Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 12 · Nombres de naranja #2
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Capítulo 12 · Nombres de naranja #2

Consuelo Ferrer abrió la caja en el recibidor, delante de todos. Pasó el dedo por las cinco líneas del pentagrama. Luego miró a Dani.

—No hay notas —dijo.

—Las notas las pone usted —dijo Dani.

Consuelo se quedó un momento callada. Luego le dio dos besos, muy fuertes, y se llevó la caja al salón sin decir nada más, y Júlia vio que su madre se secaba algo de la mejilla con el dorso de la mano antes de entrar.

La comida fue larga. Hubo escudella con pilotes, pavo relleno de ciruelas, turrón de Xixona y de Alicante y un turrón de chocolate con arroz inflado que Neus había traído de Berlín y que su padre miró como quien mira una ilegalidad.

Hubo el mantel bordado de la abuela, la vajilla de los domingos, Remei sirviendo con una sonrisa que no se le borró en toda la comida.

Y hubo, antes de los turrones, el discurso de Josep Ferrer sobre la situación del país, que fue exactamente igual que el de todos los años, salvo que esta vez, a la mitad, se detuvo y le preguntó a Dani qué opinaba.

Toda la mesa se quedó en silencio. Josep Ferrer no preguntaba nunca a nadie qué opinaba durante el discurso.

Dani dejó la cuchara.

—Opino que usted tiene razón en la mitad —dijo—. Y que en la otra mitad se equivoca. Pero no sé en cuál.

Neus se atragantó con el agua. Júlia cerró los ojos. Consuelo se tapó la boca con la servilleta.

Josep Ferrer le miró por encima de las gafas, largamente, como miraba los testamentos dudosos.

—Eso —dijo al fin— es lo más sensato que me ha dicho nadie en esta mesa en treinta años.

Y siguió con el discurso.

Más tarde, cuando Neus se llevó a Júlia a la cocina con una excusa evidente para interrogarla, Dani se quedó solo en el salón con el padre. Josep se levantó, fue al aparador y volvió con una botella de coñac y dos copas. Le sirvió una sin preguntar. Se sentó en su butaca.

—Usted no es carpintero —dijo.

Dani tomó la copa.

—Sí lo soy.

—No solo. —Josep dio un sorbo—. He sido notario treinta y ocho años.

He visto entrar en mi despacho a mucha gente que decía ser una cosa y era otra.

Usted habla de la viga del piso de mi hija como un arquitecto.

Lo he oído. Le he preguntado a Climent. Climent me ha enseñado el cálculo. —Hizo una pausa—. Con dos firmas.

—Sí.

—No le voy a preguntar qué es. No es asunto mío.

—Josep dejó la copa sobre la mesita—. Solo le voy a decir una cosa, como padre, que es una profesión en la que llevo menos años que en la otra y en la que soy bastante peor.

Mi hija lo planifica todo porque yo le enseñé que las cosas no planificadas salen mal.

Le enseñé con el ejemplo. Durante treinta y cinco años.

—Josep miró hacia la cocina, de donde llegaba la risa de Neus—.

Con la otra no funcionó. Se fue a Berlín. Con esta funcionó demasiado bien.

Dani no dijo nada.

—Hace tres años un muchacho le dijo que se sentía un tabique —siguió Josep, en voz más baja—.

Y yo pensé que era un idiota. Y lo era. Pero también pensé, por la noche, sin decírselo a nadie, que se lo había enseñado yo.

—Cogió otra vez la copa—. No le pido nada.

Solo que, si alguna vez ve que mi hija le está haciendo un plano, se lo diga.

A la cara. Con calma. Como usted ha dicho lo de la mitad.

Dani le sostuvo la mirada.

—Se lo diré —dijo.

—Bien.

Brindaron sin chocar las copas, como se brinda en las notarías.

En la cocina, Neus le estaba diciendo a Júlia, con la boca llena de turrón alemán, que si no se casaba con ese hombre se casaba ella.

*  *  *

La Nochevieja la pasaron en la playa de la Malvarrosa, con todo el estudio, porque Pilar lo había decretado en el grupo con un mensaje que no admitía réplica: «31, 23:30, playa, frente al Balneario. Cada uno sus uvas. Quien no venga, que no vuelva».

Fueron todos. Pilar con un abrigo de piel falsa y una nevera portátil llena de cava.

Ramón en una silla de playa plegable que Álvaro había bajado desde el coche, con una manta sobre las rodillas y Bruja en un transportín abierto, porque decía que la gata tenía que ver el año nuevo.

Toni con su mujer, a la que nadie conocía y que resultó ser una señora menuda y risueña que llevaba treinta años sin poder sentarse en la terraza del bar de su marido porque siempre estaba trabajando en la cocina.

Pau con su novia, una estudiante de Bellas Artes con el pelo verde que se llevó bien con Bruja en el acto.

Samuel solo, con las manos en los bolsillos, mirando el mar.

Y Álvaro y Marina, de la mano. Por primera vez en público. Sin disimulo. Ella con su chaqueta de lana puesta, la de él, la que había estado doblada en cuatro sobre una silla durante dos semanas de diciembre.

Júlia y Dani llegaron los últimos, a las doce menos veinte, porque Júlia había tardado veinte minutos en decidir si llevaba las uvas peladas o sin pelar, y Dani había tardado otros diez en convencerla de que daba igual.

—No da igual —había dicho ella—. Las peladas se tragan más deprisa. Las sin pelar se pueden atragantar.

—Nadie se ha muerto nunca por una uva sin pelar en Nochevieja.

—Eso no lo sabes.

—Lo sé. Lo he mirado.

—¿Dónde?

—En ninguna parte. Pero lo sé.

Al final llevó la mitad peladas y la mitad sin pelar, en dos tápers etiquetados, y se los dio a él para que eligiera. Él cogió las sin pelar sin dudar. Ella se quedó con las peladas.

Las campanadas las oyeron en el móvil de Pau, con un retraso de tres segundos que provocó una discusión sobre si había que seguir el móvil o el reloj de Samuel, que iba adelantado. Pilar zanjó la discusión empezando a comer uvas cuando le dio la gana. Todo el mundo la siguió.

Júlia se comió las doce uvas peladas en orden, una por campanada, sin atragantarse. Dani se atragantó con la séptima. Tosió. Se le saltaron las lágrimas. Ella le dio golpes en la espalda mientras Samuel se reía tan fuerte que tuvo que sentarse en la arena.