Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 4 · Vicio oculto #2
19%

Capítulo 4 · Vicio oculto #2

Dani la miró. Ella tenía ojeras de no haber dormido en un sofá.

Tenía yeso en el pelo, todavía, una pizca blanca en la sien que no se había quitado.

Tenía la carpeta apretada contra el pecho como un escudo, y la mandíbula tensa, y la expresión de quien preferiría dormir en un portal antes que pedirle nada a nadie.

Él conocía esa expresión. Había tenido esa misma cara durante dos años, en Madrid, mirándose en el espejo de un baño de oficina a las cuatro de la madrugada.

—Tengo una habitación libre en el segundo —dijo.

Doña Encarna, que había terminado por fin de plegar la silla, se detuvo en el primer peldaño de la escalera. No se volvió. Pero dejó de subir.

Júlia lo miró como si le hubiera propuesto saltar del tercero.

—¿Qué?

—Una habitación. Con cama. Con ventana a la calle, no al patio.

No está encima de tu dormitorio. Está encima de tu cocina, que tiene el techo bien.

—Dani hablaba despacio, como quien explica un ensamble—.

El baño no se puede usar hasta que repare la viga, pero hay un aseo pequeño al lado de la cocina con una ducha. Funciona. Lo he probado.

—No puedo vivir contigo.

—No sería vivir conmigo. Sería vivir encima de tu casa. Con alguien que trabaja de noche en el bajo y duerme de día. Casi no nos veríamos.

—Es una locura.

—Es lo más práctico. —Él se encogió de hombros—. La obra va a ser desde mi suelo. Si estás arriba, puedes ver la viga cada día. Puedes revisar cada paso. Puedes auditarlo todo.

Ella abrió la boca. La cerró. Dani vio cómo la palabra auditar entraba en ella y hacía algo, como una llave que gira en una cerradura vieja.

—¿Y qué ganas tú? —preguntó.

—Que me dejes restaurar la viga a mi manera.

—¿A tu manera cómo?

—Sin perfiles de acero. Sin prisas. Sin cronogramas. Con madera vieja, con mis herramientas y a mi ritmo. —Hizo una pausa—. Seis semanas. Tú miras. Yo trabajo. Y si en algún momento no te fías, firmas el IPN y me callo.

Júlia se quedó callada un rato muy largo. En la escalera, doña Encarna seguía inmóvil en el primer peldaño, con la silla plegada bajo el brazo, mirando la pared con un interés repentino por el estado de la pintura.

—Con condiciones —dijo Júlia al fin.

—Claro.

—Por escrito.

—Claro.

—En papel.

Dani sonrió por primera vez en toda la tarde.

—Lo que tú digas, vecina.

*  *  *

Las condiciones llegaron esa misma noche, deslizadas por debajo de la puerta del segundo en un sobre blanco.

Eran once. Las había numerado. Incluían horarios de uso de la cocina, un turno de limpieza semanal, la prohibición expresa de entrar en la habitación del otro sin llamar, un reparto de estantes en la nevera («el de arriba, el mío»), la obligación de avisar con veinticuatro horas de cualquier visita y una cláusula final que Dani leyó tres veces, sentado en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, a la luz de la lámpara de la entrada.

11. Esta convivencia es una solución temporal, técnica y estrictamente vecinal. Finalizará el día en que la viga quede reparada y el principal vuelva a ser habitable. Ninguna de las partes podrá interpretarla de otra manera.

Dani dobló el papel. Lo guardó en el bolsillo de la camisa.

Al día siguiente, a las ocho de la tarde, sonó el timbre del segundo.

Él abrió. Júlia estaba en el rellano con una maleta de ruedas, una bolsa de lona llena de libros, un neceser, un flexo de mesa, un tablero de dibujo plegable bajo el brazo y su agenda de papel con pestañas de colores apretada contra el pecho.

Se miraron.

—Bienvenida al segundo —dijo él, apartándose para dejarla pasar.

—Cláusula once —dijo ella, sin moverse del umbral.

—Cláusula once —asintió él.

Ella entró. Dani cerró la puerta. Y en el tercero, a través del suelo, los dos oyeron con total claridad cómo doña Encarna arrastraba su silla plegable hasta el teléfono.

