Capítulo 35 – Un cebo gordo 329
La vieja sala de interrogatorios no solo olía a desinfectante. Gracias al aire acondicionado en huelga, ese aroma se mezclaba ahora con el de un sudor seco y penetrante.
Lozano, con la cabeza gacha, estaba sentado a un lado de la mesa que ya había ocupado días atrás.
Ya no parecía el hombre agudo y jocoso del kiosco; ni el estibador chulesco del puerto.
Parecía un tipo grande al que le habían quitado el decorado y lo habían dejado solo con su miedo.
Parecía más cansado. Más delgado incluso.
Las ojeras, de pronto, le llegaban casi hasta los pómulos.
Cuando vio entrar a Brais y Perico se removió incómodo .
Perico y Brais se sentaron frente a él. No hablaron. Sabían perfectamente que, a veces, el silencio era más útil que una pregunta. Sobre todo cuando el interrogado esperaba gritos y recibía, en cambio, solo una espera silente.
Lozano, temeroso, acabó levantando la vista.
—No voy a decir nada más hasta que venga mi abogado.
Brais asintió despacio.
—Claro. Estás en tu derecho —dijo en tono conciliador.
Perico lo miró de reojo, sorprendido por aquella aceptación tan pacífica. La puerta se abrió.
Entró Garrido con una carpeta en la mano y cara de quien trae una mala noticia o una buena, dependiendo de en qué lado de la mesa estés sentado.
—¿Podéis salir un momento?
Brais se levantó sin mirar a Lozano. Perico lo siguió.
Fuera, en el pasillo, Garrido les mostró un listado impreso.
—Hotel Astarté. Entradas, reservas y pagos asociados a la habitación 1303.
Brais alargó la mano para agarrar los folios grapados que traía su compañero. Sin embargo, Garrido esquivó la intentona y continuó con la explicación.
—Como me pedisteis, llamé al hotel para insistir en el listado.
Al principio me costó, a pesar de que el director admitió que se había comprometido a enviarlo.
Se ve que se había estado informando, porque el señor —continuó usando la acentuación esa última palabra— me pidió que no podía soltarlo sin mandamiento completo.
—Joder, Garrido —casi escupió Brais—. Dámelo ya.
Garrido no varió su rictus. Simplemente miró al inspector jefe y prosiguió con su perorata, aunque ahora con un creciente malestar.
—... Así que cuando les he mencionado cadáver, juez y prensa, han descubierto una vocación repentina por colaborar.
Brais, apretando la mandíbula, colocó la mano con la palma hacia arriba. Remiso, Garrido se deshizo de la documentación y se marchó orgulloso e irritado. Brais chasqueó la lengua y apretó la nariz. A continuación, comenzó a leer congestionado aún por la actitud del agente Manuel Garrido.
De pronto, tras solo tres segundos, una sonrisa aterrizó en el semblante de Brais. No una sonrisa alegre, ni de jocosidad. Se trataba de una sonrisa de perro que acaba de oler sangre. Perico entendió.
Enseguida volvieron a entrar inspector jefe y subinspector a la sala de interrogatorios. Esta vez Brais ya no llevaba cara de cabreo. Eso fue lo que más inquietó a Lozano, aparte de los papeles que movía como si fuesen un abanico valioso.
Brais se sentó despacio. Perico, que también pudo leer algo relevante en los documentos, cerró la puerta y se apoyó en la pared con la carpeta en la mano.
—Acaban de traernos una cosa —dijo Brais.
Lozano no contestó.
—Un listado —añadió Perico.
—Los listados son muy feos —dijo Brais—. Muy aburridos. Filas, columnas, nombres, fechas. No tienen épica. Pero a veces son más útiles que un buen guantazo.
Lozano tragó saliva.
—¿Qué listado? —preguntó.
Perico dejó la subcarpeta sobre la mesa, sin abrirla.
—Gente que pasó por el Hotel Astarté.
Lozano movió los ojos hacia la carpeta.
—¿Y?
Brais se inclinó un poco.
—Habitación 1303.
El estibador se quedó inmóvil.
—Esa habitación te suena, ¿verdad?
—No. No. No.
—Mira, niegas tres veces. Como San Pedro.
—Que yo no he…
—Qué pena —siguió Brais—. Porque tú le suenas a esa habitación.
Perico abrió la carpeta.
—Apareces como la persona que estuvo en la 1303 la noche en la que estuvo allí María Gualpa poco antes de morir asesinada.
Lozano empezó a sudar. Sudor nuevo. No el del calor. Ese sudor frío, traicionero, que sale cuando el cuerpo ya no sabe mentir con elegancia.
Abrió la boca, pero no salió nada. Brais esperó paciente.
—Yo no he sido —dijo al fin el estibador—. Yo no la maté.
—Nadie ha dicho matar —replicó Perico—. Hemos dicho estar.
—Yo...
—¿Por qué sales tú, Lozano?
El estibador miró la puerta, como si su abogado pudiera materializarse por arte de magia.
—Tengo reservadas algunas habitaciones.
—¿Algunas?
—Sí.
—¿Para qué?
Lozano calló.
Brais golpeó la mesa con la palma abierta. Un enorme estruendo sacudió toda la comisaría. Hasta Perico, acostumbrado a las tormentas de su amigo, dio un respingo.
