Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 14 · Pestaña D
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Capítulo 14 · Pestaña D

La llamada llegó un jueves, a las nueve y media de la mañana, a la hora en que Dani no contestaba nunca al teléfono.

Contestó porque estaba despierto. No había dormido.

Había pasado la noche en la alquería, en la andana, con una linterna frontal y un punzón, tumbado boca arriba sobre el entablado, mirando el par número tres del hastial norte a través del hueco de la losa.

Estaba negro. Estaba blando. Y no era el único.

Había otros dos, el cuarto y el quinto, que empezaban a oscurecerse en el mismo sitio, en el apoyo sobre el muro, donde el agua de la fisura de la losa llevaba cincuenta años bajando sin que nadie la viera.

Un vicio oculto. Pensó en la palabra mientras miraba la madera. Pensó en Júlia sentada en el borde de la cama de su dormitorio apuntalado, la primera noche, diciendo mi padre lo decía en la cena como quien dice «pásame el pan» .

Iba a contárselo esa mañana. Con calma. Con fotos.

Sonó el móvil. Un número que conocía. No lo tenía guardado, pero lo conocía, porque una tarjeta de visita de cartulina gruesa, con letras grises, llevaba dos meses en el fondo del cajón de los botones de niño del taller, debajo de un pestillo del siglo diecinueve.

—Daniel —dijo Héctor Mollà—. Perdone la hora. Solo quería felicitarle.

—¿Por qué?

—Por presentarse a la Lonja. —Hubo una pausa breve, cordial—.

He visto la lista de solicitudes de participación.

Es pública desde ayer. Estudio Mediterráneo, con Júlia Ferrer como directora y usted como responsable de madera.

Me alegro mucho. De verdad. Aunque vayamos a competir.

Prefiero perder contra usted que ganar contra cualquier otro.

Dani no dijo nada. Estaba de pie en medio del taller, con el punzón todavía en la mano y la linterna frontal colgándole del cuello, y de pronto el suelo de terrazo le pareció blando, como el par número tres.

—¿Daniel?

—Sí.

—¿Está bien?

—Sí. —Dani se oyó contestar con una voz que no reconoció—. Gracias por llamar.

—No hay de qué. Ah, y dígale a la señora Ferrer que el portafolio es magnífico. El plano del conducto a mano alzada es una declaración de intenciones. —Mollà se rio, suavemente—. Nos vemos en marzo.

Colgó.

Dani se quedó con el móvil en la mano mucho rato. Luego lo dejó sobre el banco del iaio , junto a la quemadura en forma de media luna, y se sentó en un taburete, y se quedó mirando la pared de las herramientas, los formones por anchura, las gubias por curvatura, los cepillos por edad.

El plano del conducto a mano alzada.

Lo había dibujado una noche de diciembre, con el lápiz de carpintero, sobre papel vegetal, porque hacía falta y porque no había nadie más que pudiera hacerlo en tan poco tiempo.

Y ella lo había pasado a limpio detrás de él, sin preguntar nada, mirándole a veces de reojo con una expresión que le había dado frío en la nuca.

Ahora sabía qué era esa expresión.

*  *  *

Subió al segundo a las diez. Ella ya se había ido al estudio. La cocina estaba como siempre: la taza de té lavada y boca abajo en el escurridor, el cuadrante en la nevera, el cuenco torcido en la estantería de las especias.

Y la agenda sobre la mesa.

No se la había dejado nunca. Nunca. Era como su segundo corazón: la llevaba encima a todas partes, en el bolso, contra el pecho, en la mesilla de noche.

Esa mañana se la había olvidado. Estaba allí, cerrada, con la goma elástica puesta y las pestañas de colores asomando por el borde como las plumas de un pájaro.

Cláusula tres.

Dani se quedó de pie delante de la mesa. Pensó en la cláusula tres. Pensó en que ella había entrado en su habitación sin llamar, en otoño, a través de un buscador, y se lo había confesado en el borde de una bañera. Pensó en que él no era así. En que no tenía ningún derecho.

Pensó en un hombre de pelo rizado en una barra de una masía de Xàbia, con una copa de gin-tonic en la mano: Lo planifica todo en un Excel. Con pestañas. Yo me sentía un tabique.

Quitó la goma.

No buscó. No hizo falta. Las pestañas tenían colores y él los conocía todos. La azul del estudio. La verde del Rosario. La mostaza de la alquería. La del cerezo. Y al final, una pestaña que no había visto nunca. Blanca. Sin color. Con una sola letra escrita a lápiz en el borde.

D.

La abrió.

Leyó la página entera. Despacio. De arriba abajo.

Las columnas, las fechas, las flechas. Marzo 2027: Lonja del Grao.

2028: Colegiarse de nuevo (¿sigue colegiado?

Comprobar). 2028: Conferencia. 2029: Premio.

2030: Socio. Y el 2031, con sus puntos suspensivos, esperando a que alguien le pusiera algo dentro.

