Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 2 · Correspondencia #2
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Capítulo 2 · Correspondencia #2

La primera fue un lunes por la mañana. Él bajaba del segundo, donde vivía, en el piso que había alquilado junto con el bajo porque el dueño no quería separarlos, y ella salía del principal con un abrigo gris, una carpeta de planos bajo el brazo y un vaso de té para llevar.

Se encontraron en el rellano. Se miraron.

Ella dijo «buenos días» con una corrección impecable.

Él dijo «bon dia». Ella pareció sorprenderse de que él viviera arriba, encima de ella, y él vio cómo hacía cálculos de decibelios con los ojos.

—Arriba solo duermo —dijo él, antes de que ella preguntara.

—Me alegro.

—Y a veces me ducho.

—No necesito tanta información.

—Lo digo por el ruido del agua.

—El agua no hace ochenta decibelios.

—Depende del calentador.

Ella bajó la escalera sin contestar. Él se quedó en el rellano oyéndola bajar, con un ritmo de tacones perfectamente regular, y pensó que esa mujer caminaba como escribía.

La segunda vez fue un miércoles por la noche.

Ella subía cargada con dos bolsas de la compra y él bajaba con una tabla de cerezo sin tallar.

Él se ofreció a subirle las bolsas. Ella dijo que no hacía falta.

Él dijo que no le costaba nada. Ella dijo que podía sola.

Él se apartó contra la pared para dejarla pasar, con la tabla en alto, y ella pasó rozándole, y le llegó un olor a té verde y a algo más, algo como lápiz recién afilado.

La tercera vez ella le preguntó, de pronto, en el portal, sin venir a cuento:

—¿De dónde sacó la tabla de cerezo?

—De un derribo en Godella. Era el fondo de un armario de 1910.

—¿Y la ha cortado?

—La he salvado.

Ella frunció el ceño, como si la palabra le hubiera pillado desprevenida.

La cuarta vez no se dijeron nada. Se miraron en el rellano. Ella tenía ojeras y un plano enrollado en la mano que apretaba demasiado. Él quiso preguntarle si estaba bien. No lo hizo. Ella subió. Él bajó.

Esa noche, en su piso del segundo, mientras se lavaba los dientes, Dani notó por primera vez que el suelo del baño crujía.

No era un crujido normal. Era un crujido largo, hondo, que venía de debajo de las baldosas hidráulicas, como el gemido de un barco viejo.

Se quedó quieto con el cepillo en la boca.

Cambió el peso de un pie al otro. El suelo volvió a crujir, y le pareció que cedía un poco, apenas un milímetro, bajo su talón izquierdo.

Se agachó. Golpeó las baldosas con los nudillos, una a una, de la pared a la puerta. Sonaban sólidas, todas, excepto dos. Dos baldosas junto a la bañera, que sonaban a hueco.

Dani las miró un rato largo. Pensó en las vigas de madera de un edificio de 1925. En el agua de cien años de duchas, filtrándose por juntas que nadie había rehecho. En lo que había justo debajo de ese baño, al otro lado de esas vigas.

El techo del dormitorio del principal.

Pensó en bajar a decírselo. Eran las doce menos cuarto.

Ella estaría dormida, con su horario, con sus treinta decibelios.

No era urgente. Era un crujido. Los edificios viejos crujen.

Mañana lo miraría con calma, con una linterna y un punzón, y si había algo, se lo diría por escrito, como mandaba la norma siete.

Se fue a la cama. Tardó en dormirse. El suelo no volvió a crujir.

*  *  *

El lunes siguiente, a las nueve y media de la mañana, cuando todavía no había bajado al taller y estaba en la cocina del segundo peleándose con una cafetera italiana que goteaba, le sonó el móvil. Un número que no conocía.

—¿Dani Roca? —preguntó una voz de mujer, rápida, con acento de la Costera—. Me llamo Marina Lluch. Soy la project manager de Estudio Mediterráneo. Me ha dado tu número Vicent Ribes, el encargado de una obra nuestra. Dice que eres el mejor carpintero restaurador de Valencia.

—Vicent exagera.

—Vicent no exagera nunca. Lleva cuarenta y tres años en obra y todavía no le he oído un adjetivo.

—La voz hizo una pausa—. Tengo una casa de 1912 en la calle del Rosario, en el Cabanyal, con veintidós ventanas de madera originales.

Necesito catalogarlas, decidir cuáles se salvan y salvarlas. En poco tiempo.

—Yo no trabajo en poco tiempo.

—Eso me ha dicho Vicent también. —Dani oyó una sonrisa al otro lado—. Dice que llegas a las diez, que te vas a las seis, que no contestas al teléfono por las mañanas y que no hay manera humana de meterte prisa.

—Son las nueve y media y le he contestado.

—Por eso te llamo a las nueve y media. Para pillarte desprevenido. —Otra pausa—. ¿Puedes venir esta tarde a ver las ventanas?

Dani miró por la ventana de la cocina. El patio de luces, las ropas tendidas, el cielo de octubre recortado en un rectángulo azul. Abajo, en el principal, la ventana del dormitorio de la vecina, con la persiana a medio bajar.

Casas de 1912. Ventanas originales. Veintidós.

—Puedo ir a las cinco —dijo.

—Perfecto. Te mando un correo con la dirección y los datos de la obra.

El correo llegó a los dos minutos. Dani lo abrió mientras el café, por fin, subía en la cafetera con un borboteo de volcán. Leyó la dirección, la referencia del proyecto, el nombre de la clienta. Y al final, en la firma, debajo de los datos del estudio, una línea en negrita:

Arquitecta responsable del proyecto: Júlia Ferrer.

Dani dejó el móvil sobre la encimera. El café se desbordó, chisporroteó sobre el fuego y empezó a oler a quemado.

No lo apartó. Se quedó mirando la pantalla, con el humo subiendo hacia el techo, y por primera vez en mucho tiempo sintió algo que se parecía muchísimo a la prisa.