Capítulo 38 – Víctima y verdugo 357 #2
—Sí. Javier Lozano.
—¿A través de la página de citas?
Camila asintió.
—Él se ocupaba de buscar mujeres para la web, sí. Decía que era una página discreta, para hombres con dinero, empresarios, gente importante.
—¿Y usted aceptó?
La pregunta de Brais no llevaba reproche, pero Camila bajó la vista.
—Mi hijo es diabético.
El silencio se hizo más espeso.
—Necesitaba insulina, medicación, revisiones —se quiso justificar sin poder evitar que la vergüenza aflorase en su semblante—. Mis padres también dependían de mí. Yo trabajaba en el crucero, pero el dinero no alcanzaba. Lozano me hizo una propuesta.
—¿Cuál?
—Que podía ganar en una noche lo mismo que en varias semanas.
Perico dejó de apoyarse en la pared. Camila continuó:
—Yo no quería. Me daba asco. Me daba vergüenza. Pero estaba desesperada. Pensé en mi hijo, que se había quedado escuálido por la enfermedad. —Antes de continuar, Camila se pasó una mano por los ojos, desde donde empezaron a brotar algunas lágrimas—. Alfonso me vio y al poco se encaprichó conmigo.
—Comprendo —dijo Perico.
—Me ofreció mucho dinero. Mucho más de lo que pagaban los otros a cambio de…
—¿Exclusividad? —sondeó Brais.
Camila asintió.
—Al principio no. Después sí. Acepté por necesidad.
Su voz se quebró.
—Con todo el dolor y el asco del mundo. Ese hombre parece elegante. Parece educado. Parece que sabe tratar a una mujer. Pero es un monstruo. Detrás de esa labia, de sus palabras bonitas, hay un monstruo egoísta. Un asesino.
Perico bajó la mirada. Brais permaneció inmóvil.
—¿Por qué se siente culpable de la muerte de María?
—Porque yo la mandé allí.
—¿Al hotel? ¿Al hotel Astarté?
—Sí —confirmó Camila.
—¿Para que hablara con Alfonso?
Camila negó rápidamente.
—No, no, no —repuso ella a toda velocidad.
Brais se inclinó hacia delante.
—Entonces explíquelo.
—Primero conocí a un chico. —La el tono de voz de Camila cambió: se había dulcificado.
—Mauricio Escalona —se adelantó Brais.
Camila levantó los ojos. La expresión cambió por completo.
—Mauri.
—¿Se enamoró de él?
—Sí.
La respuesta salió sin vacilar. Fluyó.
—¿Y quiso dejar a Alfonso?
—Sí.
—¿Qué pasó?
Camila tardó en responder.
—Me amenazó.
—¿Con hacerle daño a él? ¿O a usted? —intervino Perico.
—No, no. Él no amenaza como los demás —respondió con amargura—.
Él dice cosas. Como si estuviera hablando de otra persona.
Como si contara una historia. Siempre actúa de esa manera.
—Camila apretó los labios—. Me dijo que Cádiz podía ser una ciudad muy peligrosa para un chico joven.
Que a veces la gente tenía accidentes. Que una moto podía resbalar en una curva o que alguien podía caer al agua.
Me asusté mucho, porque… —Hizo una pausa obligada por el nudo que se le formó en la garganta—.
Porque Mauri siempre iba en moto a recogerme al muelle. Y Alfonso, de alguna manera, lo sabía.
Perico cerró los ojos un instante.
—Hijo de puta.
—Si no lo dejaba, le pasaría algo muy malo —continuó la chica—. Lo había visto hacerlo con sus súbditos.
—¿Sus qué? —preguntó Brais con el ceño fruncido para confirmar la palabra que creía haber escuchado.
—Así los llamaba. Sus súbditos —confirmó ella—. Los que trabajaban para él. Si alguien no hacía lo que quería, lo castigaba. Les quitaba trabajo. Los dejaba sin contratos. Mandaba a otros a asustarlos.
