Capítulo 3 · Veintidós ventanas
—¿Tú?
Júlia lo dijo antes de poder evitarlo, en el vestíbulo de la casa de la calle del Rosario, a las cinco y diez de la tarde, con una carpeta de anillas abrazada contra el pecho y el casco blanco a medio poner.
Marina, a su lado, se volvió hacia ella con las cejas levantadas.
—¿Os conocéis?
—Somos vecinos —dijo Dani Roca desde la puerta.
Estaba en el umbral, recortado contra la luz de la calle, con una bolsa de lona al hombro llena de herramientas y la misma expresión tranquila del otro día, como si encontrarse con la mujer de las normas de convivencia en mitad de una obra fuera lo más natural del mundo.
Llevaba una camiseta limpia, esta vez. Gris oscuro, sin agujeros.
Júlia se dio cuenta de que se había fijado en la camiseta y se odió un poco por ello.
—Vecinos —repitió Marina, mirando a uno y a otra.
—Vive en el bajo de mi edificio —dijo Júlia—. Y en el segundo. Encima y debajo de mí.
—Qué práctico.
—No es práctico. Es una lijadora a las once y media de la noche.
—Una vez —dijo Dani.
—Una vez con lijadora. Luego vinieron las ardillas.
—Las ardillas no cuentan. Están en la norma tres.
Marina los miró durante un segundo más, con la expresión de quien acaba de descubrir que su nueva serie favorita tiene una segunda temporada. Luego carraspeó.
—Bueno —dijo—. Mejor. Así no hace falta que os presente.
Júlia es la arquitecta del proyecto. Dani, las ventanas son tuyas.
Júlia, Dani es el carpintero. Yo tengo que bajar al sótano a ver si un arco se nos cae encima.
—Les dedicó una sonrisa encantadora y completamente falsa—. Os dejo para que os organicéis.
Y desapareció por la escalera del sótano antes de que nadie pudiera detenerla.
* * *
El problema empezó en la primera ventana.
Júlia llevaba una semana preparando el catálogo.
Había fotografiado las veintidós ventanas de la casa, por dentro y por fuera, con luz de mañana y con luz de tarde.
Había numerado cada una con un código: planta, fachada, posición.
PB-F-01 , P1-P-04 , P2-F-03 . Había diseñado una ficha para cada una con catorce campos: dimensiones, tipo de apertura, especie de madera, estado de la carpintería, estado de los herrajes, estado del vidrio, patologías visibles, porcentaje estimado de pérdida de material, propuesta de intervención.
Había un código de colores. Verde para recuperable.
Amarillo para recuperable con reposición parcial.
Naranja para sustitución con réplica. Rojo para pérdida total. Había pestañas. Muchas pestañas.
Abrió la carpeta sobre una borriqueta del vestíbulo y la giró hacia él con un gesto que quería ser profesional y le salió un poco triunfal.
—Este es el catálogo preliminar —dijo—. Veintidós fichas. Si te parece bien, empezamos a revisar en orden y vas validando o corrigiendo la propuesta de intervención de cada una.
Dani miró la carpeta. Pasó la primera ficha. La segunda. La tercera. No dijo nada. Pasó la cuarta con un solo dedo, como quien pasa la página de un libro que no le interesa mucho.
—¿Y bien? —preguntó Júlia.
—Está muy bien hecho.
—Gracias.
—Para un museo.
Júlia se quedó quieta.
—¿Perdona?
—Que está muy bien hecho para un museo. —Dani cerró la carpeta con cuidado—. Para una obra no sirve de mucho.
—Es un catálogo con catorce campos de diagnóstico por pieza. Sirve para todo.
—Has hecho las fichas con fotos.
—Con fotos de alta resolución. Con luz de mañana y de tarde.
—Las ventanas no se diagnostican con fotos. —Dani dejó la bolsa de herramientas en el suelo, sacó algo de un bolsillo lateral, un punzón de mango de madera, y se acercó a la ventana más cercana, la que Júlia había catalogado como PB-F-02 , verde, recuperable—. Se diagnostican tocándolas.
