Capítulo 10 · Pasodoble #2
—Tú eres Júlia —dijo, y le dio dos besos—. Gracias por venir. De verdad. Jordi estaba convencido de que no vendrías. Yo le dije que sí, que vendrías, porque si yo fuera tú, vendría. Por orgullo. —Se rio—. Perdona, eso ha sonado fatal. Quiero decir que me alegro mucho.
—Yo también —dijo Júlia. Y Dani notó, por la mano que todavía tenía cogida, que lo decía en serio.
—¿Y tú? —Laia se volvió hacia él.
—Dani.
—¿Novio?
Hubo un silencio de medio segundo. Dani sintió la mano de Júlia apretarse en la suya.
—Vecino —dijo Júlia.
—Vecino —repitió Laia, mirándoles las manos cogidas. Sonrió con todas sus pecas—. Qué bien. Yo también conocí a Jordi porque era mi vecino. Me inundó el baño.
Fue en la barra, a las once de la noche, cuando Jordi encontró a Dani.
Júlia estaba en el baño. La cena había terminado, el cuarteto de cuerda se había convertido en un DJ que pinchaba canciones de los noventa y la mitad de los invitados bailaba en la terraza bajo unas guirnaldas de luces.
Dani estaba en la barra pidiendo dos aguas con gas cuando alguien se apoyó a su lado y le puso una mano en el hombro.
—Tú eres el vecino —dijo Jordi Puig.
Llevaba la corbata deshecha, la camisa por fuera y una copa de gin-tonic en la mano. Tenía los ojos brillantes y la expresión feliz y ligeramente desenfocada de un novio en la quinta hora de su boda.
—Dani.
—Dani. —Jordi le estrechó la mano con fuerza—. Gracias por traerla. En serio. No sabes lo que significa para mí que haya venido. Es una tía increíble. Increíble. Lo sabes, ¿no?
—Lo sé.
—Es la persona más inteligente que he conocido en mi vida. Y la más… —Jordi buscó la palabra, agitando la copa—. La más entera. ¿Me entiendes? Entera. Como una pieza de mármol.
—Ya.
—Pero, tío —Jordi bajó la voz y se inclinó hacia él, con el aliento a ginebra y a lima—, te lo digo porque me caes bien y porque hoy estoy muy feliz y quiero que todo el mundo sea feliz.
Ten cuidado. Planifica. Todo. Tu vida, la suya, la de los dos.
Lo planifica todo en un Excel. Con pestañas.
—Jordi se rio, una risa breve, sin maldad—.
Yo me sentía un tabique. En serio. Como si estuviera en un plano y me fueran a mover de sitio en cualquier momento.
Nunca sabía si yo era parte del proyecto o si era un elemento provisional.
Dani cogió las dos aguas con gas que el camarero había dejado en la barra. Las sostuvo un momento, una en cada mano, mirando las burbujas subir.
—Gracias por el aviso —dijo.
—De nada, tío. De nada. —Jordi le dio una palmada en la espalda—. Lo digo por tu bien.
—Lo sé. —Dani se volvió hacia él—. Pero a mí me gustan sus pestañas.
Jordi parpadeó.
—¿Qué?
—Que me gustan. Sus pestañas. Las de la agenda. —Dani se encogió de hombros—. Cada una tiene un color. Y cuando abre una nueva, se le nota en la cara. Como si le diera miedo y le hiciera ilusión a la vez. —Hizo una pausa—. Yo no me siento un tabique. Me siento una pestaña nueva.
Jordi se quedó mirándole con la boca un poco abierta. Durante un momento pareció a punto de decir algo. Luego, despacio, sonrió. Una sonrisa distinta a la de anuncio de cerveza. Más pequeña. Más triste. Más sincera.
—Pues cuídala, tío —dijo—. Que yo no supe.
Y se fue a bailar con Laia.
Dani se dio la vuelta con las dos aguas.
Júlia estaba a tres metros, junto a la puerta del baño, inmóvil.
Le había oído. Él lo supo por cómo le miraba: con los ojos muy abiertos y las manos apretadas sobre el bolso de mano, como quien acaba de ver crujir una viga y no sabe si se va a caer o si se va a sostener.
Él se acercó. Le dio una de las aguas.
—Con gas —dijo.
—Gracias. —Ella no bebió—. Lo has oído.
—Me lo ha dicho a mí.
—Lo del tabique.
—Lo del tabique.
—Y tú le has contestado…
—Le he contestado lo que pienso.
Júlia dejó el agua sobre una mesa alta. Le miró. Tenía los ojos brillantes, y no era por el cava.
—Sácame a bailar —dijo.