Y al final, la anotación del tres de marzo. Fase 1 presentada. 3/3. Decírselo cuando esté la fase 2.

Y debajo, más pequeño: Ojo, aquí cede.

Dani se sentó en la silla de la cocina. La silla cojeaba. Le había lijado las patas en noviembre y seguía cojeando, porque el suelo del segundo no era recto, porque nada en un edificio de 1925 era recto.

Cinco años. Ordenados en columnas. Con planes B. Con flechas. Su vida, la que él había desmontado pieza a pieza en Madrid y había vuelto a montar en Morella con las herramientas de un muerto, en una página en blanco de una agenda ajena, con fechas de entrega.

Pensó en la última vez que alguien había hecho un plan así para él.

Pensó en Gonzalo Arranz, en su despacho de la calle Almagro, con la maqueta blanca del Pabellón de la Marea sobre la mesa, diciéndole con su voz grave y entusiasta, como quien regala algo: Tienes veintinueve años y acabas de ganar el concurso más importante de la década.

Ahora viene lo bueno. En dos años, director de proyecto.

En cinco, socio. En diez, tu propio estudio.

Lo tengo todo pensado, Daniel. Tú solo tienes que dibujar.

Y él había dibujado. Noventa horas a la semana.

Dos años. Hasta que una madrugada, en el baño de la oficina, a las cuatro, con la cara mojada delante del espejo, se dio cuenta de que no recordaba cuándo había dormido por última vez, ni cuándo había comido sentado, ni por qué había querido ser arquitecto.

Y luego el suelo se acercó muy deprisa, y lo siguiente que recordaba era el techo de una ambulancia.

Dani cerró la agenda. Le puso la goma. La dejó sobre la mesa exactamente donde estaba, alineada con el borde, como la habría dejado ella.

Luego bajó al taller, se sentó en el taburete delante del banco del iaio y no hizo nada.

No talló. No lijó. No cogió ningún formón.

Se quedó sentado, con las manos sobre las rodillas, mirando la quemadura en forma de media luna, como se sentaba en Morella, cuatro años atrás, en un taburete fuera de este mismo banco, sin atreverse a entrar.

*  *  *

A las tres de la tarde, sin decidirlo, Dani cogió el Kangoo y fue al puerto.

Aparcó en la explanada de tierra que había detrás de las naves de los pescadores, entre dos camiones frigoríficos y un montón de nasas apiladas.

Bajó. Caminó hasta la valla de obra que rodeaba la Lonja desde hacía doce años, una valla de chapa verde con carteles de prohibido el paso desteñidos por el sol y pintadas encima de los carteles.

Se detuvo delante de un hueco donde la chapa se había doblado.

La Lonja de los Pescadores estaba allí, al otro lado, como un animal enorme dormido.

Era una nave de ladrillo de cien metros de largo, con una fachada de pilastras y arcos rebajados, azulejos blancos y azules en los frisos y un rótulo de cerámica medio caído que todavía decía LONJA DE PESCADORES — 1907 .

El tejado se había hundido en un tramo del centro.

Por el hueco se veían las cerchas. Las cerchas de madera.

Doce. Trece. Catorce. Grandes armaduras de pino, de veinte metros de luz, con sus pares, sus tirantes, sus pendolones, sus jabalcones, recortadas contra el cielo de marzo como el esqueleto de una ballena varada.

Dani las miró durante mucho tiempo.

Las conocía. No de dentro. Nunca había entrado.

Pero las había visto cien veces desde la carretera del puerto, desde el Kangoo, de camino a algún derribo, y cada vez, sin querer, había hecho lo mismo: contarlas, mirar cuáles estaban enteras, cuáles flechaban, cuáles tenían los tirantes rotos.

Y pensar cómo. Cómo se podrían salvar. Pieza a pieza. Despacio.

La séptima estaba bien. La octava tenía el par izquierdo partido. La novena estaba entera, pero el pendolón se había descolgado. La décima no existía; había caído con el tejado. La undécima…

Se dio cuenta de que tenía el lápiz de carpintero en la mano. Y un recibo de gasolina en la otra. Y que en el dorso del recibo había dibujado, sin darse cuenta, la novena cercha, con el pendolón descolgado y una prótesis marcada con una línea discontinua.

Se quedó mirando el recibo.

Detrás de él, en el muelle, un pescador viejo descargaba cajas de gamba roja de una barca pintada de azul. Le miró con curiosidad. Luego miró la Lonja.

—Va a llegar un día que se cae entera —dijo el pescador, en valenciano, sin dejar de trabajar—. Y luego harán apartamentos.

—No se va a caer —dijo Dani.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Dani dobló el recibo de gasolina. Lo guardó en el bolsillo de la camisa. Junto al papel de las once condiciones. Junto al croquis de una ventana que ella le había dejado una mañana en la mesa de la cocina.

—Porque alguien la va a salvar —dijo.

No supo, al decirlo, si hablaba de otro o de sí mismo.