Clavó el punzón en el travesaño inferior del marco, junto al alféizar. Con suavidad. Sin presión. El punzón entró en la madera hasta el mango, como si fuera mantequilla.
Júlia se acercó despacio.
—Eso no se ve en la foto —dijo él—. Por fuera está perfecta. Pintura buena, sin grietas. Por dentro, la humedad de cien años de lluvia escurriendo por el alféizar se la ha comido entera. Esta ventana no es verde. Es naranja. Hay que rehacer el travesaño entero y la mitad de los montantes.
Júlia miró el agujero del punzón. Luego miró su ficha, todavía abierta en su cabeza. PB-F-02. Estado de la carpintería: bueno. Patologías visibles: ninguna.
—Habría que hacer una prueba de punzón en cada pieza —dijo, despacio—. Lo añado como campo quince.
—No es un campo. Es el principio.
—Todo puede ser un campo.
—No todo. —Dani pasó la mano por el marco de la ventana, de arriba abajo, con la palma abierta, despacio, como si acariciara el lomo de un caballo—. La madera hay que escucharla. Ver dónde suena hueca. Dónde está fría. Dónde está blanda. Hay cosas que solo se saben con la mano.
—Eso no es un método.
—Es el método más viejo del mundo.
—Es intuición. Y la intuición no se puede auditar.
Él la miró. Y, otra vez, Júlia tuvo la sensación incómoda de que se estaba aguantando la risa.
—Tú eres muy de auditar —dijo.
—Yo soy muy de que las cosas estén bien hechas.
—Yo también. —Dani sacó el punzón de la madera y lo limpió en el pantalón—. Por eso no me fío de las fotos.
Revisaron las veintidós ventanas en tres horas y media. Fue la peor tarde de trabajo de la vida profesional de Júlia y, por razones que se negaba a examinar, una de las más interesantes.
Él tocaba cada ventana. Todas. Pasaba la mano por los marcos, golpeaba los travesaños con los nudillos, clavaba el punzón en los sitios más inesperados, abría y cerraba las hojas escuchando los herrajes con la cabeza ladeada.
Le hablaba a la madera, bajito, en valenciano, frases cortas que Júlia no alcanzaba a oír.
Doña Encarna tenía razón. Hablaba con las cosas.
Ella anotaba. Corregía. Discutía. Cambiaba colores.
De las veintidós ventanas, once cambiaron de categoría.
Tres pasaron de verde a naranja. Dos pasaron de rojo a amarillo, porque él encontró debajo de la pintura podrida una madera de pino melis tan dura que, dijo, «aguantaría otro siglo si alguien le quitara el disgusto de encima».
Una pasó de amarillo a verde, porque lo que Júlia había fotografiado como una grieta era una veta.
—Es pino de Valsaín —dijo él, señalando la veta con el dedo—. Tiene esa marca. Parece una cicatriz y es un dibujo.
Júlia lo apuntó en la ficha. Veta, no grieta. Se quedó un segundo mirando su propia letra.
A las siete y media llegaron a la última ventana, en la planta segunda, al fondo de un pasillo estrecho, la P2-P-06 , que daba al patio de luces.
Júlia la había catalogado en rojo. Pérdida total.
Estaba podrida casi entera, con el vidrio roto, el marco desencajado y la mitad de un montante comido por la humedad hasta parecer un bizcocho.
Dani la miró un rato largo sin tocarla.
—Esta sí —dijo al fin—. Esta es roja.
—Vaya. Por fin coincidimos.
—Pero no la tires.
—Es una pérdida total.
—Es una pérdida total como ventana. Como modelo, no.
—Él se agachó y pasó el dedo por un ensamble del marco, en la esquina inferior—.
Hay que rehacer cinco ventanas de la planta baja con madera nueva.
Y esta es la única que conserva entero el perfil de la moldura original.
Las otras están repintadas mil veces. Esta no, porque está en el patio y nadie la ha mirado en cincuenta años.
—Levantó la vista hacia ella—. Esta nos va a enseñar cómo eran todas.
Júlia lo miró. Él seguía agachado delante de la ventana podrida, con el dedo apoyado en la madera como quien toma el pulso.
