Capítulo 37 – El dedo acusador 345 #2
Iba vestido con traje y chaqueta pese a la hora, aunque sin corbata. El cuello de la camisa estaba abierto y tenía el cabello algo menos perfecto que de costumbre. Aun así, daba la impresión de haberse preparado para recibir a alguien importante, no de haberse levantado de la cama.
—¿Qué coño está pasando aquí? —dijo indignado.
Brais sonrió.
—Hombre, Alfonso.
Rivas frunció el ceño.
—¿Qué hacen ustedes aquí?
—Nada grave. Queremos hacerle unas preguntas de trámite a tu amigo.
La alternancia entre el tú y el usted no pasó desapercibida. Alfonso miró a Róvalo con el ceño fruncido y una interrogación en su cara.
—Félix tiene un avión —dijo remiso y aún con expresión adusta.
—Lo sabemos, Alfonso.
—Entonces déjenlo marcharse.
—Eso acabo de hacer.
Rivas quedó descolocado.
—¿Entonces?
Brais miró alrededor del rellano.
—¿Podríamos entrar? Aquí fuera, hablando de asesinatos, prostitución, trata de blancas y esas cosas, cualquier vecino puede escuchar.
—No son horas. ¿No le parece? —preguntó Rivas con los labios dibujando una letra u invertida.
Brais señaló su ropa.
—Ya. Aunque el pijama no se lo ha puesto todavía.
Alfonso apretó la mandíbula.
—Mi mujer está durmiendo.
—¿Está en casa?
Un silencio.
—No —terminó por contestar Rivas con la boca pequeña.
—Acaba de decir que duerme. —Brais apretó la nariz y elevó una ceja.
—He dicho… —Rivas se detuvo, consciente de que se había equivocado—. Está en casa de su madre.
—¿Cuidándola?
—Sí.
La respuesta fue seca. Brais esbozó una leve sonrisa.
—Entonces no molestaremos a nadie.
Alfonso dudó. Después abrió la puerta del todo y se echó a un lado.
—Pasen —dijo cuando ya todos estaban en el interior de su domicilio.
El salón seguía igual que en la visita anterior. Decoración moderna y escueta, muebles de líneas rectas, cuadros grandes y abstractos, mármol, cristal y una iluminación estudiada para que todo pareciera más caro de lo que seguramente ya era.
Esta vez no salieron a la terraza. Brais y Perico se sentaron en los sofás del salón.
Róvalo no se sentó, sino que dejó la maleta junto a la puerta, preparado para marcharse en cuanto pudiera. Alfonso, por su parte, también se mantuvo de pie.
—Bueno. ¿Qué quieren preguntarle a Félix?
Brais sacó el móvil y miró la pantalla.
—Perdón, Alfonso. Un momento —se disculpó con los ojos en el teléfono.
Alfonso interpretó el gesto como una falta de respeto.
—Le estoy hablando —le espetó al inspector con rudeza.
—Ya, ya —respondió Brais mientras guardaba su teléfono en el bolsillo. A continuación, lo miró sonriente y asintiendo.
—¿Qué ocurre?
—Nada, hombre, nada. Estoy esperando una cosa.
—¿Qué cosa?
Brais le restó importancia.
—No se preocupe. Por cierto, es una pena que Lina no esté.
Alfonso lo miró perplejo.
—¿Quién?
—Su mujer.
—Se refiere a Adelina —corrigió Alfonso.
—La llamó usted Lina el día que nos pasamos por aquí. —Brais asintió con exageración—. Le gusta acortar nombres de mujer.
Perico, que hasta entonces estaba centrado en diseccionar los gestos del empresario y político, giró la cabeza hacia Brais. Róvalo hizo lo mismo. Alfonso Rivas, por su parte, se quedó completamente inmóvil.
—No sé a qué viene eso.
—A nada. Era una observación.
—¿Qué quería confirmar con mi esposa?
—Su coartada.
