Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 6 · Luz rasante
27%

Capítulo 6 · Luz rasante

El jueves, a las nueve y diez de la mañana, el sol entró por el patio de luces de la casa de la calle del Rosario exactamente como Dani había dicho que entraría: de lado, casi horizontal, rozando las paredes encaladas como quien pasa la mano por un mueble para comprobar si tiene polvo.

Dani llevaba esperándolo media hora, sentado en el suelo del pasillo de la planta segunda, delante de la ventana podrida, con un termo de café entre las rodillas.

No había dormido. Había terminado el injerto de la cómoda a las cuatro, había subido al segundo, había mirado la puerta cerrada de la habitación de invitados, había oído detrás la respiración tranquila de alguien que se acuesta a las once y media y se levanta a las seis y cuarenta y cinco, y había decidido que no tenía sentido acostarse.

Ella llegó a las nueve y doce. Le vio sentado en el suelo y se detuvo.

—¿Llevas mucho aquí?

—Lo suficiente.

—¿Has dormido?

—Tengo café.

Júlia frunció el ceño, como si fuera a decir algo sobre los ciclos de sueño.

No lo dijo. Se acercó. Se quedó de pie a su lado, con su carpeta de anillas, y luego, después de un momento de duda que él vio con toda claridad, se agachó y se sentó también en el suelo, con la falda recogida debajo de las rodillas.

—Bueno —dijo—. Aquí estoy. Con luz rasante.

—Mira la esquina inferior izquierda —dijo Dani—. El ensamble del travesaño con el montante.

Ella miró. Él vio cómo enfocaba, con esa forma suya de mirar las cosas, entornando un poco los ojos, como quien lee un plano a escala uno cincuenta.

Con la luz de frente, el ensamble no tenía nada.

Era una esquina de madera vieja, gris, astillada.

Pero ahora la luz entraba de lado y dibujaba cada relieve, cada surco, cada huella de herramienta, como cuando se pasa un lápiz plano por encima de una moneda escondida bajo un papel.

Y en la esquina se veían dos cosas a la vez.

Una caja de ensamble empezada en un sentido, con tres golpes de formón, limpios, profundos, en diagonal.

Y luego, encima, otra caja, en otro sentido, recta, que había borrado la mitad de la primera pero no toda.

—Empezó de una manera —dijo Dani— y lo terminó de otra.

—¿Quién?

—El carpintero. El de 1912. Empezó a hacer un ensamble a inglete, en diagonal.

Dio tres golpes. Y luego cambió de idea.

Lo hizo a caja y espiga, recto. Que es más fuerte para una ventana que da a un patio, porque la humedad entra peor.

—Dani se inclinó y pasó la yema del dedo, sin tocar del todo, por los tres golpes diagonales—.

Se lo pensó. A mitad de trabajo. Con el formón en la mano.

Júlia no dijo nada. Él siguió mirando el ensamble.

—Es lo más bonito de la ventana —dijo—. Se nota que alguien dudó.

—Eso es un error —dijo ella, en voz baja—. Es un error corregido.

—Es una duda. —Dani se volvió a mirarla—. Los errores no se ven. Se tapan. Esto no lo tapó. Lo dejó ahí. Podría haber cogido otro trozo de madera y empezar de nuevo. No lo hizo. Siguió con el mismo. Con la duda dentro.

—Quizá no tenía más madera.

—Quizá. —Él sonrió—. O quizá le gustó cómo quedaba.

Júlia se quedó mirando la esquina de la ventana mucho rato. La luz rasante se iba moviendo, muy despacio, a medida que el sol subía, y los tres golpes diagonales empezaban a desdibujarse, a hundirse otra vez en la madera gris, como algo que solo se deja ver un rato al día.

—Yo no dudo —dijo ella de pronto.

Dani no contestó.

—Quiero decir que no me lo permito. —Ella seguía mirando la ventana, no a él—. Si dudo, lo rehago. Desde el principio. Nunca dejo una cosa a medias con la duda dentro.

