Capítulo 34 – Cerveza e interrogatorio 319
A las doce del mediodía, el barrio de Cortadura, la frontera de Cádiz con el resto del mundo terrestre, parecía una sartén con vistas al Atlántico.
No era una metáfora muy original, pensó Brais López mientras caminaba por la acera resquebrajada que bordeaba la vieja lonja de frutas. Pero sí era precisa. Y, en aquel momento, la precisión le importaba mucho más que la literatura.
El sol caía como si alguien hubiera abierto la compuerta de un horno en el cielo sobre Nueva Gades, sobre el pabellón Ciudad de Cádiz, sobre los coches aparcados en batería, sobre las palmeras raquíticas y sin sombra y sobre los tres policías imbéciles que habían decidido salir a buscar a un estibador a la peor hora posible.
—Este calor no es normal —dijo Brais—. Puñetero cambio climático.
Perico Vélez no contestó. No porque fuera un negacionista, sino porque bastante tenía con intentar sobrevivir. Sudaba a mares. La camisa se le pegaba a la espalda, el cuello y la calva le brillaban, y a cada dos pasos se pasaba un pañuelo por la frente con la resignación de un condenado a galeras.
Vanesa, en cambio, caminaba a su lado como si estuviera dando un paseo por un centro comercial climatizado. Ni una gota. Ni un mechón fuera de sitio. Ni una queja.
Brais la miró de reojo.
—A ti esto no te afecta, ¿no?
—¿El qué?
—El infierno.
—He nacido en agosto y mi familia es de Córdoba —respondió ella, sin darle importancia—. Estoy vacunada.
Perico soltó una risa breve, de esas que se ahogan antes de nacer porque el cuerpo no tiene energía para tonterías.
Venían del domicilio de Javier Lozano, alias el “Gordo” Lozano, desde hacía unas horas, personaje cada vez más principal en una trama que olía a dinero sucio, prostitución encubierta y páginas web a juego.
Nadie les había abierto. Habían llamado una vez. Dos. Tres. Brais había golpeado con los nudillos hasta que una vecina había asomado medio ojo por la mirilla de enfrente y lo había vuelto a esconder como quien ve al diablo.
—Tendríamos que entrar a las bravas —había dicho Brais.
—No —habían dicho Perico y Vanesa al mismo tiempo.
—Eso se llama allanamiento —apuntó Vanesa.
—Se llama iniciativa policial.
—Se llama comerse un marrón —dijo Perico—. Y con este calor no estoy yo para marrones.
Brais había gruñido un tartamudeo, que era su forma de aceptar los argumentos cuando sabía que tenían razón y le molestaba profundamente que la tuvieran.
Así que ahora volvían hacia el parking del pabellón, donde habían dejado el coche, con la sensación irritante de haber llegado tarde.
Vanesa iba contándoles, con su habitual tono de informe pericial y lenguaje ultratécnico, lo que había podido reconstruir de la web de citas, de los perfiles, de los pagos cruzados y de las conexiones entre Lozano, DeLonghi y el resto de datos.
—He entrado en el código fuente con ayuda externa —dijo con cara de que no admitiría preguntas—.
La plataforma funcionaba como tapadera —explicó—.
En apariencia solo ponía en contacto a los usuarios finales.
Pero había cuentas recurrentes que actuaban como nodos de captación y derivación.
Pero no para clientes normales, sino para gestores encubiertos.
—Creo que lo único que he entendido es lo de gestores encubiertos —repitió Brais—. Y me suena a eufemismo de chulo virtual.
—Antes muchas cosas tenían nombres más cortos —dijo Perico mientras Vanesa asentía—. Y más claros.
—Y más útiles ante un juez —especificó Brais.
Perico volvió a secarse la frente.
—Y Lozano aparece ahí como gestor encubierto, ¿no?
—Afirmativo —dijo Vanesa—. Pero no como usuario de consumo habitual. Más bien como enlace. Como alguien que facilitaba disponibilidad, habitaciones, traslados y contactos con tripulantes.
—Un relaciones públicas con barriga cervecera —dijo Brais.
—Más o menos. Aunque yo lo conceptúo más como un testaferro a la luz de mi experiencia y los datos.
—Vale. ¿Y el capitán DeLonghi? —continuó Brais— Porque de ese sí que no me lo esperaba.
Vanesa hizo una pausa. Al otro lado de la calle, una moto pasó con el escape roto, dejando una estela de ruido y gasolina quemada.
—Augusto De Longhi aparece asociado a pagos internacionales. No directamente en la web, pero sí en cuentas vinculadas a sociedades pantalla que han recibido dinero de usuarios de la plataforma y que, después, han transferido cantidades a terceros. Entre esos terceros está Lozano.
—El capitán del crucero y el estibador —murmuró Perico—. Menuda hermandad marinera.
Brais, con la nariz apretada y el ceño fruncido, iba a contestar cuando escucharon risas.
No risas normales. Risas masculinas a pleno sol, alimentadas por cerveza, vasos de plástico y esa sensación tribal que adquieren algunos hombres cuando llevan dos horas en una interminable tertulia de bar al aire libre.
En la esquina, junto a un kiosco abierto a medias y al auspicio de un toldo descolorido y picado, había seis o siete tipos desparramados como náufragos satisfechos.
Litronas vacías en el suelo. Un transistor viejo emitiendo voces indescifrables.
