Capítulo 8 · Sin etiquetas
Dani se despertó a las once y veinte con la sensación clara, física, de que algo había cambiado de sitio en el mundo durante la noche, como cuando uno vuelve a casa y no sabe qué es, pero alguien ha movido un mueble.
Tardó unos segundos en recordar qué.
Un coche. Una manta de mudanzas. Un pulgar limpiándole la frente. Eso ha sido una duda.
Se quedó tumbado boca arriba, mirando el techo de su habitación, con el corazón haciendo algo que no hacía desde hacía años. Luego escuchó. El piso estaba en silencio. Ella se habría ido a las siete y media, como siempre, al estudio. Como si nada.
No sabía qué esperaba encontrar al levantarse.
Una nota. Un sobre. Una enmienda a la cláusula once.
Encontró la cocina vacía, ordenada, con la taza de té de ella lavada y boca abajo en el escurridor, el cuadrante en la nevera, el cuenco torcido en la estantería de las especias entre el comino y el pimentón.
Y, sobre la mesa, un folio. Doblado en tres. Sin sobre.
Lo abrió.
No era una norma. No era una enmienda. Era un croquis. A lápiz, rápido, con trazo de arquitecta: una ventana vista en sección, con el ensamble de la esquina inferior dibujado en detalle. Dos cajas superpuestas. Una en diagonal, a medias. Otra recta, encima.
Debajo, una sola línea, con su letra recta:
Esta noche no puedo cenar. Hito 1 del Rosario. Catálogo. ¿Vienes? J.
Dani dobló el folio. Lo metió en el bolsillo de la camisa, junto al otro, el de las once condiciones, que seguía allí desde la primera noche.
Pensó que tenía que empezar a guardar esos papeles en otro sitio. Se le estaban acumulando contra el pecho.
* * *
Esa noche no hablaron del beso.
Llegaron a la casa del Rosario a las nueve, cada uno por su lado, ella desde el estudio y él desde el taller, y se encontraron en el vestíbulo con una caja de pizzas que había dejado Pau en la borriqueta y una nota de Marina: «Catálogo antes del viernes o me tiro al Turia.
Os quiero. M.». El primer hito vencía en tres días.
Planta baja liberada, estructura certificada, carpinterías catalogadas.
Las dos primeras casillas dependían de Iván y de Vicent. La tercera dependía de ellos dos.
—Veintidós ventanas —dijo ella.
—Veintidós ventanas.
—Esta vez, una por una. In situ. Tocándolas.
Dani la miró. Ella no le devolvió la mirada. Estaba abriendo la carpeta de anillas sobre la borriqueta con un gesto demasiado preciso, demasiado ocupado, como quien pone orden en una mesa para no tener que mirar lo que hay en el resto de la habitación.
—¿Tocándolas? —repitió él.
—Es el método más viejo del mundo. —Júlia sacó un punzón de mango de madera del bolsillo del abrigo. Uno nuevo. Con el precio todavía pegado—. Lo he comprado esta tarde en una ferretería de la calle Sagunto.
—Tiene la etiqueta.
—Ya lo sé.
—Quítasela.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque si se la quito, parecerá que llevo años usándolo. Y no es verdad. —Júlia levantó por fin la vista hacia él—. Sin trampas.
Dani sintió que algo se le soltaba por dentro, como un nudo que alguien desata con cuidado.
—Sin trampas —dijo.
* * *
Revisaron las veintidós ventanas en siete horas.
Esta vez no discutieron. O discutieron, pero de otra manera.
Ella tocaba primero. Pasaba la mano por el marco, despacio, con los ojos cerrados, con una concentración tan intensa que a Dani le daba ganas de reírse y de algo más.
Clavaba el punzón. Escuchaba. Decía lo que creía.
Y luego tocaba él, y decía lo que creía, y a veces coincidían y a veces no, y cuando no coincidían, se quedaban los dos delante de la ventana, uno al lado del otro, tocando la misma madera hasta que alguno de los dos cedía.
