Capítulo 11 · El injerto
Las dos semanas siguientes fueron las más felices de la vida de Júlia, y no las apuntó en ninguna parte.
Eso fue lo más raro. No las apuntó. Su agenda, la de las pestañas, siguió llenándose de reuniones, plazos, visitas de obra, certificaciones, llamadas a proveedores.
Pero las noches no estaban. Ni los desayunos.
Ni el martes en que él subió del taller a las tres de la madrugada oliendo a cerezo y ella se despertó y no le dijo que había roto la norma del horario, sino que le hizo sitio en la cama.
Ni el jueves en que cenaron en el suelo de la cocina porque él había desmontado la mesa para lijarle las patas, que cojeaban.
Ni el domingo en que fueron a la playa de la Malvarrosa a las ocho de la mañana, con el agua a diecisiete grados, y ella se metió hasta la cintura por primera vez desde la universidad y gritó tan fuerte que un señor que hacía taichí perdió el equilibrio.
No apuntó nada de eso. No porque no quisiera. Porque no sabía en qué pestaña.
El cuadrante seguía en la nevera. Nadie lo cumplía. Ninguno de los dos lo quitó.
* * *
—¿Ll? —repitió Marina.
Estaban en la cocina del estudio, el martes después de Xàbia, delante del microondas que solo giraba si le dabas un golpe en el lateral.
Marina había vuelto el domingo de un viaje a una cantera de Alicante con Álvaro y tenía una expresión que Júlia conocía perfectamente, porque era la misma que veía cada mañana en el espejo del aseo del segundo: la de alguien que ha pasado una noche que no piensa contar.
—«Ll» —repitió Júlia—. Con un punto. Y un año. 1925. Tallado en la viga de mi techo.
—En Novelda encontramos una factura. De 1911. La de la piedra de la escalera del Rosario. —Marina dejó su táper sobre la encimera—. Ponía «Arquitecto: Sr. Ll.». El apellido estaba borrado por la humedad.
—Lo sé. Me lo ha contado Álvaro esta mañana. Tres veces.
—¿Tres?
—Está muy hablador desde el domingo. —Júlia la miró de reojo. Marina se puso roja hasta las orejas y le dio un golpe al microondas con demasiada fuerza—. ¿Crees que puede ser el mismo?
—Hay mil Lluch en Valencia.
—¿Quién ha dicho que sea un Lluch?
Marina se quedó quieta, con la mano todavía en el lateral del microondas.
—Nadie —dijo—. Es lo primero que se me ocurre. Por razones obvias.
—Llorens. Llopis. Llobet. Lloret. Lledó. —Júlia contó con los dedos—. Hay por lo menos veinte apellidos valencianos que empiezan por Ll . Y entre 1911 y 1925 trabajaban en el Cabanyal unos treinta arquitectos y maestros de obras. Lo he mirado.
—¿Cuándo lo has mirado?
—Anoche.
—¿A qué hora?
Júlia no contestó. Anoche, a la una, en la cama del segundo, con el portátil sobre las rodillas y la cabeza de Dani dormida contra su hombro, había abierto la base de datos del Archivo Histórico Municipal y había buscado expedientes de licencias de obra del Cabanyal entre 1910 y 1930.
Ciento cuarenta y dos resultados. Había apuntado a mano los que tenían arquitecto o maestro de obras con Ll .
Once. Luego Dani se había movido en sueños, había murmurado algo sobre una cola que no secaba, y ella había cerrado el portátil y se había quedado mirándole en la oscuridad durante un tiempo que tampoco apuntó.
—He pedido los expedientes de licencia de mi edificio y del Rosario —dijo, en lugar de contestar—. Al archivo. Tardan entre cuatro y seis semanas.
—Eres consciente de que estás investigando una firma en una viga.
—Soy consciente.
—Por gusto.
—Por gusto.
Marina la miró con una sonrisa lenta, de esas que se le escapaban últimamente con mucha facilidad.
—Júlia Ferrer haciendo algo por gusto —dijo—. Qué otoño tan raro.
* * *
La prótesis de la viga quedó encolada el jueves trece.
Dani lo hizo de noche, como hacía todo lo importante.
Júlia no durmió. Se quedó sentada en el borde de la bañera, en pijama, con una taza de tila que se le enfrió entre las manos, mirándole trabajar.
Él preparó la cola en un cazo pequeño al baño maría: cola de conejo, de las de antes, en perlas, que se deshacía en el agua caliente con un olor a pegamento de colegio y a algo animal.
La extendió con una brocha en las dos caras del rayo de Júpiter.
Presentó la prótesis. La empujó. Las dos piezas se mordieron con un chasquido seco.
Metió las cuatro varillas de madera dura en los taladros que había hecho el día anterior, de lado a lado, golpeándolas con un mazo de madera, despacio, una a una.
Y luego apretó los sargentos. Seis. Con un cuarto de vuelta cada vez, pasando de uno a otro, escuchando.
—¿Qué escuchas? —preguntó ella, como la primera noche.
—Que no se queje.
—¿La madera se queja?
—Si la aprietas demasiado, sí. Cruje. Como diciendo que ya está bien.
Júlia lo pensó.
—Y si no la aprietas lo suficiente.
—Entonces no dice nada. Y a los diez años se suelta.
Apretó el último sargento. Se quedó de rodillas un rato largo, con las manos apoyadas en la viga, sin moverse, como quien sostiene a alguien que se acaba de dormir. Luego se levantó.