—¿Y eso funciona?

—Siempre ha funcionado.

—¿Siempre?

Júlia tardó en contestar. La luz se movió un poco más. Los golpes del formón ya casi no se veían.

—Casi siempre —dijo.

Y se levantó del suelo, se sacudió la falda y se fue a la planta baja a revisar las fichas de las ventanas de la fachada, sin despedirse.

Pero antes de irse, cuando ya estaba al principio del pasillo, se volvió un segundo y miró otra vez la ventana podrida desde lejos, como quien mira a alguien que se queda en un andén.

*  *  *

A las once y media, en el bar de Toni, Dani descubrió que el Cabanyal entero ya sabía que vivía con la arquitecta del principal.

No se lo dijo nadie. No hizo falta. Entró a pedir un café para llevar, después de pasar la mañana en el Rosario, y Toni, detrás de la barra, le sirvió un cortado sin preguntarle cómo lo quería, le puso al lado un platito con dos rosquilletas que no había pedido y le dijo:

—Invita la casa. Por lo del techo.

Dani se quedó con el vaso en la mano.

—¿Qué techo?

—El de la arquitecta. —Toni pasó un trapo por la barra—. Me lo ha contado Encarna. Que se le cayó el techo encima y que tú la sacaste en brazos y la subiste a tu casa.

—No se le cayó el techo. Se le agrietó.

—Encarna dice que se le cayó.

—No la saqué en brazos.

—Encarna dice que en brazos.

—Bajó en zapatillas de conejo por su propio pie.

Toni dejó de pasar el trapo. Le miró con un interés renovado.

—¿Zapatillas de conejo? —repitió—. ¿Júlia?

Dani comprendió en ese instante que acababa de cometer un error estratégico de primer orden.

—No he dicho nada.

—Has dicho zapatillas de conejo.

—No lo he dicho.

—Lo has dicho clarísimo. —Toni se apoyó en la barra con los dos codos—.

Escúchame una cosa, que yo llevo treinta años detrás de esta barra y he visto de todo.

Esa chica lleva en el estudio de enfrente diez años.

Viene todos los días a las ocho menos cuarto, pide un té verde sin azúcar, se lo lleva, no se sienta nunca.

En diez años no la he visto sentarse en mi terraza más de cinco veces, y las cinco fue porque Ramón la obligó.

—Toni hizo una pausa—. Y no le he visto unas zapatillas de conejo en mi vida.

—Pues ya está.

—No. Ya está no. —Toni le señaló con el trapo—. Si tú le has visto las zapatillas de conejo, tú has visto algo que no ha visto nadie en este barrio. Y eso hay que cuidarlo.

Dani no supo qué contestar. Se comió una rosquilleta para no tener que hacerlo.

—Y otra cosa —dijo Toni, más bajo, mirando hacia la puerta del estudio, al otro lado de la calle—. El viernes, en la azotea, os vi.

—No hicimos nada.

—Ya lo sé. Por eso os vi. —Toni volvió a pasar el trapo—.

Estuvisteis toda la comida en las dos puntas de la mesa sin miraros.

Y luego toda la tarde en la misma punta discutiendo de una ventana.

—Se encogió de hombros—. A mi edad, eso es lo que más se nota.

No lo que la gente hace. Lo que la gente se esfuerza en no hacer.

Dani pagó el café aunque invitaba la casa. Toni no se lo cobró. Le devolvió el dinero en la mano y le cerró los dedos encima, uno a uno, como hacían los abuelos en Morella cuando te daban la paga.

—Ve con cuidado —dijo—. Esa chica se rompe sin hacer ruido.

*  *  *

Esa noche, por primera vez, no bajó al taller después de cenar.

No lo decidió. Simplemente, a las nueve, cuando debería haberse levantado de la mesa de la cocina para bajar a ver cómo había secado la cola del injerto, no se levantó.