A las doce y media, en la planta primera, en la P1-F-03 , ella detectó una pudrición que él había pasado por alto. Debajo de una moldura, en un sitio que no se veía ni se tocaba con la mano abierta, solo con la punta de los dedos.
—Aquí —dijo ella—. Está fría.
Dani puso los dedos donde ella decía. Estaba fría. Estaba blanda. Ella tenía razón.
—Ahí no había mirado —admitió.
—Lo sé. —Júlia sonrió, y era una sonrisa pequeña, privada, casi orgullosa—. Por eso lo he mirado yo.
A las dos, en la planta segunda, se sentaron en el suelo del pasillo a comerse las pizzas frías de Pau, delante de la ventana podrida del patio, la P2-P-06 .
A esa hora no había luz rasante, ni sol, ni nada; solo la luz cruda de un foco de obra que hacía que todo pareciera más viejo y más cansado.
Dani le pasó una porción. Ella le pasó una servilleta.
Sus dedos se tocaron sobre la servilleta y ninguno de los dos los apartó enseguida.
—Lo de anoche —dijo ella, mirando la ventana.
—Sí.
—No sé qué es.
—Yo tampoco.
—Siempre sé qué es todo. Le pongo nombre. Lo meto en una pestaña. —Júlia dejó la pizza sobre la caja—. Y no sé qué es esto. Y me da un miedo que no te puedes imaginar.
Dani se quedó callado un momento. Luego dijo, despacio:
—¿Y si no le ponemos nombre?
—¿Cómo?
—Que no le pongamos nombre. Todavía. —Él se encogió de hombros—. Sin etiquetas. Sin pestaña. Dejarlo como está. A medias. Con la duda dentro.
—Hasta cuándo.
—Hasta que sepamos qué es.
—Eso no es un plazo.
—No.
—Necesito un plazo.
Dani la miró. Ella tenía los dedos apretados alrededor del punzón nuevo con la etiqueta pegada. Pensó en un hombre que se sentó en un sofá recién llegado y dijo que se sentía un tabique. Pensó en ciento veinte llamadas en dos días.
—Hasta que la viga esté —dijo.
Júlia levantó la vista.
—Seis semanas.
—Cinco, ya. Hemos perdido una.
—No hemos perdido nada. Has levantado el suelo. —Ella lo pensó—. Cinco semanas. Sin etiquetas. Y cuando la viga esté, lo hablamos.
—Cuando la viga esté, lo hablamos.
—Y mientras tanto…
—Mientras tanto —dijo Dani—, no sé. Lo que salga.
—«Lo que salga» no es un método.
—Es el método más viejo del mundo.
Ella se rio. Fue una risa de verdad, de las que se le escapaban muy pocas veces, por la nariz y luego por la boca, echando la cabeza hacia atrás contra la pared del pasillo.
Y después, sin dejar de reír del todo, se inclinó hacia él y le dio un beso rápido, en la comisura de los labios, con sabor a pizza fría.
—Eso tampoco tiene nombre —dijo.
—No.
—Vale.
Y siguieron con las ventanas.
A las cuatro y diez de la madrugada, Júlia mandó el catálogo.
Ciento doce páginas. Veintidós fichas. Fotos, planos, croquis, diagnósticos, propuestas. Lo mandó desde el portátil, sentada en el suelo del vestíbulo, con la espalda contra la borriqueta y Dani a su lado, y antes de pulsar el botón de enviar se quedó un momento con el dedo en el aire.
—¿Qué? —preguntó él.
—La firma.
—¿Qué le pasa?
—Iba a poner la mía. Como siempre. —Júlia le miró—. Pero no lo he hecho yo sola.
Escribió algo al final del documento. Dani se inclinó para leerlo.
Catalogación revisada in situ, ventana por ventana. J. Ferrer / D. Roca.
