «debí ir».

Se fue sin despedirse, por la puerta del patio, con sus botas de agua de diseño, entre los charcos que había dejado la lluvia de la mañana.

Dani se quedó de rodillas delante de la alacena mucho rato. Luego terminó de ajustar el cuarterón. Lo encoló. Lo apretó con un sargento pequeño, un cuarto de vuelta cada vez, escuchando.

No se quejó.

La fiesta de jubilación de Vicent fue el viernes trece de marzo, en el bar de Toni, porque Vicent dijo que la azotea del estudio era para los arquitectos y que él había sido albañil toda la vida y quería despedirse donde se despedían los albañiles: en una barra, con cerveza, con cacahuetes y con la tele puesta sin volumen.

Dani fue porque Vicent le había mandado un mensaje de voz de cuatro minutos que empezaba con « xiquet » y terminaba con una amenaza velada que incluía a su cuñado y una paella. Fue con la camisa de lino azul, la de la primera azotea. No se dio cuenta hasta que estaba en la puerta del bar.

Ella estaba allí. Claro que estaba. Al fondo, junto a la máquina de tabaco, con Marina y con Pilar, con una cerveza en la mano que no se bebía. Llevaba un jersey gris. El pelo recogido con un lápiz, como Marina. Le vio entrar y apartó la vista.

Él también.

La fiesta fue ruidosa, larga y emocionante.

Vicent dio un discurso de dos minutos en el que dijo «gracias» once veces y «cojones» cuatro.

Pau le regaló un casco de obra pintado con purpurina dorada que Vicent se puso en el acto y no se quitó en toda la noche.

Álvaro le regaló una clave de piedra de Novelda en miniatura, tallada por Batiste, el cantero, con una inscripción: Vicent.

43 años debajo. Y Vicent, que no había llorado en público desde la muerte de Camilo Sesto, lloró, y dijo que era el humo, aunque en el bar no fumaba nadie desde hacía quince años.

A las once, cuando el bar ya olía a cerveza derramada y la mitad de la gente cantaba algo de Nino Bravo con Toni detrás de la barra marcando el ritmo con una espumadera, Dani se encontró sentado en una mesa del rincón con dos hombres mayores.

Uno era Vicent, con su casco de purpurina. El otro era Ramón Casal, con su boina y su bastón y su media sonrisa torcida, que había llegado en taxi a las nueve y se había negado a irse.

—Tú eres el de las ventanas —dijo Ramón.

—Sí.

—Y el de las puertas del hotel. Las naranjas.

—Sí.

—La L de Valencia Late tiene un remate. —Ramón le apuntó con el dedo de la mano buena—. Las otras no. Es la única que lo tiene.

Dani se quedó con el vaso a medio camino.

—¿Se ha fijado?

—Llevo cincuenta años fijándome en las cosas que la gente hace sin querer. Es lo único que se me da bien. —Ramón sonrió—. Dudaste.

—Dudé.

—Y lo dejaste.

—Lo dejé.

—Bien. —Ramón asintió despacio—. Eso es lo más difícil del oficio. Más que tallar. Más que medir. Dejar la duda donde se ve.

Vicent, a su lado, le dio un trago a la cerveza por debajo del casco de purpurina.

—Este chaval está mal, Ramón —dijo, como si Dani no estuviera.

—Ya lo veo.

—Lleva una semana sin hacer ruido. Me lo ha dicho Encarna.

—¿Conoces a Encarna? —preguntó Dani.

—Todo el Cabanyal conoce a Encarna. Es como el tranvía. —Vicent se volvió hacia él—. ¿Qué ha pasado, xiquet ?

Dani miró hacia el fondo del bar. Júlia seguía junto a la máquina de tabaco. Marina le decía algo al oído. Ella no se reía.

No supo por qué se lo contó. A dos hombres de setenta y tantos años, en una mesa pegajosa de un bar, con Nino Bravo de fondo.

Quizá porque uno llevaba un casco de purpurina y el otro una boina, y ninguno de los dos tenía pestañas.

Se lo contó todo. La agenda. La pestaña blanca con la D.

Lo de Madrid, por encima. Lo de Mollà en la puerta de la habitación Sanguina . Lo del cajón de los botones.

Ramón escuchó sin interrumpir. Cuando Dani terminó, se quedó un rato callado, dándole vueltas a su vaso de agua con la mano buena.

—En el noventa y tres —dijo— yo hipotequé mi casa sin decírselo a nadie. Para proteger a mi mujer y a mi socia. Y se me fueron las dos. Una tres meses. La otra seis.

—Me lo ha contado Pilar —dijo Dani.

—Pilar lo cuenta todo. —Ramón sonrió—. Pero no te ha contado lo importante. Lo importante es que yo no escondí la hipoteca por protegerlas. La escondí porque me daba miedo lo que iban a decir. Me daba miedo que me dijeran que me equivocaba. Y que tuvieran razón.