*  *  *

A las tres y diez de la madrugada de esa primera noche, Dani subió del taller y encontró luz en la cocina.

Ella estaba allí. Sentada a la mesa, en pijama, con la bata de rayas por encima y las zapatillas de conejo, con una taza de algo humeante entre las manos y la agenda abierta delante. No escribía. Miraba la agenda como quien mira un mapa de un país en el que acaba de perderse.

Él se detuvo en la puerta.

—No puedes dormir —dijo.

—La cama es distinta.

—Es mejor que la tuya. Es de lana.

—Ya lo sé. Por eso. —Júlia cerró la agenda—. Mi colchón es de muelles. Duro. Lo elegí en una tienda de Russafa después de probar once. Este es blando. Me hundo. Y el armario huele a cedro. Y la ventana da a la calle, no al patio, y pasa una moto cada catorce minutos. Lo he contado.

—Catorce.

—Catorce. —Ella le miró—. Y no se oye la ardilla.

Dani se quedó quieto.

—¿Qué?

—Que desde aquí no se oye. El taller está debajo de mi piso, no debajo de este. —Júlia bajó la vista a la taza—. Llevo dos semanas durmiéndome con ese ruido. Y esta noche no está. Y no me duermo.

Dani no supo qué decir. Se quitó el delantal de cuero, lo colgó de la silla, se lavó las manos en el fregadero, despacio, quitándose la cola de los dedos con un cepillo de uñas, para tener algo que hacer mientras pensaba.

—¿Qué tomas? —preguntó al fin, señalando la taza.

—Tila. La he encontrado en tu armario. Detrás del café. Caducó en 2023.

—Era de mi abuelo.

—Sabe a polvo.

—Era de mi abuelo y la tila de mi abuelo siempre ha sabido a polvo. —Dani se sentó enfrente—. Te voy a hacer otra cosa.

—No hace falta.

—Ya lo sé.

Puso un cazo con leche al fuego. Sacó del armario una lata de galletas de mantequilla danesas, de esas azules, que no contenía galletas sino un trozo de rama de canela, una vaina de vainilla seca y un tarro pequeño de miel de romero con una etiqueta escrita a mano por su madre.

Calentó la leche con la canela. La endulzó con la miel.

Se la sirvió en una taza de loza desportillada, la misma que usaba él cada mañana para el café.

—Leche con canela y miel —dijo—. Lo que me hacía mi abuela cuando no podía dormir. En Morella.

Júlia la probó. Se quedó quieta un momento.

—Sabe a pueblo —dijo.

—Es de pueblo.

—Me gusta.

Se quedaron un rato en silencio, en la cocina, ella con su taza y él con las manos sobre la mesa. Abajo, en la calle, pasó una moto. Júlia miró el reloj del microondas.

—Catorce minutos —dijo.

Dani se rio. Ella también, un poco, por la nariz, sobre la taza.

—Mañana bajo a trabajar al taller a las once y media —dijo él—. Con la ardilla. Y dejo la puerta de la escalera abierta. Se oirá por el hueco.

—¿Lo harías?

—Está en la norma tres.

—La norma tres dice hasta las once.

—Las noches de luna llena, hasta más tarde. —Dani se encogió de hombros—. Mañana hay luna llena. Lo he mirado en el calendario que te tallé.

Júlia le miró por encima de la taza. Él sostuvo la mirada.

—No es verdad —dijo ella—. Mañana es cuarto creciente.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tengo tu calendario en el salón de mi casa. Lo miro cada mañana.

Esta vez fue él quien no supo qué decir.

Ella terminó la leche. Se levantó. Dejó la taza en el fregadero, la lavó, la puso boca abajo en el escurridor. En la puerta de la cocina se detuvo.

—Gracias —dijo.

—De nada.

—Por la leche, digo.

—Ya lo sé.

—Y por lo de la ardilla.

—Ya lo sé.

Se fue a la habitación de invitados. Dani se quedó en la cocina, a las tres y media de la madrugada, mirando la taza boca abajo en el escurridor.

Luego cogió un lápiz de carpintero del bolsillo y, en el cuadrante de la nevera, en la casilla de las noches, que no existía, dibujó muy pequeño una luna en cuarto creciente.

Ella la vio a la mañana siguiente. No la borró.