Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 12 · Nombres de naranja
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Capítulo 12 · Nombres de naranja

Diciembre empezó con una tarjeta de diez por quince clavada en un panel de corcho que decía Marina Lluch. Bloqueado: nada. Ya no.

Dani no la vio. Se la contó Júlia, esa noche, en la cocina del segundo, sentada en el suelo con la espalda contra la nevera, con una voz que él no le había oído nunca: plana, cansada, como si alguien le hubiera quitado el aire.

—Se ha ido —dijo—. Álvaro la ha apartado de la obra con un correo. Y ella se ha acogido a la cláusula y se ha ido. Con una mochila. Delante de todos.

—¿Por qué?

—Por miedo. —Júlia se rio sin ganas—. Los dos. Cada uno por el suyo. Él tenía miedo de que se le cayera un muro encima. Ella tenía miedo de que la apartaran. Y han hecho exactamente lo que más temían.

Dani se sentó a su lado en el suelo. No dijo nada. Le pasó un brazo por los hombros. Ella apoyó la cabeza en él, como en el vestíbulo del Rosario la noche de la tubería.

—Hace un mes pensaba que eran idiotas —dijo ella, al cabo de un rato—. Que se notaba a la legua lo que había y que ninguno de los dos se atrevía. Me parecía de comedia romántica de domingo por la tarde.

—¿Y ahora?

—Ahora me dan miedo. —Júlia levantó la vista hacia él—. Porque se parecen mucho a nosotros.

Dani no contestó. Pensó en una caja precintada en el fondo de su armario. En la palabra otro día . En lo que se esconde para no necesitar a nadie.

No dijo nada de eso. Le dio un beso en el pelo y se quedaron allí, en el suelo de la cocina, con el cuadrante de la nevera a la espalda, hasta que se les quedaron frías las piernas.

*  *  *

La semana siguiente, la casa del Rosario estuvo a punto de morir dos veces y no murió ninguna.

La primera fue el martes, cuando una inspectora del ayuntamiento llamada Carmen Ortuño precintó el sótano y paralizó la obra porque faltaban unos papeles.

Dani estaba en la planta baja colocando la tercera de las ventanas nuevas cuando oyó los gritos de Elena Boix en la acera y bajó la escalera de mano con el destornillador todavía en la mano, y llegó justo a tiempo de ver aparecer a Marina en bici, con la cara blanca, una carpeta azul bajo el brazo y una calma terrorífica.

Vio a Álvaro llegar desde Alboraia en el Volvo, aparcar encima de la acera, bajar corriendo, detenerse en seco delante de ella y decir, en voz muy baja, «¿Qué hago?

». Y vio a Júlia, a su lado, apretarle el brazo con tanta fuerza que le dejó marcas.

La segunda fue esa misma noche, cuando nadie durmió en el estudio y entre Iván, Quique, un instalador nervioso de Paterna, Júlia y él dibujaron hasta las seis y cuarenta de la mañana el recorrido del conducto de extracción del restaurante por tres plantas de un edificio de 1912.

Dani no había dibujado un plano de instalaciones en cuatro años.

Lo hizo con el lápiz de carpintero, a mano alzada, sobre papel vegetal, sin regla.

Júlia lo pasó a limpio en el ordenador detrás de él, sin preguntar nada, sin decir nada, solo mirándole a veces de reojo con una expresión que él no supo descifrar y que le dio frío en la nuca.

A las nueve, la inspectora arrancó el precinto.

Y nueve días después, a las ocho de la tarde del quince de diciembre, el restaurante de la casa del Rosario abrió con cinco ventanas nuevas en la planta baja, hechas a mano en un taller de la calle de Escalante, con molduras copiadas pieza a pieza de una ventana podrida que había dudado en 1912.

*  *  *

Las ventanas se habían colocado el día trece.

Dani no lo había anunciado. Simplemente, a las siete de la mañana, había descargado del Kangoo la última de las cinco, envuelta en mantas, con su cuñado prestado de Vicent, y la había presentado en el hueco de la fachada, y la había calzado, y nivelado, y fijado, y luego había abierto las dos hojas, despacio, para comprobar que giraban sin rozar.

Giraban. Como si llevaran allí cien años.

Júlia llegó a las ocho. Se paró en la acera de enfrente con su vaso de té y su carpeta, como cada mañana. Y se quedó quieta.

Dani la vio desde dentro, a través del cristal de la ventana nueva.

La vio mirar la fachada entera: la cenefa de naranjos limpia, los azulejos verdes y blancos, y en la planta baja cinco ventanas de madera clara recién barnizada, con sus molduras exactas, sus junquillos, sus contraventanas de librillo.

La vio cruzar la calle despacio. Pararse delante de la primera.

Pasar la mano por el marco, de arriba abajo, con la palma abierta, con los ojos cerrados, como él le había enseñado en octubre. Pasar a la segunda. A la tercera.

En la cuarta se detuvo. Y Dani vio, a través del cristal, que lloraba.

Salió a la acera. Había gente: Pau, Vicent, los pintores, dos vecinas, Samuel con un café en la puerta del bar de Toni. Dani se acercó a ella.

—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.

—Nada. —Júlia se limpió la cara con el dorso de la mano—. No lloro. Es el disolvente del barniz.

—El barniz es al agua.

