Capítulo 38 – Víctima y verdugo 357 #3
Perico lo acompañó unos pasos. El técnico habló en voz baja. Muy baja. Brais escuchó sin cambiar de expresión. Cuando terminó, permaneció callado.
—¿Seguro?
—Dos prendas.
—¿Mismo material?
—A falta de confirmación de laboratorio, sí.
Brais asintió.
—Gracias.
Se volvió hacia Perico.
—Quédate con ella.
—¿Qué han encontrado?
—Después.
- o -
Entró en el ático. Alfonso Rivas estaba sentado en una silla de diseño, con las esposas puestas y la cabeza agachada. Federico permanecía de pie detrás de él.
Cuando vio a Brais, se levantó de golpe. La expresión era de odio puro. Dio un paso. El poeta le puso una mano en el hombro y lo obligó a sentarse de nuevo.
—Quieto parao —le dijo con severidad.
Alfonso Rivas lo miró como si quisiera arrancarle la cabeza.
—Se va a enterar, cabrón —le espetó a Brais sin preámbulos—. Voy a hundirlo. Mis abogados van a conseguir que no vuelva a trabajar en su vida.
Brais se apoyó en el respaldo de un sofá.
—Estoy acostumbrado a esas amenazas —le dijo con tranquilidad absoluta.
—No sabe con quién está hablando.
—Sí lo sé.
—No tiene ni idea.
—Las amenazas que me molestan más son las de dos gorilas feos con porras extensibles —dijo Brais con ironía en su voz.
Rivas dejó de moverse.
—Dos tipos que formalmente trabajan para Félix Róvalo, pero que en realidad trabajan para usted.
Alfonso apretó la boca.
—Esos sí joden más —continuó Brais—. Porque iban a hacer daño.
—Exijo que se vayan de mi casa.
—No te apures. Nos vamos ya, Alfonso. Nos vamos ya —repitió con voz cansina.
Rivas pareció relajarse. Incluso empezó a dibujar una sonrisa.
—Pero tú te vienes con nosotros, coleguita —culminó Brais subiendo el carrillo derecho para formar una sonrisa más falsa que una moneda de tres euros, la cual le dedicó al político en todo su esplendor.
La sonrisa de Alfonso Rivas desapareció. En su lugar emergió un rostro de absoluta incomprensión.
—Ya le dije que está detenido por el homicidio de María Gualpa. ¿Verdad? —Ahora el que sonreía era Brais.
—Pero, pero… No tiene pruebas —acertó a decir Rivas con los ojos tan abiertos que parecían fuera de sus órbitas.
—Se ha encontrado lapislázuli en dos de tus bonitos trajes.
Alfonso parpadeó.
—Eso, eso… Eso no significa nada.
—El mismo material, por cierto, que apareció en la habitación del hotel Astarté, donde mataron a María.
—Yo no estuve allí. No pueden probar que yo…
Brais sonrió.
—Es verdad. De momento no tenemos una cámara que lo sitúe entrando.
Alfonso levantó ligeramente la barbilla.
—Aunque Mauricio Escalona podrá declarar que vio salir un coche grande y negro, con las ventanas de atrás tintadas, igual que su Porsche Cayenne.
El empresario permaneció inmóvil. Se tomó unos segundos para pensar.
—Mucha gente conduce coches así. Grandes y negros.
—Y con huellas muy recientes y coincidentes con las encontradas dentro de su conservera —añadió Brais sin dejar de fijar sus ojos en los del político.
—Soy el dueño. Es normal —se justificó Alfonso.
—No es tan normal meter el coche dentro de una nave, ¿no crees?
—Es mi propiedad.
—En cualquier caso —continuó Brais—, está su salida del hotel a una hora coincidente con la muerte de María Gualpa.
Alfonso sonrió.
—Ese muchacho vería otro coche y en el hotel no hay cámaras.
El silencio fue inmediato. Alfonso Rivas se percató enseguida en cuanto vio a Brais inclinar la cabeza.
—¿Cómo sabes eso, Alfonsito? —preguntó el inspector con sorna. Solo le faltó poner los brazos en jarra.
Alfonso dejó de sonreír. No respondió. Brais se acercó un poco más a él.
—Da igual. No contestes —le encimó—. Lo importante no es solo el lapislázuli.
—Eso ya lo ha dicho —le contestó con la quijada apretada al máximo.
—Pero no te he dicho dónde apareció exactamente.
Alfonso, expectante, lo miró de nuevo.
