Capítulo 5 · Cuadrantes #2
—Mañana hay una paella en la azotea del estudio. Los viernes. Es una tradición. —Júlia lo dijo muy deprisa, mirando el cuadrante de la nevera—. Pilar la ha resucitado esta semana. Llevan un año sin hacerla.
—Qué bien.
—Voy a llevar tomates aliñados.
—Qué bien.
—Va todo el estudio. Y Toni, el del bar. Y algunos de la obra.
Él la miró por encima de la taza. Los ojos grises, cansados, con un brillo que a ella no le gustó nada, porque se parecía muchísimo a la diversión.
—¿Me estás invitando?
—Te estoy informando de un evento social que tendrá lugar en mi entorno laboral.
—Ah.
—«Ah».
—Me lo estoy pensando —dijo Dani—. A mi velocidad.
Y se fue a dormir.
* * *
El viernes, a las dos menos diez, Júlia salió del estudio, cruzó la calle, subió los tres pisos del cuarenta y uno de Escalante con la bandeja de tomates aliñados entre las manos y abrió la puerta del segundo con la llave que él le había dado.
Dani estaba en el pasillo, vestido, con una camisa de lino azul que ella no le había visto nunca, recién duchado, con el pelo todavía húmedo y peinado hacia atrás con los dedos. Llevaba en la mano una botella de vino de Morella.
—Me lo he pensado —dijo.
—Ya lo veo.
—¿Llego tarde?
—Llegas justo. —Júlia lo miró de arriba abajo y apartó la mirada—. Pero no podemos llegar juntos.
—¿Por qué no?
—Porque nadie en el estudio sabe que vivo en tu casa.
Él levantó las cejas.
—¿Nadie?
—Nadie. Ni Pilar. —Júlia se apretó la bandeja contra el estómago—. Ni Marina, que es tu jefa en la obra del Rosario. Ni Samuel, que lo contaría por megafonía. Si llegamos juntos, van a hacer preguntas. Y no tengo respuestas que no suenen absurdas.
—La verdad no suena absurda. Se te cayó el techo.
—Se me agrietó el techo.
—Se te agrietó el techo y te viniste al piso de arriba. Eso es lo que hace la gente con sentido común.
—La gente con sentido común no se va a vivir con un desconocido que le ha mandado tres tablas de madera talladas.
—Cuatro.
—Cuatro. —Júlia respiró hondo—. Diremos que has venido al estudio a traer unos planos de las ventanas. Y que era la hora de comer. Y que no iba a echarte a la calle.
—Eso es mentira.
—Es una mentira técnica.
—No existen las mentiras técnicas.
—Existen. Son las que no hacen daño a nadie. —Júlia abrió la puerta del piso—. Tú sales cinco minutos después de mí. Y cuando llegues, discute conmigo sobre el catálogo. Así parece normal.
—¿Discutir es normal?
—Contigo, sí.
Dani se rio. Fue una risa corta, baja, por la nariz, que a ella le hizo algo en la nuca.
—Vale —dijo—. Cinco minutos. Y discuto.
* * *
No esperó cinco minutos. Esperó dos. Júlia lo supo porque, al pisar el último peldaño de la escalera de caracol de la azotea del número cuarenta y dos, él estaba justo detrás de ella, a tres escalones, con la botella de vino en la mano y una expresión de absoluta inocencia.
Así que tuvo que decirlo en voz alta, delante de todo el mundo, con las orejas ardiendo.
—He invitado a Dani —anunció, en un tono que no admitía réplica—. Porque ha venido al estudio a traer unos planos y era la hora de comer y no iba a echarle a la calle.
—Me ha invitado porque le he dicho que su forma de catalogar las ventanas es muy rígida —dijo Dani, con toda tranquilidad— y quería seguir discutiéndolo.
Lo había hecho. Discutir. Como ella le había pedido. Pero lo había hecho mirándola a los ojos, con media sonrisa, y con un tono que no era el de una discusión en absoluto.
—Mi forma de catalogar es la correcta —contestó ella, porque no se le ocurrió otra cosa.
—Tu forma de catalogar es correcta para un museo. Para una obra, es un dolor de muelas.
—Es un sistema.
—Es una cárcel con pestañas de colores.
