Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 38 – Víctima y verdugo 357
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Capítulo 38 – Víctima y verdugo 357

Brais estaba apoyado contra la pared del rellano, con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás.

Cuando abrió los ojos, se los restregó con brusquedad.

Estaban rojos como tomates maduros. Perico, entretanto, bostezaba a su lado sin pudor, con la boca tan abierta que parecía dispuesto a tragarse la lámpara del techo.

Por el pasillo, casi en penumbra, iban y venían agentes de la Policía Científica cargados con maletines, cámaras, bolsas, guantes y todo tipo de instrumentos que, a ojos de Brais, siempre parecían diseñados para torturar a alguien o para arreglar una lavadora antigua.

Uno de los agentes, un tipo nuevo y escueto, lo mínimo que se despacha en policía, salió al rellano y se encendió un cigarrillo cerca de la ventana abierta de la escalera.

Brais lo miró. El agente, ajeno a todo, dio una calada larga y después expulsó el humo lentamente, deleitándose. Brais apretó los dientes.

—Qué hijo de puta.

Perico volvió la cabeza.

—¿Quién? ¿El de Científica?

—Sí —aseveró con rotundidad Brais.

—¿Qué te ha hecho?

—Fumar. Respirar. Vivir.

Perico sonrió.

—Vas bien, pichita mía —le dijo con un tono fraternal—. Sigue así, que tú puedes.

—Vete al carajo —respondió Brais mientras su mano derecha, como si se tratase de un ser aparte, revolvía el bolsillo de la chupa casi sin darse cuenta.

Perico observó el gesto.

—Te dije alguna vez que tenías que ponerte a meditar por las mañanas. A mí me funciona —le aconsejó con más benevolencia que severidad—. Porque está claro que estás a un disgusto de volver al tabaco.

—Estoy a una hostia de mandarte por las escaleras.

—Doce pisos. Piénsatelo bien. Homicidio en primer grado.

Brais lo miró de mala manera. Perico volvió a bostezar.

Camila esperaba unos metros más allá, sentada en una silla que alguno de los agentes había sacado del salón.

Tenía una manta fina sobre los hombros. Vestía una camiseta gris algo desgastada, unos pantalones vaqueros cortos y unas zapatillas con manchas de polvo.

Parecía llevar varios días sin cambiarse de ropa.

Los ojos estaban vidriosos y cansados. El cabello caía en mechones enmarañados alrededor del rostro.

Una imagen muy diferente a la que se publicó de ella en la fotografía de La Gaceta de Gades.

A pesar de todo, seguía siendo una mujer muy hermosa.

No una belleza de anuncio ni de fotografía retocada, sino una de esas bellezas reconocible incluso bajo el miedo, el cansancio y el hambre.

Brais dejó de mirar al agente que fumaba y se acercó a ella con Perico siguiéndolo. El médico que la atendía se acababa de marchar.

—¿Está bien? —preguntó desde las alturas el inspector jefe. Su cara y su voz eran serias, pero transmitían amabilidad.

Camila alzó la cara y miró a Brais con dureza. No era una persona débil.

—No —contestó con un acento que se hacía más evidente cuando hablaba despacio—. No estoy bien.

Brais se puso en cuclillas y se colocó frente a ella. Perico se quedó de pie.

—¿Quiere agua? —ofreció el subinspector Vélez.

—Ya me dieron. Gracias.

—¿Ha comido algo?

Camila negó con la cabeza.

—No tengo hambre, ya se lo dije a la señorita enfermera que me atendió. Lo que necesito —empezó a decir con dureza de nuevo— es saber qué va a pasar.

Brais miró hacia la puerta del ático.

—Ahora mismo están registrando la vivienda.

—¿Y él?

—Detenido.

Camila cerró los ojos. Durante unos segundos pareció contener algo dentro. Cuando volvió a abrirlos, respiró hondo.

—Ese hombre mató a María.

No era una pregunta.

—Eso lo decidirá un juez —respondió Brais—. Pero también nosotros lo creemos así.

—Yo no lo creo. Lo sé.

—¿Lo vio? —preguntó el inspector sin apartar ni un segundo los ojos del rostro de la mujer.

Camila negó con la cabeza.

—No. Pero lo sé.

Perico se apoyó contra la pared.

—Cuéntanos todo desde el principio, por favor.

Camila se abrazó con más fuerza a la manta.

—Primero quiero saber cómo me encontraron.

Brais bajó la mirada un instante.

—No la encontramos exactamente.

—¿Entonces? —preguntó ella con un interrogante que iluminó sus ojos.

—Supuse dónde podía estar —contestó Brais a la par que elevaba los hombros.

Perico dio un paso hacia donde estaban su compañero y la chica, ladeó la cabeza e intervino.

—Eso también me interesa a mí.

Brais le lanzó una mirada.

—¿Qué pasa, macho? —le espetó Perico—. Llevo toda la noche sin entender ni mijita y tú no sueltas prenda, pichita.

Camila miró a uno y a otro. Hablaban el mismo idioma, pero no terminó de entender. Brais se pasó una mano por la cara.

—Tengo un amigo periodista.

—Luis —dijo Perico.

—Sí. Luis Aguirre. Trabaja en un periódico gratuito. La Gaceta de Gades.

Camila asintió muy ligeramente. Brais reparó en el gesto.

—Por lo que supuse, usted lo ha leído últimamente.

Ella dudó si responder, aunque al final lo hizo.

—A veces. —Camila esbozó una leve sonrisa. La primera en mucho tiempo.

—Al menos en los últimos días —remató Brais.