Dani no dijo nada.

—Esa chica te ha hecho un plan sin preguntarte —siguió Ramón—.

Mal hecho. Muy mal hecho. Se lo he dicho a mi hijo cien veces con otra mujer y otra obra: no se decide por nadie.

Ni por amor. Sobre todo por amor. —Hizo una pausa—.

Pero tú también escondiste lo de Mollà. Y no fue por no discutir. Fue por otra cosa.

—¿Por qué?

—Eso dímelo tú.

Dani miró la mesa. Los cercos de cerveza, los cacahuetes, la servilleta de papel con el logotipo del bar.

Pensó en la tarjeta de visita de cartulina gruesa en el cajón de los botones de niño , debajo del pestillo.

Dos meses. La había mirado cada mañana al abrir el cajón para coger un clavo. Cada mañana.

Pensó en el plano del conducto de extracción, dibujado a mano alzada en diciembre, en una noche sin dormir. En lo que había sentido al dibujarlo. No era miedo. Era otra cosa. Era la cosa que llevaba cuatro años sin sentir. La cosa que se sentía en el piso de Lavapiés, de noche, dibujando una ola.

Era ganas.

—No se lo dije —dijo despacio— porque si se lo decía, ella me iba a decir que aceptara. Y yo iba a tener que decir que no en voz alta. Delante de alguien. Y no sabía si iba a poder.

Ramón asintió.

—Porque querías.

—Porque quería.

—Y te daba miedo querer.

Dani no contestó. No hacía falta.

Vicent, a su lado, se quitó el casco de purpurina y lo dejó sobre la mesa, entre los cacahuetes.

—Te voy a decir una cosa que le dije a Álvaro en otoño —dijo—. Con una clave de piedra en el patio. —Se rascó la nuca—. La gente se cae igual. La sujetes o no la sujetes. Lo único que puedes hacer es estar cerca para levantarla.

—Ya.

—Pero esa chica no se ha caído, xiquet . —Vicent le miró por debajo de las cejas—. Esa chica ha dado un mal paso. Y tú te has quedado arriba, en la escalera, mirándolo. Como hacía este de pequeño. —Señaló a Ramón con la barbilla—. Bueno, como hacía su hijo.

—Mi hijo miraba desde los escalones —confirmó Ramón—. Muy serio. Como si lo estuviera apuntando todo.

—¿Y qué hago? —preguntó Dani.

Los dos viejos se miraron. Luego le miraron a él.

—Eso es lo que tienes que decidir tú —dijo Ramón—. Pero no lo decidas desde la escalera.

*  *  *

Salió del bar a la una. En la puerta, mientras se ponía la chaqueta, vio algo que no esperaba: Samuel Vidal, en la acera de enfrente, junto a una farola, hablando con una mujer alta con el pelo negro recogido en una coleta tirante.

La inspectora. Carmen Ortuño. No la reconoció de inmediato porque llevaba vaqueros y un abrigo verde, y porque se estaba riendo.

Samuel tenía las manos en los bolsillos y miraba al suelo como un adolescente.

Ella le dijo algo. Él levantó la vista. Y se quedaron así, mirándose, en mitad de la acera, sin decir nada, durante un rato tan largo que Dani se sintió un intruso y se fue por la otra calle.

Caminó hasta el número cuarenta y uno de Escalante. Abrió el portal. Subió la escalera. En el primer rellano se detuvo delante de la puerta del principal. No había luz por debajo. Ella seguía en el bar, o dormía, o estaba tumbada a oscuras mirando una viga.

Siguió subiendo. Entró en el segundo. Fue a la cocina.

Cogió el cuenco torcido de la estantería de las especias.

Lo sostuvo un rato entre las manos, a la luz de la nevera abierta.

Tenía las paredes finas y la torcedura en un lado, y en la base, por debajo, había algo que no había visto nunca: unas iniciales, rayadas en el barro antes de cocerlo, con la punta de un palillo. J. F. Y un punto en medio.

Como quien se presenta.

Dani dejó el cuenco en la estantería. Bajó al taller. Encendió la luz. Buscó en el montón de recortes del rincón una tabla de cerezo, del tamaño de un folio, sin un nudo. La puso sobre el banco del iaio .

Esta vez tardó una hora. No cuatro. Tenía prisa. De la buena.

A las dos y media de la madrugada, deslizó la tabla por debajo de la puerta del principal. Luego subió, hizo una bolsa de viaje, puso la alarma a las seis y se tumbó en la cama sin desnudarse.

La tabla decía, con letras rectas, claras, sin una sola tachadura:

Me voy unos días a Madrid. A ver una ola.

No es un plazo. Es una duda.

Vuelvo.

D.