Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2) Capítulo 1 · Normas de convivencia
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Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2)

Vicios ocultos (Estudio Mediterráneo 2)

Por Soul Segura

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Capítulo 1 · Normas de convivencia

La lijadora empezó a las once y treinta y dos minutos de la noche.

Júlia Ferrer lo supo con exactitud porque estaba mirando el reloj de la mesilla en ese momento, como lo miraba cada noche a esa hora, con la satisfacción íntima de quien ha cumplido su horario.

A las diez, cena ligera. A las diez y media, ducha.

A las once, lectura, veinte páginas exactas de una novela policiaca nórdica, ni una más, porque si leía una más se desvelaba.

A las once y media, luz apagada. A las once y treinta y uno, los ojos cerrados.

Y a las once y treinta y dos minutos, un rugido metálico, agudo, continuo, como un dentista gigante trabajando en la muela del edificio entero.

Abrió los ojos.

El ruido venía de abajo. Del bajo, para ser exactos, del local que daba a la calle y al patio de luces, el que llevaba vacío desde que la mercería de la señora Pepita cerró, hacía cuatro años, y que en agosto había alquilado alguien.

Júlia había visto entrar cajas, tablones, unas máquinas envueltas en mantas y un banco de trabajo tan grande que tuvieron que meterlo de lado.

No había visto al inquilino. Doña Encarna, la del tercero, que lo veía todo, le había dicho en la escalera que era un carpintero, que era de fuera, que era muy alto, que tenía barba y que «no saludaba mucho, pero tenía buenas manos».

Júlia no había preguntado cómo sabía doña Encarna lo de las manos.

La lijadora se detuvo. Júlia contuvo la respiración.

Volvió a arrancar.

A las once y cuarenta, Júlia se levantó, encendió la luz, se puso la bata de rayas encima del pijama y abrió la ventana que daba al patio de luces.

El ruido entró como una ola. Abajo, en la planta baja, por la ventana alta del taller, se veía una luz amarilla, una nube de polvo de madera flotando en el aire como harina y, de vez en cuando, la sombra de unos hombros moviéndose.

—Perdone —dijo Júlia hacia el patio, con la voz que usaba en las reuniones de obra.

La lijadora siguió.

—¡Perdone! —repitió, más alto.

Nada.

Júlia cerró la ventana. Volvió a la cama.

Se tapó la cabeza con la almohada. A las doce y diez la lijadora paró, y Júlia pensó, con un alivio infinito, que se había terminado.

A las doce y doce empezó un martillo. Pequeño, rítmico, insistente.

Tac. Tac. Tac. Con pausas irregulares, imposibles de prever, que eran peores que el ruido mismo, porque cada silencio era una promesa rota.

A las doce y media, Júlia Ferrer, treinta y cinco años, arquitecta, socia de un estudio, mujer racional, educada y con una tolerancia al conflicto vecinal históricamente baja, bajó la escalera en bata y zapatillas.

La puerta del taller tenía un cristal esmerilado con un rótulo escrito a mano, con pintura blanca, en letras que alguien había trazado con pulso de pintor de barcos: Fusteria Roca. Restauració . La luz se filtraba a través del cristal. El martillo seguía. Tac. Tac.

Júlia llamó con los nudillos. El martillo no se detuvo. Llamó otra vez, más fuerte. Tac. Llamó con la palma de la mano abierta, tres veces, como llaman los cobradores en las películas.

El martillo se detuvo.

Pasos. Lentos. Una cerradura. La puerta se abrió.

El hombre que apareció en el umbral tuvo que agacharse un poco para no darse con el marco.

Era alto, efectivamente; doña Encarna no había exagerado.

Tenía el pelo castaño revuelto y cubierto de serrín, como si le hubiera nevado madera, una barba de varios días, unos ojos grises que la miraron sin ninguna prisa y una camiseta que en algún momento de su historia había sido negra y ahora era de un gris polvoriento, con un agujero en el cuello.

En la mano izquierda llevaba un martillo pequeño de cabeza de latón. En la derecha, un formón.

Miró a Júlia de arriba abajo. La bata de rayas. Las zapatillas de felpa con forma de conejo, que eran un regalo de su hermana Neus y que Júlia solo se ponía porque eran comodísimas y porque nadie las veía nunca. Nadie hasta ahora.

—¿Sí? —dijo él.

—Son las doce y media de la noche.

Él pareció considerarlo, como si fuera un dato nuevo y moderadamente interesante.

—Las doce y treinta y tres —precisó, mirando un reloj de pared que Júlia no veía.

—Las doce y treinta y tres. Gracias. —Júlia se cerró la bata—. Vivo en el principal. Justo encima. Tengo el dormitorio sobre el patio de luces. Y llevo una hora escuchando una lijadora y un martillo.

—Ah.

—«Ah».

—Es una cómoda de 1880. —Él señaló hacia atrás con el formón, hacia el interior del taller, donde Júlia distinguió, entre la nube de polvo dorado, un mueble de madera oscura sobre un caballete—.

Caoba. Le han comido las patas la carcoma y un señor de Burjassot que la pintó de verde turquesa en 1970. Estoy quitándole las dos cosas.

—A las doce y media de la noche.

—Trabajo mejor de noche.

—Yo duermo mejor de noche.

Él la miró. Júlia tuvo la impresión desagradable de que estaba conteniendo una sonrisa.

—Es justo —dijo él al fin.

—¿Qué es justo?

—Que usted duerma de noche. Es lo normal. —Hizo una pausa—. Yo no soy muy normal.

