Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 4 · Vicio oculto
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Capítulo 4 · Vicio oculto

Dani abrió la puerta con el cepillo de dientes en la boca.

Ella estaba en el rellano. Bata de rayas.

Zapatillas de conejo. Pelo suelto, cosa que él no le había visto nunca, castaño oscuro, más largo de lo que parecía recogido.

Y una cara que no era la de las normas de convivencia ni la del catálogo de catorce campos, sino otra, más pálida, con los ojos muy abiertos.

—No te muevas —dijo ella.

Dani se quedó quieto con el cepillo en la boca.

—No andes hacia el baño —siguió Júlia, muy deprisa—. Ni hacia la izquierda del pasillo. Quédate exactamente donde estás. Mi techo se está abriendo. Justo debajo de tu baño. Cada vez que das un paso, cae yeso.

Dani se sacó el cepillo de la boca.

—El suelo del baño —dijo.

—¿Lo sabías?

—Lo oí crujir hace dos semanas. Dos baldosas suenan a hueco.

—¿Hace dos semanas?

—Iba a mirarlo con calma.

—¿Con calma? —Júlia dio un paso hacia él, y luego se detuvo en seco, como si el rellano también pudiera hundirse—. Tienes una viga podrida encima de mi cama y lo ibas a mirar con calma.

—No sabía que estaba encima de tu cama.

—¡Está encima de todo! ¡Es un forjado! ¡Las vigas van de muro a muro!

Dani la miró. Ella respiraba deprisa. Le temblaban un poco las manos, que tenía cerradas sobre el cinturón de la bata. Y él pensó, de una manera muy nítida, que no era el momento de decirle que tenía razón, ni que lo sentía, ni nada que tuviera más de cinco palabras.

—Dame dos minutos —dijo—. Voy a por una linterna y bajamos a tu piso. Y no me muevo hacia el baño.

*  *  *

El techo del dormitorio de Júlia tenía una grieta de tres metros y medio.

Dani la miró desde el suelo con la linterna, sin subirse a nada, sin tocarla.

Siguió con el haz de luz su recorrido de pared a pared, paralelo a la fachada del patio.

Contó dónde caían las vigas, por las sombras apenas visibles que dibujaban en el yeso, cada sesenta centímetros.

La grieta estaba exactamente debajo de la cuarta.

—Es la viga —dijo—. La cabeza de la viga, donde se empotra en el muro del patio.

Está podrida. El agua de mi baño se ha filtrado durante años por las juntas del suelo y ha ido bajando por la madera hasta el muro.

Allí la madera no respira. Se pudre. —Bajó la linterna—.

Ahora la viga flecha. Se dobla. Y el cañizo de tu techo no lo aguanta.

—¿Se va a caer?

—Esta noche no.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la grieta es fina y recta. Si se fuera a caer, se abriría en estrella. —Dani se volvió hacia ella—. Pero no voy a dejarte dormir debajo.

—No pensaba dormir debajo.

—Bien.

—¿Y qué hacemos?

Él la miró. Era la primera vez que ella decía hacemos .

—Apuntalar —dijo—. Ahora.

Tenía cuatro puntales metálicos en el taller, de una obra en Godella que se había quedado a medias.

Los subió de dos en dos, por la escalera, a la una de la madrugada, haciendo el menor ruido posible, que fue mucho.

Júlia sujetaba la linterna. Él colocó un tablón de pino bajo la viga, de pared a pared, sobre el cabecero de la cama, que ella había apartado al centro del dormitorio con una fuerza que a Dani le sorprendió.

Luego levantó los puntales uno por uno, los ajustó a ojo, los apretó con la rosca hasta que el tablón besó el techo, y luego un cuarto de vuelta más, despacio, escuchando.

—¿Qué escuchas? —susurró ella.

—Que no cruja más.

No crujió. El yeso dejó de caer. La grieta se quedó quieta, como una línea dibujada.

Dani se apartó. Se limpió las manos en el pantalón del pijama, que era lo único que llevaba además de una camiseta vieja, y se dio cuenta en ese momento de que estaba en el dormitorio de la vecina del principal, a la una y media de la madrugada, en pijama, y de que ella le estaba mirando con una expresión que él no supo descifrar.

—Gracias —dijo ella.

—No me des las gracias. Es culpa de mi baño.

—Es culpa de cien años de baños. —Júlia se sentó en el borde de la cama, desplazada en medio de la habitación como un barco varado—. Es un vicio oculto.

—¿Un qué?

—Un vicio oculto. Es un término legal. Un defecto de una casa que no se ve cuando la compras. Que está ahí desde antes, escondido, y que un día aparece. —Se pasó las manos por la cara—. Mi padre era notario. Lo decía en la cena como quien dice «pásame el pan».

—Vicio oculto —repitió Dani.

Le gustó la expresión. No supo por qué.

—Duerme en el sofá —dijo—. Lejos de esta habitación. Mañana llamamos al administrador.

—Mañana tengo reunión a las nueve.

—Pues la mueves.

Ella levantó la vista hacia él, con una expresión de absoluta incredulidad.

—Yo no muevo reuniones.

—Pues esta vez la mueves —dijo Dani—. Es un vicio oculto.

*  *  *

El administrador de fincas se llamaba Climent, tenía sesenta años, un bigote de los años ochenta y una manera de hablar en la que cada frase terminaba con «en principio», lo cual hacía que ninguna frase terminara nunca del todo.

