Capítulo 13 · El plan #2
Pau tardó ocho días en terminar la cuchara.
Ocho tardes, en el taburete de enea, con el formón y una gubia pequeña que Dani le prestó y una lija del ciento veinte, mientras Dani terminaba la alacena a dos metros sin mirarle casi nunca.
Se cortó dos veces. Se le partió el mango una vez y tuvo que empezar de nuevo.
No preguntó nada más que lo imprescindible.
El último día se la enseñó.
Era pequeña. Asimétrica. La cazoleta un poco más honda por un lado que por el otro. El mango con una curva que no tenía que estar ahí, donde se le había ido la gubia.
Dani la cogió. La miró con la cabeza ladeada, contra la luz de la ventana de la cocina. Pasó el pulgar por la curva del mango que no tenía que estar ahí.
—Aquí dudaste —dijo.
Pau se puso rojo hasta las orejas.
—Se me fue la gubia.
—No se te fue. Dudaste. Y seguiste. —Dani le devolvió la cuchara—. Es lo mejor que tiene.
Pau se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al pecho. Esa noche, en el grupo del estudio, mandó una foto de la cuchara sin ningún texto. Samuel contestó con un emoji de aplauso. Pilar con un «¡¡Qué bonita, hijo!! ¿Para cuándo un cucharón?». Álvaro con un pulgar hacia arriba.
Marina contestó con una sola palabra: «Torcida».
Y debajo, al minuto, otra: «Como tiene que ser».
Júlia lo leyó en la cocina del segundo, de pie junto a la estantería de las especias, mirando su cuenco torcido entre el comino y el pimentón. Luego miró el escurridor, donde estaba la cuchara de madera de los lunes. La cogió. La miró de lado, contra la luz de la ventana, como la había mirado Dani.
Estaba torcida. Un poco. En la cazoleta. Muy poco.
Llevaba cuatro meses comiendo arroz con ella y no se había dado cuenta.
Pensó, esa noche, sin escribirlo en ninguna parte, que no era la única cosa de ese hombre en la que no se había fijado.
Que había estado tan ocupada en verle desperdiciado que no había visto lo que estaba haciendo.
Enseñar a un chaval de veintitrés años a hacer una cuchara torcida en una cocina del siglo dieciocho.
No lo apuntó. Fue un error. Si lo hubiera apuntado, quizá lo habría leído dos semanas después, antes de abrir la plataforma de contratación del ayuntamiento.
* * *
El anuncio lo vio un jueves de mediados de febrero, en el ordenador del estudio, en el boletín oficial de la provincia, entre una licitación de alumbrado público en Sagunto y otra de recogida de residuos en Paterna.
Concurso de proyectos con intervención de jurado para la restauración y rehabilitación de la Lonja de los Pescadores del Grao de Valencia. Fase 1: solicitud de participación y acreditación de equipo, hasta el 6 de marzo. Fase 2: propuesta técnica, hasta el 20 de marzo.
Júlia lo leyó tres veces. Luego abrió el pliego, ochenta y cuatro páginas, y lo leyó entero, sin levantarse de la silla, mientras a su alrededor el estudio seguía funcionando: Pau al teléfono con un proveedor, Samuel silbando, Marina y Álvaro discutiendo en el despacho con la puerta abierta sobre algo que tenía pinta de ser un calendario y sonaba a otra cosa.
La Lonja de los Pescadores era un edificio de 1907 junto al puerto, con una nave enorme de cerchas de madera, una fachada de ladrillo y azulejo, y un estado de abandono que dolía al pasar por delante.
El ayuntamiento quería convertirla en mercado y centro cultural.
El pliego exigía un equipo con un arquitecto director, con experiencia acreditada en patrimonio, y un responsable de estructuras de madera, «con formación técnica y experiencia práctica demostrable en la restauración de armaduras históricas».
Formación técnica y experiencia práctica.
Júlia se quedó mirando esa línea durante mucho tiempo.
Luego abrió la agenda. Pasó las pestañas: la azul del estudio, la verde del Rosario, la mostaza de la alquería, la del cerezo.
Llegó al final, donde había hojas en blanco.
Y en la primera hoja en blanco, con su letra recta, sin pensarlo demasiado, porque si lo pensaba no lo haría, escribió un título.
D.
Y debajo, en columnas, con fechas, lo que llevaba tres meses pensando sin escribirlo:
Marzo 2027: Lonja del Grao. Fase 1 (Estudio Mediterráneo + D. como responsable de madera). Fase 2: propuesta.
2027-2028: Dirección de obra de la Lonja (si se gana). Si no se gana: experiencia de concurso, portafolio.
2028: Colegiarse de nuevo (¿sigue colegiado? Comprobar).
2028: Conferencia sobre restauración de carpinterías. Escuela de Arquitectura. Pedir a Samuel contactos.
2029: Premio de patrimonio (el Rosario como obra presentada, ventanas como autoría compartida).
2030: Socio del estudio. (Hablar con Álvaro y Marina.)
2031: …
Se detuvo en el 2031. Miró la columna. Cinco años. Ordenados. Claros. Con flechas. Con un plan B en cada casilla. Era el plan más bonito que había hecho nunca. Era el plan de un hombre que no se desperdiciaba.
Por un momento, un momento muy corto, pensó en un sofá recién llegado y en un hombre con el pelo rizado diciendo me sentía un tabique .
