Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 13 · El plan
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Capítulo 13 · El plan

Estaba en la huerta de Alboraia, al final de un camino de tierra entre campos de chufa, a diez minutos de la casa de Ramón Casal.

Era de la familia de Elena Boix desde el siglo dieciocho: dos plantas de muros encalados, una cubierta de teja árabe a dos aguas, una andana bajo el tejado donde antes se criaban gusanos de seda, una cocina con un hogar donde cabía una persona de pie, una noria cegada en el patio y una parra tan vieja que tenía el tronco más gordo que la cintura de Júlia.

Elena quería convertirla en una horchatería de huerta con restaurante, abierta al público, con las chufas de sus propios campos. Quería abrirla en Pascua. Quería que la llevara Júlia.

—Tú —había dicho en la reunión de enero, señalándola con el bolígrafo por encima de la mesa del estudio—. No Álvaro, que está muy ocupado mirando a su socia nueva. Tú. Me gustó tu catálogo de ventanas. Era tan exhaustivo que daba miedo.

Júlia había aceptado. Era la primera obra que dirigía sola desde que entró en el estudio. La primera que no era de Álvaro, ni de Samuel, ni de Ramón antes que ellos. Suya.

Llegó a la alquería el primer lunes de febrero con un casco nuevo, una carpeta de anillas de tres centímetros de grosor y una agenda con una pestaña recién estrenada, de color mostaza, que decía Pi .

Dani llegó a las diez. Con el punzón.

*  *  *

No estaba contratado para eso. Estaba contratado para restaurar las puertas, las contraventanas y una alacena de nogal de la cocina.

Pero el primer día, mientras Júlia recorría la planta baja con el aparejador y la carpeta, él se quedó en el patio, de pie bajo la parra, mirando el alero de la cubierta.

Lo miró casi una hora. Luego subió a la andana por una escalera de mano, sin decir nada a nadie, y no bajó hasta la hora de comer.

—La cubierta —dijo, sentándose a su lado en el banco de piedra del patio, con un bocadillo en la mano—. Alguien le echó una losa de hormigón encima en los setenta. Para impermeabilizar.

—Lo sé. Está en el levantamiento.

—¿Y qué dice el levantamiento de la madera de debajo?

—Que no se puede inspeccionar sin levantar la losa.

—Pues hay que levantarla.

—Eso son tres semanas y un presupuesto que no tenemos.

—Hay un par de la cubierta, el tercero desde el hastial norte, que se ve desde la andana por un hueco. —Dani mordió el bocadillo—. Está negro.

Júlia dejó de comer.

—¿Negro?

—Negro. Y la losa tiene una fisura justo encima.

—Eso no significa que esté podrido.

—No. —Él se encogió de hombros—. Significa que hay que mirarlo.

Júlia lo apuntó en la agenda. Par 3 hastial N. Mirar. Lo subrayó dos veces. Luego se quedó mirándolo de reojo mientras él terminaba el bocadillo.

No era la primera vez. Desde diciembre, desde la noche del conducto de extracción, cuando le vio dibujar a mano alzada, sobre papel vegetal, sin regla, el recorrido de un tubo por tres plantas de un edificio de 1912 con una claridad que ella habría tardado una semana en conseguir, Júlia le miraba así.

De reojo. Como se mira a alguien que está haciendo trampa en las cartas sin saber que la hace.

Porque eso era lo que le parecía. Una trampa.

Un desperdicio. Un hombre que había ganado un concurso internacional con veintinueve años, que veía un par podrido a través de un hueco en una andana oscura, que dibujaba a escala uno a cinco sin regla, pasándose las noches tallando nombres de naranja en puertas de hotel y quitándole carcoma a cómodas de 1880 para señores de Burjassot.

No lo decía. No lo había dicho nunca. Pero lo pensaba cada vez que le miraba.

El segundo miércoles de febrero, Ramón Casal apareció en la alquería a las once de la mañana, andando por el camino de tierra entre los campos de chufa, con su boina, su bastón y Rosa, la cuidadora, dos pasos detrás con un termo y cara de resignación.

—Vive aquí al lado —le explicó Rosa a Júlia, en la puerta del patio, en voz baja—. Ha visto los andamios desde su terraza. Lleva una semana diciendo que tenía que venir. Hoy no he podido pararle.

—No me para nadie —dijo Ramón, que lo había oído todo—. Soy viejo. Es mi único privilegio.

Júlia le hizo sitio en el banco de piedra bajo la parra, junto al pozo cegado. Ramón se sentó con un suspiro largo, apoyó las dos manos en el bastón y se quedó mirando la fachada de la alquería con la misma atención con que, en septiembre, Dani había mirado la ventana podrida del patio del Rosario.

—La Alqueria del Pi —dijo—. En el setenta y ocho vine aquí con mi maestro, don Vicente Gisbert, a tasarla.

Para el abuelo de Elena, que la quería vender y al final no la vendió.

—Ramón entornó los ojos—. Entonces todavía estaba el pino.

Era enorme. Tapaba media fachada. Se cayó en el ochenta y tres, en la gota fría. Lo partió un rayo por la mitad.

—No lo sabía.

—Nadie lo sabe. Por eso lo cuento. —Ramón se volvió hacia ella—. ¿Y qué le vais a hacer?

Júlia se lo explicó. Con la carpeta abierta sobre las rodillas, con los planos, con el cronograma hasta Pascua.

La horchatería en la cocina vieja. El comedor en la andana, con la cubierta vista.

Las terrazas bajo la parra. El huerto de chufa como paisaje.

Ramón escuchó sin interrumpir, asintiendo a veces, frunciendo el ceño otras.

Cuando ella terminó, él señaló con el bastón hacia el tejado.

—¿Y eso?

Júlia siguió el bastón. Apuntaba al alero del hastial norte. A la losa de hormigón gris que asomaba por debajo de las tejas, como una costra.

—La losa de los setenta —dijo ella—. Hay que levantarla. Está presupuestado. Llega en tres semanas.

—¿Y debajo?

—No se sabe. No se puede ver sin levantarla.

—Sí se puede ver. —Ramón bajó el bastón—. Mira el alero. La línea de las tejas. Desde aquí.

Júlia miró. Al principio no vio nada. El alero, las tejas árabes, el canalón de zinc oxidado.

Luego, poco a poco, con la luz de la mañana entrando de lado, rasante, por encima de los campos de chufa, empezó a verlo.

La línea de las tejas no era recta. Se hundía, muy ligeramente, apenas un par de dedos, en un tramo de tres o cuatro metros del lado norte. Como la espalda de un caballo viejo.

—Flecha —dijo ella, en voz baja.

—Flecha —asintió Ramón—. Eso es que algo de debajo está cansado. Y una losa de hormigón encima de una armadura de madera es como ponerle una mochila de piedras a un abuelo. Aguanta. Aguanta. Aguanta. Hasta que un día no.

Júlia sacó la agenda. La abrió por la pestaña mostaza. Encontró la página de febrero. Par 3 hastial N. Mirar. Subrayado dos veces.

—Me lo dijo Dani el primer día —dijo—. Que había un par negro. Lo vio desde la andana.

—¿Y qué hiciste?

—Lo apunté. Y pedí presupuesto. Y esperé.

Ramón la miró con su media sonrisa torcida.

—Mi hijo hace eso —dijo—. Lo apunta todo. Yo lo miro. —Se encogió de hombros—. Las dos cosas sirven. Pero solo una se adelanta.

—¿Cuál?

—La que mira. —Ramón se levantó con esfuerzo, apoyándose en el bastón—.

Ese chaval tuyo mira, Júlia. Lo vi en la azotea en octubre.

Mira como yo miraba a los veinte años. Como si las casas le hablaran.

—Le dio una palmada en el hombro con la mano buena—.

Hazle caso cuando mira. Y adelanta lo de la losa. No esperes tres semanas.

Se fue por el camino de tierra con Rosa detrás, despacio, entre los campos de chufa, parándose cada veinte metros a mirar algo: un pozo, un azud, un algarrobo. Júlia le vio irse desde el banco de piedra.

Esa tarde llamó a la empresa de la losa para adelantar el levantamiento. Le dijeron que lo intentarían. Que con suerte podrían ir a principios de marzo.

Júlia lo apuntó. Con suerte. A principios de marzo.

Pensó, mucho después, que ese había sido su error. No apuntarlo. Creer que con suerte era una fecha.

*  *  *

A la semana siguiente, Pau empezó a ir a la alquería por las tardes.

Nadie se lo pidió. Terminaba las clases en la Escuela a las tres, cogía el patinete eléctrico en Benimaclet y a las tres y media aparecía por el camino de tierra entre los campos de chufa, con la mochila a la espalda y un bocadillo de tortilla en la mano, y se quedaba hasta que se iba Dani.

Decía que era para hacer prácticas. Júlia sabía que no era para eso.

Era para mirar a Dani.

Lo hacía exactamente como Dani le había contado que miraba él, de pequeño, en las obras de Morella, sentado en un escalón: muy serio, sin hablar, sin moverse, como si lo estuviera apuntando todo.

Se sentaba en un taburete de enea en un rincón de la cocina vieja, mientras Dani trabajaba en la alacena de nogal, y no decía nada en dos horas.

El tercer día, Dani le dio un formón.

Júlia lo vio desde la puerta del patio, donde revisaba con el aparejador un plano de instalaciones.

Vio cómo Dani se acercaba al taburete de enea con un formón fino en una mano y un trozo de nogal viejo en la otra, y se lo tendía a Pau sin decir nada.

Vio la cara de Pau. Era la cara de alguien a quien le dan una llave.

—¿Qué hago? —preguntó Pau.

—Nada —dijo Dani—. Una cuchara.

—¿Una cuchara?

—La primera cosa que se hace siempre es una cuchara.

—Dani se sentó en el suelo, junto al taburete, con la espalda contra el muro de la cocina—.

Me lo enseñó mi abuelo. Él lo aprendió de su padre.

Una cuchara tiene de todo: una curva cóncava, una curva convexa, un mango recto, una transición.

Si sabes hacer una cuchara, sabes hacer casi todo.

—¿Y cuánto se tarda?

—La primera, una semana. La segunda, tres días. La cien, una tarde.

—¿Y la tuya? ¿La primera?

Dani tardó un momento en contestar.

—La primera mía está torcida —dijo—. Y la uso todos los lunes para comer arroz.

Júlia, desde la puerta, se quedó quieta. El aparejador le estaba preguntando algo sobre una bajante. No lo oyó.