Capítulo 2 · Correspondencia
Dani Roca encontró el sobre a las diez y cuarto de la mañana, cuando bajó al taller con el primer café del día en una taza de loza desportillada que había sido de su abuelo.
Lo vio en el suelo, junto a la puerta, blanco y recto sobre las baldosas de terrazo cubiertas de serrín, como un sello sobre un lacre.
Sr. Roca — Bajo . La letra era de arquitecta.
Lo supo antes de abrirlo. Había pasado ocho años de su vida rodeado de esa letra: mayúsculas de plano, trazos de rotulador técnico, ni una sola curva que no fuera necesaria.
Él mismo había escrito así durante mucho tiempo. Ahora escribía como le daba la gana.
Leyó las normas de pie, con el café en la otra mano.
Las leyó dos veces. La segunda vez se rio en voz alta, solo, en el taller vacío, cuando llegó a la palabra insoportable .
Se notaba que la había quitado y la había vuelto a poner.
Había un ligero cambio de presión en el bolígrafo, una vacilación casi invisible en la i .
Dani conocía esa vacilación. Era la de alguien que duda y no se permite dudar.
Dejó el folio sobre el banco de trabajo, sujeto con un tarro de cola para que no se lo llevara el aire del patio, y se terminó el café mirándolo.
* * *
El taller ocupaba el bajo entero del número cuarenta y uno de la calle de Escalante: una nave larga y estrecha, con techo alto de vigas de madera y bovedillas de ladrillo, que iba desde la calle hasta el patio de luces del fondo.
Había sido mercería durante sesenta años.
Todavía quedaban en una pared los cajoncitos de madera donde la señora Pepita guardaba los botones, cada uno con una etiqueta escrita a mano: nácar , hueso , azabache , de abrigo , de niño .
Dani no los había quitado. Ahora guardaba en ellos tornillos, clavos de forja, bisagras antiguas y tiradores de latón que iba rescatando de los derribos, y había mantenido las etiquetas porque le gustaba abrir el cajón de de niño y encontrar dentro un pestillo del siglo diecinueve.
En el centro estaba el banco de trabajo, el de su abuelo, de madera de olivo, con la superficie surcada por cien años de cortes, golpes, manchas de cola y una quemadura en forma de media luna que el iaio Quimet se hizo con una plancha de encolar en 1958 y que Dani se negaba a lijar.
En las paredes, las herramientas colgaban en un orden que nadie más que él entendía: formones por anchura, gubias por curvatura, cepillos por edad.
En el fondo, junto al patio, la máquina de lijar, la sierra de cinta y el torno, que eran lo único que había comprado él.
Todo lo demás había llegado en una furgoneta desde Morella, en junio, después del entierro.
Dani dejó la taza sobre el banco y miró la cómoda de 1880.
Le quedaban las patas. La carcoma había hecho galerías en tres de las cuatro, y el señor de Burjassot del turquesa había rellenado los agujeros con masilla de pintor, lo cual era casi peor que la carcoma.
Había que vaciarlas, consolidarlas, reponer la madera perdida con injertos de caoba vieja.
Era un trabajo de días. De semanas, si se hacía bien.
Y Dani lo hacía bien. Era lo único que hacía bien.
Despacio, sin prisa, sin plazos, sin que nadie le mirara por encima del hombro con un cronograma en la mano.
Por eso trabajaba de noche. De noche no llamaba nadie, no había clientes asomándose a la puerta, no había nada más que la madera y él y el ruido suave de las herramientas.
Pensó en la vecina del principal. En la bata de rayas, en las zapatillas de conejo y en los ochenta decibelios medidos con una aplicación. En la manera en que había dicho Código Civil , como quien desenvaina una espada.
Se acercó al montón de recortes del rincón, donde guardaba los trozos de madera buena demasiado pequeños para un mueble y demasiado bonitos para tirarlos. Rebuscó un rato. Sacó una tabla de cerezo, del tamaño de un folio, sin un nudo. La puso sobre el banco. La miró.
Tardó cuatro horas en tallar la respuesta. Podría haber tardado veinte minutos con un rotulador. Pero entonces no habría sido una respuesta. Habría sido una nota.
* * *
La persiana de doña Encarna había sido, en realidad, la primera cosa que Dani arregló en el número cuarenta y uno de la calle de Escalante.
Fue el martes de la primera semana de septiembre, antes de la lijadora, antes de las normas, antes de saber siquiera que en el principal vivía una arquitecta con zapatillas de conejo.
Subía la escalera con dos cajas de libros cuando oyó, a través de la puerta del tercero, un estrépito metálico, un grito ahogado y una palabrota en valenciano de una calidad tan alta que se detuvo a admirarla.
La puerta se abrió. Apareció una señora de unos setenta y cinco años, bajita, de pelo cardado color berenjena, con una bata de flores y una cinta de persiana en la mano. La cinta estaba rota. Colgaba como la cola de una lagartija.
—Tú eres el nuevo —dijo la señora. No era una pregunta.
