Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 37 – El dedo acusador 345
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Capítulo 37 – El dedo acusador 345

La plaza de las Tortugas estaba casi desierta.

A aquellas horas, los alrededores del frontal del antiguo muelle pesquero de Cádiz, junto a la plaza de Canalejas, parecían otro lugar.

Sin cruceristas pululando bajo un sol justiciero como hormigas en busca de un trozo de Cádiz, sin parejas haciéndose fotografías con la bahía de fondo, sin grupos que se detenían en mitad de la acera como si el resto de la humanidad no existiera.

Solo quedaba un hombre durmiendo junto a sus escuetos enseres en uno de los bancos techados, un taxi vacío en la parada y la luz de las farolas.

Desde allí se veía el edificio en el que vivía Alfonso Rivas y que tanto Brais como Perico ya conocían.

Doce plantas, fachada recientemente rehabilitada, balcones amplios y un ático cuya terraza dominaba las vistas del puerto y de buena parte del centro de Cádiz.

Ambos policías recordaban perfectamente aquel bloque, a su portero y a Alfonso Rivas.

Perico estaba dentro de su coche, hundido en el asiento y con el móvil apoyado sobre el volante. Brais se acercó por el lado del conductor y golpeó el cristal con los nudillos. Perico dio un respingo tan violento que el teléfono salió despedido y terminó entre sus piernas.

—¡Me cago en tus muertos!

Brais abrió la puerta, descojonado.

—Buenas noches, agente del orden —bromeó Brais.

—¡No hagas eso, pedazo de cabrón!

—Un policía atento me habría visto llegar.

—Un policía atento espera que su compañero llame por teléfono antes de aparecer como un asesino en serie pegando golpes en la ventanilla.

Perico recuperó el móvil y salió del coche con el gesto torcido. Llevaba la camisa arrugada, la cara de sueño y una mancha de café en el pantalón.

—¿Cuánto llevas aquí?

—Demasiado, picha. Estoy hecho polvo. Como para que venga un compañero cabrón a joderte la existencia con un susto de muerte.

—¿Ha salido alguien? —preguntó Brais obviando la queja de su amigo.

—No. Nadie.

—¿Seguro?

—Sí —contestó Perico con cara de pocos amigos.

—¿Ni Róvalo?

—¡Que no, macho!

—¿Y algún coche?

Perico señaló hacia la esquina del edificio.

—La salida del garaje está allí, por esa calle. Tengo visión directa desde el retrovisor y por la ventanilla. No ha salido nadie. Qué pesado estás —volvió a quejarse.

—Vale. Pero… ¿seguro? —insistió Brais.

—Deja de tocar los cojones —masculló entre dientes Perico para evitar gritar.

Mientras andaban a la par, Brais miró hacia el edificio al que se dirigían.

En el ático parecía haber luz. No mucha.

Una línea amarilla escapaba por una de las ventanas y se reflejaba contra el cristal de la terraza.

Podría ser una de esas iluminaciones solares que tan de moda estaban, pero a ambos les llamó la atención.

—¿Y la maleta? —preguntó Brais.

—Entró con ella. Grande. De viaje de varios días.

Brais asintió, mientras Perico descruzaba los brazos y se plantaba frente al inspector jefe.

—Ahora cuéntame lo de los dos tipos esos —le espetó Perico.

—Después, Pedro —dijo Brais, que no dejaba de inspeccionar la zona con la mano en la barbilla—. Ahora vamos a lo que vamos.

—Me has dicho que querían darte una paliza.

—En el mejor de los casos —respondió sin dar importancia y apartando a Perico para empezar a andar.

Perico lo miró de arriba abajo.

—¿Estás bien?

—Que sí, joder. Perfectamente.

—¿No te han dado?

—No —sonrió Brais, que se frenó y miró a su compañero con suficiencia.

—¿Cómo los has reducido?

Brais comenzó, ya sí, a caminar hacia el edificio.

—Soy un hombre con recursos —dijo a la remanguillé girando un poco el cuello para mirar de lado a Perico.

—Eso significa que has hecho alguna ilegalidad.

—No.

—¿Alguna irregularidad?

—Naaa.

—¿Alguna cosa que no quieras que figure en el atestado?

Brais no contestó. Perico se echó a reír.

—Ya me parecía a mí.

—Hay prisa, Pedro.

—Eso siempre lo dices antes de liarla.

Cruzaron la carretera adoquinada y llegaron a la gran puerta principal.

Estaba cerrada. Tras los cristales se distinguía el hall de mármol que ya conocían y, al fondo, el mostrador donde se distinguía la silueta del conserje nocturno, que parecía mirar un vídeo en el móvil con los auriculares puestos.

Brais golpeó el cristal una vez. Sin éxito.

Repitió el proceso aún con más fuerza y el hombre levantó la cabeza con expresión molesta y se giró.

Brais pegó la placa contra el cristal. El portero se puso en pie y quedó confundido.

Tardó unos segundos en reconocerlos, pero cuando lo hizo, su cara cambió.

Pulsó el mecanismo de apertura y se quedó quieto y en pie detrás del mostrador mientras ellos entraban.

—Ustedes —dijo como si hubiera visto a un fantasma.

—Nosotros —respondió Brais.

—Los inspectores...

El portero entrecerró los ojos. Se había puesto colorado, pero no por vergüenza. Una ira contenida encendió su rostro.

—¿Le damos nuestros nombres o con las placas es suficiente?

Perico se mordió el labio para no reírse. Brais, por contra, adoptó su expresión más profesional.

—Se rieron de mí. El otro día.