—El lapislázuli estaba mezclado con fibras del tejido de uno de sus trajes.
El rostro de Rivas perdió color.
—Y ambas cosas aparecieron bajo una uña de María Gualpa.
Alfonso empezó a tartamudear.
—No... no...
—Una de sus uñas en concreto. La que apareció en la habitación 1303 del hotel Astarté. La misma que usted utilizaba para sus encuentros hasta que la cambió.
—Eso no… Eso… Eso es falso. —Alfonso Rivas respiró hondo y continuó con un poco más de aplomo—. No pueden demostrarlo.
—También vamos a revisar su coche anterior, el Porsche Cayenne que ha cambiado recientemente. Por lo que sea…
—No encontrarán nada.
—Aunque lo haya lavado a conciencia, los compañeros de Científica suelen ser muy pesados.
—Parecía que el inspector jefe iba a dejarlo ahí, pero era solo una pequeña pausa.
Una pretendidamente teatral. Un cambio de ritmo de los que tanto le gustaba usar en los interrogatorio —.
Ah, y tenga en cuenta que vamos a revisar todas las cámaras exteriores en los alrededores del hotel.
Alfonso respiraba con dificultad. El inspector jefe se dio cuenta.
—Ya he mandado pedir las correspondientes órdenes al juez, así que en breve estarán —prosiguió Brais levantando la cabeza sin dejar de mirar a Rivas antes de continuar—.
Y, además, vamos a presionar a su amiguito, el dueño del hotel Astarté.
Al principio era renuente, pero ya le hemos notificado que ocultar información en una investigación de homicidio les puede costar más que la reputación.
Alfonso Rivas siguió sin hablar. Estaba atenazado. Con todo, trató de abrir la boca, pero cejó en su empeño. Brais, consciente de que, aunque solo a los puntos de momento, era el vencedor, le señaló la puerta.
—Venga, Poeta. Llévate a esta escoria a comisaría.
Federico agarró a Rivas por el brazo.
—Sí, señor inspector jefe.
Alfonso se resistió.
—¡No me toque! ¡No saben lo que están haciendo! —gritó.
—Eso lo dicen todos —respondió Brais.
Lo sacaron del salón. Cuando desapareció por el pasillo, Perico se acercó a su compañero, superior y, sobre todo, amigo.
—¿Lo tenemos? —preguntó con ansiedad.
Brais miró hacia la puerta.
—Tenemos bastante.
—¿Bastante para encerrarlo?
—Sí —contestó lacónico.
—Pero tiene dinero. Y abogados. Y seguramente contactos políticos importantes.
—Ya —siguió Brais con las monosílabas.
Perico apretó los labios.
—No te agobies, Perico —le dijo muy serio con los ojos fijos en los suyos—. Vanesa ya está revisando todas las salidas del hotel. Comercios, garajes, semáforos, cámaras municipales, bancos. Estoy seguro.
Perico sonrió apenas. No era una sonrisa alegre, pero sí se había apaciguado. Confiaba en Brais. Mucho.
—Ya solo queda el trabajo del juez, del fiscal, de la instrucción. Pero está hecho, Perico. Por lo menos todo lo que nosotros podemos hacer.
—Entonces se acabó —dijo con cierto recelo el subinspector Vélez.
Brais negó.
—No se acaba nunca.
—Sabes a qué me refiero.
—Ya —soltó mirándose los zapatos.
Se levantó con esfuerzo y continuó la frase.
—Pero un tipo como este tendrá una prisión distinta a la de los demás.
—¿Distinta?
—Mejor módulo, mejores abogados, visitas, recursos, privilegios.
—Eso no depende de nosotros —repuso Perico.
—Ya.
Perico miró hacia el pasillo por donde habían sacado a Alfonso.
—Al menos entrará. Y pasará años.
Perico asintió. Brais caminó hacia la puerta.
—Es lo máximo a lo que puede aspirar el pueblo llano cuando un rico y poderoso decide vivir por encima y en contra de la ley —sentenció Perico mirando a su amigo.
Brais se puso la chupa. Volvió a ver al agente de la Científica fumando en el rellano.
Apretó los dientes y echó un último vistazo al ascensor en el que habían metido a Alfonso Rivas para llevárselo a la comisaría de distrito de Nueva Gades.
Lanzó un gruñido ronco que le salió del alma.
El subinspector Pedro Vélez lo miró. Justo cuando Brais pronunció su última frase antes de marcharse por las escaleras.
—Me cago en la puta cama de los que tienen más dinero que moral.