Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 5 · Cuadrantes
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Capítulo 5 · Cuadrantes

El cuadrante de la cocina apareció en la puerta de la nevera la primera mañana, sujeto con cuatro imanes de colores que Júlia había traído en el neceser, en el compartimento donde otras personas guardan pendientes.

Era una tabla de siete columnas y cinco filas, hecha a mano con regla y rotulador fino.

Lunes a domingo. Desayuno, comida, cena, limpieza de cocina, basura.

Cada casilla tenía una inicial: J o D . Las de J estaban en azul.

Las de D , en verde. En la esquina inferior derecha había una leyenda explicando los colores, aunque solo había dos y era bastante evidente cuál era cuál.

«¿Por qué los martes ceno yo y los miércoles cenas tú?».

Júlia contestó entre dos reuniones:

«Porque los martes tengo reunión de socios hasta tarde».

«¿Y los jueves?».

«Los jueves la cena es libre. Cada uno lo suyo».

«¿Qué significa "lo suyo"?».

«Que cada uno se hace su cena. En su estante de la nevera».

Pasaron tres minutos. Júlia estaba revisando una memoria de calidades y la leyó entera sin entender una palabra.

«No tengo estante. Lo has cogido todo tú».

Júlia miró la foto otra vez. Amplió. En la nevera de él, en los dos estantes de arriba, estaban sus tápers de cristal etiquetados, su leche de avena, sus yogures naturales, sus verduras cortadas en bolsas zip.

En el estante de abajo había un tarro de olivas, media cebolla sin envolver, un trozo de queso de Morella envuelto en un papel de periódico y una botella de vino abierta con un corcho metido al revés.

«Perdona», escribió. «Lo reorganizo esta noche».

«No hace falta. Me gusta ver tus tápers. Parecen un estudio de arquitectura».

Júlia dejó el móvil boca abajo sobre la mesa y no contestó. Júlia, la del principal, la de las once normas, no contestó. Pero se le escapó una sonrisa que Samuel, que pasaba por detrás con un café, vio y comentó con un silbido largo que ella decidió no oír.

*  *  *

La convivencia, durante la primera semana, fue un experimento científico de resultados contradictorios.

Él trabajaba de noche, como había prometido.

Bajaba al taller a las nueve y subía a las dos o a las tres.

Ella se acostaba a las once y media en la habitación de invitados, que era pequeña y blanca y olía a madera de cedro, porque él había forrado el armario por dentro con tablas de cedro para que la ropa no cogiera polillas, y a las once y treinta y dos oía, a través del suelo, el raspar lejano de la ardilla.

Se dormía con él. Era como el ruido del mar.

Ella se levantaba a las seis y cuarenta y cinco.

Se duchaba en el aseo diminuto junto a la cocina, donde la ducha tenía un chorro que salía en tres direcciones a la vez y ninguna era la de ella.

Se tomaba el té de pie, mirando por la ventana de la cocina el patio de luces y, abajo, su propio piso vacío, con la persiana del dormitorio bajada y cuatro puntales metálicos sosteniendo su techo como los dedos de una mano. A las siete y media se iba. Él dormía.

Coincidían a las ocho de la tarde. Una hora. A veces menos.

Era la hora de la cena, y era la hora en que todo el experimento se descontrolaba.

Porque el cuadrante decía que los lunes cenaba ella, y ella cenaba a las ocho en punto, una crema de verduras y una tortilla francesa, en veinte minutos.

Pero los lunes él se levantaba a las siete, bajaba al taller a ver cómo se secaba una cola, subía a las ocho menos cuarto y se ponía a hacer un arroz.

No por ella. Para él. Un arroz de verduras en una paella pequeña, de dos raciones, que tardaba una hora y diez minutos porque él hacía el sofrito con una lentitud que a Júlia le parecía una provocación personal.

Picaba el tomate a mano. Doraba el ajo de uno en uno.

—Los lunes es mi turno de cocina —dijo ella el primer lunes, a las ocho y cinco, con la crema de verduras humeando en un cazo.

—Es tu turno de cena. No pone nada de que la cocina sea tuya.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. Tú cenas. Yo cocino. —Dani removió el sofrito—. Son actividades diferentes.

—Estás ocupando dos fuegos.

—Tú solo usas uno.

—Por si necesito el otro.

—¿Para qué?

Júlia no supo qué contestar. No necesitaba el otro.

Nunca había necesitado el otro. Se quedó de pie junto a la encimera, con su cazo, mirando cómo él echaba el arroz en la paella con un gesto en forma de cruz, como su abuela, y el olor del sofrito subía y llenaba la cocina, y ella, que llevaba tres años cenando crema de verduras los lunes, sintió algo raro en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.

—Hay para dos —dijo él, sin mirarla.

—Tengo mi crema.

—Tu crema dura dos días en la nevera. Mi arroz, no.

—No voy a cenar tu arroz.

—Vale.

A las nueve y cuarto, Júlia cenaba arroz de verduras en la mesa de la cocina del segundo, con una cuchara de madera que él había tallado, porque decía que el arroz sabía mejor con cuchara de madera, cosa que ella consideraba una superstición y que, a la tercera cucharada, resultó ser verdad.

—Esto no cambia el cuadrante —dijo.

—Nada cambia el cuadrante —asintió él, muy serio.

El domingo, por primera vez, fueron juntos al mercado.

