Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 7 · Cubos #2
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Capítulo 7 · Cubos #2

Condujo deprisa. Ella no le había visto nunca hacer nada deprisa.

Cruzó el Cabanyal por calles que ella no sabía que existían, atajando por la calle de la Barraca, saltándose un ceda el paso con una precisión que a ella le pareció de otra persona.

Las manos firmes en el volante. La mandíbula apretada.

—Conduces como si tuvieras prisa —dijo ella.

—Tengo prisa.

—Creía que no tenías nunca.

—Tengo prisa cuando hace falta. —Él no apartó los ojos de la calle—. El problema es la gente que tiene prisa siempre.

Ella lo miró de reojo. No dijo nada. Pero lo guardó, igual que había guardado la palabra arquitecta dicha de aquella manera la primera noche, en un sitio donde se guardaban cosas que todavía no entendía.

Aparcaron encima de la acera de la calle del Rosario.

Ya había gente: Toni con una barra de hierro junto a la arqueta, Samuel y un amigo descargando algo de un maletero, Pau bajando de un patinete con una bolsa de bayetas.

Y Álvaro, en el portón, con una camiseta vieja de la universidad, que se volvió al oír el coche y les miró a los dos.

A Júlia. A Dani. Al coche. Otra vez a Júlia.

No dijo nada. Ya habría tiempo para eso.

Achicaron hasta la una.

Júlia no recordaría después casi nada de lo que dijo nadie.

Recordaría el frío del agua en los tobillos, el peso de los cubos, el ruido de la bomba que había traído un amigo de Samuel y que nadie entendía de dónde había salido, el olor a tierra mojada y a plomo viejo.

Recordaría a Vicent maldiciendo en valenciano con la camiseta del Valencia.

Recordaría la cadena: Vicent llenaba, Dani pasaba, ella pasaba, Samuel pasaba, Pau vaciaba.

Cubo tras cubo tras cubo, durante tres horas.

Y recordaría las manos de Dani.

Cada vez que él le pasaba un cubo, sus manos se tocaban.

Un segundo. Menos. El asa de metal fría entre los dedos de los dos, y luego el peso pasaba a ella, y la mano de él se iba.

Y luego volvía. Cubo tras cubo. Contacto tras contacto.

Al principio no lo notó. Al cabo de una hora no notaba otra cosa.

A las doce y media, Marina gritó desde el hueco del arco que el zuncho había aguantado.

Hubo un aplauso cansado, empapado, en el sótano.

Y luego Pilar apareció con un termo de caldo y bocadillos de tortilla, y todos subieron al vestíbulo y se sentaron en el suelo, sobre los rosetones azules y ocres del suelo hidráulico, a cenar a la luz de dos focos de obra.

Júlia se sentó junto a la pared. Dani se sentó a su lado. No lo buscó ninguno de los dos. Simplemente era donde quedaba sitio.

Se comió medio bocadillo. Se bebió el caldo. Escuchó a Vicent contar una inundación en Burjassot en el ochenta y cinco con tantos detalles que nadie se creyó la mitad. Se le cerraban los ojos.

En algún momento apoyó la cabeza en algo. Era tibio y firme y olía a serrín y a agua de sótano. No supo que era el hombro de Dani hasta que ya se había dormido.

*  *  *

Se despertó en el coche.

No supo cómo había llegado. Él debió de llevarla medio dormida, porque ella recordaba vagamente unas escaleras, un brazo, la voz de Pilar diciendo algo que hizo reír a alguien.

Ahora estaba en el asiento del copiloto del Kangoo, con el cinturón puesto y una manta de mudanzas sobre las piernas que olía a barniz, y el coche estaba parado delante del portal del número cuarenta y uno de Escalante, con el motor apagado.

Dani estaba en el asiento del conductor. No había salido. Estaba quieto, con las manos sobre el volante, mirando la calle vacía.

—¿Qué hora es? —preguntó ella, con la voz ronca.

—Las dos y media.

—¿Cuánto llevamos aquí?

—Veinte minutos.

—¿Por qué no me has despertado?

Él tardó en contestar.

—Porque dormías —dijo.

Júlia se incorporó en el asiento. Se pasó la mano por la cara. Tenía barro seco en las mejillas, en el pelo, en los brazos. Él también. Tenía una mancha de mortero en la frente y la camisa empapada hasta los codos.

—En el vestíbulo me quedé dormida encima de ti —dijo.

—Un poco.

—¿Cuánto es un poco?

—Cuarenta minutos.

—¿Y no te moviste?

—No.

—¿Por qué?

Dani se volvió a mirarla. La luz de la farola entraba por el parabrisas y le dibujaba media cara. Tenía los ojos grises muy cansados, y algo más, algo que Júlia no le había visto nunca, una especie de desnudez, como una ventana con la luz de lado.

—Porque tenía miedo de que te despertaras y te fueras al otro lado de la pared —dijo.

Júlia se quedó muy quieta.

Fuera, en la calle, pasó un gato. Una moto lejana. El tranvía no, a esa hora ya no. El motor del coche hacía clic, clic, al enfriarse.

—Cláusula once —dijo ella, en un susurro.

—Lo sé.

—«Solución temporal, técnica y estrictamente vecinal».

—Lo sé. Me la sé de memoria.

—«Ninguna de las partes podrá interpretarla de otra manera».

—Ya. —Dani bajó la vista a sus manos sobre el volante—. Lo siento. No debería haber dicho nada. Estoy muy cansado.

Júlia lo miró. Miró sus manos, las de los cubos, las que le habían pasado cien veces el asa de metal fría y se habían ido y habían vuelto.

Miró la mancha de mortero en su frente. Pensó en una ventana en la que alguien había empezado una cosa y luego, a mitad de trabajo, con el formón en la mano, había decidido hacer otra.

Pensó que la cláusula once la había escrito ella.

Y que quien escribe una cláusula puede cambiarla.

Alargó la mano y le limpió la mancha de mortero de la frente con el pulgar. Despacio. Él cerró los ojos.

—No te muevas —dijo ella.

—No me muevo.

Se inclinó por encima de la palanca de cambios, de la caja de tornillos, de la manta de mudanzas que olía a barniz. Y le besó.

Fue un beso corto, torpe, con sabor a caldo y a polvo de ladrillo. Se separaron enseguida. Se miraron, a dos centímetros, en la penumbra del coche. Él tenía los ojos abiertos ahora, muy abiertos.

—Eso —dijo Júlia, con la voz temblando— ha sido una duda.

—¿Y qué vas a hacer con ella?

Ella lo pensó un segundo. Uno solo. Luego dejó de pensar.

—Dejarla dentro —dijo.

Y volvió a besarle. Y esta vez no fue corto.