Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 7 · Cubos
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Capítulo 7 · Cubos

Júlia había vuelto antes de la hora porque no podía centrar el barro.

Llevaba dos años yendo a cerámica los sábados y era lo único de su semana que no tenía pestaña en la agenda.

Ese sábado había llevado a Marina, que se había peleado con el torno durante cuarenta minutos con la tenacidad de quien pelea con un andamio, y entre risas y barro le había preguntado por Dani.

Y Júlia le había contado lo de la ventana que dudaba, y lo de que dudar era bonito, y lo de que no lo soportaba.

No le había contado que vivía en su casa.

No le había contado lo del arroz de los lunes ni la cuchara de madera.

No le había contado que llevaba dos semanas durmiéndose con el ruido de una ardilla.

Pero al terminar la clase, al mirar el cuenco que había hecho, pequeño, de paredes finas, torcido por un lado, y al oír a la profesora decirle que no se le ocurriera tirarlo, que la torcedura era lo mejor que tenía, había sentido una urgencia absurda de volver a casa.

A la casa de arriba. A enseñárselo a alguien.

Lo llevaba envuelto en papel de periódico dentro del bolso cuando oyó, desde el pasillo, su nombre.

Júlia. Ven a ver esto.

No vecina . No arquitecta . Júlia.

Dejó el bolso en el suelo del pasillo con un cuidado excesivo y fue hacia el baño.

*  *  *

Él estaba de rodillas junto a un agujero en el suelo.

Ella se arrodilló a su lado sin pensar en la falda, ni en el polvo, ni en la cláusula once.

Miró la viga. Vio la madera sana, dorada, escuadrada a hacha, y luego la madera oscura, y luego el polvo marrón junto al muro, exactamente como él había descrito en la junta, punto por punto. Y luego vio las letras.

Ll · 1925

—¿Qué es? —preguntó en voz baja.

—Una firma.

—¿De quién?

—No lo sé. Del carpintero que la puso, supongo. O del arquitecto. —Dani pasó el dedo por encima, sin tocarla—. Nunca había visto una así. Con un punto en medio. Como quien se presenta.

Júlia la miró un rato largo. Pensó en las vigas de su techo, las que veía cada noche sin verlas, sombras bajo el yeso cada sesenta centímetros. En que llevaba tres años durmiendo debajo de una firma.

—Alguien la firmó sabiendo que nadie la vería —dijo.

—Eso pensé yo.

—Es absurdo.

—Es precioso.

Ella no le llevó la contraria. Fue la primera vez.

Se quedaron un momento en silencio, de rodillas, uno al lado del otro, sobre el suelo abierto del baño.

Desde el patio de luces llegaba el sonido de una radio, el olor de un sofrito ajeno, el piar de un gorrión.

Él olía a serrín y a café. Ella notaba su brazo a pocos centímetros del suyo, sin tocarlo.

—He hecho un cuenco —dijo de pronto.

Él se volvió.

—¿Un qué?

—En cerámica. Hoy. Un cuenco. —Júlia se levantó, fue al pasillo, sacó el paquete del bolso y volvió, y se arrodilló otra vez junto al agujero con el cuenco envuelto en papel de periódico entre las manos, sintiéndose ridícula, sintiéndose como una niña que enseña un dibujo—.

Está torcido. Por un lado. La profesora dice que no lo tire.

Lo desenvolvió. Se lo enseñó.

Dani lo miró. No lo cogió. Lo miró en sus manos, igual que había mirado la ventana podrida del Rosario, con la cabeza un poco ladeada.

—Tiene razón tu profesora —dijo.

—Es un error.

—Es una duda. —Él sonrió—. Como la ventana.

Júlia sintió que algo se le movía dentro, algo pequeño y peligroso, como cuando una viga cruje por primera vez. Envolvió el cuenco otra vez en el periódico, deprisa, y se levantó.

—Voy a preparar la comida —dijo.

—Es sábado. Te toca a ti.

—Ya lo sé. Lo pone en el cuadrante.

Y se fue a la cocina. Y allí, sola, de pie junto a la encimera, puso el cuenco torcido en la estantería de las especias, entre el comino y el pimentón de la Vera, donde se veía desde la mesa. Y no lo quitó.

*  *  *

El domingo por la noche, a las once y treinta y dos, Júlia bajó al taller.

No lo había decidido. Estaba en la cama de la habitación de invitados, con la luz apagada, escuchando el raspar de la ardilla a través del suelo, y de pronto se dio cuenta de que llevaba un rato muy largo intentando adivinar qué herramienta era.

No era un formón. Era algo más largo, más suave, más continuo, como una ola que se retira por una playa de piedras.

Se levantó. Se puso la bata de rayas. Las zapatillas de conejo. Bajó los dos tramos de escalera hasta el bajo y llamó a la puerta del taller con los nudillos, muy flojo, como quien no quiere que le abran.

Él abrió. No llevaba nada en las manos. Llevaba el delantal de cuero y virutas en el pelo.

—¿Te molesto? —preguntó él—. Creía que la ardilla estaba permitida.

—Está permitida. —Júlia se cerró la bata—. Quería saber qué herramienta es.

Dani la miró un momento. Luego se apartó de la puerta.

—Pasa.