—Así —dijo ella—. Con la barra en medio.
—¿Como un punto?
Ella entendió. Se le notó en la cara. Pensó en una viga a oscuras con dos letras y un punto en medio, como quien se presenta.
—Como un punto —dijo, y pulsó enviar.
* * *
Volvieron andando al amanecer. No había nadie por la calle.
Las farolas todavía encendidas, el cielo de un azul pálido de agua, el olor del pan recién hecho en la panadería de la esquina del Rosario, que acababa de subir la persiana con un estruendo de cañonazo.
Caminaban despacio. Ella no frenó ni una vez para no adelantarle. Iba a su ritmo.
En el cruce de la calle de la Reina, ella dijo:
—Antes, en la ventana de la planta baja. La de la moldura rota.
—La PB-F-04 .
—Esa. Dibujaste el perfil de la moldura en el margen de mi ficha. A mano alzada. Sin regla.
—Sí.
—Lo dibujaste a escala. Uno a cinco. Perfecto. Con las cotas.
Dani no dijo nada.
—Eso no lo hace un carpintero —dijo ella, en voz baja—. Eso lo hace alguien que ha pasado años delante de un tablero.
Él siguió caminando. Durante un rato, solo se oyeron sus pasos en las aceras vacías del Cabanyal. Luego, sin mirarla, dijo:
—Te dije que otro día.
—Ya. Y lo apunté.
—Pues todavía no es el día.
Júlia asintió. No insistió. Le cogió la mano, en mitad de la calle de la Reina, a las seis menos diez de la mañana, por primera vez.
La cogió como quien coge una herramienta que no conoce, con cuidado, por el mango.
Y así llegaron al portal del cuarenta y uno de Escalante, sin decir nada más, y subieron la escalera, y en el rellano del segundo ella le soltó la mano para buscar las llaves, y él pensó que se le había olvidado cómo era tener una mano vacía.
* * *
El cálculo se lo dio esa misma mañana, a las once, cuando ella se levantó de las tres horas de sueño y le encontró en la cocina del segundo, con una cafetera italiana recién subida y un folio sobre la mesa.
—Te prometí un cálculo —dijo él—. En la junta. Para la viga.
Júlia cogió el folio.
Estaba escrito a lápiz de carpintero, a mano, en una letra que no era la de las tablas ni la de la caja de cartón, sino una mezcla de las dos: rápida pero clara, sin una tachadura.
Era el cálculo de la prótesis. Las cargas del forjado: peso propio, sobrecarga de uso, tabiquería.
La sección de la viga original. La sección de la prótesis.
La resistencia del pino viejo, con un coeficiente de minoración que Júlia no habría puesto tan alto, y que, al pensarlo dos segundos, le pareció lo más sensato del mundo.
El ensamble de rayo de Júpiter, con la longitud de solape justificada.
Las cuatro varillas pasantes, con su diámetro, su separación y su resistencia a cortante.
Y al final, un croquis: la viga en alzado, con la prótesis, las varillas, los apoyos y una flecha calculada al milímetro.
Júlia lo leyó dos veces. La segunda vez lo leyó con un bolígrafo en la mano, buscando el error, porque siempre había un error.
No había error.
—Esto lo ha hecho un arquitecto —dijo, sin levantar la vista.
—Esto lo ha hecho alguien que sabe hacer un cálculo.
—El coeficiente de minoración de la madera vieja. Uno coma cinco. Nadie pone uno coma cinco si no ha visto romperse una viga que parecía sana.
Dani se sirvió un café. No contestó.
—Lo has hecho de memoria —siguió ella—. Sin tablas. Sin ordenador. Con un lápiz de carpintero.
—Las tablas me las sé.
—Nadie se sabe las tablas.
