Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 11 · El injerto #2
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Capítulo 11 · El injerto #2

Lo dijo muy deprisa. Como quien da un golpe de formón en diagonal sin estar seguro de si es el corte bueno. Y luego se quedó callado. Y luego, cuando ella no contestó, siguió, más despacio, mirando todavía la manta y los huesos numerados:

—En el segundo. Conmigo. No como vecina. No como solución técnica. Quédate. Alquila tu piso o déjalo vacío o haz de él un estudio con las vigas vistas, me da igual. Pero quédate arriba.

Júlia no se movió.

—Llevamos tres semanas —dijo, con un hilo de voz.

—Ya lo sé.

—Tres.

—Ya lo sé.

—Es una locura.

—Ya lo sé. —Él se volvió por fin hacia ella—. No te lo estoy pidiendo para que me contestes ahora. Piénsalo.

—¿A mi velocidad?

—A tu velocidad.

—Mi velocidad es una hoja de cálculo.

—Tu velocidad es la que sea. —Dani se encogió de hombros—. Yo voy a seguir aquí. Con la ventana.

Y cogió una pieza del suelo, un junquillo, y un trozo de lija, y se puso a lijar. Despacio. Sin mirarla. Como si le hubiera preguntado la hora.

Júlia se quedó sentada a su lado durante un buen rato, con el corazón latiéndole en la garganta, escuchando el siseo de la lija sobre la madera de cien años. Luego se levantó, bajó a revisar los acabados de la planta primera y se pasó la tarde entera sin enterarse de un solo acabado.

*  *  *

No le contestó ese día. Ni el siguiente. Ni el jueves, cuando vino el yesero a quitar el cañizo de la franja de su dormitorio y las vigas aparecieron, oscuras, viejas, con la cicatriz en zigzag de la cuarta brillando bajo la luz de la ventana como un relámpago dorado. Ni el viernes.

*  *  *

El yesero que vino el jueves se llamaba Rafa: tenía sesenta años y unas manos tan blancas de yeso que parecían de mármol, y antes de empezar a quitar el cañizo de la franja del dormitorio del principal pidió permiso a la casa.

Júlia lo vio. Rafa entró en el dormitorio, se quedó de pie en medio, miró el techo, puso la mano abierta sobre la pared del patio y dijo, en valenciano, bajito, amb permís . Luego se subió al andamio.

—Usted también habla con las casas —dijo Júlia, desde la puerta.

—Todos los del oficio. —Rafa empezó a cortar las cañas con unas tijeras de podar—. Las que no hablan son las de ahora. Las de hormigón. Esas no dicen nada. Ni buenas tardes.

A media mañana, cuando la primera viga ya asomaba entera, oscura, escuadrada a hacha, apareció doña Encarna en el umbral del dormitorio.

No llamó. Nunca llamaba. Venía con una bandeja de café y unas magdalenas, y la excusa de que el polvo del yeso le entraba por el patio de luces hasta su cocina y quería ver de dónde salía tanta polvareda.

Se quedó en la puerta, con la bandeja en las manos, mirando hacia arriba.

—Ay, mira —dijo—. Las vigas de Vicentico.

Júlia se volvió.

—¿Qué?

—Las vigas. Las conozco. —Doña Encarna dejó la bandeja sobre una caja de mudanza—.

Mi suegro, el padre de Vicentico, era peón en esta obra.

En el veinticuatro, en el veinticinco. Tenía catorce años.

Subía los ladrillos a la espalda por una escalera de mano.

—Se acercó un poco, mirando el techo con los ojos entornados—.

Me lo contaba Vicentico, que a su vez se lo contaba su padre.

Que el arquitecto era un señor muy serio, con sombrero, que venía todos los días a la obra.

Que tocaba las vigas antes de que las subieran. Una por una. Como un médico.

Júlia sintió un escalofrío en la nuca.

—¿Y sabe cómo se llamaba?

—Ay, hija, no. —Doña Encarna se encogió de hombros—. Mi suegro le llamaba « el senyor de la firma ».

—¿De la firma?

—Porque firmaba las vigas. —Doña Encarna se rio—.

Eso decía mi suegro. Que el último día, antes de cerrar los techos, el señor del sombrero subía con una gubia y firmaba algunas vigas.

Las que le gustaban más. Los peones se reían de él.

Decían que estaba chalado. Firmar una cosa que no iba a ver nadie.

Júlia miró la cuarta viga. La que Rafa todavía no había destapado del todo. La de la cicatriz en zigzag. La de las dos letras y el punto en el costado.