—Ya la confirmó. Y no sé a que viene todo…
—La confirmó usted —interrumpió Brais antes de que terminara.
—Y ella.
—Sí. Aunque ahora está en casa de su madre.
—¿Qué insinúa?
Brais volvió a mirar el móvil.
—Nada hombre. Que somos policías y tenemos que atar todos los cabos —añadió con despreocupación, algo que molestaba en extremo a Alfonso Rivas a la vista de su gesto.
En ese momento, Brais fue el que se giró bruscamente. Esta vez hacia Róvalo, el consignatario.
—Don Félix, ¿dónde compra usted sus trajes?
Al consignatario le pilló por sorpresa la pregunta. Abrió la boca, aunque tardó en reaccionar.
—¿Perdone? —dijo, y se quedó con la boca abierta.
—Los trajes. ¿Dónde los compra?
De nuevo, Félix Róvalo, sin dejar de tocar su enorme maleta, se quedó un momento en silencio.
—¿A qué viene eso? —terminó por pronunciar.
—A que le he hecho una pregunta.
—Me parece una falta de respeto. Si quieren detenerme, háganlo, pero no pienso perder el avión por semejantes memeces.
Perico intervino:
—El inspector jefe le ha preguntado dónde compra los trajes. Puede responder aquí o podemos llevarlo a comisaría y seguir hablando tranquilamente.
Róvalo miró el reloj.
—En El Corte Inglés.
—¿Siempre los compra allí? —incidió Perico.
—Sí. Me pilla cerca y tengo un amigo allí.
Brais sonrió.
—¿Ve qué fácil?
Róvalo y Alfonso lo miraron con el mismo desconcierto. Brais se volvió hacia Rivas.
—¿Y tú, Alfonso?
La paciencia del empresario empezó a resquebrajarse.
—No son horas para esto —se quejó elevando el brazo y mostrando la dirección a la puerta de salida—. Si quieren algo, llamen mañana a mi secretaria.
—O a su abogado.
—A quien quiera.
Brais se levantó de repente.
—¡Que respo-ponda, co-coño!
El grito, imprevisible, retumbó en las lámparas e hizo que todos se quedaran paralizados. Incluso Perico, con experiencia en las reacciones abruptas de su compañero, se sobresaltó casi tanto que como el consignatario y el político.
Alfonso tardó en recomponerse. Tragó saliva y, pese a que le atenazaba la ira, se decidió a contestar y contener las emociones que le abrumaban.
—Me los compran —acertó a decir confuso.
—¿Quién?
—Mi personal.
—¿Su mujer?
La pregunta llevaba veneno.
—No. Mi secretario.
Brais volvió a sentarse como si nada hubiera ocurrido.
—Don Félix, puede marcharse.
Róvalo lo miró casi tan incrédulo como Alfonso Rivas.
—¿En serio? —acertó a decir.
—Sí. Pero mantenga el teléfono encendido. Tendremos que preguntarle algunas cuestiones relacionadas con proxenetismo, empresas, pagos y, quizá, encubrimiento.
El consignatario, con los ojos a punto de salir de sus órbitas, agarró la maleta e inició una escapada a todo gas hacia la puerta de salida. No obstante, en la espantada aún tuvo tiempo de exponer su derecho al pataleo.
—Mi abogado se pondrá en contacto con ustedes.
—Dele recuerdos —contestó Brais a la vez que asentía.
Róvalo salió sin hablar más. Cuando la puerta se cerró, Brais volvió a sacar el móvil. Lo miró un momento y de nuevo lo guardó justo antes de levantar la cabeza y dirigirse a Alfonso.
—¿Me enseña su vestidor, señor Rivas?
El empresario y aspirante a alcalde lo miró fijamente.
—¿Qué?
—El sitio donde guarda los trajes. Sobre todo los azules.
Perico abrió ligeramente la boca. Ahora sí entendía. Todo. El lapislázuli. El traje azul. Mauricio. La habitación. Brais no sospechaba del consignatario. Sospechaba de Alfonso.