Ella tampoco se había ido a su cuarto. Era jueves, la noche libre del cuadrante, cada uno lo suyo.

Ella había cenado su ensalada y él su pan con tomate y queso de Morella, cada uno en su lado de la mesa, y luego ninguno de los dos se había movido.

Había una botella de vino abierta. La de Morella, la que él había subido a la azotea el viernes y nadie había abierto porque Toni dijo que con la paella solo se bebía cerveza o agua. Dani la había traído de vuelta. Ahora estaba entre los dos, a medias.

—¿Por qué Morella? —preguntó ella.

—Porque es donde nací.

—Ya. Pero ¿por qué vives aquí, y no allí?

Dani se sirvió un poco más de vino. Pensó en la respuesta larga. Eligió la corta.

—Mi abuelo murió en junio. Era ebanista. Tenía el taller en los bajos de su casa, en la calle Blasco de Alagón, desde 1951. Me dejó las herramientas. —Hizo una pausa—. En Morella no hay trabajo de restauración para vivir. Aquí sí. Y me gusta el mar.

—Lo siento. Lo de tu abuelo.

—Tenía noventa y un años. Se murió con un formón en la mano, en el banco, tallando una cuchara. —Dani se encogió de hombros—. Hay formas peores.

—¿El banco del taller es el suyo?

—El de olivo. Sí.

—Tiene una quemadura en forma de media luna.

Dani la miró. Ella se puso roja hasta el cuello.

—Me fijo en las cosas —dijo, rápido—. Es mi trabajo.

—Es de una plancha de encolar. En 1958. Se la dejó encendida porque llegó mi abuela a decirle que estaba embarazada de mi madre y se le olvidó todo. —Dani sonrió—. Nunca la lijó. Decía que era el mejor día de su vida y que quería verlo cada mañana.

Júlia no dijo nada. Le dio vueltas a su copa sobre la mesa, despacio.

—Mi turno —dijo él.

—¿Tu turno de qué?

—De preguntar. Llevas toda la cena preguntando. Es mi turno.

—Eso no está en el cuadrante.

—Es jueves. Noche libre. —Él apoyó los codos en la mesa—. ¿Por qué una arquitecta socia de un estudio vive sola en un piso con once normas de convivencia y una crema de verduras para cada lunes?

Ella le miró. Por un momento, Dani pensó que se iba a levantar y se iba a ir a su habitación, y que la cláusula once caería sobre la mesa como una guillotina. No lo hizo.

—Porque hace tres años iba a casarme —dijo—.

Con un hombre que se llama Jordi. Íbamos a vivir en ese piso.

Lo compré yo, con mis ahorros y una hipoteca a treinta años.

Él iba a mudarse después de la boda. Teníamos fecha, iglesia en Benimaclet, banquete en una alquería de Alboraia, menú cerrado, ciento veinte invitados.

Lo había organizado todo yo. En una hoja de cálculo. —Sonrió sin alegría—. Con pestañas.

—Ya.

—Dos semanas antes de la boda, un martes por la noche, vino al piso, se sentó en el sofá que acababa de llegar y me dijo que no podía.

Que lo sentía. Que me quería, pero que no podía casarse con alguien que planificaba su vida como si fuera una obra.

—Júlia hizo una pausa—. Con esas palabras.

«Como si fuera una obra». Que se sentía un tabique.

Que nunca sabía si estaba en el plano o si le iban a mover.

Dani no dijo nada. No había nada que decir que no fuera peor que el silencio.

—Así que me quedé con el piso —siguió ella—.

Y con la hipoteca. Y con ciento veinte invitados a los que tuve que llamar uno por uno.

Lo hice en dos días. Con una lista. —Se rio, una risa pequeña y rota—.

Mi padre me dijo que lo había gestionado con mucha profesionalidad.

Fue lo más bonito que me dijo en todo el año.