—Dani. Del bajo y del segundo.
—Encarna. Del tercero. Y de la comunidad. —Le miró de arriba abajo, deteniéndose en las manos—. ¿Tú eres carpintero?
—Restaurador.
—¿Y eso arregla persianas?
—Depende de la persiana.
Doña Encarna abrió la puerta del todo.
La persiana era de madera. De lamas de pino, de las de antes, de los años cincuenta, con el tambor escondido en un cajón de obra encima de la ventana del comedor.
Llevaba atascada a media altura, según doña Encarna, desde que se murió su marido, Vicentico, hacía seis años.
Ella la subía y la bajaba a tirones, a diario, porque decía que una persiana parada era una persiana muerta, y esa mañana el tirón había sido el último.
Dani dejó las cajas de libros en el rellano. Pidió una escalera. Doña Encarna le trajo una silla de la cocina con un cojín de ganchillo encima. Él quitó el cojín, se subió, abrió el cajón de la persiana con un destornillador y se asomó dentro con la linterna del móvil.
Allí estaba el problema. El eje del tambor se había desplazado de su soporte por un lado, y la persiana, en lugar de enrollarse recta, se enrollaba en diagonal, rozando contra la pared del cajón. Cada tirón la torcía un poco más. Seis años de tirones.
—Está cansada —dijo Dani, sin pensarlo.
—¿La persiana?
—Lleva seis años subiendo torcida. Se le ha ido el eje.
Doña Encarna se quedó callada debajo de la silla.
Tardó una hora. Desmontó el tambor, recolocó el eje, cambió la cinta por una nueva que llevaba en una caja del Kangoo, lijó dos lamas que estaban astilladas y les dio un poco de cera de abeja con un trapo.
Y mientras trabajaba, sin darse cuenta, le iba hablando.
Bajito. En valenciano. Como le hablaba su abuelo a los muebles en el taller de Morella.
Vinga, bonica. Una mica més. Així. Ja està. No passa res.
Cuando terminó, bajó de la silla y le dio a doña Encarna la cinta.
—Pruebe.
Ella tiró. La persiana subió, entera, recta, sin un solo ruido, hasta arriba, y la luz de septiembre entró de golpe en el comedor, sobre una mesa camilla, un aparador lleno de fotos y un sillón orejero con la forma de alguien que ya no se sentaba en él.
Doña Encarna se quedó mirando la luz.
—Seis años —dijo—. Seis años con la casa a media luz.
—Ahora ya no.
Ella le miró. Tenía los ojos brillantes y un gesto en la boca que era, Dani lo supo después, lo más parecido a una sonrisa que doña Encarna se permitía en público.
—¿Cuánto te debo?
—Nada.
—Algo te deberé.
—Me debe una cosa —dijo Dani—. Que no le cuente a nadie que le he hablado a su persiana.
Doña Encarna se lo prometió solemnemente.
Al día siguiente lo sabía todo el edificio. Y la calle de Escalante entera. Y, por lo que Dani pudo deducir de la manera en que le miraba la panadera de la esquina, medio Cabanyal.
Durante las dos semanas siguientes, la correspondencia entre el principal y el bajo del número cuarenta y uno de la calle de Escalante se convirtió en el principal entretenimiento de doña Encarna, que la seguía con la atención de una lectora de folletines.
Júlia contestó a las enmiendas el miércoles. Lo hizo en papel, en un sobre, con su letra recta. Acepto la enmienda 3 con reservas: necesito un calendario lunar para verificarlo. Sobre la 6, le agradecería que hablara con el vecino de la finca de al lado. Sobre la 7: el papel es más rápido.
Dani contestó el jueves, en una tabla de pino de diez por quince, con un calendario lunar de octubre tallado a gubia, cada fase de la luna en su casilla. Debajo: La madera es más lenta. Por eso dura más.
Ella contestó el viernes: Dos tablas en una semana. ¿No tiene usted trabajo?
Él contestó el lunes, en una tabla de nogal: Esto es trabajo. Es practicar las letras. (Y el vecino de al lado dice que lo siente, que fumará en su terraza.)
El martes no hubo respuesta de arriba. El miércoles tampoco. Dani se descubrió mirando el suelo junto a la puerta del taller cada mañana al bajar con el café, como quien mira el buzón esperando una carta, y se sintió ridículo, y siguió mirando.
El jueves, por fin, apareció un sobre. Dentro, un folio con una sola línea.
Gracias por lo del vecino. J.
Y debajo, dibujado a lápiz, con trazo de arquitecta, rápido, preciso, un pequeño croquis: una ardilla. Con un formón en la mano.
Dani se quedó mirando la ardilla durante un rato muy largo. Después la pegó con una chincheta en la pared del taller, encima del banco del iaio , junto a la foto de su abuelo con la boina y el delantal de cuero, y no supo explicarse a sí mismo por qué.
* * *
Se cruzaron en la escalera cuatro veces en dos semanas. Siempre fue raro.