—Ya está —dijo—. Tres días de secado. El domingo quito los sargentos.
Júlia se inclinó sobre el agujero del suelo.
La viga estaba entera otra vez, de un extremo a otro.
Pero no era una viga. Eran dos. Se veía.
Se veía perfectamente. La madera vieja, la original, dorada, escuadrada a hacha, y la prótesis, un poco más clara, un poco más rojiza, con las vetas en otra dirección.
Y entre las dos, el rayo de Júpiter, una línea en zigzag que cruzaba la viga en diagonal como una cicatriz.
Las cabezas de las cuatro varillas, redondas, visibles, como los botones de un abrigo.
—Se nota —dijo ella.
—Claro que se nota.
—¿No se puede disimular?
Dani se volvió hacia ella.
—¿Disimular?
—Teñir la prótesis para que tenga el mismo color. Rellenar la junta. Lijar las cabezas de las varillas a ras. —Júlia se oyó a sí misma decirlo y se dio cuenta de que lo decía con la voz de las reuniones—. Para que parezca una sola pieza.
—Es que no es una sola pieza.
—Ya lo sé. Pero podría parecerlo.
—¿Para qué?
Júlia abrió la boca y no le salió nada.
—Va a estar tapada —dijo Dani, despacio—. Entre tu techo y mi suelo. A oscuras. Nadie la va a ver nunca. Igual que la firma.
—Ya.
—¿Entonces para quién quieres que parezca una sola pieza?
Ella no contestó. Se quedó mirando la cicatriz en zigzag, las cuatro cabezas de las varillas, la diferencia de color entre lo viejo y lo nuevo.
Para mí, pensó. Para saber que está perfecta, aunque nadie la vea.
Era lo mismo que la crema de verduras de los lunes. Lo mismo que las once normas. Lo mismo que ciento veinte llamadas en dos días con una lista. Que todo pareciera una sola pieza, sin juntas, sin cicatrices, sin dudas. Aunque nadie mirara.
—Mi techo —dijo de pronto.
—¿Qué le pasa a tu techo?
—Hay que rehacerlo. El cañizo está roto en toda esa franja. Lo iba a rehacer igual que estaba, con yeso, liso, blanco. —Júlia tragó saliva—. Pero podría no rehacerlo. Podría quitar el cañizo de esa zona y dejar las vigas vistas. En el dormitorio. Encima de la cama.
Dani se quedó muy quieto.
—Entonces la verías —dijo.
—Entonces la vería. —Júlia le miró—. Con la junta. Y las varillas. Y la diferencia de color.
—Y la firma.
—Y la firma.
—Cada noche. Antes de dormir.
—Cada noche.
—¿Y eso no te va a volver loca?
Júlia lo pensó de verdad. Lo pensó durante un rato largo, de rodillas en el suelo del baño del segundo, delante de una viga que había estado podrida y ya no lo estaba, aunque se notaba.
—Probablemente sí —dijo—. Al principio.
—¿Y luego?
—No lo sé. —Le cogió la mano, la que tenía cola de conejo seca en los nudillos—. Eso es una duda.
Él sonrió. No dijo nada. No hacía falta.
* * *
El martes veinticinco de noviembre, a las cinco de la tarde, la casa de la calle del Rosario olía a pintura fresca y a barniz al agua. Los pintores estaban en la planta primera. Dani estaba en la planta segunda, en el pasillo del fondo, delante de la ventana podrida del patio.
Ya no era una ventana. Era un esqueleto.
Él la había desmontado entera la semana anterior, pieza a pieza, para copiar las molduras originales en las cinco ventanas nuevas de la planta baja.
Ahora los travesaños, los montantes, los junquillos y los marcos estaban ordenados en el suelo del pasillo sobre una manta, numerados con lápiz de carpintero, como los huesos de un animal en un museo de ciencias naturales.
El hueco de la pared estaba vacío. Por él entraba la luz del patio, gris, sin sol.
Júlia subió a revisar los acabados y le encontró allí, sentado en el suelo, mirando los huesos de la ventana.
—Ya has terminado de copiarla —dijo.
—Esta mañana.
—¿Y qué vas a hacer con ella?
—No lo sé. Guardarla. Es la que dudó. —Él señaló una de las piezas, la del ensamble de la esquina inferior izquierda, la de los dos golpes superpuestos—. No quiero tirarla.
Júlia se sentó a su lado. En el suelo, como el primer jueves. Con la falda recogida debajo de las rodillas. La luz gris del patio les caía encima.
—La viga está —dijo él.
—Lo sé. Quitaste los sargentos el domingo.
—El jueves viene el yesero a tu piso. A quitar el cañizo de esa franja. Y el lunes que viene, el principal es habitable. Puedes volver.
Júlia sintió algo frío en el estómago.
—Ya —dijo.
—Seis semanas. Como dije.
—Como dijiste.
—Cláusula once —dijo Dani—. «Finalizará el día en que la viga quede reparada y el principal vuelva a ser habitable».
Júlia no dijo nada. Miraba los huesos de la ventana sobre la manta.
—Ya lo sé —dijo al fin.
—Me la sé de memoria.
—Ya lo sé.
—La tengo en el bolsillo de la camisa desde la primera noche. Junto con un croquis de una ventana que me dejaste en la mesa de la cocina. —Él se tocó el pecho—. Se me están acumulando papeles aquí. No sé dónde ponerlos.
Júlia se volvió hacia él. Él seguía mirando la ventana desmontada.
—Quédate —dijo Dani.