—Y desde entonces, crema de verduras los lunes.

—Desde entonces, todo planificado. Así no me pilla nada por sorpresa.

—Salvo una viga.

—Salvo una viga. —Júlia levantó la copa—. Y un vecino que talla tablas de cerezo.

—Cuatro.

—Cuatro. —Ella bebió—. ¿Y tú? Tu turno de contar algo de verdad.

Dani miró la copa. Pensó en la caja de su habitación.

MADRID — ESTUDIO ARRANZ — 2017-2020. En los planos enrollados que había dentro, en las fotos de una maqueta blanca de un museo junto al mar, en un diploma enmarcado que no había vuelto a colgar.

En un baño de oficina a las cuatro de la madrugada.

—Otro día —dijo.

Ella le miró un momento. Asintió despacio.

—Otro día —repitió—. Pero lo apunto.

—¿En la agenda?

—En la agenda.

—¿En qué pestaña?

Júlia sonrió. Una sonrisa de verdad, la primera de la noche, que le cambió la cara entera.

—En una nueva —dijo.

El sábado por la mañana, mientras ella estaba en su clase de cerámica en Benimaclet, como cada sábado, de diez a una, Dani levantó el suelo del baño.

Lo hizo despacio, como lo hacía todo. Primero quitó las baldosas hidráulicas una a una, con un cincel fino y un mazo de goma, numerándolas por detrás con lápiz de carpintero para volver a ponerlas en el mismo sitio.

Eran de 1925, con un dibujo de rosetones azules y ocres, y tres estaban rotas, pero las demás podían salvarse.

Luego quitó el mortero de agarre, la capa de arena de debajo, y luego las bovedillas de ladrillo, hasta que, a las doce y media, con la luz de la ventana del baño cayendo en vertical sobre el agujero, apareció la viga.

Era una viga de pino, de veinte por veinticinco, escuadrada a hacha.

Dani pasó la mano por ella de un extremo a otro del agujero.

Sana. Seca. Dura. Hasta que, a ochenta centímetros del muro del patio, la madera cambiaba de color.

Se volvía oscura, casi negra, blanda. El punzón entraba solo.

Y en el último tramo, el que se empotraba en el muro, la madera había desaparecido casi por completo, convertida en un polvo marrón y húmedo que se deshacía entre los dedos como tierra de maceta.

Lo había previsto. Era exactamente lo que había dicho en la junta. Se sintió aliviado. Ni más, ni menos.

Fue entonces cuando lo vio.

Estaba en el costado de la viga, en la cara que miraba hacia el centro de la habitación, a medio metro de la zona podrida, en la parte sana.

Lo vio porque la luz de la ventana caía justo encima, y porque estaba tallado a gubia, profundo, con el pulso firme de alguien que lo había hecho con calma, cien años atrás, sabiendo que nadie lo vería nunca.

Dos letras. Un punto. Un año.

Ll · 1925

Dani se quedó de rodillas junto al agujero, con el punzón en la mano, mirando las letras.

Alguien había firmado una viga. Una viga que iba a quedar enterrada entre un techo de cañizo y un suelo de baldosas, a oscuras, para siempre. Alguien que sabía que nadie la vería y la había firmado igual, con la misma calma con que se firma un cuadro.

Dani había restaurado muchas vigas. Había visto marcas de cantero, números de montaje, cruces de carpintero para no confundir las piezas. Nunca una firma así. Con un punto en medio, como quien se presenta.

Abajo, en la calle, se oyó cerrarse el portal. Unos tacones en la escalera. Un ritmo perfectamente regular. Las doce y cuarenta. Ella volvía antes de la hora. Nunca volvía antes de la hora.

Dani no se levantó. Se quedó de rodillas junto a la viga abierta, con las dos letras talladas brillando bajo la luz, y esperó a oír la llave en la cerradura para decir, en voz alta, lo único que se le ocurrió:

—Júlia. Ven a ver esto.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre.