Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 16 · Vecinos
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Capítulo 16 · Vecinos

Durante cinco días, Dani no tocó una herramienta después de las nueve de la noche.

No lo decidió por ella. O sí. No lo sabía.

Bajaba al taller a las nueve, como siempre, encendía la luz, se ponía el delantal de cuero del iaio , cogía un formón y se quedaba mirándolo.

Luego miraba el techo. El techo del taller era el suelo del principal.

Arriba, justo encima, en algún punto entre la tercera y la cuarta viga, estaba el dormitorio de ella.

Y no podía.

No podía hacer ruido debajo de una persona que se había ido de su casa con un flexo en una mano y un tablero de dibujo en la otra. Ni siquiera el ruido de una ardilla. Le parecía una crueldad. Le parecía una manera de decir sigo aquí que ella no había pedido.

Así que se quedaba sentado en el taburete, delante del banco de olivo, con el formón en la mano, sin hacer nada, hasta las doce. Luego subía al segundo, a la cocina donde seguía el cuadrante en la nevera y el cuenco torcido entre el comino y el pimentón, y se tumbaba en la cama sin dormir.

El cuenco no lo tocó. No lo bajó. No lo devolvió.

Era lo único de ella que quedaba arriba.

*  *  *

El sábado se cruzaron en la escalera.

Fue a las diez y media de la mañana. Él bajaba al taller con un café. Ella subía del portal con una bolsa de pan y el pelo mojado. No iba a cerámica. Era sábado y no iba a cerámica.

Se pararon a la vez. Ella en el primer rellano, él cuatro escalones más arriba.

—Bon dia —dijo él.

—Buenos días.

Fue exactamente igual que la primera vez, en octubre.

Exactamente. Las mismas palabras, el mismo rellano, la misma distancia.

Y era completamente distinto, porque ahora él sabía cómo se reía con la cabeza echada hacia atrás y cómo dormía de lado con un pasador de carey enredado en el pelo, y ella sabía lo de las cuatro de la madrugada en un baño de la calle Almagro.

Y saber todo eso y decir buenos días en un rellano era como mirar una viga con la cabeza podrida dentro del muro: por fuera, nada. Por dentro, todo.

—No has ido a cerámica —dijo él.

—No.

—¿Por qué?

Júlia apretó la bolsa del pan.

—Porque la profesora me va a preguntar por el cuenco.

Dani no dijo nada. Ella tampoco. Él bajó dos escalones para dejarla pasar, pegándose a la pared con el café en alto, como la primera vez con la tabla. Ella pasó a su lado. Le llegó el olor a té verde y a lápiz recién afilado. No se tocaron.

En el rellano de arriba, ella se detuvo. No se volvió.

—Ya no se oye nada por las noches —dijo.

—Ya.

—Desde el martes.

—Ya.

—¿Ya no trabajas?

—No puedo.

Ella se quedó quieta un segundo más. Luego siguió subiendo. Él la oyó abrir la puerta del principal. Cerrarla. Y se quedó en la escalera con el café enfriándose en la mano, pensando que acababan de tener la conversación más larga en cinco días y que había durado cuarenta segundos.

*  *  *

El domingo, a las ocho de la mañana, Dani fue a la playa de la Malvarrosa.

No sabía por qué. Se despertó a las seis y media, después de no dormir, y se encontró vestido y en la calle antes de haberlo decidido, caminando por la calle de la Reina hacia el mar, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y el frío de marzo en la cara.

La playa estaba casi vacía. Un hombre con un detector de metales.

Dos chicas corriendo por la orilla con los auriculares puestos.

Un barrendero municipal con una máquina que alisaba la arena.

Y, junto al espigón, en el mismo sitio exacto, haciendo los mismos movimientos lentos con los brazos, el señor del taichí.

Dani le reconoció enseguida. Lo había visto en noviembre, un domingo a la misma hora, cuando Júlia se metió en el agua a diecisiete grados hasta la cintura y gritó tan fuerte que el señor perdió el equilibrio y se cayó de culo en la arena.

Ella se había tapado la boca con las dos manos, horrorizada, y luego se había echado a reír, y el señor del taichí, desde el suelo, también se había reído, y le había dicho algo en un idioma que ninguno de los dos entendió.

Se sentó en la arena, a unos metros. El señor del taichí siguió con sus movimientos sin mirarle. Lentos. Circulares. Como si empujara algo invisible que no pesaba nada y a la vez pesaba mucho.

Al cabo de veinte minutos, el señor terminó. Juntó las manos. Hizo una reverencia al mar. Luego se volvió, le vio sentado en la arena y se acercó.

Era mayor, de unos setenta años, con el pelo blanco muy corto, un chándal gris y unas zapatillas de lona. Tenía la cara arrugada como una nuez y unos ojos pequeños, oscuros, muy vivos.

—Tú —dijo, en un castellano con acento que Dani no supo situar—. La chica que grita.

—Sí.

—¿Dónde está?

Dani no contestó. El señor del taichí le miró un momento. Luego se sentó a su lado en la arena, despacio, con las piernas cruzadas.

—Ah —dijo.

Se quedaron un rato en silencio, mirando el mar. Estaba quieto, gris, con olas pequeñas que llegaban a la orilla sin ganas.

—¿Por qué hace eso? —preguntó Dani al fin—. Lo de los brazos.

—Taichí.

—Ya. Pero ¿por qué?