—Eso ya lo veo.

—Me lo dicen mucho.

Júlia respiró hondo. Contó hasta tres, como le había enseñado su padre, que había sido notario durante treinta y ocho años y nunca, ni una sola vez, había levantado la voz en un despacho.

—Mire, señor…

—Roca. Dani.

—Señor Roca. Hay una normativa municipal sobre ruidos. A partir de las once de la noche no se pueden superar los treinta decibelios en el interior de una vivienda. Su lijadora está por encima de los ochenta. Lo sé porque tengo una aplicación en el móvil.

—¿Tiene una aplicación para medir los decibelios de sus vecinos?

—Tengo una aplicación para medir los decibelios de las obras. Soy arquitecta.

—Ah —repitió él, como si eso lo explicara todo—. Arquitecta.

Lo dijo de una manera rara. No con desprecio, exactamente, ni con admiración, sino con algo más difícil de definir, como quien reconoce de lejos a alguien con quien estuvo casado. Júlia lo anotó mentalmente sin saber por qué.

—Le pido, por favor, que no use maquinaria después de las diez —dijo—. Las herramientas manuales, si son silenciosas, hasta las once. Y nada de martillo después de las diez.

—Eso es mucho pedir.

—Eso es la ley.

—La ley no sabe lo que es una cómoda de 1880.

—La ley sabe perfectamente lo que es una cómoda. Hay un artículo entero en el Código Civil sobre bienes muebles.

Él la miró un momento más. Luego, despacio, dejó el martillo sobre un banco que había junto a la puerta.

—Esta noche ya no lijo más —dijo—. Se lo prometo.

—Gracias.

—El martillo tampoco.

—Gracias.

—Solo voy a usar el formón. No hace ruido. Bueno, hace un ruido muy pequeño. Como una ardilla.

—Que no haga ruido de ardilla.

—Haré lo que pueda con la ardilla.

Júlia lo miró. Él la miró. Entre los dos, en el aire, flotaba el polvo de madera de una cómoda de 1880, girando despacio bajo la bombilla del taller como una nevada de oro.

—Buenas noches, señor Roca.

—Buenas noches, vecina. —Él hizo una pausa—. Bonitas zapatillas.

Júlia subió la escalera sin contestar, con la cara ardiendo. No oyó la ardilla. Pero tardó hasta las dos en dormirse, pensando en las cosas que debería haberle dicho, en el tono en que debería haberlas dicho y en la manera exasperante en que él había pronunciado la palabra arquitecta .

*  *  *

A las siete de la mañana, mientras el agua de la tetera empezaba a cantar, Júlia escribió las normas.

Las escribió a mano, en un folio de su agenda, con su letra de arquitecta, recta, clara, sin una sola tachadura, porque las tachaduras le parecían un fracaso moral.

Las numeró. Las repasó dos veces. Le quitó un adjetivo a la cuarta, que le pareció demasiado agresivo, y se lo volvió a poner, porque se lo merecía.

NORMAS DE CONVIVENCIA — Edificio calle de Escalante, 41

1. Maquinaria eléctrica (lijadoras, sierras, taladros, etc.): de 9:00 a 20:00, de lunes a viernes. Sábados, de 10:00 a 14:00. Domingos y festivos, nunca.

2. Herramientas manuales de percusión (martillos, mazos, etc.): de 9:00 a 21:00.

3. Herramientas manuales silenciosas (formones, cepillos, lijas a mano): hasta las 23:00.

4. Las ventanas del taller que dan al patio de luces permanecerán cerradas mientras se utilice maquinaria, para evitar el paso del ruido y del insoportable polvo de madera a las viviendas superiores.

5. Los residuos de madera, barnices y disolventes se depositarán en los contenedores correspondientes y no en el portal.

6. Se ruega no fumar en el patio de luces.

7. Cualquier excepción a estas normas se comunicará por escrito con un mínimo de 48 horas de antelación.

Atentamente,

Júlia Ferrer, principal.

La leyó otra vez mientras se tomaba el té.

Era razonable. Era justa. Era, de hecho, más generosa que la ordenanza municipal, que no permitía maquinaria los sábados por la tarde y ella sí, hasta las dos.

Lo único que le chirriaba un poco era lo del tabaco, porque no le constaba que él fumara, pero el patio de luces olía a algo por las noches y prefería prevenir.

Dobló el folio en tres, lo metió en un sobre, escribió en el sobre Sr. Roca — Bajo con la misma letra recta y bajó a dejarlo antes de irse al estudio.

La puerta del taller estaba cerrada. El cristal esmerilado, a oscuras.

Ni rastro de luz, ni de polvo, ni de cómoda.

Júlia deslizó el sobre por debajo de la puerta y se quedó un segundo agachada, con la mano en el suelo, sintiéndose de pronto un poco ridícula.

Luego se levantó, se sacudió la falda y se fue a trabajar.

En la esquina de la calle se cruzó con doña Encarna, que volvía del mercado con un carro lleno de verdura y una expresión de curiosidad depredadora.

—¿Has conocido ya al carpintero? —preguntó doña Encarna, sin saludar.

—Anoche.

—¿Y qué te parece?

Júlia pensó en los ojos grises, en el serrín en el pelo, en la palabra arquitecta dicha de aquella manera.

—Ruidoso —dijo.

—Ya. —Doña Encarna asintió con una gravedad de juez—. Pero tiene buenas manos.

—¿Y usted cómo lo sabe?