—Bailo fatal.
—Ya lo sé. Sácame.
* * *
El DJ estaba poniendo algo electrónico que Dani no conocía y que no tenía nada que ver con lo que su abuela llamaba vals. Así que Dani hizo lo único que sabía hacer. Bailó pasodoble.
Un pasodoble con una canción de los noventa que no era un pasodoble, en medio de una terraza llena de gente que saltaba, con una arquitecta de vestido verde que al principio se reía y luego, poco a poco, dejaba de reírse y se dejaba llevar, un, dos, tres, cuatro, vuelta, un, dos, tres, cuatro, como en las fiestas de Morella en 1997, cuando su abuela le cogía de las manos y le decía mira els peus de la iaia, no els teus .
La gente se apartaba para dejarles sitio.
Alguien aplaudió. Laia, desde el centro de la pista, gritó algo y se puso a bailar pasodoble también, arrastrando a Jordi, que no sabía y se pisaba los pies.
Una pareja mayor, unos tíos de alguien, se unió también, con más técnica que nadie.
Y durante una canción entera, en una masía del Montgó, una boda de ciento cincuenta personas se convirtió en una verbena de pueblo.
Cuando terminó, Júlia tenía la cara roja y el moño medio deshecho, el pasador de carey colgando, y se reía como Dani no la había oído reírse nunca. Con todo el cuerpo. Echando la cabeza hacia atrás.
—Esto no estaba en el plan —dijo, sin aliento.
—Lo sé.
—No había plan para esto.
—Lo sé.
Ella le miró. Dejó de reírse. Las guirnaldas de luces se balanceaban sobre sus cabezas con la brisa del mar.
—Llévame a casa —dijo.
* * *
No volvieron a casa.
Habían bebido los dos, poco, pero lo suficiente para que Dani no quisiera conducir dos horas de noche por la autopista.
Lo dijo él. Ella estuvo de acuerdo con una rapidez que a los dos les pilló desprevenidos.
Encontraron un hostal pequeño en el puerto de Xàbia, con una recepcionista adolescente que estaba viendo una serie en el móvil y que les dio la única habitación que quedaba sin levantar la vista de la pantalla.
Tenía una cama. Una ventana al puerto. Una lámpara con una pantalla de rafia. Y un cuadro de una barca pintado por alguien con mucho entusiasmo y poca perspectiva.
Se quedaron de pie en medio de la habitación, uno frente al otro, con la puerta todavía abierta a su espalda.
—Cláusula once —dijo Júlia, en voz muy baja.
—Lo sé.
—«Solución temporal, técnica y estrictamente vecinal».
—Lo sé.
—Ya no me la creo.
Dani tragó saliva.
—Yo tampoco —dijo.
Ella alargó la mano. Le deshizo el nudo de la corbata que le había colocado a las dos y veinticinco de la tarde, en el rellano del segundo, con dos dedos.
Despacio. Él no se movió. Ella dejó la corbata sobre la silla.
Le desabrochó el primer botón de la camisa.
Y luego le miró a los ojos, con las manos todavía en el cuello de su camisa, y él vio en su cara exactamente lo que le había dicho a Jordi en la barra: miedo e ilusión, a la vez, como quien abre una pestaña nueva.
—No hay plan —dijo ella.
—No hay plan.
—Vale.
Dani alargó la mano detrás de ella, sin dejar de mirarla, y cerró la puerta.
* * *
Al amanecer, Júlia dormía de lado, con el pelo suelto sobre la almohada y el pasador de carey todavía enredado en un mechón. Por la ventana entraba la luz gris del puerto, el ruido de las gaviotas y el motor de una barca que salía a faenar.
Dani estaba despierto. Llevaba un rato mirándola.
En la silla, junto a su corbata, estaba el bolso de mano de ella, abierto. Y dentro, asomando, la esquina de una agenda de papel con pestañas de colores.
No la tocó. Cláusula tres. Pero sí vio, porque estaba abierta por esa semana, la casilla del sábado ocho de noviembre. Boda J. — Xàbia — 18:00. Con D.
Se quedó mirando la página un rato largo, a la luz gris del puerto, con las gaviotas chillando al otro lado del cristal.
Pensó en la letra recta de las once condiciones, la del primer sobre deslizado bajo la puerta del segundo, sin una sola tachadura.
Pensó que esta letra era la misma. Y que, a la vez, no lo era del todo.
Y debajo, en una línea que no estaba el día anterior, con una letra recta pero un poco más torcida de lo habitual, escrita seguramente en el baño de la masía mientras él pedía dos aguas con gas, una sola palabra, sin tachar:
Pasodoble.