Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 9 · El sobre crema #2
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Capítulo 9 · El sobre crema #2

—Porque con la fresadora encaja. Con el cepillo, se abraza.

Ella no había contestado. No había sabido.

Ahora se quedó en la puerta del baño con el sobre crema en la mano, mirándole. Él estaba de rodillas, de espaldas, con la camiseta llena de virutas y el cepillo deslizándose sobre la madera con un siseo largo, suave, como una ola que se retira.

—Dani.

Él se volvió. La miró. Miró el sobre.

—¿Qué es eso?

—Una invitación de boda.

—¿De quién?

—De Jordi.

Dani dejó el cepillo sobre la viga. Despacio. Se sentó sobre los talones.

—Ah —dijo.

Júlia se sentó en el borde de la bañera. Le tendió el sobre. Él lo cogió con dos dedos, cuidando de no mancharlo de serrín, sacó la invitación, la leyó. Sacó la nota. La leyó también. Luego volvió a meter las dos cosas en el sobre y se lo devolvió.

—«Te debo mucho» —repitió.

—Me debe ciento veinte llamadas.

—«Y me gustaría cerrar las cosas bien».

—Las cosas las cerré yo. En dos días. Con una lista.

—«Si vienes, trae a quien quieras».

Júlia no dijo nada. Él la miró. Ella miró la viga, la prótesis, los tirabuzones de viruta en el suelo del baño. Tenía el corazón latiéndole en la garganta.

—No voy a ir —dijo.

—Vale.

—Sería absurdo.

—Vale.

—Ir a la boda de un hombre que me dejó dos semanas antes de la mía. Con una masía frente al Montgó. Con su novia, que se llama Laia y que seguro que es encantadora y despreocupada y no tiene una agenda con pestañas.

—Seguro.

—No voy a ir.

—Vale.

Júlia apretó el sobre entre las manos. Lo miró. La ramita de olivo a la acuarela. Las letras doradas.

—Mi padre lo sabe —dijo—. Mi madre lo sabe.

Toda la gente que estuvo invitada a mi boda lo va a saber.

Muchos van a estar allí. Van a ver que no he ido.

Y van a pensar que no he ido porque todavía me duele.

Que la arquitecta de las pestañas no lo ha superado.

Que está sola en su piso con su crema de verduras y su techo apuntalado.

Dani no dijo nada.

—Y lo peor es que no es verdad —siguió ella, con la voz más baja—. No me duele. Ya no. Hace mucho que no. Lo que me duele es que lo piensen.

Él siguió callado. Cogió una viruta del suelo, una de las largas, rizada como un tirabuzón, y le dio vueltas entre los dedos.

—¿Quieres ir? —preguntó.

—No lo sé.

—Eso es una duda.

Júlia se rio sin ganas.

—Sí.

—¿Y qué haces con las dudas, últimamente?

Ella le miró. Él seguía de rodillas junto a la viga, con la viruta entre los dedos y la camiseta llena de serrín, y los ojos grises la miraban con la misma paciencia con que miraban la madera.

—Las dejo dentro —dijo ella.

—Pues ya está.

—¿Ya está qué?

—Que vas a ir. —Dani dejó la viruta en el suelo—. Y vas a sonreír. Y vas a bailar. Y vas a felicitar a Laia, que seguro que es encantadora. Y vas a volver a casa con la cabeza alta. Y cuando la gente te mire, van a ver a una arquitecta que no tiene nada que demostrar.

—¿Y si me miran sola?

Dani se encogió de hombros.

—No vas a ir sola.

Júlia se quedó muy quieta en el borde de la bañera.

—¿Qué?

—Pone «trae a quien quieras». —Él volvió a coger el cepillo—. Si quieres, voy yo.

—No tienes que…

—Ya lo sé.

—Es una boda en Xàbia. Hay dos horas de coche. Hay que vestirse. Hay que hablar con gente que no conoces. Hay que bailar.

—Sé bailar.

—¿Sabes bailar?

—Mi abuela me enseñó en las fiestas de Morella. Pasodoble, jota y algo que ella llamaba vals y no era vals. —Dani sopló la viruta del cepillo—. Bailo fatal. Pero bailo.

Júlia lo miró. No sabía si reír o llorar. Hizo un poco de las dos cosas a la vez, en silencio, en el borde de la bañera, con el sobre crema en las manos.

—Hay una cosa que tengo que decirte antes —dijo, cuando pudo.

—Dime.

—Te he buscado en Google.

El cepillo se detuvo a mitad de pasada.

—El jueves —siguió ella, deprisa, antes de arrepentirse—.

En el estudio. Puse tu nombre y la palabra arquitecto.

Vi lo del Pabellón de la Marea. La maqueta.

Las entrevistas. Vi la noticia de cuando te fuiste del estudio Arranz.

—Hizo una pausa—. No vi nada más. No había nada más.

Borré el historial. Pero lo vi. Y no quería ir contigo a ninguna parte con eso escondido.

Cláusula tres. Entré en tu habitación sin llamar.

Dani se quedó mucho rato inmóvil, con el cepillo apoyado en la madera. No la miraba. Miraba la viga.

—Ya —dijo al fin.

—Lo siento.

—No lo sientas. Lo habría hecho yo también. —Dejó el cepillo. Se pasó la mano por la cara, dejándose una raya de serrín en la mejilla—. Ahora sabes lo que hice.

—Sí.

—Pero no sabes por qué lo dejé.

—No.

—Y todavía no te lo voy a contar.

—Lo sé. —Júlia apretó el sobre—. Otro día.

—Otro día. —Él la miró por fin—. Gracias por decírmelo.

—Gracias por no enfadarte.

—Estoy un poco enfadado.

—Lo sé.

—Pero se me pasará. —Volvió a coger el cepillo, y Júlia vio que le temblaban un poco las manos, muy poco, apenas una vibración en la punta de los dedos—. Me pasa como con la madera. Si la fuerzo, se agrieta. Si espero, se asienta.

Siguió cepillando. Una pasada. Otra. Las virutas volvieron a salir, largas, rizadas, y cayeron al suelo junto a las demás.

Júlia se quedó en el borde de la bañera mirándole trabajar durante mucho rato.

Luego se levantó, fue a la cocina, sacó la agenda del bolso y la abrió por la semana del ocho de noviembre.

En la casilla del sábado, con su letra recta, escribió: Boda J.

— Xàbia — 18:00 . Y debajo, después de un momento de duda, con la mano temblándole un poco, añadió:

Con D.

Lo miró un rato. Le pareció la anotación más peligrosa que había hecho nunca en esa agenda.

No la tachó.