Camisetas sin mangas, chanclas, barriga al aire, voces demasiado altas y esa chulería de barrio que a Brais le habría resultado entrañable si no estuviera sudando hasta por sitios que la anatomía humana no solía mencionar en público.
Pasaron de largo. Perico dio tres pasos más, luego frenó.
—Esperad.
Brais se giró.
—¿Qué?
—No mires, cojones —protestó.
Brais hizo lo contrario.
—He dicho que no miraras.
—Tarde.
—Creo que he visto a Lozano.
—¿Dónde? —preguntó Vanesa, que se había detenido.
—En el grupo del kiosco. Al fondo. El de la camiseta de tirantes amarilla. Creo que era él.
Brais volvió a mirar, esta vez con algo más de disimulo, que en su caso consistía en asomarse y sacar la cabeza como si se le hubiera caído algo al suelo. Ahí estaba. Corpulento, moreno, barba de dos días, cuello de toro, gafas de sol de espejo subidas a la cabeza.
—Será cabrón —dijo Brais.
—No te precipites —murmuró Perico.
Se parapetaron de nuevo en la esquina que formaba un bar con la persiana metálica bajada y un cartel amarillento de “se traspasa” que parecía llevar allí desde la última “Velada de los Ángeles”.
—Damos la vuelta al edificio —dijo Brais, que hablaba a toda velocidad—. Salimos por detrás y lo cogemos sin que monte numerito.
—Aquí el único que suele montar numeritos eres tú —dijo Perico.
—Por eso quiero evitar competencia.
Vanesa negaba con la cabeza ante los comentarios de sus superiores.
—Si se levanta, lo perdemos.
—No se va a levantar —dijo Brais—. Ese lleva media mañana hidratándose con zumo de cebada.
Estaban aún los tres enfrascados en la conversación cuando una voz sonó a su espalda.
—Supongo que quieren hablar conmigo.
Brais se volvió despacio.
Lozano estaba allí, frente a ellos, a tres metros de distancia y con una sonrisa que no le llegaba a unos ojos algo vidriosos.
Tenía una litrona en una mano y la otra metida en el bolsillo del pantalón corto.
Su camiseta azul estaba oscurecida por el sudor en el pecho y bajo los brazos. Olía a cerveza, a sudor y a mala leche.
Desde el kiosco, alguien gritó:
—¡Putos maderos!
Brais sacó pecho y dio un paso hacia allí. Perico lo agarró del brazo.
—Ni se te ocurra, picha.
—Solo iba a saludar.
—Venga, tira, cojones —le espetó a Brais—. Y tú también. Vamos para allá, para el parking.
Lozano aceptó, pero no apartaba la mirada de Brais.
—Mi vecina me ha dicho que había gente buscándome en mi casa.
—Qué barrio más colaborativo —dijo Brais.
—Yo no me escondo —soltó Lozano con el litro medio vacío levantado y una sonrisa de cogorza a medio formar—. ¿Queréis?
—Eso es lo único inteligente que has dicho en todo el día, pero no podemos —contestó Brais, muy serio—. Estamos de servicio en busca y captura de un putero asesino.
La sonrisa de Lozano se borró en medio segundo, como si nunca hubiera existido.
No lo detuvieron allí. No formalmente. Brais tuvo que recular, pero Vanesa y Perico tenían razón: esposarlo delante de aquella peña habría convertido la esquina en una verbena, y no necesitaban una verbena. Necesitaban que hablara.
Así que lo invitaron cortésmente a acompañarlos. La cortesía, en Brais, sonaba siempre falsa, pero sus compañeros tenían más suavidad en las formas.
El interior del parking del pabellón Ciudad de Cádiz era algo más fresco, aunque solo porque allí el sol no caía directamente.
En ese momento, una grúa municipal entraba para dejar un coche mal aparcado ante la mirada ausente de un gato flaco que escapó con la dignidad de quien no debía explicaciones a nadie cuando vio entrar a Brais y su cabreo.
Lozano se apoyó en el capó de un coche viejo.
—Ya me habían dicho que esto podía pasar —dijo—. Pero estoy tranquilo. Yo no he hecho nada.
Perico ladeó la cabeza.
—¿Te lo dijo uno de los picapleitos de tu jefe, el de la consignataria de buques?
Lozano calló. Brais se acercó un paso.
—Te presento a Vanesa.
Lozano la miró con desconfianza. Ella se mantuvo impertérrita e imperturbable.
—¿Policía?
—Sí, pero peor —dijo Brais—. Además entiende de números y de ordenadores.
Vanesa no sonrió.
—Hemos conseguido sacar información de la web de citas —continuó Brais—. Y hay un par de nombres que salen y se repiten. Uno es el tuyo: Javier Lozano Roldán, alias el “Gordo” Lozano. Por eso hemos venido contigo antes que nada. Para que nos expliques.
La cara de Lozano cambió. La chulería del kiosco y la borrachera a medias se le quedó colgando de la barbilla.
—¿Por qué conmigo primero?
Perico se adelantó con voz tranquila.
—Porque al otro, de momento, no podemos tocarlo. Y ya sabes cómo van estas cosas. Por más que tus jefes te echen un cable, los que catan son los pringados a sueldo como tú.
Lozano apretó la mandíbula. Había rencor en sus ojos, pero también algo más. Brais lo vio aparecer como aparece una mancha de humedad en una pared recién pintada: despacio e inevitablemente.