Ella no respondió, pero lo dijo todo con su mirada. Perico se enfocó en Brais.

—Sigue, anda.

—Le pedí a Luis que utilizara a un repartidor de su máxima confianza. Alguien que pudiera dejar periódicos a una hora inusual, por la tarde, en varios puntos del muelle y de los alrededores.

Camila lo escuchaba sin apartar la vista.

—Dentro de cada ejemplar había un folio fotocopiado —continuó Brais—. Una nota dirigida a Mila. Es decir, a Camila.

Ella se estremeció al escuchar el diminutivo y Brais se percató.

—Decía que la Policía suponía que estaba escondida por la zona. Que personas enviadas por el asesino de María Gualpa la estaban buscando y que debía dirigirse a una garita concreta del puerto. La del policía portuario con el que habíamos hablado días atrás.

Perico levantó las cejas.

—¿En todos los periódicos?

—En todos los puntos que ella podía utilizar, que eran realmente solo tres —explicó Brais—. Solo tres periódicos, por tanto. No era mucho trabajo.

—¿Y cómo sabías que iba a coger uno? —insistió Perico, concentrado en la respuesta de su compañero.

—No lo sabía. Pero funcionó.

—Pedazo de plan, picha. Aunque podías haberme comentado algo para no parecer gilipollas.

Brais siguió hablando sin hacerle caso.

—Cuando entré en el muelle, el policía portuario me hizo una señal. Camila ya estaba dentro de la garita.

Ella bajó la mirada.

—Llegué poco antes —confesó Camila—. Estaba muy asustada. De hecho, aún pensaba que me había metido yo sola en la boca del lobo cuando escuché al agente hablar con un hombre que vestía pantalones negros pitillo —dijo sonriendo de nuevo.

—A partir de ahí —continuó Brais, después de devolverle la sonrisa—, ya sabía que no corría peligro inmediato. Podía moverme sin miedo a que los dos tipos la encontraran antes que yo.

Perico frunció el ceño.

—Los guardaespaldas que tenían contrato con Félix Róvalo, el consignatario.

—Sí, pero solo sobre el papel por lo que sospecho.

—Claro, porque trabajaban para Rivas.

—Eso vi en el mitin. Y después, a la vista de todo, en el crucero cuando fueron buscándola a usted —dijo Brais dirigiéndose a la mujer.

Perico soltó el aire.

—Vale, vale. Todo muy bonito, pero… —hizo una pausa melodramática antes de proseguir—. ¿Cómo llegaste a pensar que estaba escondida en el muelle?

Brais miró a Camila, que también estaba muy pendiente y atenta a la historia.

—Por varias cosas.

Brais también se tomó unos segundos antes de continuar.

—Una de las llamadas a su madre se hizo desde una cabina dentro del recinto portuario.

Lejos de la zona del crucero, pero dentro.

También estaba la llamada a comisaría desde el teléfono de un trabajador de la sala de máquinas del Sovereign Coasts.

Que no era —aclaró— el hombre con el que hablamos de la voz aguda.

Camila bajó la cabeza.

—Y había algo más —añadió Brais—. Parecía estar informada de cosas que solo habían aparecido en el periódico de Luis. Detalles que no se habían hecho públicos por otros medios.

Perico sonrió con cansancio.

—O sea, que leía el periódico. Y por eso llenaste medio muelle de mensajes dirigidos a Mila.

Brais se limitó a asentir.

—Ya te lo dije. Solo eran dos o tres ubicaciones.

—Podían haberlo leído los asesinos —repuso Perico, haciendo de abogado del diablo.

—Poco probable, pero posible —admitió con los labios muy juntos—. En cualquier caso, tenía la ayuda del policía del puerto.

—Estás mal de la cabeza —le dijo Perico—, pero ha salido de puta madre. Eres un cabrón, pedazo de hijo de puta astuto.

Camila observaba a Brais con una expresión extraña a toda esa sarta de insultos gratuitos.

—Yo pensé que podía ser una trampa —dijo tras unos segundos.

—Y lo era, pero no para usted, sino para ellos. Y picaron.

Brais miró hacia la puerta del ático.

—Yo había dicho delante de Lozano que sabía dónde estaba usted y que iba a buscarla.

Quería que la información corriera. Suponía que si estaban más tiempo al acecho, terminarían por encontrarla.

Pero también sabía que si alguien estaba desesperado por encontrarla, se movería.

Solo hacía falta un cebo más o menos creíble.

—Y se movió —dijo Perico.

Camila apretó la manta entre los dedos.

—Entonces esos hombres...

—Fueron al muelle detrás de mí.

—¿Para matarlo?

Brais se encogió de hombros.

—Quizá tan solo querían darme una paliza —respondió quitándole importancia.

Perico soltó una risa breve.

—Con dos porras extensibles.

—La gente se pone muy exagerada a ciertas horas —bromeó el inspector jefe, que echó una mirada hacia la puerta del piso de Alfonso Rivas cuando escuchó un ruido procedente del interior.

Camila no sonrió. Brais abandonó el tono irónico.

—Ahora quiero hablar de usted.

—Ya le dije que sé que Alfonso mató a María.

—Quiero saber por qué —pidió Brais muy serio.

Los ojos de Camila volvieron a llenarse de lágrimas.

—Porque fue por mi culpa.

—Pero Camila… —quiso refutar Perico.

—Agentes, yo… —prosiguió ella.

—Cuéntenos lo que pasó. Después decidiremos de quién fue la culpa.

Camila respiró hondo.

—Conocí a Alfonso por un estibador.

Perico intervino:

—El Gordo Lozano.

Ella lo miró.