Cambió la ficha. P2-P-06. Rojo. Conservar como modelo de referencia.
—Gracias —dijo, sin saber muy bien por qué lo decía.
—No me des las gracias. Dame una semana más de plazo.
—No hay una semana más de plazo.
—Siempre hay una semana más de plazo. —Dani se levantó—. Solo hay que saber dónde buscarla.
—Hablas como si nunca hubieras trabajado con un cronograma.
Algo pasó por la cara de él. Fue muy rápido. Una sombra, como la de un pájaro que cruza una ventana. Luego desapareció.
—He trabajado con muchos —dijo, y se agachó a recoger la bolsa de herramientas.
* * *
Volvieron juntos al Cabanyal, porque era absurdo no hacerlo, cada uno por una acera de la misma calle durante los primeros cien metros y luego por la misma acera, porque la otra estaba cortada por una obra.
No hablaron mucho. Él caminaba despacio.
Ella tuvo que frenar tres veces para no adelantarle, y a la tercera se dio cuenta de que no quería adelantarle, y frenó del todo.
En el portal del número cuarenta y uno, él sacó las llaves.
—Mañana a las diez estoy en la obra —dijo—. Con el punzón.
—Mañana a las nueve estoy yo —dijo ella—. Con el catálogo corregido.
—¿Corregido o rehecho?
—Corregido. No rehago las cosas. Las corrijo.
—Eso es casi lo que hago yo.
Júlia lo pensó. No supo qué contestar. Subió la escalera sin despedirse, y luego, en el primer rellano, se dio la vuelta y dijo «buenas noches», y él ya estaba entrando en el taller y no la oyó. O quizá sí. Nunca lo supo.
* * *
A las nueve y media, mientras cenaba su tortilla francesa de los lunes, sonó el portátil con una videollamada.
Neus. Desde Berlín.
Júlia la aceptó con el tenedor en la mano.
En la pantalla apareció su hermana pequeña, de treinta y un años, con el pelo teñido de un rosa que no estaba allí el mes anterior, un jersey tres tallas más grande y, al fondo, una cocina de piso compartido con platos sin fregar apilados como las torres de Serranos.
—¡Hermana! —gritó Neus—. Estás comiendo una tortilla francesa a las nueve y media de un lunes. Lo sabía. Le he apostado a Matthias cinco euros.
—¿Quién es Matthias?
—Mi compañero de piso. El que toca el fagot. —Neus se acercó a la cámara hasta que solo se le veía un ojo—. ¿Qué te pasa?
—No me pasa nada.
—Tienes la cara de cuando te pasa algo y no lo has metido todavía en una pestaña.
Júlia dejó el tenedor.
Neus era la única persona del mundo que la conocía así.
Habían compartido habitación hasta que Júlia se fue a la universidad, cuatro años de diferencia, una cama a cada lado de un cuarto pequeño del piso de la avenida del Puerto: la de Júlia con la colcha estirada y los libros en orden alfabético, la de Neus como si hubiera pasado un huracán.
Neus había suspendido cuatro asignaturas en segundo de bachillerato, había dejado Filología a la mitad, había trabajado de camarera en Lisboa, de guía turística en Praga y de algo en Berlín que Júlia nunca había entendido bien y que tenía que ver con instalaciones sonoras en sótanos.
Su padre llevaba diez años sin preguntarle a qué se dedicaba, por miedo a la respuesta.
Y Neus era, también, la única persona que no le había preguntado nunca por qué no se había casado. Ni una vez. En tres años.
—Tengo un vecino nuevo —dijo Júlia.
—Ajá.
—Es carpintero.
—Ajá.
—Trabaja de noche. Hace ruido. Le he escrito unas normas de convivencia.
Neus se tapó la boca con las dos manos.
—¿Cuántas?
—Siete.
—¿Y te ha contestado?
Júlia miró la tabla de cerezo, apoyada en la estantería del comedor, detrás del portátil. Neus siguió su mirada. Se acercó a la pantalla.
—¿Qué es eso?
—Nada.
—Júlia Ferrer i Montaner, gira el portátil ahora mismo.
