Capítulo 10 · Pasodoble
El traje estaba en la caja.
Dani lo sabía desde que se ofreció a ir a la boda, sentado en el suelo del baño con el cepillo en la mano.
Lo supo con esa certeza física con que se sabe dónde está una herramienta en un taller a oscuras.
Lo había metido allí hacía cuatro años, doblado, envuelto en una bolsa de tintorería, junto a los planos enrollados, las fotos de la maqueta y el diploma que no había vuelto a colgar.
Era el único traje que tenía. Se lo había comprado en Madrid, en una sastrería de la calle Serrano, para recoger el premio del Pabellón de la Marea.
Le había costado lo mismo que su primer coche.
El jueves por la noche, cuando ella ya dormía, abrió la caja.
Lo hizo de rodillas en el suelo de su habitación, despacio, cortando la cinta americana con un cúter como quien abre una herida que ya ha cicatrizado mal.
Dentro estaba todo. Los tubos de cartón con los planos.
La carpeta de las fotos. El diploma en su marco negro, boca abajo.
Una taza con el logotipo del estudio Arranz, una A blanca sobre fondo gris, que no recordaba haber guardado.
Un cuaderno de tapas negras lleno de croquis. Y la bolsa de tintorería.
No miró nada más. Sacó el traje. Cerró la caja. Volvió a precintarla.
Se lo probó delante del espejo del armario. Le quedaba ancho de hombros, largo de mangas, flojo en la cintura. El hombre que se lo había comprado pesaba ocho kilos más y dormía cuatro horas menos. Dani se quedó mirándose un rato largo, con el traje de otro, en la penumbra de la habitación.
Luego lo descolgó, bajó con él al taller y se pasó dos noches ajustándolo a mano con una aguja de su abuela, que también estaba en las cajas de Morella, porque el iaio Quimet decía que un ebanista que no sabe coser no sabe tapizar, y un ebanista que no sabe tapizar no es ebanista.
* * *
Salieron hacia Xàbia el sábado a las dos y media de la tarde, en el Kangoo, que Dani había vaciado de tablones y aspirado por dentro por primera vez en su historia.
Seguía oliendo a barniz. Júlia dijo que no le importaba.
Lo dijo dos veces, lo cual significaba que le importaba un poco, pero que había decidido que no.
Llevaba un vestido verde oscuro, de manga larga, con la espalda descubierta, y el pelo recogido en un moño bajo con un pasador de carey.
Cuando salió al rellano del segundo, a las dos y veinticinco, Dani estaba esperándola con el traje ajustado, una camisa blanca y una corbata azul marino que había comprado esa misma mañana en una tienda de la calle Colón, y se le olvidó cómo se decían las cosas.
Ella le miró de arriba abajo.
—Ese traje es de Serrano —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
—Por el corte de las solapas. Mi padre tiene tres iguales. —Júlia ladeó la cabeza—. Pero lo has arreglado. Los hombros. Las mangas. Los bajos.
—¿Se nota?
—Solo si sabes mirar. —Hizo una pausa—. Lo has hecho a mano.
—Con una aguja de mi abuela.
Júlia se quedó callada un momento. Luego alargó la mano y le colocó el nudo de la corbata, que estaba un poco torcido, con dos dedos, con cuidado, como quien ajusta la última pieza de una maqueta.
—Estás muy guapo —dijo, sin mirarle a los ojos.
—Tú también.
—Yo estoy normal.
—Estás de verde.
—El verde es normal.
—Vale —dijo Dani—. Estás normal. Muy normal. Normalísima.
Ella se rio y le dio un golpe en el brazo, y bajaron la escalera, y en el primer rellano doña Encarna abrió la puerta de su piso exactamente en el momento en que pasaban, con una bolsa de basura en la mano que no había ninguna necesidad de bajar a esa hora, y se quedó mirándolos con la boca abierta.
—Buenas tardes, doña Encarna —dijo Júlia, sin detenerse.
—Buenas tardes, doña Encarna —dijo Dani.
—Ay, madre —dijo doña Encarna.
* * *
El camino hasta Xàbia duró dos horas y diez minutos, y Dani no recordaría después casi nada del paisaje.
Recordaría la conversación.
Empezó en la autovía de Silla, cuando Júlia, con las manos apretadas sobre el bolso de mano, le preguntó por qué la radio del Kangoo no funcionaba, y él le dijo que sí funcionaba, que simplemente no la ponía nunca.
Y ella le preguntó por qué. Y él le dijo que porque le gustaba oír el motor.
Que un motor le decía cosas. Si iba bien. Si se cansaba. Si tenía frío.
—Hablas con las persianas —dijo ella—. Y escuchas a los motores.
—Y a las vigas.
—Y a las vigas. —Júlia se volvió hacia él en el asiento—. ¿Hay algo con lo que no hables?
Dani lo pensó.
—Con los ordenadores —dijo—. No me contestan nunca lo que quiero.
Ella se rio. Fue la primera vez en el viaje. A partir de ahí, algo se aflojó.
Hablaron de Neus, que le había mandado a Júlia esa mañana una lista de veinte instrucciones para la boda, la primera de las cuales era no le hagas un plano de la pista de baile .