Ella se volvió hacia él. Tenía los ojos rojos y una expresión furiosa, desarmada, absolutamente sincera.

—Cállate —dijo.

Y le besó. En la acera de la calle del Rosario. A las ocho y cuatro de la mañana. Delante de Pau, de Vicent, de los pintores, de las dos vecinas y de Samuel, que se atragantó con el café y tuvo que apoyarse en la puerta del bar.

Cuando se separaron, Vicent estaba aplaudiendo. Solo. Muy despacio. Con la gorra en la mano.

—Ya era hora —dijo Vicent, a nadie en particular, y volvió a ponerse la gorra.

Pasaron la Nochebuena en Morella.

Fue idea de Dani y no fue fácil. Júlia tenía comida de Navidad en casa de sus padres desde que nació, todos los años, el veinticinco a las dos, con la misma vajilla, el mismo mantel bordado de la abuela y el mismo discurso de su padre sobre la situación del país antes de los turrones.

Pero Neus venía de Berlín ese año, y Neus, al enterarse de que su hermana mayor vivía en el segundo de su propio edificio con un carpintero que bailaba pasodoble, había llamado a su madre y le había dicho algo que hizo que Consuelo Ferrer, por primera vez en treinta y cinco años, llamara a Júlia y le dijera: «Ve a Morella el veinticuatro.

Comemos el veinticinco a las tres, en vez de a las dos. Ya lo he hablado con tu padre».

—¿A las tres? —había repetido Júlia, al teléfono, como si le hubieran anunciado un eclipse.

—A las tres. No pasa nada. Las cosas a veces se mueven, hija.

Así que subieron a Morella el veinticuatro por la mañana, en el Kangoo, por una carretera de curvas que subía entre montañas peladas y pinos, hasta que, después de una curva, apareció el pueblo: una corona de piedra en lo alto de un cerro, con su muralla entera, su castillo arriba, sus tejados apretados y, aquel año, una capa fina de nieve sobre las almenas.

Júlia se quedó callada. Dani paró el coche en el arcén para que lo viera.

—Es una maqueta —dijo ella, al fin—. Es una maqueta perfecta.

—Es mi pueblo.

—No me habías dicho que tu pueblo era una maqueta perfecta.

—No me lo habías preguntado.

La madre de Dani se llamaba Teresa, tenía sesenta y cinco años y regentaba una pequeña fonda en la calle Blasco de Alagón, encima del antiguo taller del iaio Quimet, que ahora estaba vacío.

Era bajita, de pelo gris cortado a tijera, con los mismos ojos grises que su hijo y una manera de mirar a la gente como si les estuviera tomando las medidas para un mueble.

Recibió a Júlia en la puerta con dos besos, un delantal lleno de harina y una sola frase:

—Así que tú eres la de las normas.

Júlia se puso roja hasta el pelo.

—¿Cómo sabe…?

—Me mandó una foto de la primera tabla. La de las enmiendas. —Teresa sonrió—. Hacía cuatro años que no me mandaba una foto de nada que no fuera un mueble.

Esa noche, después de una cena de croquetas de cordero, sopa de Navidad con pelotas y flaó, Teresa bajó con ellos al taller vacío.

Encendió la luz. Era una nave de piedra, con el techo bajo de vigas oscuras, el suelo de baldosas de barro y un rectángulo más claro en el centro, donde había estado durante setenta años el banco de olivo que ahora estaba en la calle de Escalante.

En las paredes se veían todavía las sombras de las herramientas, siluetas más limpias donde habían colgado los formones, las gubias, los cepillos.

Júlia se quedó en el centro de la nave, en el rectángulo vacío. Miró las sombras en la pared.

—Están en el mismo orden —dijo—. Que en tu taller. Formones por anchura. Gubias por curvatura. Cepillos por edad.

—Claro —dijo Dani.

—Lo has copiado exactamente.

—Lo he copiado exactamente.

Teresa, en la puerta, se cruzó de brazos.

—Le costó dos años decidir llevárselo todo —le dijo a Júlia, como si Dani no estuviera—.

Después de lo de Madrid, cuando volvió, no podía ni entrar aquí.

Se quedaba en la puerta. El iaio le dejaba un taburete fuera y se sentaba a mirar.

Semanas. Meses. Hasta que un día entró y cogió un formón.

—Teresa se encogió de hombros—. No me preguntes qué pasó en Madrid.

Yo tampoco lo sé del todo. Pero aquí se curó.

Dani no dijo nada. Júlia tampoco. Pero en el coche, de vuelta a la fonda, por la calle empinada y helada, con la muralla iluminada sobre ellos, ella le cogió la mano dentro del bolsillo de su abrigo y no la soltó.

*  *  *

El veinticinco, a las tres en punto de la tarde, Dani se sentó a la mesa de los Ferrer.

Llevaba el traje de Serrano, arreglado con la aguja de su abuela, y una caja de madera de olivo que había tallado en Morella la noche anterior, en el taller vacío, para Consuelo: una caja para guardar partituras, con la tapa decorada con un pentagrama de cinco líneas talladas a gubia.

Le había costado seis horas, sobre una mesa plegable, en el rectángulo vacío donde había estado el banco del iaio .

Teresa le había mirado trabajar desde la puerta con un café en la mano, sin decir nada, con los ojos húmedos, porque hacía cuatro años que no le veía trabajar en ese taller.