—¡¿Para qué?! —bramó el inspector jefe.
—¡Para facilitar encuentros! —soltó Lozano también gritando—. Para las chicas de la web. Para eso. Había clientes que querían discreción. Yo reservaba. Entraban, salían, nadie preguntaba.
—Y tú te llevabas un pellizco —dijo Brais.
—Sí… me… sí —El estibador se había desinflado de pronto.
No terminó la frase. Ya se había cogido bastante los dedos.
—No voy a hablar más hasta que venga mi abogado —dijo.
Perico cerró la carpeta.
—Vámonos, Brais. El abogado rico de su jefe está al llegar.
Brais no se movió.
—No.
Perico frunció el ceño.
—Brais, cojones.
—Da igual —dijo enfurruñado.
—No da igual. Sabes que… —repuso Perico.
Brais se levantó lentamente. Miró a Lozano con una tranquilidad que daba más miedo que sus gritos.
—Creo que ya sé dónde está Camila.
Lozano levantó la cabeza de golpe. Brais lo vio. Y confirmó algo.
—Voy a encontrarla a tiempo —continuó—. Y me contará todo lo necesario para que estos pasen mucho tiempo en la cárcel. Hijos de puta.
Lozano abrió mucho los ojos.
—Yo no...
—Esta noche, Perico —dijo Brais de repente sin dejar de mirar al detenido—.
Porque creo que es cuando se siente más o menos segura para salir y respirar.
Esta noche iré a buscarla donde estoy cada vez más convencido de que se esconde.
Antes de que este elemento —prosiguió señalando a Lozano—, si al juez le da por sacarlo o si alguien decide mover hilos, intente algo.
Perico miraba a Brais, todavía sin entender del todo.
Vanesa, que se había asomado al umbral de la puerta, sí parecía haber empezado a comprender.
Lozano bajó la vista, aunque se recuperó rápido. O no tan rápido, porque Brais ya había visto algo. Miedo mezclado con urgencia.
—¿Buena noticia, no, Lozano?
—Claro, claro —asintió—. Ojalá la encuentren.
Todas las miradas confluían en el estibador, que trataba de mantener el tipo. Esperaban que hablase, pero lo único que hacía era mirar de un lado a otro y tragar saliva.
—¿Y? —preguntó finalmente Brais.
—¿Y qué?
—¿Crees que la encontraremos? Porque yo creo que sí. Y nos contará lo que queremos saber.
Lozano sonrió. Demasiado.
—Me alegro.
—Yo también. Y ahora te dejamos tranquilo esperando a tu abogado. Cuéntales que te hemos tratado bien.
Brais se levantó y se dirigió a la puerta de la sala. Pasó al lado de Vanesa. Perico lo siguió desconcertado, pero no dijo nada hasta que la puerta se cerró y se encontraban en el exterior.
—¿Ya está? —preguntó mirando muy serio a Brais.
—Sí —contestó este.
—¿No vamos a preguntarle nada? —insistió Perico.
—No.
—¿Qué coño ha sido eso?
Brais caminaba por el pasillo.
—Ya te lo dije. Hay que encontrar a Camila. Está en peligro.
—Sí, hombre. Eso ya lo sabemos. Pero… lo de dejar al menda ese ahí, sin presionar. Espero que tengas algo a lo que agarrarnos.
—Bueno… —dijo sacando un poco la lengua—. Ya veremos si funciona.
Perico frunció el ceño, pero evitó preguntar nada más cuando vio que la cabeza de Brais ya no estaba allí. Estaba en otro sitio, haciendo cábalas, calculando, imaginando…
—Me voy, Pedro —dijo repentinamente—. Estoy que me caigo y quiero descansar y ver a Samu un rato antes de que su madre me llame. Y necesito que vosotros sigáis pendientes de Róvalo.
—El poeta está ahora vigilándolo. Yo estoy hasta mediodía por comisaría, voy a casa para estar con la familia y a las ocho de la tarde le doy el relevo.
—Perfecto. Atento a su respuesta —advirtió Brais dando pasos inquieto.
—¿Qué respuesta? —incidió Perico.
—Tú infórmame si hace algo raro esta noche, sea la hora que sea.
Brais estaba, pero no estaba. Sus pies ya habían marcado la dirección de salida.
—Espera, espera. ¿Por si quiere irse de viaje antes? —preguntó Perico con un fruncimiento de ceño acentuado.
—Sí, sí —respondió distraído Brais, que comenzó a andar hacia las escaleras.
—¿Y DeLonghi? ¿Qué hacemos con él?
—Nada.
—¿Cómo? —El subinspector Vélez frunció su ceño aún más, en una mueca de incomprensión máxima.
—Ese no tiene nada que ver. Claramente es un papanatas del que se aprovechan.
Pero eso ya lo veremos más adelante. Ahora lo que hay que ver es quién saca la patita del tiesto —dijo Brais, que ya se encontraba bajando los primeros escalones hacia la planta baja—.
Hablamos, Perico. Tengo que preparar unas cosas antes.
El inspector jefe López desapareció dejando a su compañero sin posibilidad de réplica, con la palabra en la boca y la incomprensión en el rostro.
—Los muertos del largo —protestó Perico ante la despedida a la francesa que le acababan de dedicar.