Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 34 – Cerveza e interrogatorio 319 #3
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Capítulo 34 – Cerveza e interrogatorio 319 #3

El estibador se refugió de nuevo en el mutismo. Vanesa no dijo nada. Observaba por el espejo lateral, pero escuchaba cada palabra.

Brais mantuvo la vista en la carretera, pero también elucubraba.

—Con Camila a lo mejor pasó lo mismo —dijo el inspector jefe.

Lozano se quedó rígido.

—A lo mejor la mataste ya —añadió Brais—. Porque tú has tenido relaciones con ella, ¿verdad, Lozano?

El estibador, moreno de sol y puerto, se puso blanco. No fue una forma de hablar. Fue literal. La sangre se le retiró de la cara como si alguien hubiera abierto un desagüe. Pero siguió sin hablar.

Un segundo. Dos. Tres.

—Yo no he matado a nadie —dijo al fin.

Pero ya no sonaba igual.

- o -

Cuando llegaron al aparcamiento exterior pegado a la comisaría de distrito de Nueva Gades, Brais no apagó el motor enseguida. Dejó el coche al ralentí, con el calor vibrando sobre el parabrisas y el aire inmóvil dentro del habitáculo.

Fue una pausa extraña. Una pausa humana, más que policial o técnica.

Vanesa se giró. Perico miró a Lozano. Brais lo observó por el retrovisor.

—¿Sabes si Camila está viva? —preguntó por fin el inspector.

Lozano bajó la cabeza.

—Mírame —exigió Brais, pero aquel no lo hizo—. Te estoy preguntando si sabes si Camila está viva.

Lozano miraba al suelo. Estaba tenso, pero aguantaba las embestidas.

—Si no cooperas, el marrón de dos asesinatos te lo comes tú. Y tus jefes, tus abogados y tus colegas de litrona te mandarán tabaco a prisión los dos primeros meses. Luego, ya ni eso.

Lozano respiraba por la nariz, corto, nervioso.

—Dijiste que con María Gualpa tuviste tus cosas —explicó Perico como preámbulo en un tono más conciliador—. ¿Mantenías relaciones sexuales también con Camila?

Los tres policías dejaron que el peso de las palabras hiciera su trabajo, aunque parecía que la respuesta iba a ser la misma: un silencio obstinado. Pero esta vez, pese a la tardanza, sí funcionó:

—Hace tiempo que no.

Brais y Perico se miraron. Ahí estaba. No había negado. Solo había matizado.

—¿Y por qué hace tiempo que no? —preguntó Perico con rapidez para evitar que pudiera pensar y regresara a su guarida de silencio.

—Porque… —balbuceó Lozano indignado y avergonzado al mismo tiempo—. Fueron un par de veces. Ya está. Dejé de ir con ella porque… porque notaba que Camila me tenía asco.

Lozano tragó saliva. Brais no se movió. Ni Perico, ni Vanesa. Solo esperaban que continuase, porque sabían que había entrado en vereda y porque sabían que un buen silencio daba más margen a las explicaciones.

—Y porque no estaba ya libre —continuó el detenido.

Aquella frase cayó dentro del coche como una tuerca en un motor.

Brais abrió la puerta y salió. Vanesa hizo lo mismo.

Perico rodeó el coche y abrió la puerta trasera para ayudar a Lozano a salir.

El estibador bajó torpemente, con las manos esposadas por delante, la camiseta pegada al cuerpo y la cara de quien se arrepiente tarde y mal.

Brais levantó una mano.

—Espera.

Perico se detuvo. Brais se plantó frente a Lozano. Le sacaba media cabeza larga, y cuando Brais usaba su altura como herramienta de interrogatorio, hasta los edificios parecían encogerse.

—Entonces conocías su relación con el chico del golpe en la cabeza. El que apareció en coma al lado de la conservera.

Lozano frunció el ceño.

—¿Qué chico?

Brais se acercó más.

—Ahora entiendo. ¿Es con Róvalo entonces? ¿El hombre del traje? ¿Ese era el que estaba liado con María y también con Camila? ¿Ese te dijo que no se tocaba? —Brais había empleado su tono más severo para acusar a Lozano. Estaba convencido de que lo tenía.

Lozano elevó la cabeza y lo miró por fin.

—¿Qué? No —negó en un acelerón.

Brais se acercó más aún al estibador y le gritó a bocajarro.

—¿Ento-tonces quién? —gotas mínimas de saliva se estamparon en la frente de Lozano.

Dos policías que iban hacia un coche patrulla miraron hacia ellos.

Perico murmuró:

—Brais...

Pero Brais no apartó la vista ni su cuerpo.

—¿Quién, Lozano?

—Que no lo sé.

—No me toques los cojones —volvió a gritar.

—¡No lo sé! —repitió Lozano, muy nervioso—. No, no, no lo sé.

Brais se quedó quieto. Durante un instante pareció que iba a insistir, que iba a empujarlo contra el coche, que iba a gritarle hasta rogara por la presencia de su abogado. Pero no lo hizo.

Se calló. Y entonces su expresión cambió. No fue alivio. Tampoco sorpresa. Fue comprensión. Una comprensión oscura, repentina, desagradable.

—Ahora entiendo —dijo.

Perico abrió la boca para preguntar, pero se quedó con la palabra dentro. Conocía esa cara. Era la cara de Brais cuando algo le encajaba y todavía no quería decirlo porque decirlo demasiado pronto podía romperlo.

Brais señaló a Lozano.

—Javier Lozano Roldán, para que quede constancia, quedas detenido por un delito de asesinato, de proxenetismo y por tu participación en una red de explotación sexual. Lo demás lo iremos viendo. Y las esposas —añadió Brais—... Las esposas ya las llevas puestas.

Lozano bajó la cabeza. Brais miró a Perico.

—Hay que encontrar a Camila ya mismo.

—¿Dónde?

Brais no contestó. Solo echó a andar hacia la comisaría.