El señor del taichí lo pensó. Cogió un puñado de arena y la dejó caer entre los dedos.

—En mi país, cuando era joven, trabajaba en una fábrica —dijo—.

Mucho. Dieciséis horas. Rápido, rápido, rápido.

Siempre rápido. Un día, el corazón… —Se tocó el pecho con la mano abierta—.

Pum. Hospital. El médico me dijo: o paras, o te mueres.

Y yo no sabía parar. No sabía hacer nada despacio. Ni comer. Ni andar. Ni dormir.

Dani se quedó muy quieto.

—Mi abuela me enseñó esto —siguió el señor, haciendo un círculo lento en el aire con la mano—. Dijo: no se trata de parar. Parar es morir también. Se trata de moverte a tu velocidad. Ni más rápido ni más lento. La tuya. —Sonrió—. Tardé veinte años en encontrarla.

—¿Y la encontró?

—Sí. Aquí. En esta playa. —El señor señaló el mar—. Llevo quince años viniendo. Todos los días. A las siete y media. Y un día de noviembre, una chica grita en el agua fría y yo me caigo. —Se rio, una risa pequeña, seca, como un pájaro—. La primera vez en quince años que me caigo. Me gustó.

—¿Le gustó caerse?

—Me gustó que algo me sorprendiera. —El señor se levantó, sacudiéndose la arena del chándal—.

Cuando encuentras tu velocidad, el peligro es quedarte solo en ella.

Muy tranquilo. Muy seguro. Muy solo. —Le miró desde arriba, con sus ojos pequeños y vivos—.

Esa chica grita. Tú no. Está bien. Pero a veces hay que dejar que alguien grite en tu playa.

Se fue andando por la orilla, despacio, con sus zapatillas de lona, sin despedirse.

Dani se quedó sentado en la arena hasta las diez.

Luego volvió a casa por la calle de la Reina.

Al pasar por delante del portal del número cuarenta y uno, miró la ventana del principal.

La persiana estaba subida. Dentro, en el salón, se veía una lámpara encendida y una silueta inclinada sobre un tablero de dibujo.

No llamó. Todavía no. Pero se quedó un momento en la acera mirándola, con las manos en los bolsillos, y pensó que era la primera vez en una semana que no tenía ganas de esconderse en el taller.

*  *  *

El miércoles, Elena Boix le encontró en la alquería a las ocho de la tarde, solo, en la cocina vieja, de rodillas delante de la alacena de nogal.

Era la única cosa que Dani seguía haciendo.

No tocaba nada en el taller por las noches.

Pero por las tardes iba a la alquería, cuando ya se había ido todo el mundo, y trabajaba en la alacena.

Era un mueble empotrado en el muro de la cocina, del siglo diecinueve, de nogal macizo, con dos puertas de cuarterones, cuatro cajones y una cornisa tallada con hojas de vid.

Le faltaban dos cuarterones, uno de los cajones estaba partido y alguien, en los años sesenta, la había pintado de blanco por dentro.

—Pensé que no había nadie —dijo Elena desde la puerta.

Llevaba unas botas de agua de diseño, una gabardina color camel y el móvil en la mano. Sin asistente. Sin tablet. Era la primera vez que Dani la veía sola.

—Ya me iba.

—No te vayas por mí. —Elena entró. Se quedó de pie en medio de la cocina vieja, mirando el hogar enorme, las vigas ennegrecidas por doscientos años de humo, la alacena con sus puertas abiertas—. Mi abuela guardaba ahí las chufas. En el cajón de abajo a la izquierda. Ese que tienes partido.

Dani miró el cajón.

—Tiene la base comida por algo.

—Por ratones. —Elena se rio, una risa breve, sorprendida de sí misma—. Mi abuela tenía una guerra con los ratones. Cuarenta años. Ganaban ellos. Les ponía trampas y ellos se comían el queso de las trampas y luego las chufas del cajón.

Se sentó en un taburete de enea que había junto al hogar. Dani siguió trabajando. Estaba ajustando un cuarterón nuevo, de nogal viejo, en una de las puertas, con un formón fino y un mazo de madera, despacio. Elena le miró durante un rato sin decir nada.

—Me han dicho que Júlia se ha mudado de tu casa —dijo al fin.

Dani se quedó quieto con el formón.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Encarna. La del tercero. Es prima de la mujer que me limpia la casa de Valencia. —Elena se encogió de hombros—. Este barrio es una red de espionaje más eficaz que la de mi banco.

Dani no dijo nada. Siguió con el cuarterón.

—No te voy a preguntar por qué —siguió Elena—. No es asunto mío. Pero te voy a contar una cosa que sí lo es, porque es de esta casa.

—Dígame.

—Mi bisabuelo, el de los almacenes de naranja, el de la cenefa de la fachada del Rosario, se casó dos veces.

—Elena miró el hogar—. La primera mujer se fue a los cuatro años.

Se volvió a Mallorca con su familia. Él no fue a buscarla.

Decía que una mujer que se iba no merecía que la buscaran.

—Hizo una pausa—. Se casó con otra a los cinco años.

Con mi bisabuela. Fue un buen matrimonio.

Tranquilo. Pero en los papeles de esta casa, cuando murió, apareció una caja con cuarenta cartas a la primera.

Escritas. Nunca enviadas. Una cada año. Por su santo.

Dani dejó el formón sobre la alacena.

—¿Cuarenta?