—Los dos gorilas que fueron a buscarla al crucero —concluyó Brais.
Camila se limitó a pestañear.
—¿Y Lozano, el estibador, también le tenía miedo? —preguntó ahora Perico.
—Mucho.
—Pero se aprovechaba de usted.
Camila hizo una mueca de repugnancia.
—Le gustaba. Quería aprovecharse —contestó con una mueca de asco que le salió sin pensar.
Perico negó con la cabeza.
—Qué tío más mierda.
—Después de que Alfonso me quisiera solo para él, Lozano dejó de intentarlo.
Brais apretó la mandíbula.
—¿Mauri sabía algo?
—No.
—¿Le contó lo de Alfonso?
—No quería que le pasara nada por mi culpa. Le hubiera puesto en peligro —explicó Camila.
—Entonces lo dejó, pero no de verdad, porque siguieron viéndose.
—No, no. Lo dejé de verdad —respondió ella con una indignación de su lenguaje corporal.
La voz de Camila se convirtió en un susurro de repente. Para Brais había algo que no coincidía y que estaba a punto de comprender.
—Pero hace unos meses le inventé una excusa. Le dije que no sentía lo mismo. Que me había cansado. Que quería volver a mi país para no regresar más acá.
—Aunque no era verdad —señaló Brais.
—No.
—Pero después volvió con Mauricio, ¿verdad? —insistió Brais, que ya había atado cabos—. Porque él, según me contó un amigo suyo, volvió a recuperar una alegría que había perdido durante un tiempo.
Camila miró sus propias manos.
—No debí hacerlo. Casi muere y… María —terminó por decir tapándose la cara con las manos.
Durante unos segundos nadie habló.
—Pasaron unos meses —continuó ella con voz temblorosa—. Volví a ver a Mauri. Fue por casualidad. Casi nos chocamos por la calle. No pude evitarlo… Estaba… —dijo mirando al suelo— Estoy enamorada. Me dí cuenta en ese momento. Él también se dio cuenta…
—¿Y entonces?
—Tomé una decisión. Convencerlo para escaparnos. Irme con él. Fuera de Cádiz. Fuera de España si era necesario. Pero antes de decirle nada, cometí el error de intentar arreglarlo con Alfonso. Por si pudiese conseguir cerrarlo con él sin consecuencias. Me equivoqué —dijo con amargura Camila.
Brais se quedó pensativo.
—Entonces mandó a María al hotel Astarté para que se lo dijera a Alfonso.
Camila negó.
—No.
—¿No qué?
—Yo no le dije a María que se encontrara con Alfonso.
Brais frunció el ceño.
—Explíquese.
—En el Hotel Astarté era donde quedaba al principio, cuando empecé a verme con Alfonso y antes con otros clientes. Usaban habitaciones que tenían entrada y salida propia, sin pasar por recepción.
Perico asintió.
—Las hemos visto. Son muy discretas. Demasiado diría yo —dijo en un tono agrio.
—Sí, pero al tiempo Alfonso empezó a llevarme a un piso.
—Un picadero de toda la vida —dijo Perico.
Camila no entendió la palabra, pero asintió igualmente.
—Un apartamento pequeño. Nadie sabía que era suyo —explicó la chica—. Lo tenía a nombre de alguna sociedad o empresa u otra persona. Como hacía con todo.
—¿Y por qué volvieron a citarse en el hotel? —preguntó Brais ante la mirada absorta de Perico.
—No lo sé.
Brais entrecerró los ojos.
—Supongo que Rivas volvió a enterarse de que se seguía viendo con Mauri —aseveró y Camila empezó a respirar con más rapidez—. ¿Pero qué le encargó exactamente a María? —insistió Brais, que se percató rápido de la ansiedad que acosaba a la mujer.
Camila respiró hondo. Lo hizo varias veces, aunque no funcionó bien del todo. Camila se secó las lágrimas que volvían a brotar.