Samuel se atragantó con la cerveza. Álvaro, en la barandilla, se volvió hacia ella con una expresión que Júlia no le había visto nunca, una mezcla de sorpresa y de algo parecido a la complicidad, como si acabara de descubrir que no era el único del estudio que estaba perdiendo la cabeza aquel otoño.
Júlia notó que se le ponían rojas las orejas. No dijo nada más. Dejó los tomates en la mesa, se sentó lo más lejos posible de Dani, y se pasó la comida entera sin mirarle.
Se pasó la comida entera sabiendo exactamente dónde estaba.
* * *
Fue una comida extraña y preciosa. Llegó el padre de Álvaro, Ramón, subiendo la escalera sin dejar que nadie le cogiera del brazo malo, y Bruja salió de debajo de la mesa a recibirle, y Álvaro se dio la vuelta para mirar el mar, y Júlia vio que tenía los ojos húmedos y apartó la vista por respeto.
Comieron paella de leña. Ramón le hizo a Dani diez minutos de preguntas sobre las ventanas del Rosario y Dani le contestó con una atención y una paciencia que Júlia no le había visto con nadie. Ni siquiera con ella.
—Pino melis —decía Ramón, asintiendo—. En el veintitantos lo traían de Valsaín. Mi maestro decía que era la única madera que mejoraba con los años, como el vino y las suegras.
—Las suegras no sé —dijo Dani—. El pino, sí.
Ramón soltó una carcajada que hizo volverse a toda la azotea.
Por la tarde, cuando la comida se deshizo en grupos, Júlia y Dani acabaron, sin que ninguno de los dos lo buscara, sentados en el mismo extremo de la mesa, con un plano de las ventanas extendido entre los restos del melón, discutiendo de verdad.
No sobre el catálogo. Sobre la ventana del patio, la P2-P-06 , la del perfil original.
—Quiero que la veas el jueves —dijo él—. Hay algo en ella que no te enseñé.
—¿El qué?
—El jueves.
—¿Por qué el jueves?
—Porque el jueves por la mañana el sol entra por el patio de luces del Rosario y se ve la madera con luz rasante. —Dani dobló una esquina del plano—. Hay cosas que solo se ven con la luz de lado.
Júlia lo miró. Él no la miraba. Miraba el plano, con el dedo apoyado en el dibujo de la ventana podrida, muy quieto.
—El jueves —dijo ella.
Se fueron juntos de la azotea a las siete.
Nadie se dio cuenta, o todo el mundo se dio cuenta y nadie dijo nada, que en el estudio era lo mismo.
Bajaron la escalera de mármol del cuarenta y dos en silencio, cruzaron la calle y entraron en el portal del cuarenta y uno de Escalante uno detrás del otro.
En el rellano del segundo, mientras ella buscaba la llave, él dijo:
—Ha estado bien.
—Ha estado bien —repitió ella.
—La mentira técnica también.
—No ha colado. Samuel lo sabe.
—Samuel no sabe nada.
—Samuel lo sabe todo. Lo nota por el olor. —Júlia abrió la puerta—. Mañana lo comentará en la reunión de los lunes.
—¿Y qué le vas a decir?
—Que tiene que dejar la cerveza.
Él se rio. Entró detrás de ella. Y en el pasillo, al encender la luz, Júlia vio algo que no había visto antes: en el suelo, junto a la puerta del cuarto de él, una caja de cartón grande, cerrada con cinta americana, que alguien había sacado del altillo del armario esa mañana y había dejado allí, como quien deja una cosa que todavía no ha decidido si abrir.
En el lateral, escrito con rotulador negro, con una letra que no era la de las tablas de madera, sino otra mucho más recta, mucho más rápida, mucho más parecida a la suya, decía:
MADRID — ESTUDIO ARRANZ — 2017-2020
Él pasó a su lado, cogió la caja sin decir nada y la metió en su habitación. La puerta se cerró.
Cláusula tres: prohibido entrar en la habitación del otro sin llamar.
Júlia se quedó en el pasillo, con la luz encendida y la llave todavía en la mano, preguntándose qué hacía un carpintero de Morella con una caja que se llamaba como uno de los estudios de arquitectura más importantes de España.