Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 12 · Nombres de naranja #3
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Capítulo 12 · Nombres de naranja #3

—¡Te lo dije! —gritó Júlia, entre risas—. ¡Te lo dije!

—Lo apunto —dijo Dani, con la voz rota, entre toses—. Lo apunto.

—¿Dónde?

—En tu agenda. En la pestaña del cerezo. «Las uvas, peladas».

A las doce y un minuto, en la arena fría de la Malvarrosa, con los fuegos artificiales del puerto estallando a lo lejos sobre el mar, verdes, dorados, rojos, Júlia le besó delante de todo el estudio. Con sabor a uva y a cava.

Detrás de ellos, Ramón Casal levantó su vaso de plástico desde la silla plegable.

—Por los que dudan —dijo, con su voz torcida en las eses—. Que son los únicos que aciertan.

Nadie entendió del todo qué quería decir. Todos brindaron igual.

*  *  *

El ocho de enero, el hotel de la casa del Rosario abrió sus diez habitaciones.

Cada una tenía el nombre de una variedad de naranja tallado en la puerta.

Lo había propuesto Elena Boix en una reunión de obra a mediados de diciembre, mirando la cenefa de la fachada: Navelina, Valencia Late, Sanguina, Clemenules, Salustiana, Washington, Cadenera, Verna, Hernandina, Lane Late .

Dani las había tallado una a una, en las puertas de madera de las habitaciones, a gubia, una letra cada noche, en el taller, durante tres semanas.

Júlia le traía café a las dos de la madrugada y fingía revisar el catálogo de ventanas por tercera vez, sentada en un taburete, mirándole trabajar.

Él sabía que no revisaba nada. Ella sabía que él lo sabía.

En la L de Valencia Late , a mitad de la letra, Dani había cambiado de idea. Había empezado una L recta, de palo seco, como las demás, y luego, a la mitad del primer trazo, le había dado una curva al final, un remate pequeño, casi invisible, como un pie que se levanta para dar un paso de baile.

Júlia lo vio al tercer día. No dijo nada. Pero esa noche, en la agenda, en la pestaña del color del cerezo, escribió: L de Valencia Late. Dudó. Lo dejó dentro.

La inauguración fue a mediodía, con sol de primavera adelantada.

Elena Boix descubrió la placa de cerámica de Manises de la fachada, con su cenefa de naranjos y los cuatro apellidos por orden alfabético, y Júlia leyó el suyo entre los de Álvaro, Marina y Samuel, y le apretó la mano a Dani con tanta fuerza que le crujieron los nudillos.

Luego hubo cava, y croquetas, y el chef saliendo de la cocina con su chaqueta blanca, y Ramón Casal con su bastón, y Carmen Ortuño al fondo, de paisano, haciendo como que pasaba por allí, y Samuel mirándola como si fuera un plano que no sabía leer.

Y fue allí, junto a la puerta de la habitación Sanguina , mientras Júlia hablaba con Elena Boix sobre una alquería en Alboraia, cuando un hombre de pelo blanco y gafas de montura fina se acercó a Dani y le tendió la mano.

—Daniel Roca —dijo—. Héctor Mollà.

Dani le estrechó la mano. Le conocía. Todo el mundo le conocía.

—Las ventanas son suyas, ¿verdad? —Mollà señaló hacia la escalera—. Y las puertas. Y los nombres. Elena me lo ha contado.

—Son mías.

—Son extraordinarias. —Mollà le miró por encima de las gafas, con una franqueza que a Dani le pareció peligrosa—. Y no se lo digo como un cumplido. Se lo digo porque sé quién es usted. Seguí el concurso del Pabellón de la Marea. Lo seguí entero. Era el mejor proyecto con diferencia.

Dani sintió frío en la nuca.

—Eso fue hace mucho.

—Siete años no es mucho. —Mollà sacó una tarjeta de visita del bolsillo de la americana—.

El Grupo Mollà va a presentarse en primavera al concurso público para la restauración de la Lonja de los Pescadores del Grao.

Es el proyecto de patrimonio más importante de Valencia en diez años.

Necesito un director de proyecto que entienda la madera y la arquitectura a la vez.

No hay muchos. —Le tendió la tarjeta—. Piénselo.

Dani miró la tarjeta. Cartulina gruesa, letras grises, sin adornos. La A de Arranz era igual de sobria.

—No —dijo.

Mollà no retiró la mano.

—¿No lo va a pensar?

—Ya lo he pensado. Hace cuatro años. —Dani le devolvió la mirada—. Gracias. De verdad. Pero no.

Mollà le sostuvo la mirada un momento más. Luego, despacio, guardó la tarjeta.

—La oferta sigue en pie —dijo—. Hasta marzo. Uno no rechaza la Lonja dos veces.

Y se fue a saludar a Elena Boix.

Dani se quedó junto a la puerta de la habitación Sanguina , con las manos en los bolsillos, mirando la letra S que él mismo había tallado.

Al otro lado del vestíbulo, Júlia se reía de algo que había dicho Pilar.

Llevaba el pelo suelto. Le buscó con los ojos entre la gente y le encontró y le sonrió, y él le devolvió la sonrisa.

No se lo contó. Ni ese día ni los siguientes.

Pensó que no hacía falta. Que había dicho que no. Que no había nada que contar.

Esa noche, al abrir el cajón de los botones de niño para coger un clavo, dejó la tarjeta de cartulina gris debajo de un pestillo del siglo diecinueve, boca abajo, donde no tuviera que verla cada mañana. No la tiró. Tampoco supo explicarse por qué.

Era un razonamiento impecable. Tenía la solidez de una viga con la cabeza podrida dentro del muro.