Capítulo 36 – Gorilas sin niebla 334 #2
—Tengo que mear —dijo Beli sosteniendo su entrepierna con ambas manos como si fuera un niño chico.
—¿Otra vez? ¿Ahora?
—Llevo aguantándome media hora, picha.
Brais soltó una carcajada.
—Vete, anda. Nos vemos en breve.
Beli se dio la vuelta y anduvo dos pasos.
—¡Eh! —le dijo Brais.
Beli se volvió con una mano aún en la bragueta, moviéndose nervioso de un pie a otro.
—¿Qué?
Brais tardó unos segundos. Después sonrió. Una sonrisa sincera y tímida.
—Gracias.
Beli bajó la vista.
—No pasa na , colega.
—Y recuerda… —añadió Brais, que había regresado a su rol de policía a velocidad de vértigo.
—Nunca he estado aquí —se adelantó Beli.
—Perfecto. Así me gusta.
—Pero la próxima vez que necesitéis un tipo fuerte, inteligente y guapo...
—Me estás describiendo, Beli —dijo Brais con un gesto de superioridad.
—Tú me entiendes, cojones.
—Venga, desaparece.
Beli levantó una mano.
—Nos vemos, inspector.
Y salió trotando entre los contenedores. Brais lo vio alejarse. Después miró a los dos mastuerzos inconscientes mientras sacaba dos juegos de esposas.
—Pues ahora os toca hablar a vosotros…
– o –
Las ruedas del coche patrulla chirriaron al entrar en el patio de la comisaría. Brais bajó primero. Detrás de él aparecieron dos agentes uniformados ayudando a bajar a los dos armarios empotrados, todavía con las piernas algo agarrotadas por las descargas del táser .
—Venga, campeones, andando.
—Esto es una detención ilegal —protestó uno levantando la cabeza.
—Me habéis electrocutado —añadió el otro.
—¿Al calabozo, inspector jefe López? —preguntó uno de los agentes, que justo en ese momento agarraba el brazo de los dos tipos.
—Sí. Del tirón —respondió Brais sin volverse y continuó andando delante de los detenidos.
—Nos van a sacar en cuanto pidamos un habeas corpus —dijo uno de los dos gorilas con una vena del cuello hinchada.
—A ver, muchacho. ¿Cómo te lo digo? —respondió Brais una vez que se dio la vuelta y se ubicó delante de los detenidos—. Está todo grabado.
Los dos se callaron de repente. No porque estuvieran convencidos, sino porque aquella frase no les gustó ni un pelo.
En ese momento apareció el poeta. Llevaba cara de sueño y el uniforme medio desabrochado.
—¿Y éstos?
—Un par de amigos que querían saludarme.
El poeta abrió mucho los ojos. Los dos tipos le sacaban más de una cabeza al agente Federico García. Y bastante más de treinta kilos.
—¿Los ha reducido usted, señor inspector jefe? —preguntó con cara de asombro.
Brais lo miró de reojo y simplemente sonrió mientras le señalaba con el dedo.
—Gestiona los trámites, Poeta.
—¿Yo?
—¿Algún problema?
El agente tragó saliva. Miró a los dos gorilas. Después volvió a mirar a Brais.
—No...
—Pues tira.
El poeta carraspeó y se colocó detrás de ellos y de los dos agentes que los guiaban. La escena resultaba casi ridícula. Los dos detenidos parecían dos jugadores profesionales de rugby. Y detrás caminaba el poeta, flaco como un junco, abriéndose paso con una solemnidad impropia de la situación.
Uno de los detenidos giró la cabeza.
—Como me empujes...
El poeta levantó inmediatamente la barbilla.
—No me obligue a utilizar técnicas policiales.
Brais tuvo que contener la risa. Perico habría disfrutado aquella escena.
Entraron en la zona de calabozos. El policía de guardia levantó la vista.
—¿Qué traéis?
—Dos angelitos.
—¿Motivo?
—Atentado contra agente de la autoridad, amenazas, lesiones en grado de tentativa... ya veremos si aparece algo más.
Uno de los gorilas golpeó con el pie el suelo para llamar la atención.
—¡Nos han tendido una trampa!
—Os habéis metido solos —respondió Brais con tranquilidad.
—¡Tenemos derechos!
—Y los vais a ejercer todos.
—¡Nos habéis dado corriente!
—Y vosotros ibais con porras pese a que me identifiqué como policía. Aunque ya me conocíais de antes, pequeñines.
El agente de guardia no pudo evitar sonreír.
—Mételos con el otro —dijo Brais, sabedor de que iba a ganarse la atención de los dos prendas.
—¿Con cuál? —preguntó el agente.
—Con Lozano, el estibador gordito.
Los dos detenidos se miraron, aunque no dijeron nada. Pero Brais añadió con toda la mala leche del mundo:
—Espero que el “Gordo” no ronque mucho.
Desaparecieron tras la puerta metálica. El golpe seco del cierre resonó por el pasillo.
- o -
Cuando regresaban hacia la zona de despachos, el poeta seguía sin salir de su asombro. Tanto que no pudo contenerse
—Señor inspector jefe...
—¿Qué? —dijo Brais molesto.
—Hay una cosa que no entiendo.
—¿Solo una?
—¿Cómo demonios ha conseguido reducir a esos dos? —preguntó Perico.
El inspector jefe siguió andando.
—No los reduje yo. —Brais hizo una pausa dramática en su respuesta ante el rostro demudado del poeta—. Lo hicieron sus malas decisiones. Por cierto —continuó—. ¿Te dio el relevo Perico?