Era la primera vez que entraba. Se quedó en el umbral, mirándolo todo: la nave larga y estrecha, el techo de vigas, los cajoncitos de la mercería con sus etiquetas, nácar , hueso , azabache , de niño ; las herramientas en la pared en su orden secreto; el banco de olivo en el centro, con su quemadura en forma de media luna; la ardilla de lápiz que ella había dibujado, clavada con una chincheta encima del banco, junto a la foto de un hombre mayor con boina y delantal de cuero.

Se quedó mirando la ardilla. Él no dijo nada.

Sobre el banco había una tabla larga de nogal, sujeta con dos sargentos, y encima, una herramienta que parecía un barco pequeño: un cuerpo de madera oscura, alargado, pulido por el uso, con una cuña y una cuchilla asomando por debajo.

—Un cepillo —dijo él—. De mi abuelo. De 1946. Es una garlopa, para ser exactos. Para dejar las tablas planas.

—Eso hacía el ruido.

—Eso hacía el ruido.

—Parecía el mar.

Dani la miró con una expresión rara.

—Mi abuelo decía lo mismo. —Cogió la garlopa con las dos manos—. ¿Quieres probar?

—No sé hacerlo.

—Nadie sabe hacerlo la primera vez.

Júlia dudó. Pensó en la hora, en la bata, en las zapatillas, en que al día siguiente tenía una reunión a las nueve. Pensó en la cláusula once. Luego se quitó la bata, la dejó sobre un taburete, se quedó en pijama y se puso delante del banco.

Él le enseñó. Sin tocarla, al principio.

Cómo coger la garlopa, una mano en el puño de atrás, la otra en el pomo de delante.

Cómo poner los pies, uno adelantado, como en un paso de baile.

Cómo empujar no con los brazos, sino con todo el cuerpo, desde las piernas, dejando que el peso hiciera el trabajo.

—No aprietes —dijo—. Si aprietas, se clava.

Júlia empujó. La garlopa se clavó en la madera con un chirrido y se paró a los diez centímetros.

—Has apretado —dijo él.

—No he apretado.

—Has apretado como aprietas el bolígrafo cuando escribes la palabra insoportable .

Júlia le miró. Él estaba muy serio. Pero tenía un brillo en los ojos.

Lo intentó otra vez. Y otra. A la quinta, él se puso detrás de ella. No mucho. Lo justo para poner sus manos encima de las de ella, sobre el puño y el pomo de la garlopa, y empujar con ella, despacio, desde las piernas, sin apretar.

La garlopa se deslizó sobre la tabla de nogal de un extremo a otro. Un siseo largo, suave, como una ola que se retira. Y por la boca de la herramienta salió una viruta: larga, finísima, translúcida, rizada como un tirabuzón, que cayó sobre el banco del iaio y se quedó allí, temblando.

Júlia se quedó mirándola. Él no apartó las manos enseguida.

—Esa es tuya —dijo, muy cerca de su oído.

Ella la cogió con dos dedos. Era casi transparente. Se veía la luz de la bombilla a través. Olía a nuez.

—Es la primera cosa que hago en mi vida —dijo, sin saber muy bien lo que decía— sin saber exactamente cómo va a quedar.

—¿Y cómo ha quedado?

Júlia levantó la viruta a la luz.

—Rizada —dijo.

Subió a las doce y media. Con la viruta en la mano. La guardó en la agenda, entre dos páginas de noviembre, aplastada, como quien guarda una flor.

Todavía estaba allí meses después. Un poco más oscura. Todavía rizada.

*  *  *

El martes siguiente, a las nueve y once minutos de la noche, el móvil de Júlia vibró sobre la mesa de la cocina.

Estaba sola. Era martes, noche de reunión de socios, y la reunión había terminado a las ocho y media porque Álvaro tenía mala cara y Samuel una cena.

Había vuelto, había cenado, se había sentado a revisar el catálogo de ventanas por quinta vez.

Dani estaba abajo, en el taller, con la cómoda de 1880 y la ardilla.

El mensaje era de Marina, en el grupo del estudio:

«Inundación en el sótano del Rosario. Rotura de la acometida vieja. El agua va hacia el arco. Necesito ayuda. Ya».

Júlia leyó la palabra ya . Con punto. Marina no escribía nunca así. Marina escribía con emojis, con signos de exclamación, con faltas de ortografía cuando iba en bici. Nunca con punto.

Debajo, a los catorce segundos, apareció la respuesta de Álvaro: «Voy».

Júlia se levantó. Cogió el abrigo del perchero. Bajó la escalera corriendo, los tres tramos, sin agarrarse a la barandilla, con los tacones resonando en los peldaños como un tamborileo, y llegó a la puerta del taller con la respiración cortada. La luz amarilla del cristal esmerilado. La ardilla.

Golpeó con la palma de la mano abierta. Tres veces. Como los cobradores.

Él abrió con el formón en la mano.

—El Rosario se inunda —dijo ella—. La acometida del sótano. Va hacia el arco. Marina pide ayuda.

Dani no preguntó nada. No dijo «ya». No dijo «con calma». Dejó el formón sobre el banco, cogió las llaves de un clavo junto a la puerta y la chaqueta de un gancho, y salió a la calle.

—Tengo el coche en la esquina —dijo.

*  *  *

Era un Renault Kangoo blanco de quince años, con la carrocería abollada en tres sitios, un portabicis vacío en el techo y la parte de atrás llena de tablones, sargentos, cajas de herramientas y un olor permanente a barniz.

Júlia se subió al asiento del copiloto, apartó una caja de tornillos y se puso el cinturón. Dani arrancó.