—Con usted. No de usted. Una broma sin importancia. Además —añadió Brais—, el señor Rivas se divirtió mucho también.

El conserje no se atrevió a contestar de primeras, pero apretó la mandíbula con tanta fuerza que el color de su rostro se difuminó.

—Me dieron nombres falsos.

—No queríamos preocuparlo.

El portero los miró de hito en hito antes de continuar hablando a desgana.

—Voy a avisar al señor Rivas.

—Ni mijita, chaval —objetó Perico haciendo una señal de negación con su dedo índice.

—¿Perdone? —El portero, con los ojos muy abiertos, no se lo podía creer.

—Que no lo avise —insistió el subinspector Vélez.

—Tengo órdenes de...

—Ahora tiene otras —repuso ahora Brais, que volvió a mostrarle la placa, esta vez abierta y a escasos centímetros de su cara—.

Inspector jefe Brais López. Policía Nacional.

Ese es mi nombre de verdad. Mi compañero es el subinspector Pedro Vélez.

Vamos a subir y usted no va a llamar a nadie. No sé si me explico.

—No pueden entrar así, porque...

—Claro que podemos.

—Sin una orden...

El portero iba a seguir contra argumentando, pero Brais se inclinó sobre el mostrador.

—Escúcheme bien. Si avisa al señor Rivas antes de que lleguemos arriba, lo detengo por obstrucción a la autoridad, oposición a la justicia y omisión del deber de prestar servicio a los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado —dijo el inspector jefe como una ametralladora—.

Y esta vez, cuando le pregunten quién lo ha detenido, podrá dar mi nombre verdadero.

El hombre se quedó blanco. Miró a Perico buscando una posible moderación, aunque Perico se limitó a asentir aguantando la risa a duras penas.

—Yo le haría caso.

El portero tragó saliva.

—De acuerdo. Yo no he visto a nadie.

—Gracias por colaborar, amigo.

Caminaron hacia los ascensores, a unos metros del mostrador del conserje. Mientras esperaban, Perico miró hacia atrás.

—¿Tú crees que nos hará caso?

—Da igual.

—¿Por qué?

—Solo hay un ascensor.

Las puertas se abrieron. Perico entró. Brais se quedó fuera.

—¿Qué haces?

—Sube tú —decidió Brais.

—¿Y tú?

—Por las escaleras. Para cubrir posibles salidas.

Perico sonrió.

—Buena idea. Así, si el portero llama, llego yo antes.

—Exacto.

—Pero son doce plantas, pichita mía —dijo preocupado.

La sonrisa de Perico se hizo más amplia.

—Te vas a cocer dentro de esa chupa.

—Cierra, capullo.

Las puertas se cerraron. Brais se dirigió hacia la escalera. En el tercer piso empezó a arrepentirse. En el quinto se quitó la chupa. En el séptimo notó que el sudor le bajaba por la espalda. Y en el noveno se insultó mentalmente, porque no era capaz de emitir palabra alguna sin quedarse tieso.

En el undécimo decidió que, si alguna vez volvía a tener una idea semejante, se dispararía en un pie antes de llevarla a cabo.

Cuando llegó al duodécimo, tuvo que apoyarse un instante en la pared.

Las voces que escuchó lo revivieron. Era Perico discutiendo con alguien.

Brais respiró hondo, se puso de nuevo la chupa al hombro y dobló la esquina.

Félix Róvalo estaba junto al ascensor con una maleta negra y rígida de gran tamaño a su lado. Llevaba un traje azul oscuro, una camisa blanca sin corbata y cara de no haberse alegrado nada de ver a Perico.

—No puede impedirme viajar —protestó. Su expresión era de enfado, pero también de ansiedad.

—No le estoy impidiendo nada —respondió Perico—. Le estoy diciendo que espere.

—Mi avión sale dentro de dos horas.

—Pues va justo —se entrometió Brais—. Tenemos que hablar con usted.

Róvalo miró hacia Brais. Su sorpresa era sincera, pero enseguida fue sustituida por una queja ansiosa.

—Es un viaje de negocios importantísimo —suplicó—. Para mí y para el muelle de Nueva Gades.

—Me alegro muchísimo por el muelle.

—Inspector.

—Don Félix.

—No tengo tiempo. De verdad. Además, juro que no soy culpable de lo que me acusan.

—Muy bien. Pero las cosas son así. Va a tener que explicarnos alguna cosilla antes de marcharse.

—Ya he hablado varias veces con ustedes. No tengo nada más que decir.

—Eso siempre lo dice la gente justo antes de decir algo nuevo.

Róvalo se volvió hacia el ascensor en un último intento de marchar. Perico se interpuso.

—Un momento.

—¿Me está deteniendo?

Brais llegó hasta ellos todavía con la respiración algo acelerada.

—No.

Róvalo lo miró sorprendido. Perico también.

—Puede irse.

El consignatario tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Cómo?

—Que puede hacer su viaje.

—Brais —intervino Perico.

El inspector levantó una mano para que callara.

—Sus problemas con la justicia no le impiden, en principio, cumplir con sus compromisos empresariales. Eso sí: deberá estar localizado y disponible.

Róvalo miró a uno y a otro.

—Por supuesto.

—Y no olvide que si intenta huir, deja aquí a su mujer, sus propiedades, su empresa y muchas cosas que se pueden embargar. Sería una faena.

—No pienso huir.

—Me alegro. Pero también tiene que contestar a unas preguntas.

La puerta del ático se abrió de golpe. Alfonso Rivas apareció en el rellano.