Volvió a Valencia por la avenida del Puerto con la radio apagada, como siempre. Pero esta vez no iba en silencio. Iba repitiendo en voz baja, como quien se aprende una canción, las secciones de las cerchas de la Lonja que había visto a través de un hueco en una chapa verde.

Llegó al taller a las cinco. A las cinco y diez sonó el móvil. Era el número que no tenía guardado y conocía. La tarjeta de cartulina gris del cajón de los botones.

Lo dejó sonar. No lo cogió.

Y cuando dejó de sonar, se quedó mirando la pantalla negra, con el recibo de gasolina en el bolsillo de la camisa, y supo que Mollà había llamado dos veces ese día, y que la primera vez, por la mañana, sí lo había cogido, y que lo que le había dicho por la mañana no era una felicitación cualquiera.

Era una invitación a mirar algo que él llevaba años mirando a escondidas.

Ella volvió a las ocho y cuarto. Él la oyó llegar. El portal. Los tacones en la escalera, con su ritmo perfectamente regular. Un, dos, tres, cuatro. Se detuvieron en el primer rellano. Luego siguieron, más deprisa.

Se había dado cuenta de que se había dejado la agenda.

Dani subió. Despacio. Cuando llegó al segundo, ella estaba en la cocina, de pie junto a la mesa, con la agenda en la mano y la cara blanca.

Se miraron.

—La has leído —dijo ella.

No era una pregunta.

—Me ha llamado Mollà —dijo él—. Esta mañana. Para felicitarme.

Júlia cerró los ojos.

—Dani…

—Dice que el portafolio es magnífico. Que el plano del conducto a mano alzada es una declaración de intenciones.

—Te lo iba a decir.

—Cuando estuviera la fase dos.

—Sí.

—Lo pone en la agenda. «Decírselo cuando esté la fase dos».

—Sí.

—¿Y por qué no antes?

Júlia abrió los ojos. Tenía la agenda apretada contra el pecho, con las dos manos, como un escudo. Como la carpeta del día de la junta de vecinos.

—Porque habrías dicho que no —dijo.

—Sí.

—Porque te habrías encerrado en el taller con tu formón y tus ardillas y habrías dejado pasar la mejor oportunidad que vas a tener en diez años.

—Sí.

—Porque eres el mejor arquitecto que he conocido en mi vida —dijo ella, y le tembló la voz— y te estás desperdiciando quitándole carcoma a cómodas de señores de Burjassot.

Dani se quedó muy quieto.

—Desperdiciando —repitió.

—No quería decir…

—Sí querías. Lo llevas pensando desde diciembre.

Lo vi en tu cara la noche del conducto. —Él no levantó la voz.

No la levantaba nunca. Pero hablaba muy despacio, palabra a palabra, como quien coloca piezas de un ensamble que ya no encaja—.

Me mirabas como se mira una viga podrida. Como algo que hay que arreglar.

—No es verdad.

—Me has hecho un plan. A cinco años. Con flechas. Con planes B. Sin preguntarme.

—Te lo iba a preguntar.

—Cuando ya estuviera hecho. Cuando no pudiera decir que no sin quedar como un cobarde delante de Mollà, de Álvaro, de Marina, del ayuntamiento y del jurado de un concurso público. —Dani se apoyó en el marco de la puerta—. No me lo ibas a preguntar, Júlia. Me lo ibas a comunicar.

Ella no contestó. Le temblaban las manos sobre la agenda.

—¿Sabes qué me dijo Jordi en la barra de su boda? —preguntó él.

Júlia palideció más todavía.

—No hagas eso.

—Me dijo que se sentía un tabique. Que nunca sabía si estaba en el plano o si le iban a mover de sitio. —Dani tragó saliva—. Y yo le dije que a mí me gustaban tus pestañas. Que me sentía una pestaña nueva.

—Dani, por favor.

—Y hoy he abierto tu agenda y he encontrado mi pestaña. Blanca. Con una D. —Se le quebró la voz por primera vez—. Y dentro no estaba yo. Estaba el hombre que tú crees que debería ser.

Júlia dio un paso hacia él. Él no se movió. No se apartó. Pero algo en su forma de estar en el marco de la puerta le dijo a ella que no diera otro.

Júlia no se movió. Él tampoco. Durante un rato, en la cocina del segundo, solo se oyó la nevera y, abajo, en la calle, una moto que pasaba.

Catorce minutos, pensó ella sin querer. Siempre catorce minutos.

Él la miraba desde la silla que cojeaba con una cara que ella no le había visto nunca: ni enfadada ni triste, sino cansada, muy cansada, como alguien que lleva años cargando una caja y por fin decide dejarla en el suelo.

—Siéntate —dijo él—. Te voy a contar lo de Madrid.

—No hace falta que…

—Sí que hace falta. Llevas cuatro meses apuntándolo en una pestaña. Otro día. —Dani se sentó en la silla que cojeaba—. Hoy es el día.