Capítulo 15 · Lo que pasó en Madrid
Júlia se sentó enfrente. En la otra silla, la que no cojeaba. Dejó la agenda sobre la mesa, entre los dos, cerrada. Ninguno de los dos la miró.
Él habló durante cuarenta minutos. Ella no le interrumpió ni una vez.
Le contó lo del concurso. Que lo dibujó en tres meses, de noche, en un piso compartido de Lavapiés, sin que nadie le pagara, por pura obsesión, porque había ido a ver el sitio, una punta de roca en la costa asturiana donde rompían las olas, y había sentido que el edificio ya estaba allí y solo había que sacarlo.
Que lo dibujó despacio. A mano. Con calma. Que fue la época más feliz de su vida.
Le contó que ganó. Que Gonzalo Arranz, que era el presidente del jurado y el arquitecto más famoso para el que había soñado trabajar, le llamó al día siguiente y le ofreció un puesto en su estudio para desarrollar el proyecto.
Que le dijo: lo tengo todo pensado, tú solo tienes que dibujar .
Que le hizo un plan. A cinco años. Con fechas.
Le contó cómo fue el primer año. Noventa horas a la semana.
El proyecto de ejecución, las mediciones, los cambios del cliente, las reuniones con la administración, las prisas.
Siempre las prisas. Que cada vez que pedía una semana más le contestaban que no había una semana más, que ya la buscaría en otro sitio, que la encontraría por la noche.
Que dejó de dibujar a mano porque no había tiempo.
Que dejó de ir a ver la obra porque no había tiempo.
Que dejó de llamar a su abuelo los domingos porque no había tiempo.
Le contó lo de las cuatro de la madrugada. El baño de la oficina, en la calle Almagro. El espejo. La cara mojada. El suelo acercándose.
—Ataque de ansiedad —dijo, con la voz plana, como quien lee la ficha de una ventana—. Eso dijeron en urgencias. Que era un ataque de ansiedad. Que me fuera a casa y descansara una semana.
Hizo una pausa.
—No pude volver. Lo intenté. Fui el lunes siguiente.
Llegué al portal. Vi la A del rótulo. Y no pude entrar.
Me quedé en la acera de enfrente dos horas.
Luego me fui a la estación y cogí un tren a Castellón y de Castellón un autobús a Morella.
Y me senté en un taburete en la puerta del taller de mi abuelo.
—Dani se miró las manos—. Tardé cuatro meses en poder coger un lápiz sin que me temblara la mano.
Ocho en dibujar algo. Un año en entrar en el taller.
Mi abuelo no me preguntó nada. Me dejaba el taburete fuera cada mañana.
Con un café. Y un día me dio un formón y me dijo que le ayudara a hacer una cuchara.
—La cuchara del arroz —dijo Júlia. Era lo primero que decía en cuarenta minutos.
—Esa cuchara la hice yo. La primera. Está torcida.
Ella no lo sabía. Había comido arroz con esa cuchara cada lunes desde octubre. Nunca se había dado cuenta de que estaba torcida.
—El Pabellón de la Marea se inauguró hace dos años —siguió él—. Lo terminó el equipo de Arranz. Han cambiado algunas cosas. No muchas. Sale mi nombre en la placa. No he ido a verlo.
—¿Por qué no?
—Porque me da miedo que me guste. —Dani levantó la vista por primera vez—.
Me da miedo verlo y querer volver. Querer otra vez el concurso, y el plan, y la prisa.
Me da miedo lo mucho que me gustaba. Así que lo dejé todo en una caja.
Y me hice carpintero. Y trabajo de noche, despacio, sin plazos, sin que nadie me haga un plan.
Porque es lo único que sé que no me rompe.
Júlia no dijo nada. Las lágrimas le caían por la cara sin hacer ruido. No se las limpió.
—Y sigo pagando el Colegio —dijo él—. Ya lo sabes. Lo has comprobado. «¿Sigue colegiado? Comprobar». Sigo pagando la cuota cada año. No sé por qué. Supongo que porque tampoco me atrevo a tirarlo del todo. Como tú con el cuenco.
—Lo siento —dijo ella—. Lo siento muchísimo.
—Ya lo sé.
—No sabía nada de esto.
—Ya lo sé. No te lo conté. —Él se pasó la mano por la cara—. Eso también es culpa mía.
—Pensé que te estaba ayudando.
—Ya lo sé.
—Pensé que te estaba abriendo un hueco. Quitándote el disgusto de encima. Como a la viga.
Dani la miró con una tristeza enorme.
—La viga no tenía opinión, Júlia —dijo—. Yo sí.
* * *
Hubo un silencio largo. En el patio de luces, alguien bajaba una persiana con un estruendo metálico. La nevera hizo un ruido. El cuadrante seguía allí, sujeto con sus cuatro imanes de colores, con las casillas de J en azul y las de D en verde, que nadie había cumplido desde noviembre.
—Hay otra cosa —dijo él.
Júlia se secó la cara con el dorso de la mano.
—¿Qué?
—Mollà me ofreció la Lonja. En enero. En la inauguración del hotel. Junto a la puerta de la habitación Sanguina . Director de proyecto con su grupo. —Dani hizo una pausa—. Le dije que no.
