Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 9 · El sobre crema
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Capítulo 9 · El sobre crema

El domingo, Júlia comió en casa de sus padres, como el primer domingo de cada mes desde que tenía veintidós años.

Vivían en un piso alto de la avenida del Puerto, de techos altos y muebles oscuros, con una vista al puerto que su padre consideraba una inversión y su madre una ventana.

Josep Ferrer había sido notario durante treinta y ocho años en una notaría de la calle Colón y, desde que se jubiló, ejercía de notario en casa: daba fe de todo, levantaba acta de todo y, en la mesa, servía el arroz con la precisión de quien reparte una herencia.

—¿Y el estudio? —preguntó, sirviéndole a Júlia una ración exactamente igual a la de su madre.

—Bien. Pasamos el primer hito el viernes.

—¿Por cuánto?

—Por dos minutos. El ingeniero llegó con el certificado a las siete menos dos.

—Dos minutos. —Su padre dejó la paleta del arroz sobre la fuente, alineada con el borde—. Eso no es un margen. Es una casualidad.

—Fue un margen suficiente.

—Lo suficiente es enemigo de lo bueno.

—Josep —dijo su madre, sin levantar la vista del plato.

Consuelo Ferrer había sido profesora de piano durante cuarenta años y tenía la costumbre de corregir a su marido con una sola palabra, su nombre, dicha en distintos tonos que Júlia había aprendido a descifrar de niña como quien aprende un idioma. Este tono significaba: ya está bien .

Comieron en silencio un rato. El arroz estaba perfecto. Siempre lo estaba. Lo hacía Remei, la mujer que iba a limpiar los jueves y a cocinar los domingos, y que llevaba en la casa desde que Júlia tenía seis años.

—¿Y el piso? —preguntó su padre.

Júlia se quedó con el tenedor en el aire.

—¿Qué piso?

—El tuyo. El de Escalante. —Josep se limpió los labios con la servilleta—. Me ha llamado Climent. El administrador. Le conozco desde hace treinta años, firmé la escritura de su madre. Me ha dicho que tienes una viga podrida y que estás viviendo en otro piso del edificio.

Su madre levantó la vista del plato por primera vez.

Júlia sintió el calor subirle desde el cuello hasta la frente, exactamente como cuando tenía catorce años y su padre encontraba un examen suspenso en la mochila de Neus y le preguntaba a ella si lo sabía.

—Es temporal —dijo—. Seis semanas. Cinco, ya. Hasta que se repare la viga.

—¿Y en qué piso estás?

—En el segundo.

—¿Del propietario?

—Del inquilino.

—¿Y quién es el inquilino?

—Un vecino. El carpintero que está reparando la viga. —Júlia dejó el tenedor en el plato—. Es un acuerdo técnico. Él repara la viga a cambio de que yo audite la intervención. Y yo me quedo en su cuarto de invitados mientras tanto. Hay once condiciones por escrito.

—¿Once?

—Once.

Su padre la miró un rato largo, por encima de las gafas. Su madre la miraba también, pero de otra manera, con una media sonrisa que Júlia no supo interpretar y que le dio más miedo que la mirada de su padre.

—¿Por qué no hiciste una inspección del forjado cuando compraste? —preguntó Josep.

Ahí estaba. Júlia lo había dicho en el portal, el día de la junta: me va a preguntar por qué no hice una inspección del forjado. Lo había clavado. Como siempre.

—Porque estaba ocupada organizando una boda —dijo.

Hubo un silencio en la mesa. Remei, que entraba en ese momento con la ensalada, se dio media vuelta y volvió a la cocina sin hacer ruido.

Su padre bajó la vista. Su madre dejó el tenedor.

—Hablando de eso —dijo Consuelo, muy despacio, con un tono que Júlia no le conocía—. Ha llegado esto para ti. Aquí. Lo dejaron en el buzón el jueves.

Se levantó, fue al aparador del comedor y volvió con un sobre.

Un sobre cuadrado, de papel grueso color crema, con el nombre de Júlia escrito a mano con una letra que ella conocía demasiado bien.

Una letra redonda, bonita, un poco infantil, que había visto durante seis años en notas en la nevera, en tarjetas de cumpleaños, en la lista de la compra.

Jordi.

*  *  *

No lo abrió en casa de sus padres. Lo abrió en el tranvía, en el asiento del fondo, entre dos paradas, con las manos frías.

Era una invitación de boda. Papel de algodón, letras doradas en relieve, una ramita de olivo dibujada a acuarela en la esquina. Jordi Puig y Laia Serra tienen el placer de invitarte a su boda. Sábado 8 de noviembre. Una masía en Xàbia, frente al Montgó. Ceremonia civil a las seis. Cena y baile.

Dentro de la invitación había una nota. Doblada en dos. La misma letra redonda.

Júlia: sé que esto es raro y que tal vez no quieras venir, y lo entenderé. Pero me haría ilusión que estuvieras. Te debo mucho. Y me gustaría cerrar las cosas bien, de una vez. Si vienes, trae a quien quieras. J.

El sábado ocho de noviembre. Dentro de dos semanas.

Trae a quien quieras.

Júlia se bajó en su parada sin darse cuenta de que se bajaba.

Caminó por el Cabanyal con el sobre en la mano, sin guardarlo en el bolso, como quien lleva un papel que quema.

Pasó por delante del bar de Toni, que la saludó con la mano y ella no lo vio.

