Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 1 · Normas de convivencia #2
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Capítulo 1 · Normas de convivencia #2

—Porque me arregló la persiana el martes. Gratis. —Doña Encarna se inclinó hacia ella, bajando la voz—. Y no veas cómo la arregló, hija. Sube y baja como si fuera nueva. Yo no sé qué le hizo. Le habló.

—Le habló —repitió Júlia.

—A la persiana. Mientras la arreglaba. Le iba hablando en valenciano, muy bajito, como a un caballo.

Júlia no supo qué contestar a eso, así que no contestó. Se despidió con un gesto y siguió hacia el estudio, por la calle de la Reina, con el sol de septiembre ya calentando las fachadas de colores y la cabeza llena de una irritación que no conseguía colocar en ninguna pestaña de su agenda.

*  *  *

En el estudio, a las nueve menos diez, Samuel Vidal la esperaba apoyado en el marco de la puerta de su despacho con un café en la mano y la expresión de un gato que ha visto un pájaro.

—Tienes ojeras —dijo.

—Buenos días, Samuel.

—Tú no tienes ojeras nunca. Tú duermes ocho horas exactas desde 2009. —Samuel le dio un sorbo al café—. ¿Qué ha pasado?

—Un vecino.

—¿Un vecino?

—Con una lijadora. A las once y media de la noche.

Samuel abrió mucho los ojos, con un entusiasmo completamente desproporcionado.

—¿Y qué hiciste?

—Bajé y se lo dije.

—¿En pijama?

Júlia se quedó quieta delante de su mesa, con el bolso a medio dejar.

—Eso no es asunto tuyo.

—Bajaste en pijama. —Samuel sonrió con todos los dientes—. Júlia Ferrer bajó en pijama a quejarse a un vecino. Esto hay que contárselo a Pilar.

—Ni se te ocurra.

—Y a Álvaro.

—Álvaro tiene bastante con lo suyo.

Eso le borró la sonrisa a Samuel. Los dos miraron, a la vez, hacia el fondo de la sala grande, hacia el despacho de cristal esmerilado que llevaba un año vacío y desde hacía tres semanas volvía a tener la luz encendida desde las siete de la mañana.

Álvaro estaba dentro, de espaldas, de pie delante de la ventana, mirando la calle con el teléfono en la mano, sin hablar con nadie.

Llevaba así desde que había vuelto de Alboraia.

Revisando números. Llamando a bancos. Recorriendo el estudio por las noches como quien recorre una casa después de un incendio, buscando qué se ha salvado.

—¿Cómo lo ves? —preguntó Júlia, en voz baja.

—Mal. —Samuel dejó el café en la mesa de ella—. Dice que si el Rosario no sale, cierra. Lo ha dicho así, en la reunión del lunes. Cierra. Con esa voz suya de leer la previsión del tiempo.

—No va a cerrar.

—Eso le he dicho yo. —Samuel se encogió de hombros—. Y él me ha enseñado una hoja de cálculo con ciento cuarenta pestañas.

Júlia no dijo nada. Se sentó. Abrió la agenda. Pasó las pestañas: la azul del estudio, la verde del Rosario, que acababa de abrir. Miró la fecha de entrega del Rosario. Enero. La miró mucho rato.

—Va a necesitar a alguien —dijo—. Para la obra. Alguien que la saque adelante en tres meses.

—Ha puesto un anuncio. Una project manager . Esta semana empiezan las entrevistas. —Samuel cogió el café otra vez—. Pilar ya ha preseleccionado a una. Dice que la despidieron por parar una obra y que eso le gusta.

—¿Y eso es bueno?

—Con Pilar, nunca se sabe. —Samuel se dirigió a su mesa, y a mitad de camino se volvió—. Oye. El vecino.

—¿Qué?

—¿Era guapo?

Júlia le tiró una goma de borrar. Le dio en la frente. Samuel la recogió del suelo, se la guardó en el bolsillo de la camisa como un trofeo y se fue silbando.

Era la segunda vez en una mañana que alguien le preguntaba por ese hombre. Y era la segunda vez que ella no contestaba.

Lo cual, pensó Júlia, abriendo el correo con una irritación que no conseguía colocar en ninguna parte, era una forma de contestar.

*  *  *

Esa noche, al volver a casa a las ocho y cuarto, había algo apoyado contra la puerta de su piso.

Era una tabla de madera. Una tabla pequeña, del tamaño de un folio, de madera clara, lisa como la piel, con las vetas dibujando ondas suaves de un extremo a otro.

Alguien la había lijado hasta dejarla suave como un pétalo, y luego, con un formón o con una gubia, había tallado unas letras.

Letras rectas, claras, sin una sola tachadura.

NORMAS DE CONVIVENCIA (enmiendas) — Bajo

1. Aceptada.

2. Aceptada.

3. Aceptada, salvo noches de luna llena, en las que la madera se trabaja mejor. (Esto es verdad. Lo decía mi abuelo.)

4. Aceptada. El polvo no es insoportable. Es de cerezo. Huele bien. Pero aceptada.

5. Aceptada.

6. No fumo. Es el vecino del primero de la finca de al lado. Se lo puedo decir yo, que me cae bien.

7. Aceptada. Pero propongo que las comunicaciones por escrito puedan ser en madera.

D. Roca, bajo.

Júlia se quedó de pie en el rellano, con la llave en una mano y la tabla en la otra, durante un tiempo que no habría sabido calcular.

Pasó el pulgar por las letras talladas. Estaban perfectas. Cada trazo tenía la misma profundidad, la misma inclinación, los mismos bordes limpios. Por detrás, la madera olía a algo dulce y cálido, como a fruta seca.

Cerezo. Él tenía razón. Olía bien.

Lo cual, por algún motivo que no tenía nada de racional, la irritó todavía más.

Entró en casa, cerró la puerta, dejó la tabla sobre la mesa del comedor, se preparó la cena ligera de las diez a las ocho y media, que era la primera vez en tres años que alteraba su horario, y se pasó toda la cena mirando la tabla de reojo, como si fuera a hablar.

A las once y treinta y dos, abajo, en el taller, empezó a sonar algo. No era una lijadora. No era un martillo. Era una ardilla. Un raspar muy suave, muy lento, casi imperceptible, rítmico como una respiración.

Júlia se quedó tumbada en la cama, a oscuras, escuchándolo.

No era desagradable. Eso fue lo peor.