—Yo me las sé. —Dani dejó la cafetera en el fuego—. Me las aprendí a los veinticinco, en un piso de Lavapiés, porque no tenía dinero para comprarme el programa de cálculo. Me las aprendí como se aprende una canción. A fuerza de repetirlas por la noche.
Júlia levantó la vista.
Era la primera vez que decía Lavapiés . La primera vez que decía algo, cualquier cosa, que tuviera que ver con la caja de cartón cerrada con cinta americana. Lo dijo con naturalidad, sin darse cuenta, como quien deja caer una moneda por un agujero del bolsillo.
Ella no preguntó. Se mordió la lengua tan fuerte que le dolió.
—Lo firmo —dijo, en cambio.
—¿El qué?
—El cálculo. Como técnico. Para el administrador. Para la comunidad. —Júlia sacó su bolígrafo, el de cuarenta euros, el que había tirado a Dani en el Rosario la semana anterior y él le había devuelto con una reverencia—. Mi firma. Avalando la solución.
—No hace falta que…
—Sí hace falta. Climent lo pidió. Y es un buen cálculo. —Júlia firmó al pie del folio, con su letra recta. Luego dudó un segundo. Uno solo. Y debajo de su firma escribió, más pequeño: Cálculo: D. Roca.
Le devolvió el folio. Él lo miró. Leyó las dos líneas. Se quedó callado un rato largo.
—Hace cuatro años que no firmo nada —dijo al fin, muy bajo.
—Pues ya era hora —contestó ella.
Y se fue a la ducha de tres chorros antes de que él pudiera ver que le temblaban las manos.
* * *
Ese mediodía, en el estudio, después de dormir tres horas y de soportar con estoicismo la mirada de Samuel, que llevaba toda la mañana silbando la misma canción sin que nadie supiera cuál era, Júlia abrió el navegador en el ordenador de su mesa y escribió en el buscador, muy despacio, como quien abre una puerta que no le corresponde:
Daniel Roca arquitecto
Lo miró un momento antes de pulsar Intro. Pensó en la cláusula tres. En la caja cerrada con cinta americana. En otro día .
Pulsó Intro.
El primer resultado era un artículo de un periódico nacional, de siete años atrás.
El titular decía: Un arquitecto de 29 años gana el concurso internacional del Pabellón de la Marea .
Había una foto. Un hombre joven, con el pelo corto, perfectamente afeitado, una camisa blanca planchada, una sonrisa enorme y un brillo en los ojos que Júlia reconoció al instante y que no le había visto nunca.
Estaba de pie junto a una maqueta blanca, de líneas curvas, un edificio que parecía una ola rompiendo contra una roca.
Detrás, en la pared, un rótulo: Estudio Arranz .
Debajo había más resultados. Entrevistas. Premios. Una conferencia en Lisboa. Una lista de los diez arquitectos menores de treinta y cinco que hay que seguir .
Y luego, el último, de cuatro años atrás. Una noticia breve, de tres líneas, en una revista del sector:
El Estudio Arranz anuncia que Daniel Roca, director de proyecto del Pabellón de la Marea, abandona el estudio por motivos personales. La obra continuará bajo la dirección del equipo.
Nada más. Ninguna explicación. Ningún resultado después.
Júlia se quedó mirando la foto del hombre de la camisa blanca planchada durante mucho tiempo. Luego cerró el navegador. Borró el historial. Y se quedó con las manos sobre el teclado, sin escribir nada, sintiendo que acababa de mirar por una ventana que no era suya.
Tenía un vecino que hablaba con las persianas. Que firmaba con una barra en medio. Que lijaba con la paciencia de quien espera a que crezca un árbol.
Pensó en la caja de cartón cerrada con cinta americana, al fondo de un armario forrado de cedro, a dos metros de la cama donde ella dormía cada noche. En la palabra otro día . En que, por primera vez en su vida, no sabía si quería que ese día llegara pronto o que no llegara nunca.
Y que, siete años atrás, había diseñado una ola.