Júlia se quedó inmóvil.
—¿En enero?
—El ocho de enero.
—¿Y no me lo dijiste?
—No.
—¿Por qué?
Él tardó en contestar.
—Porque sabía lo que harías —dijo al fin.
La frase le entró a Júlia como un formón en diagonal. Limpia. Profunda. Se quedó un momento sin aire.
—Sabías lo que haría —repitió.
—Sabía que me dirías que tenía que aceptar. Que era una oportunidad. Que me estaba desperdiciando. —Dani se encogió de hombros—. Así que no te lo dije. Para no tener que discutirlo. Para decidirlo solo. —Le miró a los ojos—. Así que yo también he escondido algo. No soy mejor que tú.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo. Con distinto formato. Tú en una agenda. Yo en un cajón de botones.
Júlia se levantó de la silla. Fue hasta la ventana de la cocina. Se quedó mirando el patio de luces, la ropa tendida, el rectángulo de cielo negro allí arriba, y abajo, en el principal, la ventana de su estudio con la luz apagada, y detrás, invisible, la viga con la cicatriz en zigzag.
—Hace cuatro meses —dijo, sin volverse— me enseñaste una ventana en la que un carpintero de 1912 dudó. Y me dijiste que era lo más bonito que tenía. Que se notaba que alguien se lo había pensado a mitad de trabajo y no lo había tapado.
—Sí.
—Y yo te dije que yo no dudo. Que si dudo, lo rehago. Desde el principio.
—Sí.
—Y desde entonces he estado aprendiendo a dejar las dudas dentro. El cuenco. La viga. Xàbia. La ventana desmontada. Tú. —Se le quebró la voz—. Y lo único que se me ha ocurrido hacer con todo lo que he aprendido es hacerte un plan a cinco años sin preguntarte.
Dani no dijo nada.
—Soy idiota —dijo Júlia.
—No eres idiota.
—Soy idiota con pestañas.
Él soltó una risa breve, rota, por la nariz. Ella se volvió. Se miraron a través de la cocina, con la mesa en medio y la agenda encima, cerrada, con su goma elástica.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
Dani se levantó de la silla que cojeaba. Se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, mirando el suelo.
—Ahora necesito bajar —dijo—. Al taller. Un tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—¿Es un plazo?
—No es un plazo. —Él la miró—. Es una duda.
Júlia sintió que algo se le rompía en el pecho, en diagonal, en tres golpes limpios.
—No —dijo—. No bajes tú. Es tu casa.
—Júlia…
—Es tu casa, Dani. Tu piso. Tu cocina. Tu cuchara torcida. —Cogió la agenda de la mesa—. Bajo yo. A mi piso. Que ya es habitable. Lo dijiste tú. Cláusula once.
—La cláusula once ya no existe.
—Pues la estoy volviendo a escribir.
* * *
Tardó una hora en recoger sus cosas. Él no la ayudó.
No porque no quisiera, sino porque ella no le dejó: cada vez que él se acercaba a coger una caja, ella decía ya puedo yo , con la misma voz del portal, el día de la junta, puedo sola , y él se apartaba contra la pared del pasillo como aquella primera vez en la escalera, con la tabla de cerezo en alto, para dejarla pasar.
Bajó la maleta. La bolsa de lona con los libros. El neceser. El flexo. El tablero de dibujo plegable. Bajó los tres tramos de escalera dos veces, sin agarrarse a la barandilla.
En la segunda bajada, en el primer rellano, doña Encarna abrió la puerta. No llevaba ninguna bolsa de basura. No llevaba ninguna excusa. Se quedó en el umbral, en bata, mirando a Júlia con el flexo en una mano y el tablero de dibujo en la otra.
—Ay, hija —dijo. Y no dijo nada más. Y cerró la puerta muy despacio.
Lo último que Júlia vio antes de cerrar la puerta del segundo por última vez fue la cocina. El cuadrante en la nevera. La cuchara de madera en el escurridor. Y en la estantería de las especias, entre el comino y el pimentón de la Vera, su cuenco torcido.
No lo cogió.
No supo por qué. Pensó en volver a por él. Tenía la mano en el pomo. No volvió.
El principal olía a yeso y a vacío. Hacía cuatro meses que nadie dormía allí. Júlia montó la cama en el dormitorio, la de siempre, en su sitio de siempre, contra la pared del patio, y se tumbó encima sin quitarse la ropa, a oscuras.
Arriba, en el techo, apenas visible a la luz de la farola que entraba por la persiana, cruzaban las vigas. La cuarta estaba justo encima de su cara. No podía ver la cicatriz. No podía ver la firma. Pero sabía exactamente dónde estaban.
Esperó a las once y treinta y dos.
A las once y treinta y dos, abajo, en el taller, no sonó nada. Ni la lijadora, ni el martillo, ni la ardilla. Nada. Un silencio completo, hondo, como el de un edificio vacío.
A las doce tampoco.
A la una tampoco.
Y Júlia Ferrer, treinta y cinco años, arquitecta, socia de un estudio, mujer racional, que había llegado a ese edificio buscando silencio por las noches y había escrito once normas para conseguirlo, se quedó tumbada en su cama, debajo de una viga curada, escuchando el silencio que siempre había querido.
Era insoportable.