Capítulo 36 – Gorilas sin niebla 334
El Dacia Logan seguía siendo un horno. Uno abollado y con ruedas refulgiendo a medianoche, con treinta y tres grados de temperatura.
Brais terminó la conversación telefónica mientras el sudor le resbalaba por la nuca y empapaba el cuello de la camiseta negra de Metallica que tenía pegada al cuerpo.
Su coche llevaba ya varios minutos parado frente a la garita del acceso portuario y, aun con las ventanillas completamente bajadas, el aire era una masa espesa que apenas servía para mover el calor de un lado a otro.
Miró por el retrovisor. Allí seguía la pequeña garita en la que trabajaba el policía portuario que conocieron días atrás él y Perico.
—Entonces, ¿seguro? —preguntó Brais por teléfono con la mirada aún en la caseta.
Al otro lado respondió Luis Aguirre, su amigo periodista, con el tono parsimonioso y despreocupado de siempre.
—Te lo he dicho ya tres veces, poli largo. Mi repartidor ha hecho exactamente lo que me pediste —protestó—. Es lo que tiene cuidar bien a los trabajadores.
—Vale. Pero… —trató Brais de insistir.
—Cágate en mi cama si quieres, pero tengo que dejarte —repuso el periodista con el sonido de fondo de un insistente tono de móvil—. Hablamos, largo.
—Me cago en…
Brais dejó escapar el aire lentamente. Para variar, le había dejado colgado.
—Perfecto —dijo para sí.
Permaneció unos segundos inmóvil, sujetando todavía el teléfono. Respiró hondo y después abrió la puerta.
El golpe de calor fue todavía peor que dentro del coche.
—La madre que parió al Levante cuando se toma vacaciones...
Se colocó, por defecto, su inseparable chupa de cuero sobre los hombros. Cualquier persona normal habría pensado que estaba loco, pero nunca mejor dicho, a Brais se la sudaba todo.
Cerró el coche y echó un vistazo alrededor antes de empezar a caminar. Todo permanecía tranquilo. Solo el rumor lejano de algún motor y el chirrido metálico de una grúa en movimiento. Se sorprendió de que a esas horas todavía trabajaran en los astilleros.
Su primer objetivo era la garita de la policía portuaria. Avanzó en su dirección.
El agente portuario del otro día ya lo esperaba fuera. No le pudo sorprender, mayormente porque había quedado con él.
—Inspector López —lo saludó el portuario con una sonrisa franca nada más verlo.
—Hola, hola, Jacinto —respondió a toda velocidad por simple decoro para continuar atropelladamente—. ¿Ha-ha pa-pasado algo?
—Tal y como dijo —le contestó el policía portuario con una sonrisa y echando levemente la cabeza hacia el lado.
Brais frenó en seco. No preguntó. Solo miró hacia el interior de la garita. El policía sonrió todavía más y le guiñó el ojo.
Durante un instante, el corazón de Brais golpeó con tanta fuerza que creyó que el otro podía oírlo.
Dio un paso, rápido pero remiso, y cuando iba a dar otro, reculó.
Miró hacia un lado y otro y retomó el pulso de la realidad para volver de inmediato al diálogo con el agente del puerto.
Su rostro recuperó la expresión fría de siempre.
—Gracias.
—No hay de qué.
—Yo me voy —le espetó con seriedad—. Ya sabe, ¿no?
—Ya sé. No se preocupe, inspector.
—Pase lo que pase —insistió Brais.
—Pase lo que pase. A sus órdenes —dijo ofreciéndole la mano con alegría y orgullo.
Brais le estrechó la mano.
—Y si ocurre cualquier cosa...
—La puerta se cierra.
—Y llama directamente a este número —le indicó Brais ofreciéndole una tarjeta que el portuario guardó en el bolsillo.
—Me gusta esto —musitó mientras miraba embelesado la tarjeta con el número de teléfono personal de Brais.
—¿El qué?
—La acción. Me gustaría ser policía nacional.
Brais negó con la cabeza.
—No sabes lo que dices —le dijo al agente portuario mientras se despedía con la mano en alto.
El hombre rió. Brais, con un rictus severo, echó un último vistazo hacia la garita y dudó por un instante.
No. Todavía no, se dijo. Primero debía comprobar una cosa.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la zona donde estaban atracados los barcos en reparación, entre los que se encontraba un crucero de gran eslora, el único de su especie allí: el Sovereign Coasts.
- o -
Cinco minutos después el ambiente era completamente distinto. Los focos de los astilleros iluminaban unas zonas mientras otras permanecían sumidas en una oscuridad casi absoluta.
Contenedores por doquier rodeados de unas grúas que, a los ojos de Don Quijote, parecerían dragones gigantes.
Bobinas de cable. Tubos enormes. Montañas de chatarra. Y el inmenso casco del crucero en el que trabajaban tanto María Gualpa como la desaparecida Camila, elevándose sobre él. Brais tan solo dedicó una mirada huidiza hacia el barco.
Siguió caminando como si su destino estuviera un poco más adelante. En dirección a un viejo gasero que también permanecía inmovilizado para reparaciones.
El silencio por aquella parte era extraño. Demasiado extraño. Brais pensó que quizás la calle de contenedores en la que se había comenzado a adentrar formaba una pantalla a través de la cual el sonido de los trabajos que aún se realizaban a distancia no era capaz de traspasar.
