Verano de muerte (Brais López 3) Capítulo 34 – Cerveza e interrogatorio 319 #2
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Capítulo 34 – Cerveza e interrogatorio 319 #2

—Mira, Lozano —dijo Brais—, a mí me importa un carajo tu orgullo portuario, tu jefe, sus abogados y la madre que parió a todos los intermediarios marítimos de la Bahía.

Me importa Camila. Me importa María Gualpa.

Y me importa saber por qué cada vez que levantamos una piedra sales tú debajo, sudando cerveza.

—Yo no he matado a nadie.

—Todavía no te he preguntado eso. Pero lo que está claro es que no estás limpio.

Lozano tragó saliva. Perico intervino, calmado, casi amable.

—Cuéntanos lo que sabes. Porque si no, el capitán DeLonghi seguro que se irá de rositas y te dejará con el culo al aire.

El efecto fue inmediato. Lozano levantó la cabeza como si alguien le hubiera dado una bofetada invisible.

—¿Quién?

Brais y Perico se miraron. Fue una mirada brevísima. Suficiente.

—Augusto DeLonghi —dijo Brais—. Capitán del Sovereign Coasts como tú sabrás ya por más que te hagas el longui, nunca mejor dicho.

Lozano frunció el ceño. No con la cara del que finge no conocer un nombre, sino con la del que intenta situarlo y no encuentra dónde.

—Yo no sé nada de ese.

Brais notó algo incómodo en el estómago. Algo parecido a una actuación digna de un Óscar o… a sinceridad. Demasiado parecido. Perico también lo notó. La cara de ambos se quedó un instante suspendida en una misma duda. Vanesa fue quien llenó el hueco.

—Lo que hemos detectado —dijo— es una estructura de explotación económica vinculada a trabajadoras temporales de cruceros.

Chicas jóvenes, muchas sudamericanas, con necesidades económicas importantes, que aprovechaban las escalas para ofrecer servicios sexuales a través de una plataforma.

La red cobraba comisión por organizar encuentros, reservar habitaciones y garantizar disponibilidad.

Lozano la miraba como si le estuvieran explicando física cuántica en alemán.

—Por decirlo fácil —intervino Brais—: sacabais dinero de las chicas. Explotación sexual para ser más claros.

—Yo no...

Vanesa levantó una mano y siguió hablando.

—Es cuestión de seguir el dinero. Hay cuentas que reciben pagos de usuarios, esos pagos pasan por empresas interpuestas, algunas radicadas en jurisdicciones opacas, y después terminan en ingresos periódicos a terceros. En su caso, ingresos altos, desiguales, aproximadamente cada dos meses.

Lozano abrió la boca, pero no fue capaz de decir nada.

—También hemos llegado a una cuenta de DeLonghi abierta en España —continuó Vanesa—. Desde esa cuenta se llevó a cabo un ingreso que, a través de empresas de pagos internacionales, terminó llegando a usted. Y hay movimientos similares en Italia.

—Yo no conozco a ese capitán —repitió Lozano, más bajo.

Brais iba a replicar, pero en ese momento un policía local que cruzaba el parking vio la escena y se acercó con prevención. Brais sacó la placa y sus malas pulgas.

—Po-policía Nacional. To-todo controlado.

El local miró a Lozano, luego a Brais y a su cara de pocos amigos, luego a Perico. Debió decidir que no le pagaban lo suficiente para meterse en aquel avispero. Se marchó.

Perico se acercó a Brais y le susurró:

—Igual tendríamos que haber ido antes a por el capitán.

Brais negó sin apartar los ojos de Lozano.

—No. Está bien así —dijo justo antes de volver al ataque.

—Tu nombre aparecía. Tus ingresos aparecen. Tus contactos con María Gualpa ya lo s conocemos porque, además, tú los admitiste. Tus llamadas al barco preguntando por Camila están contrastadas. Así que deja de poner cara de buena gente, porque no te pega. ¿Estamos? —gritó para zanjar la perorata.

Lozano bajó la vista y empezó a murmurar.

—Yo solo… Mi nombre. Solo prestaba mi nombre.

—Sí, claro —ironizó Brais—. ¿Solo tu nombre?

—Sí, joder.

—Qué generoso. ¿Y para qué? ¿Para que los verdaderos organizadores no pudieran ser acusados?

Lozano volvió a callar. Perico dio un paso, despacio.

—¿Fue por eso por lo que mataste a María Gualpa? ¿Y quizá también a Camila? Sabemos que llamaste al barco preguntando por ella al segundo de a bordo.

Durante un segundo, la cara de Lozano hizo algo raro. No fue culpabilidad. Fue otra cosa. Una contracción. Un dolor. Un pánico súbito. Luego se vino abajo.

—Yo no le he hecho daño a ninguna —dijo con la voz quebrada—. A ninguna. Yo no he matado a nadie.

—Pues empieza a contarnos de una puta vez —bramó Brais.

Pero Lozano, en contra de lo esperado, cerró la boca para no abrirla. Lo único que se escuchaba era el ruido de engranajes moviéndose por su cerebro. Nada más.

Lo esposaron antes de meterlo en el coche. Brais no pidió permiso. Lozano tampoco protestó demasiado, y eso le preocupó más.

En el asiento trasero, Perico se colocó junto a él. Vanesa ocupó el asiento del acompañante. Brais arrancó su Dacia Logan azul, que aquella mañana parecía tener la temperatura interior de un horno de panadería.

—Esto sí que es una violación de derechos humanos —dijo Perico, abanicándose con una carpeta.

—No estamos tratando tan mal al detenido —respondió Brais.

—Me refiero a tu coche, pichita mía.

El Dacia salió del parking con lentitud. En la radio, que Brais encendió por inercia, alguien hablaba de la ola de calor como si fuera natural.

Perico miró a Lozano, que se encogía a su lado con las esposas casi en el suelo del vehículo.

—Mi teoría, Javier, es sencilla. Tú aprovechabas tu posición y el contacto con el capitán del barco. Sabías qué chicas bajaban del crucero, quién necesitaba dinero, quién estaba sola, quién no podía permitirse problemas. Las seleccionabas.

—No.

Lo dijo tan bajito que casi no se oyó.

—Y alguna vez —continuó Perico— también cobrabas en especie.

Lozano apretó los puños esposados.

—No.

Brais lo miró por el retrovisor.

—Con María Gualpa, por ejemplo. Igual ella no quería estar con alguien con tus pintas. Igual se rio. Igual te dijo que no. Igual tú no llevas bien que una mujer te diga que no.

—¡No! —gritó Lozano—. ¡Yo no…!