—Le gustaba más esa —dijo, en voz muy baja.

—¿Cuál?

—Nada. —Júlia cogió una magdalena de la bandeja, para tener las manos ocupadas—. ¿Le contó su suegro algo más?

Doña Encarna lo pensó, con un dedo en la barbilla.

—Que una vez —dijo— el señor del sombrero mandó desmontar una escalera entera que ya estaba hecha.

Porque había subido y no le había gustado cómo sonaban los peldaños.

—Se encogió de hombros—. Los albañiles estuvieron una semana rehaciéndola.

Cobraron doble. Mi suegro decía que era el único arquitecto que había conocido que reconocía cuando se equivocaba.

Rafa, desde el andamio, dejó de cortar cañas.

—Esos ya no quedan —dijo.

Doña Encarna le miró. Luego miró a Júlia. Luego miró hacia arriba, hacia el segundo, a través del techo, donde en ese momento sonaba, muy suave, el siseo de una garlopa.

—Alguno queda —dijo.

Y se fue, dejando la bandeja.

*  *  *

El sábado fue a la gala del Colegio de Arquitectos con Álvaro, que estaba raro, más raro que nunca, y que echó cava en un zapato y dio un discurso mirando al techo después de que un hombre de pelo blanco con gafas de montura fina le dijera algo junto a una estufa de terraza.

Ganaron un premio. Ella gritó, cosa que no había hecho en público en su vida.

Y luego, a las doce y media de la noche, caminando por el paseo de la dársena con la figura de cristal envuelta en su chal rojo, junto a los veleros que tintineaban en la oscuridad, le contó a Álvaro lo de Dani.

—Me ha pedido que me vaya a vivir con él —dijo—. El martes. En la casa del Rosario, en la planta segunda, delante de una ventana podrida.

Lo dijo como lo había ensayado. Como si no fuera una ventana desmontada, sino una ventana podrida. Como si no hubiera estado viviendo ya seis semanas en su cuarto de invitados. Como si no hubiera cenado arroz los lunes, ni hubiera bailado pasodoble, ni hubiera dormido debajo de una firma.

Algunas cosas todavía no sabía contarlas enteras.

—¿Y qué le vas a decir? —le preguntó Álvaro.

—Que sí —dijo Júlia. Y al decirlo en voz alta se dio cuenta de que lo había sabido desde el primer segundo, desde el golpe de formón en diagonal, y de que llevaba cuatro días haciendo listas de pros y contras en la agenda solo porque decir que sí sin una lista le daba un miedo que no se podía imaginar.

Se lo dijo el domingo por la mañana.

No fue en la casa del Rosario. Fue en su propio dormitorio, en el principal, que ya era habitable, con el suelo cubierto de plásticos y el olor del yeso fresco en las paredes.

Habían bajado los dos a ver cómo había quedado.

Las vigas vistas cruzaban el techo de pared a pared, oscuras contra el blanco, y la cuarta, justo encima de donde volvería a estar la cama, tenía su cicatriz dorada en zigzag, sus cuatro botones redondos y, en el costado, si uno sabía dónde mirar, dos letras y un punto.

Júlia se quedó de pie en medio de la habitación, mirando hacia arriba.

—Me va a volver loca —dijo.

—Te lo dije.

—Cada noche la voy a mirar y voy a pensar que no es una sola pieza.

—Ya.

—Y que se nota.

—Ya.

—Y que me gusta que se note.

Dani no dijo nada. Ella bajó la vista del techo y le miró.

—Sí —dijo.

Él tardó un segundo en entenderlo. Ella vio cómo le llegaba, despacio, como la luz rasante subiendo por una pared.

—¿Sí?

—Sí. Me quedo arriba. —Júlia tragó saliva—. Y este piso lo convierto en estudio. Para mí. Para dibujar. Con las vigas vistas. Y la firma.

—Y la cicatriz.

—Y la cicatriz.

Dani se acercó. No la besó. Le cogió las dos manos, en medio de la habitación llena de plásticos, debajo de la viga curada.

—¿Lo vas a apuntar? —preguntó, con media sonrisa.

—No hace falta.

—No hace falta, ya lo sé. Pero ¿lo vas a apuntar?

Júlia le miró. Luego miró la viga. Luego volvió a mirarle.

—Lo voy a apuntar igual —dijo—. En una pestaña nueva.

—¿De qué color?

Ella lo pensó un segundo.

—Del color del cerezo —dijo.