Entonces escuchó el primer ruido. Un roce. Uno muy leve. Se giró despacio, pero no vio nada, tan solo un contenedor azul.
Tras eso, pocos segundos después, otro sonido que desentonaba. Miró de nuevo y esta vez, tras un vistazo rápido creyó distinguir dos sombras ocultándose detrás.
Continuó andando sin darle demasiada importancia. Como si no hubiera visto nada.
Metió una mano en el bolsillo. Despacio, como si buscase algo sin relevancia. La otra permanecía libre.
Entonces entró por un nuevo pasillo formado entre varias hileras de contenedores.
Era mucho más estrecho que el que acababa de dejar atrás.
Allí apenas llegaba la luz porque, según se percató Brais, al final no había salida.
Se trataba exactamente del sitio donde cualquiera habría preparado una emboscada.
Sonrió para sí. Una sonrisa agria.
—En fin. Me cago en mi puta cama —bisbiseó para sí mientras giraba sobre sus pasos, que resonaban secos en aquel agujero.
Tac. Tac. Tac. Otro ruido. Parecían pisadas que trataban de pasar desapercibidas.
Brais se concentró en escuchar unos sonidos que cada vez se sentían más claros y más cercanos, seguramente porque ya no se escondían.
El inspector de policía más borde de Nueva Gades plantó sus pies sobre el suelo con fuerza en cuanto vio a los dos hombres que avanzaban hacia él.
Eran muy grandes. Y a medida que avanzaban crecían más. Sus enormes siluetas se recortaban merced a la luz que se filtraba a sus espaldas y que permitía distinguir las porras extensibles que portaban ambos.
No corrían. No tenían prisa. Sabían perfectamente que él no tenía salida. Brais sacó lentamente la placa. También sacó el móvil y encendió la linterna. La luz blanca iluminó las caras de ambos, que ya se encontraban a escasos cinco metros de distancia.
Los reconoció a la primera. Se trataba de los mismos dos tipos que escoltaban a Alfonso Rivas en su mitin en la plaza de la Catedral. Los mismos que habrían ido al Sovereign Coasts preguntando por el paradero de Camila.
—¡Policía Nacional! —gritó Brais presentando su placa ante aquellos tipos. La voz resonó entre los contenedores. —Quedan identificados.
Pero los dos siguieron avanzando como si oyeran llover en pleno verano.
—Tiren las porras o las mierdas que llevan en las manos —reiteró Brais, que guardó la placa en su bolsillo y tiró la chupa al suelo para liberar sus manos. —Último aviso.
Sin embargo, eso tampoco funcionó. Es más, uno de los miembros de la oscura pareja incluso sonrió.
—Sabemos perfectamente quién eres —dijo el otro con una voz rasposa y poco dada a la amistad.
El gorila que había sonreído hizo girar la defensa metálica entre los dedos antes de hablar también.
—Y sabemos perfectamente que esta noche vas a aprender modales.
Brais mantuvo la calma.
—Os vais a meter en un lío muy serio —les advirtió dando un precavido paso hacia atrás—. Os vuelvo a repetir que soy policía nacional. Daos por detenidos.
—Ya, claro —rió a carcajadas—. El que está metido en un lío eres tú.
En ningún momento habían dejado de avanzar.
Lo hacían lentamente, sabedores de su ventaja táctica y su superioridad corporal pese a la altura del inspector jefe.
Ya estaban tan cerca que Brais, por defecto, se vio obligado a retroceder más.
Hasta que su espalda dio con la pared que daba por terminado el camino.
Los dos tipos levantaron las porras. Brais respiró hondo. Cerró los ojos y, tras un suspiro, gritó. Una sola palabra.
—¡YA!
Los dos hombres fruncieron el ceño y se miraron. No entendieron nada. Solo alcanzaron a escuchar un zumbido detrás de ellos. Una figura alta y delgada apareció prácticamente de la nada.
En cada mano llevaba un táser que disparó casi simultáneamente. ¡Tac! ¡Tac!
Las descargas impactaron en la espalda de ambos. Los dos gigantes quedaron completamente rígidos. Sus músculos se contrajeron y las porras cayeron al suelo. Y, medio segundo después, ambos se desplomaron como dos armarios.
Brais respiró tranquilo por primera vez. La figura, que se abrió paso hasta él, sonrió. Vestía unas calzonas del Cádiz Club de Fútbol marca Meyba y una camiseta de tirantes. Era Beli.
—¿Qué pasa, picha? —dijo guardando uno de los táseres —. ¿Llegué tarde?
—Cinco segundos más y te denuncio por abandono del servicio.
—Se me fue el santo al cielo un momento.
—¿Con qué?
—Me meaba, cojones —protestó—. Y, aparte, que yo sepa no estoy contratado.
Brais negó con la cabeza.
—Tienes que ir al médico, Beli —le reprendió Brais—. Por cierto, ¿está todo grabado? —le preguntó señalando con el dedo al pequeño dispositivo sujeto al pecho.
—Todo grabado —contestó con el pulgar hacia arriba.
—¿Seguro?
—Desde que saliste del coche. Con pelos y señales. Soy un profesional.
Brais cogió la minicámara y sacó la tarjeta de memoria. La miró y la guardó cuidadosamente en un sobre policial.
—Perfecto.
Mientras tanto, Beli ya empezaba a moverse inquieto. Muy inquieto. Cruzando las piernas.
—¿Qué te pasa ahora?