Lo apartó. No era lo mismo. Jordi no tenía talento para nada que no fuera reírse en las bodas.
Dani tenía un talento que se estaba pudriendo en un taller, como una viga dentro de un muro, sin ventilación, sin que nadie lo viera.
Ella solo quería abrirle un hueco. Darle aire. Quitarle el disgusto de encima.
Eso se dijo.
* * *
—¿Estás segura? —preguntó Marina.
Era viernes, la una y media, y estaban solas en la terraza interior del estudio, junto a los geranios de Pilar, antes de subir a la azotea. Júlia le había enseñado el pliego. Y, después de un momento de duda que Marina vio con toda claridad, también la agenda, abierta por la página D.
Marina la había leído entera. Despacio. Sin decir nada. Luego había cerrado la agenda con mucho cuidado y se la había devuelto.
—Segurísima —dijo Júlia—. Es perfecto para él. Es exactamente lo que sabe hacer. Madera y arquitectura a la vez. No hay nadie en Valencia que lo haga mejor.
—No te pregunto si es perfecto para él. —Marina se apoyó en la barandilla—. Te pregunto si estás segura de hacerlo sin decírselo.
—Se lo voy a decir.
—¿Cuándo?
—Cuando esté hecho. Cuando la fase uno esté presentada y tenga la acreditación del equipo y el pliego estudiado y un borrador de propuesta.
—Júlia se apretó la agenda contra el pecho—.
Si se lo digo ahora, va a decir que no. Va a decir que no tiene prisa, que no trabaja con plazos, que eso es para otros.
Y se va a quedar en su taller quitando carcoma.
—A lo mejor es lo que quiere.
—No es lo que quiere. Es lo que le da miedo querer.
Marina se quedó callada un momento. Luego dijo, muy despacio, sin mirarla:
—¿Sabes lo que tenemos Álvaro y yo en el contrato de socios? En la cláusula séptima.
—La que escribiste tú. Me lo contó Pilar.
—«Cuando una de las partes tenga miedo, lo dirá en voz alta». —Marina se volvió hacia ella—. Tú tienes miedo, Júlia. Miedo de que él se quede pequeño. O miedo de otra cosa, no lo sé. Pero tienes miedo. Y lo estás metiendo en una agenda en vez de decirlo en voz alta.
—No es miedo. Es un plan.
—Yo también pensaba que lo de Mollà no era miedo. —Marina sonrió de lado, sin alegría—. Que era decidir sola. Y casi me cuesta todo.
Júlia no contestó. Arriba, en la azotea, se oía a Pilar dando órdenes sobre la paellera y a Toni defendiendo la leña de naranjo con argumentos teológicos.
—Díselo antes —dijo Marina—. Antes de presentarlo. Aunque te diga que no.
—Lo pensaré.
—A tu velocidad.
—A mi velocidad.
Marina le dio un golpe suave en el brazo y subió a la azotea. Júlia se quedó sola en la terraza, junto a los geranios, con la agenda abierta.
Lo pensó.
Lo pensó todo el fin de semana. Lo pensó el domingo por la mañana, en la cama del segundo, con la cabeza de Dani dormida sobre su hombro y la ardilla callada por una vez.
Lo pensó mirando la estantería de las especias de la cocina, donde seguía su cuenco torcido entre el comino y el pimentón.
Lo pensó en su estudio del principal, sentada a su tablero de dibujo, bajo las vigas vistas, mirando la cicatriz en zigzag de la cuarta.
Y el lunes tres de marzo, a las once y cuarenta de la noche, mientras él trabajaba abajo en el taller y ella oía a través del suelo el raspar suave del formón, Júlia se sentó a la mesa de la cocina con el portátil, abrió la plataforma de contratación del ayuntamiento y rellenó la solicitud de participación de Estudio Mediterráneo en el concurso de la Lonja de los Pescadores del Grao.
Arquitecta directora: Júlia Ferrer.
Responsable de estructuras de madera y carpinterías históricas: Daniel Roca.
Adjuntó el portafolio. Las fichas del catálogo del Rosario, con la firma J.
Ferrer / D. Roca . Fotos de las cinco ventanas nuevas.
Un plano del conducto de extracción dibujado a mano alzada sobre papel vegetal.
Una foto de la viga de su techo con el rayo de Júpiter.
Y, en la acreditación de formación, el título de arquitecto de Daniel Roca por la Escuela de Madrid, que había encontrado en la web del Colegio, todavía colegiado, con la cuota pagada al día, cosa que la dejó un buen rato mirando la pantalla sin saber qué pensar.
Él seguía colegiado. Llevaba cuatro años pagando la cuota de una profesión que decía haber dejado.
Júlia pensó que eso lo decía todo.
Pulsó «Enviar».
La pantalla mostró un número de registro. Una fecha. Una hora. 23:52.
Abajo, en el taller, el formón se detuvo. Hubo un silencio. Luego volvió a sonar, suave, rítmico, como una respiración.
Júlia cerró el portátil. Lo apuntó en la agenda, en la página D. , con su letra recta: Fase 1 presentada. 3/3. Decírselo cuando esté la fase 2.
Y debajo, más pequeño, como quien deja una nota al margen de un plano:
Ojo, aquí cede.
No supo por qué lo había escrito. No lo tachó.