—Esto es un despropósito —respondió Rivas.
—No se preocupe. Pediremos una orden.
—No va a entrar ahora en mi vestidor. No me da la gana.
—El lapislázuli deja muchos rastros, no se preocupe —señaló Brais con total tranquilidad y parsimonia.
Alfonso se quedó blanco. Solo un segundo. Pero Brais lo vio. Perico también.
—Haga lo que considere —dijo en tono chulesco. Aunque su mano temblaba—. Voy a llamar a mi abogado.
—Por cierto —añadió Brais entornando los ojos tanto que parecía haberse transformado en asiático—, me llama la atención que no me pregunte por qué razón he hablado de lapislázuli.
No es algo que salga en las conversaciones todos los días.
Aunque da igual —retomó—, mientras que no la líe mucho mientras queda detenido.
—¿Detenido? —dijo con sorpresa.
Brais se inclinó hacia delante.
—¿Cuánto tiempo mantuvo relaciones con Camila?
Alfonso perdió durante un instante la capacidad de responder.
—Yo no...
—Sí.
—Yo no conozco a esa...
—¿A esa Mila? ¿Es lo que iba a decir?
El nombre cayó como una piedra. Alfonso Rivas estaba aturdido.
—Porque Mila solo la llamaban las personas con confianza —prosiguió Brais—. Mauricio. Su familia. Y usted. Usted la llamó así cuando hablamos hace unos días. He estado varios días con eso en el subconsciente sin saber qué era.
Alfonso recuperó parte del aplomo.
—Eso lo dice usted.
—Claro.
—Yo no conozco a esa mujer —dijo mientras agarraba su móvil.
Brais miró otra vez su propio teléfono antes de guardarlo de nuevo.
—Y luego está el Porsche Cayenne —dijo sin mirar a Alfonso Rivas.
—¿Qué pasa con él?
—¿Dónde está?
—Ya no lo tengo. Era de renting. Ahora conduzco un Maserati.
—Comprendo.
—Y, por si se refiere a las huellas de la conservera, sería perfectamente normal. La factoría es mía. Debería saberlo.
—Hasta que la venda.
—Si la vendo es asunto mío —le espetó Alfonso, que se sentó en una silla transparente de diseño. De pronto, se levantó como empujado por un resorte—. Está acusándome con indicios absurdos.
Brais no levantó la vista del móvil.
—Una cosa más. ¿Su mujer va a mantener que pasó usted aquí la noche en que murió María Gualpa?
—¡Ya basta!
—¿O estaba ella en casa de su madre porque se había cansado de sus devaneos con mujeres jóvenes y sudamericanas?
—¡Váyase de mi casa ahora mismo!
El timbre de la puerta, con un sonido agudo hizo enmudecer a Alfonso Rivas, que se quedó inmóvil.
Brais, que acababa de guardar el móvil, sonreía.
—¿No vas a abrir, Alfonso? —preguntó. Pero no obtuvo respuesta—. Seguramente sea un agente al que mandé a una misión. Perico lo miró.
—¿El poeta?
Brais asintió.
—Ve a abrir, por favor, subinspector Vélez.
Perico se dirigió hacia el vestíbulo. Brais se volvió hacia Alfonso.
—Señor Alfonso Rivas.
El empresario seguía de pie, pálido, con los puños cerrados.
—Queda usted detenido por el homicidio de María Gualpa y por el intento de asesinato de Camila Guirola.
—¿Qué?
Alfonso se volvió hacia la entrada. Perico regresaba. Detrás de él caminaba una chica pálida y ojerosa, aunque de tez morena, con el cabello recogido, ropa que parecía prestada y una mezcla de miedo y rabia en el rostro.
Cuando la joven vio a Alfonso se detuvo. Durante un segundo pareció que iba a retroceder. Después apretó los puños. Lo miró directamente a los ojos…
—¡Asesino! —gritó Camila.