—Sí, sí. Por supuesto —contestó con cierto orgullo.
—¿Sigue vigilando al consignatario?
—Cuando me fui seguía delante de su edificio.
—Bien.
Brais miró el reloj y su semblante cambió. Las doce y media. Demasiado tarde y demasiado pronto a la vez.
—Tengo que volver al puerto.
El poeta frunció el ceño. No se atrevía a preguntarle a su superior, pero su extrañeza era más que lógica. Tanto que Brais trató de explicarse, una vez comprobado que quizás había dicho más de lo que debía.
—Me he dejado allí algo muy importante.
El poeta parecía que iba a animarse a preguntar, pero no lo hizo. Simplemente mantuvo la perplejidad que se había instalado en su rostro desde hacía un rato. Brais sonrió. Entonces, su tono de móvil sonó. Miró la pantalla y vio precisamente el nombre de Perico. Descolgó inmediatamente.
—¿Qué pasa?
Al otro lado solo se escuchaba el ruido de un motor.
—Pasa que llevo media hora pegado al culo del consignatario. De Róvalo.
Brais se quedó quieto.
—¿Ha salido?
—Hace un rato.
—¿Solo?
—Sí. Y lleva una maleta enorme.
Brais entrecerró los ojos. Perico siguió hablando.
—He pensado que podría ir al aeropuerto, pero no —dijo con una distracción que se filtraba a través de su voz—. Está parando ahora.
—¿Dónde está?
Perico dejó pasar unos segundos.
—Adivina.
—No tengo ganas de jugar.
—Haz un esfuerzo, pichita mía. Déjame entretenerme un rato, que llevo horas de vigilancia.
Brais apoyó una mano sobre la pared y miró hacia el calabozo, donde imaginó a los dos gorilas detenidos. Pensó apenas un instante más.
—Está en casa de Alfonso Rivas —aventuró.
—¿Por qué has contestado eso? —preguntó Perico con restos de asombro todavía en su voz.
—Porque era lo lógico.
—Pues has acertado.
Perico parecía realmente impresionado.
—Parece que sube al ático de Rivas. Ha entrado con maleta incluida. ¿No te sorprende?
—No demasiado.
—Pues vaya. ¿Alguna novedad más? —insistió Perico tras un resoplido.
—Sí —continuó Brais, que se había puesto a dar vueltas en círculo mientras hablaba al móvil.
—Dime, picha. Que también soy policía, a la par que compañero y supuestamente amigo.
—He detenido a los dos tipejos que habían ido preguntando por Camila al crucero. Los mismos que trabajan como guardaespaldas de Alfonso Rivas, el amigo y socio de Róvalo —añadió Brais con intención—. Querían dejarme un recuerdo con sus porras.
—¿Cómo? —preguntó sorprendido—. Si eran dos moles y tú eres un mojón por más alto que seas.
—Con ayuda.
—¿De quién?
Brais miró al poeta, que seguía intentando escuchar la conversación sin parecer que lo hacía.
—Eso da igual, Pedro. La cuestión es que venían a por mí. Me habían seguido.
Perico guardó silencio. Cuando volvió a hablar, la voz sonó mucho más seria.
—Entonces Lozano habló —señaló Perico—. Es lo que esperabas cuando hiciste ese comentario delante de él.
—Sí. Supongo, que se lo contaría a su abogado, el caro.
—Ya. Y del abogado, a Róvalo, que se lo contaría a Rivas y le echó el cable mandando a sus esbirros —terminó elucubrando Perico.
—Es lo más probable.
Perico respiró con fuerza.
—Está desesperado por salvar a su socio.
Brais no respondió inmediatamente. Miró un instante por la ventana. Después contestó muy despacio.
—Sí… Puede ser...
—¿Qué…? —Perico iba a seguir preguntando cuando Brais lo interrumpió.
—Espera unos minutos y después ve al ático de Rivas. Yo iré luego. No creo que tarde demasiado.
—No pienso entrar solo en casa de ese tipo —dijo Perico tras un par de segundos de silencio.
Tras eso fue Brais el que permaneció callado. Sabía que Perico tenía razón. No era momento para improvisar.
—Vale.
—¿Vienes?
—Sí.
—¿Pero del tirón?
Brais miró al poeta, que no perdía ojo ni oído de toda la conversación. Después echó un vistazo al reloj. Tras eso puso cara de circunstancias. Apretó los labios, cogió aire… Y finalmente respondió.
—Del tirón. Espérame, que voy para allá.
Perico soltó el aire.
—Menos mal. Porque esto huele raro.
—Pero si salen, que no se vayan. Amenazas con detenerlo o lo que sea —dijo Brais.
—Si intenta largarse, le pincho las ruedas —bromeó Perico. Brais sonrió.
—Ea. Pues date prisa, Brais.
Se cortó la comunicación y Brais permaneció durante unos segundos inmóvil. Pensando. El poeta seguía observándolo en silencio hasta que, por fin, se atrevió a preguntarle.
—¿Se va al muelle, señor inspector jefe?
Brais levantó la cabeza. Sus ojos habían recuperado aquella expresión que Perico conocía demasiado bien. La misma que aparecía cuando todas las piezas empezaban a encajar. El poeta, no tanto...
—No, Poeta, yo tengo que ir con el subinspector Vélez. Al muelle de Nueva Gades vas a ir tú. Tienes una misión.