Pasó por delante del estudio. Llegó al número cuarenta y uno de Escalante, empujó el portal y se encontró a doña Encarna en el primer rellano, fregando un escalón que no estaba sucio.

—¿Qué es eso? —preguntó doña Encarna, mirando el sobre.

—Nada.

—Tiene pinta de boda.

—Es una boda.

—¿De quién?

—De nadie.

Doña Encarna se apoyó en la fregona.

—Hija —dijo—, nadie se casa con nadie.

*  *  *

La madera para la prótesis la eligieron juntos, un miércoles por la tarde, a la salida del estudio, en un almacén de derribos de Godella que se llamaba Ca'l Tano y que Júlia, en diez años de arquitecta en Valencia, no sabía que existía.

Era una nave enorme, de techo de uralita, en un polígono entre campos de algarrobos, llena hasta arriba de cosas que alguien había arrancado de algún sitio.

Puertas. Cientos de puertas, apoyadas unas contra otras como las páginas de un libro gigante, de todas las épocas y colores.

Ventanas. Rejas. Baldosas hidráulicas apiladas en palés, con dibujos de rosetones, de estrellas, de flores de lis.

Bañeras de hierro con patas de león. Lámparas de cristal.

Barandillas de forja. Columnas de fundición.

Y al fondo, bajo una lona azul, las vigas: cientos de vigas de madera, de pino, de roble, de castaño, de olivo, apiladas por tamaños, con etiquetas de cartón atadas con alambre que decían de dónde venían.

Godella, 1910. Burjassot, 1890. Alboraia, alquería, s. XVIII. Russafa, convento, 1850.

Júlia se quedó en la entrada sin poder moverse.

—Es un cementerio —dijo.

—Es un orfanato —dijo Dani.

Ella se volvió a mirarle.

—Aquí no viene nada a morir —siguió él—. Viene a esperar. A que alguien lo necesite.

El Tano era un hombre de setenta años con boina, bigote blanco y un perro sin raza que dormía sobre una pila de baldosas de Manises.

Saludó a Dani con un abrazo y a Júlia con una mirada larga, de arriba abajo, que ella conocía porque era la misma de doña Encarna, de Toni, de Fina la pescadera: la mirada del Cabanyal, que ve más de lo que dice.

—Necesitamos pino —dijo Dani—. De cien años. Veinte por veinticinco. Un metro y medio.

—Tengo una del derribo de la calle Mayor de Godella. La de la casa del médico. —El Tano les llevó hacia el fondo, entre puertas y bañeras, con el perro detrás—. La quité yo mismo en el ochenta y nueve. Sana como una manzana.

La viga estaba en lo alto de una pila. El Tano la bajó con una carretilla elevadora que tenía más años que la propia viga y la dejó sobre dos caballetes. Era oscura, escuadrada a hacha, con las marcas de los clavos de forja en un costado y una mancha de cal vieja en el otro.

Dani la tocó. Con la palma abierta, de un extremo a otro. Luego le pasó el punzón, en tres sitios. Luego se agachó, la miró de lado, contra la luz que entraba por una claraboya sucia del techo.

—¿Y bien? —preguntó Júlia.

—Tócala tú.

Ella dudó. Luego se quitó los guantes de piel, los guardó en el bolsillo del abrigo y puso la mano sobre la viga. Despacio. Con los ojos cerrados, como él le había enseñado en las ventanas del Rosario.

Estaba seca. Estaba fría, pero no húmeda. Era dura bajo los dedos, como una piedra que hubiera sido un árbol. Y tenía, bajo la palma, una vibración. No era una vibración. No sabía qué era. Era como si estuviera viva.

Abrió los ojos.

—Esta —dijo.

Dani la miró con una sonrisa lenta.

—¿Por qué?

—No lo sé. —Júlia apartó la mano—. Eso es lo que me da miedo.

El Tano se rio por debajo del bigote. Les cobró un precio que Júlia consideró un robo y que Dani, en el Kangoo, de vuelta, le explicó que era la mitad de lo que valía, porque el Tano no le cobraba a la gente que tocaba la madera con los ojos cerrados.

—¿Eso es verdad?

—No lo sé —dijo Dani—. Pero me lo dijo una vez. Y siempre me cobra la mitad.

Él estaba en el baño.

Llevaba toda la semana en el baño. Había sacado el trozo podrido de la viga con una sierra de mano, en un corte en diagonal larguísimo, de casi un metro, que Júlia había visto hacer desde la puerta, aguantando la respiración, convencida de que el techo de su dormitorio se le iba a venir encima a pesar de los cuatro puntales.

No se vino. Él había dejado la viga cortada como un hueso al que le falta una punta, y luego había subido del taller la prótesis: un trozo de viga de pino viejo, del derribo de Godella, de cien años, del mismo grosor, del mismo color, con el mismo corte en diagonal pero al revés, para encajar como dos manos que se agarran.

—Rayo de Júpiter —le había explicado él, pasando el dedo por el corte—. Se llama así porque tiene forma de rayo. Las dos piezas se muerden y ya no se sueltan.

Ahora estaba ajustando el encaje. Lo hacía con un cepillo de carpintero, de mano, a pasadas finísimas, quitando virutas que salían rizadas como tirabuzones de papel.

Cada diez minutos presentaba la prótesis contra la viga, la miraba con la luz de lado, la retiraba y volvía a cepillar. Llevaba así tres días.

—Se puede hacer con una fresadora en una hora —le había dicho ella el jueves.

—Se puede.

—¿Y por qué no lo haces?