—Le escribí una nota. Se la di a María. Le dije que fuera al Hotel Astarté y la dejara por debajo de la puerta de la habitación 1303.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿María sabía quién estaba dentro?
—Sabía que era para Alfonso. Una vez me obligó a pedirle a una amiga del barco que fuera conmigo. Él se puso una máscara, aunque en algún momento se la quitó porque se agobió —Una leve sonrisa desdibujó su semblante, aunque pronto regresó al miedo y a la ansiedad—. Él… no pudo y se irritó.
—Entiendo —dijo Brais— ¿Y la nota decía que lo dejaba?
Camila asintió lentamente. Brais se recostó en la silla.
—Entiendo —volvió a decir el inspector jefe.
Perico lo miró.
—¿Qué entiendes, picha?
Brais no le hizo caso.
—Hasta entonces, en los últimos meses, había quedado siempre con Alfonso en el piso.
—Sí.
—¿Y llevaba un tiempo dándole largas?
Camila levantó la mirada, sorprendida.
—Sí.
—¿Le decía que no podía verlo?
—Que tenía turnos, que estaba enferma, que el barco salía.
Brais miró a Perico.
—Rivas se enteró de lo de Mauricio.
—¿Cómo?
—No lo sé todavía —aseveró Brais—, pero me apuesto lo que sea a que fue así.
Volvió a mirar a Camila.
—La citó en una habitación que ya había utilizado con usted tiempo atrás. Sin recepción, sin testigos, con salida independiente. Un sitio que fuera menos revelador que un pisito que, pese a todo, pudieran relacionarlo con él.
Camila empezó a negar con la cabeza. Ya no era miedo ni ansiedad. Era rabia. Ira.
—La esperaba a usted —remató Brais—. Y no la esperaba para hablar.
Los ojos de Camila se abrieron. Perico también comprendió. Brais continuó:
—Pero quien llegó fue María. Probablemente él apenas la vio. Quizá de espaldas, quizá con poca luz. Las confundió.
Camila se llevó las manos a la boca.
—Dios mío.
—Es una teoría —añadió Brais—. Pero no creo que me equivoque.
Camila comenzó a llorar. No de forma contenida. Se dobló sobre sí misma, con un llanto profundo que le sacudía los hombros.
—Fue por mi culpa.
Brais se levantó torpemente.
—No, no, no… —negó sin saber qué más hacer—. No-no se preocupe.
Perico lo miró como si quisiera decirle que aquello era la peor frase posible. Brais levantó las manos.
—Quiero decir... no fue culpa suya.
Camila levantó la cara y, a duras penas, habló:
—El vestido que llevaba María el día que murió se lo presté yo. Era mío.
Las palabras calaron rápido y un silencio pesado se apoderó de la escena. Pasaron unos largos segundos hasta que Camila, tras suspirar fuerte, volvió a intervenir.
—¿Y Mauri?
La pregunta salió con una fragilidad casi infantil. Perico se agachó frente a ella.
—Está vivo.
Camila dejó de respirar.
—¿Vivo?
—Sí. Se está recuperando.
—¿Está bien?
—Estuvo a punto de no contarlo, pero está mejor.
A Perico se le humedecieron los ojos. Se aclaró la garganta.
—Es duro el muchacho.
Camila cerró los ojos y apretó las manos contra el pecho.
—Gracias a Dios.
Perico miró a Brais.
—¿Tú crees que Rivas también fue quien golpeó al chico?
Brais volvió la cabeza hacia la puerta.
—Primero vamos a hablar con Don Alfonso. A ver qué se cuenta ese desgraciado.
—Lo hemos dejado a cargo del poeta —indicó Perico.
—Eso no me tranquiliza.
La puerta del ático se abrió. El jefe del equipo científico salió con los guantes puestos y llamó a Brais con un gesto.
—Inspector jefe.
Brais se acercó.
—Camila, espere aquí.