Júlia giró el portátil. Neus se quedó callada un momento muy largo, cosa que no le había pasado nunca en treinta y un años.
—Te ha contestado en madera —dijo al fin.
—Talla las letras con una gubia.
—Te ha contestado en madera. Tallada. —Neus se echó hacia atrás en la silla—. Hermana. Escúchame bien. Esto es lo más romántico que le ha pasado a nadie de esta familia desde que el abuelo le cantó a la abuela desde la calle con la tuna de Derecho.
—No es romántico. Es una respuesta a unas normas.
—Es una respuesta a unas normas en madera de cerezo.
—¿Cómo sabes que es cerezo?
—Porque lo pone en tu cara. —Neus sonrió con todos los dientes—. ¿Es guapo?
—Es alto.
—Eso no es una respuesta.
—Tiene serrín en el pelo.
—Tampoco.
—Tiene los ojos grises —dijo Júlia, y se arrepintió en el acto, porque Neus soltó un grito que hizo que alguien, en Berlín, fuera de la pantalla, preguntara algo en alemán con alarma.
—Nada, Matthias, nada —dijo Neus, girándose—. Mi hermana tiene un vecino con ojos grises. Graue Augen . Sí. Ya. Lo sé. —Se volvió otra vez a la cámara—. Matthias dice que eso es muy peligroso.
—Matthias no sabe nada.
—Matthias toca el fagot. Sabe de todo. —Neus apoyó la barbilla en las manos—. Júlia. Una cosa. Solo una.
—¿Qué?
—No le hagas una hoja de cálculo.
Júlia se quedó quieta.
—No pensaba hacerle ninguna hoja de cálculo.
—Ya. Pero por si acaso. —Neus sonrió, más suave—. A la gente buena no se la planifica. Se la deja venir.
Colgaron a las diez y cuarto. Júlia se quedó un rato mirando la pantalla negra del portátil, con la tortilla fría en el plato.
No hizo ninguna hoja de cálculo. Pero esa noche, antes de acostarse, abrió la agenda por la última página, la de las notas, y escribió con su letra recta una línea que tachó inmediatamente, tanto que el bolígrafo rasgó el papel, y que nadie, ni siquiera ella misma unos días después, habría podido leer.
* * *
Esa noche, a las once y treinta y uno, con los ojos cerrados, en el minuto exacto de siempre, Júlia oyó un ruido.
No era una lijadora. Tampoco era una ardilla.
Era un crujido. Largo, hondo, que no venía de abajo, sino de arriba. Del techo. Justo encima de su cama.
Abrió los ojos. Encendió la lámpara de la mesilla.
El techo de su dormitorio era de cañizo y yeso, como todos los techos de los edificios del Cabanyal de los años veinte: una capa de cañas atadas a las vigas de madera, cubierta de yeso y pintada de blanco.
Había una moldura sencilla alrededor y una lámpara de bronce en el centro que Júlia había encontrado en un anticuario de Russafa.
Lo había mirado mil veces antes de dormirse. Lo conocía de memoria.
Y había algo que no estaba antes.
Una línea fina, recta, que cruzaba el techo de lado a lado, paralela a la pared del patio, justo encima de la almohada. Una línea de un gris apenas más oscuro que el blanco. Una grieta.
Mientras la miraba, la grieta crujió otra vez. Y de ella cayó, despacio, como un copo de nieve que no tiene prisa, una pizca de polvo blanco que fue a posarse sobre la colcha, a la altura de su rodilla.
Júlia se quedó completamente inmóvil.
Arriba, en el segundo, sonaron unos pasos. Lentos. Unos pasos que cruzaban el piso de él justo por encima de su techo, de la puerta al baño. El crujido volvió, más fuerte, al ritmo de los pasos. Cayó otra pizca de polvo.
Júlia apartó la colcha. Se levantó de la cama. Se puso la bata de rayas, sin pensar, y las zapatillas de conejo, sin pensar tampoco, y por segunda vez en su vida subió una escalera a medianoche para llamar a la puerta de Dani Roca.
Pero esta vez no iba a quejarse del ruido.
Esta vez tenía miedo.