Hablaron de Teresa, la madre de Dani, que tenía una fonda en Morella y que, al enterarse de que su hijo iba a una boda con una arquitecta, le había llamado tres veces para preguntarle si se había cortado el pelo.
Hablaron del Rosario, de Marina y de Álvaro, que estaban en una cantera de Alicante ese mismo fin de semana, en un viaje de trabajo que, según Júlia, no tenía absolutamente nada de trabajo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Álvaro se ha comprado una camisa. —Júlia se encogió de hombros—. Álvaro no se compra camisas. Tiene doce iguales desde la carrera. Esta semana ha aparecido con una nueva. Azul clara. Con el cuello italiano.
—Eso no significa nada.
—Significa todo. Samuel lo ha notado. Pilar lo ha notado. Pau lo ha notado. —Hizo una pausa—. Hasta Bruja lo ha notado. Se le subió encima y le olió el cuello durante un minuto entero.
Dani se rio tanto que tuvo que agarrar el volante con las dos manos.
Y luego, a la altura de Gandia, con el mar a la izquierda, gris y quieto bajo un cielo de noviembre, hubo un silencio largo. No fue incómodo. Fue el silencio de dos personas que se han reído y no saben qué viene después.
Fue ella quien lo rompió.
—Tengo miedo —dijo, mirando el mar.
Dani no apartó los ojos de la carretera.
—¿De qué?
—De verle feliz. —Júlia apretó el bolso—.
Llevo tres años imaginándome que Jordi se casaría con alguien igual que yo, y que se daría cuenta de que el problema era él.
O con alguien completamente distinto, y que sería desgraciado.
Esas eran las dos opciones. Las tenía en dos columnas.
—Sonrió sin alegría—. No tengo columna para que sea feliz con alguien distinto.
Y me da miedo que sea eso lo que me encuentre.
—¿Y si lo es?
—No sé qué haré.
—Le felicitarás.
—¿Y luego?
Dani lo pensó un momento. Puso el intermitente. Adelantó a un camión de naranjas que iba lento por la cuesta. Volvió a su carril.
—Luego bailarás pasodoble —dijo.
Júlia se volvió hacia él.
—¿Lo has decidido ya?
—Lo he decidido en Silla.
Ella se quedó mirándole un rato largo, con la luz gris del mar en la cara. Luego, sin decir nada, alargó la mano y encendió la radio del Kangoo por primera vez en su historia. Sonó una emisora local con una copla antigua, llena de interferencias, que ninguno de los dos conocía.
No la apagaron. La escucharon hasta Xàbia, con el motor debajo, que también decía cosas.
* * *
La masía estaba en una ladera del Montgó, entre almendros y algarrobos, con una terraza de piedra que miraba al mar y una pérgola cubierta de buganvillas que, en noviembre, todavía tenían algunas flores de un rosa obstinado.
Había ciento cincuenta invitados. Había un cuarteto de cuerda tocando versiones de canciones pop.
Había camareros con bandejas de cava y croquetas de bacalao.
Y había, por todas partes, gente que conocía a Júlia.
Dani lo notó en cuanto entraron. Las cabezas que se volvían.
Las conversaciones que bajaban de volumen.
Una mujer de unos cuarenta años con un tocado de plumas que le dio un codazo a su marido.
Dos amigas que se acercaron a saludar a Júlia con una alegría demasiado ruidosa, con besos demasiado largos, con un «¡qué bien que hayas venido!
» que sonaba a «¡no me lo puedo creer!».
Júlia sonreía. Era una sonrisa perfecta. La sonrisa de la arquitecta que presenta un proyecto ante un comité que sabe que se lo va a rechazar. Dani la vio sonreír así a doce personas en veinte minutos y pensó que se le iba a romper la cara.
Así que hizo lo único que se le ocurrió. Le cogió la mano.
Ella se sobresaltó. Se volvió hacia él. Él no la miró.
Siguió mirando la terraza, el mar, los almendros, como si cogerle la mano en mitad de una boda fuera lo más normal del mundo.
Al cabo de un momento, la mano de ella dejó de estar rígida.
Y la sonrisa, aunque seguía allí, se volvió un poco más pequeña. Un poco más suya.
* * *
Jordi Puig era exactamente como Dani se lo había imaginado y, a la vez, completamente distinto.
Era guapo de una manera fácil, con el pelo rizado y una sonrisa de anuncio de cerveza, y tenía una risa que se oía desde el otro lado de la terraza.
Se casó con Laia a las seis y diez, bajo la pérgola, en una ceremonia civil que ofició un amigo suyo con barba que leyó un poema de Miquel Martí i Pol y lloró a la mitad.
Laia era pequeña, pelirroja, con pecas, un vestido de novia de algodón sin cola y unas zapatillas blancas, y se rio durante toda la ceremonia como si le estuvieran haciendo cosquillas.
Parecía encantadora. Era encantadora. Dani lo vio en la cara de Júlia, que la miraba desde la última fila con una expresión de genuina sorpresa, como quien descubre que el villano de la película es un señor amable que da de comer a las palomas.
Después de la ceremonia, Laia vino directa hacia ellos, recogiéndose el bajo del vestido con una mano.