La junta extraordinaria de propietarios se celebró a las siete de la tarde del día siguiente en el portal del número cuarenta y uno, de pie, porque no había otro sitio.

Asistieron Júlia, Dani, doña Encarna con una silla plegable que se había traído de casa, el matrimonio Llorca del entresuelo, que eran sordos los dos y repetían todo lo que se decía en voz muy alta, y el señor Climent, con una carpeta y un bolígrafo de propaganda de una aseguradora.

—Bien —dijo Climent—. En principio, la viga es un elemento estructural común. Su reparación corresponde, en principio, a la comunidad.

—¡A la comunidad! —repitió el señor Llorca.

—Pero el seguro de la comunidad, en principio, no cubre los daños por filtraciones lentas acumuladas. Cubre los siniestros súbitos. Una tubería que revienta. Esto no ha reventado. Esto se ha podrido. —Climent levantó el bolígrafo—. Es lo que se llama un vicio oculto.

Júlia hizo un ruido muy pequeño, por la nariz. Dani la miró de reojo. Ella tenía los labios apretados, pero le temblaba la comisura.

—¿Y qué propone? —preguntó ella.

—He pedido presupuesto a una constructora de confianza.

—Climent abrió la carpeta—. Sustituir la viga de madera por un perfil metálico.

Un IPN de ciento sesenta. Hay que levantar el suelo del segundo, desmontar el techo del principal, quitar la viga vieja, poner la nueva, rehacerlo todo.

En principio, tres meses de obra. Y, en principio, el principal tendría que quedar desocupado durante la intervención.

—¡Tres meses! —gritó la señora Llorca.

—Tres meses —repitió Júlia, en voz baja.

Dani vio cómo hacía cuentas. Las hacía con los ojos, como las hacía con los planos, moviéndolos de un lado a otro en el aire.

Hotel. Alquiler. Tres meses. Él no sabía cuánto cobraba una arquitecta socia de un estudio del Cabanyal, pero había oído a Marina, el día anterior, en la obra, decirle a Vicent que el estudio llevaba un año sin repartir beneficios.

—Hay otra manera —dijo.

Todos se volvieron hacia él. Doña Encarna se inclinó hacia delante en su silla plegable.

—La viga se puede salvar —siguió Dani—. Solo está podrida la cabeza.

El último metro, el que se mete en el muro.

El resto está sano. Lo he mirado esta mañana con un punzón desde mi baño.

Se corta la parte podrida y se le hace una prótesis de madera vieja, de la misma especie, con un ensamble de rayo de Júpiter y unas varillas.

Como se ha hecho toda la vida. Y se ventila el apoyo en el muro para que no vuelva a pasar.

—¿Y cuánto se tarda? —preguntó Climent.

—Seis semanas. Si se hace bien.

—¿Y cuánto cuesta?

—La madera la pongo yo. Tengo vigas de pino de un derribo en Godella. La mano de obra es mía. —Dani se encogió de hombros—. El precio de la madera y los materiales. Lo que diga la comunidad.

Hubo un silencio. El señor Llorca preguntó «¿qué ha dicho?» y su mujer le contestó «¡que lo hace él!», y el silencio continuó.

—En principio —dijo Climent, despacio—, eso sería bastante más económico. Pero necesitaríamos, en principio, el visto bueno de un técnico. Un arquitecto que avale la solución.

Y todos, a la vez, se volvieron hacia Júlia.

Ella miraba a Dani. Tenía la carpeta de la junta en las manos y una expresión de concentración absoluta, la misma con la que había mirado la ventana podrida del patio de la casa del Rosario, la P2-P-06 , la que iba a servir de modelo.

—Un IPN es seguro —dijo despacio—. Es calculable. Sé exactamente cuánto aguanta. Está en las tablas.

—Una viga de pino de cien años también aguanta —dijo Dani—. Lo lleva demostrando un siglo. Solo hay que quitarle el disgusto.

—Eso no está en ninguna tabla.

—Las tablas se hicieron mirando vigas como esta.

Ella sostuvo su mirada un rato largo. Luego bajó los ojos a la carpeta.

—Necesito ver la viga —dijo—. Desde arriba. Con el suelo levantado. Antes de firmar nada.

—Mañana levanto las baldosas.

—Y necesito ver tu cálculo.

—Te hago el cálculo.

—¿Sabes hacer cálculos de estructuras?

Algo pasó otra vez por la cara de Dani. Ese pájaro rápido cruzando una ventana.

—Sé hacer lo que hace falta —dijo.

*  *  *

Al terminar la junta, cuando el señor Climent ya se había ido con su bigote y su «en principio», y los Llorca subían a gritos por la escalera, y doña Encarna plegaba su silla con una lentitud sospechosa para no perderse nada, Júlia se quedó en el portal con la carpeta apretada contra el pecho.

—Seis semanas —dijo—. Fuera de mi casa.

—Seis semanas.

—No puedo pagar un hotel seis semanas.

—Ya.

—Y no voy a ir a casa de mis padres. —Lo dijo muy deprisa, como quien cierra una puerta antes de que alguien entre—. Mi padre me va a preguntar por qué no hice una inspección del forjado cuando compré el piso. Y va a tener razón. Y me lo va a decir cada día durante seis semanas. Con datos.

—Ya.

—Y Pilar me ha ofrecido su casa. Pilar es la socia jubilada del estudio. Es un amor. Pero tiene un gato, siete macetas en cada ventana y la costumbre de entrar en el baño sin llamar para ver si necesito una toalla.

—Ya.

—Deja de decir «ya».