No lo planearon. Ella bajaba con su carro de la compra, uno de cuadros escoceses que había heredado de su abuela y que le daba una vergüenza que no confesaba a nadie, y él estaba en el portal con una bolsa de tela, a punto de salir.

Se miraron. El cuadrante de la nevera no decía nada de la compra. Era un vacío legal.

—Voy al mercado del Cabanyal —dijo ella.

—Yo también.

—Puedes ir delante.

—Puedo ir al lado.

Fueron al lado.

El mercado del Cabanyal era un edificio de hierro y ladrillo de principios de siglo, con una nave alta llena de puestos de colores, olor a pescado fresco, a naranjas, a pan y a lejía del suelo recién fregado.

Júlia iba siempre a los mismos cuatro puestos, en el mismo orden: frutas y verduras de la señora Remedios, pollería de los hermanos Gimeno, panadería del fondo y, al final, pescadería de Fina.

Llevaba una lista escrita a mano, con las cantidades en gramos. Tardaba veintidós minutos.

Ese domingo tardó una hora y cuarto.

Porque Dani no iba a los mismos cuatro puestos.

Iba a todos. Se paraba en cada uno. Hablaba con todo el mundo.

Le preguntaba a la señora de las setas de dónde venían los níscalos (de Ademuz, de su primo), al de los encurtidos cuánto tiempo llevaban las olivas en salmuera (tres meses, con hinojo), al de las especias si tenía pimentón de la Vera ahumado de verdad o del que ponía de la Vera y era de Murcia (de verdad, y le guiñó un ojo, como si fuera un secreto de Estado).

Probaba cosas. Compraba cosas que no estaban en ninguna lista.

Un trozo de queso de cabra con romero. Un tarro de miel de azahar.

Un manojo de hierbabuena porque olía bien.

Júlia le seguía con el carro de cuadros escoceses y la lista en la mano, al principio irritada, luego desconcertada, luego, sin saber muy bien en qué momento, fascinada.

—Tú no haces la compra —dijo al fin, delante del puesto de las aceitunas—. Tú haces una visita guiada.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo. Yo tardo veintidós minutos.

—¿Y qué haces con el resto del tiempo?

Júlia abrió la boca. La cerró.

—Cosas —dijo.

En la pescadería, Fina, una mujer enorme con un delantal de goma y unos pendientes de oro del tamaño de monedas, la miró llegar con el carro de cuadros y luego miró a Dani, de pie a su lado con la bolsa de tela llena de cosas que no estaban en ninguna lista. Se apoyó en el mostrador.

—Hombre, la arquitecta —dijo—. Hoy vienes acompañada.

—Es mi vecino.

—Ah. Vecino. —Fina lo repitió muy despacio, con una sonrisa enorme, mientras envolvía en papel medio kilo de sepia que Júlia no había pedido todavía—.

Vecino. Claro. Aquí en el Cabanyal hay mucho vecino últimamente.

Ayer mismo vino Alvarito, el del estudio, a comprar para su padre con una chica que llega tarde, y también era una compañera.

—¿Una compañera?

—Compañera. Vecino. —Fina le tendió el paquete por encima del mostrador—. Yo ya no pregunto, hija. Solo envuelvo.

Volvieron a casa por la calle de la Reina, con el sol de octubre calentando las fachadas de azulejos, el carro de cuadros traqueteando sobre los adoquines y la bolsa de tela de él chorreando agua de la hierbabuena. En la esquina de Escalante, él dijo:

—¿Qué cosas?

—¿Qué?

—Lo que haces con el resto del tiempo. Cuando tardas veintidós minutos en el mercado y no una hora.

Júlia lo pensó de verdad. Lo pensó todo el camino hasta el portal.

—Planifico la semana siguiente —dijo al fin—. Para tardar veintidós minutos otra vez.

Dani no se rio. La miró con una seriedad que le hizo algo en el estómago.

—Eso es muy triste, vecina —dijo.

Ella no contestó. Pero lo apuntó, más tarde, mentalmente, en una pestaña que todavía no existía.

*  *  *

El jueves, Pilar escribió en el grupo del estudio.

«Viernes, azotea, dos en punto. Paella. Quien no venga, que no vuelva».

Júlia leyó el mensaje en el aseo del segundo, envuelta en una toalla, con el pelo goteando sobre el móvil.

Lo leyó dos veces. Y lo primero que pensó, antes que en la paella, antes que en Pilar o en Álvaro, que llevaba un mes de vuelta en el estudio y estaba más raro que nunca, fue que si ella se iba a comer a la azotea el viernes, Dani comería solo.

Lo pensó así, con esas palabras, y se quedó helada.

No era asunto suyo. Él era un vecino. Un vecino temporal. Cláusula once. Él había comido solo toda su vida, seguramente, y lo hacía muy bien, con su queso de Morella envuelto en papel de periódico. No tenía ninguna obligación de preocuparse por si él comía solo.

Se secó el pelo. Se vistió. Salió a la cocina. Él estaba allí, a las nueve de la mañana, cosa que no ocurría nunca, de pie junto a la ventana con una taza de café, mirando el patio.

—¿Qué haces despierto?

—No he dormido. Se me ha agrietado el injerto de la cómoda y he estado hasta las seis rehaciéndolo. —Se frotó los ojos—. Ahora me voy a acostar.